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Full text of "Historia política de los papas, desde la revolución francesa a nuestros días .."

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CELEDONIO    NIN    Y  SILVA 


Historia'Folítica  de  los  Papas 

Desde  la  Revolución  Francesa  a  Nuestros  Días 


la.  Parte: 


Oe  Fio  VI  i  Itón  Xlll 

(inclusive) 


El  Pontífice  Romano  no  puede  vi 
debe  reconciliarse,  ni  transigir  con  el 
progreso,  el  liberalismo  y  la  civilización 
moderna.  Pío  IX  (Proposición  LXXX 
del  Syllabus). 

En  lo  tocajite  a  las  libertades  moder- 
nas, cada  lino  debe  atenerse  al  juicio 
de  la  Sede  apostólica  y  conformarse  a 
sus  decisiones. 

Los  católicos  deben  abordar  la  vida 
política  proponiéndose  infundir  en  todas 
las  venas  del  Estado,  como  savia  y 
sangre  reparadora,  la  virtud  y  la  influen- 
cia de  la  religión  católica.  Lf.óx  Xíll 
(Ininortale  Dei). 


BX\365 

Y.I 


Editorial  Independencia 

RoNDEAU  1399,  ESQ.  Colonia 
AlONTEVIDFO 

194  3 


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HISTORIA 

POLITICA  DE  LOS  PAPAS 

desde  la  Revolución  Francesa  a  nuestros  días 

• 

It»  PARTE 
DE  PIO  VI  A  LEON  XIII  inclusive 


DEL  MISMO  AUTOR 


La  Impureza. — Estudios  de  higiene  y  moral  sexiuües  para 
los  jóvenes.  2^  edición,  1906.  Barcelona.  (Agotada). 

La  Pureza  Juvenil. — Epítome  de  un  curso  de  instrucción 
sexual  para  jovencitos  de  a  16  años.  1906.  Barcelona. 
(Agotada). 

CÓDIGO  Civil  de  la  República  Oriental  del  Uruguay 
ANOTADO  Y  CONCORDADO.  2^  edición.  1943.  Montevideo. 

La  República  del  Uruguay  en  su  primer  centenario. 
2^  edición.  1930.  Montevideo. 

Suplemento  al  Código  Civil  de  la  República  O.  del  Uru- 
guay ANOTADO  Y  CONCORDADO.  1937.  Montevideo.  (Ago- 
tado) . 

Historia  de  la  Religión  de  Israel  según  la  Biblia,  la 
ORTODOXIA  Y  LA  CIENCIA.  1935/1940.  Montevideo.  Obra 
de  la  cual  se  han  publicado  los  siguientes  volúmenes: 

Tomo  I.  Moisés  y  su  dios.  (480  págs.  con  25  graba- 
dos y  2  mapas). 

Tomo  II.  Los  Jueces  y  el  comienzo  de  la  monar- 
quía israelita.  (445  págs.  con  8  grabados). 

Tomo  III.  El  rey  David  (500  págs.  con  7  grabados). 

Tomo  IV.  Salomón  y  su  pretendida  obra  literaria. 

1^  Parte.  El  Cantar  de  los  Cantares.  (280 

págs.  con  6  grabados). 
Tomo  V.  Salomón  y  su  pretendida  obra  literaria. 

2^  Parte.  PROVERBIOS,  ECLESIASTÉS  Y  SABIDU- 
RÍA DE  Salomón.  (342  págs.). 

Tomo  VI.  El  Cisma.  Los  comienzos  de  la  literatura 

BÍBLICA.  El  origen  DEL  HOMBRE.  (368  págS. 

con  24  grabados). 

(En  preparación  los  demás  tomos  de  esta 
obra). 

La  Democracia  y  la  Iglesia,  folleto.  1939.  Montevideo. 

La  Libertad  a  través  de  la  Historia.  ¿Libres  o  esclavos? 
(Mundo  Antiguo,  España  y  Francia).  Un  tomo  de 
488  págs.  Buenos  Aires. 


CELEDONIO    NIN  Y 


á 


Historia  Política  de  los  Papas 

Desde  la  Revolución  Francesa  a  Nuestros  Dias 


El  Pontífice  Romano  no  puede  ni 
debe  reconciliarse,  ni  transigir  con  el 
progreso,  el  liberalismo  y  la  civilización 
moderna.  Pío  IX  (Proposición  LXXX 
del  Syllabus). 

En  lo  tocante  a  las  libertades  moder- 
nas, cada  uno  debe  atenerse  al  juicio 
de  la  Sede  apostólica  y  conformarse  a 
sus  decisiones. 

Los  católicos  deben  abordar  la  vida 
política  proponiéndose  infundir  en  todas 
las  venas  del  Estado,  como  savia  y 
sangre  reparadora,  la  virtud  y  la  influen- 
cia de  la  religión  católica.  León  XIII 
(Inmortale  Dei). 


la.  Parte: 

De  Pío  VI  a  león 

(inclusive) 
con  6  ilustraciones 


Editorial  Independencia 

RONDEAU  1399,  ESQ.  CoLo^aA 

Montevideo 
1943 


COLECCION 

Obras  Históricas 


Hecho  el  depósito  que  indica 
la  ley 

Reservados  todos  los  derechos 


IMPRESO  EN  LA  ARGENTINA 
Talleres  Gráfícos  "La  Mundial»    —    Sarmiento  3149    —    Buenos  Aires 


DOS  PALABRAS  AL  LECTOR 


Solicitado  por  un  amigo  que  dirigía  una  revista  mon- 
ievideana,  para  escribir  sobre  la  política  del  Vaticano,  co- 
mencé en  1941  este  trabajo,  cuyos  primeros  capítulos  vieron 
la  luz  en  dicha  publicación.  Después  he  ido  profundizando 
más  el  tema,  estudio  que  ha  originado  el  presente  libro;  pero 
sin  alterar  mayormente  lo  que  primero  había  escrito  y  pu- 
blicado. La  larga  duración  y  la  excepcional  importancia  de 
los  pontificados  de  Pío  IX  y  de  León  XIII,  que  abarcan  la 
segunda  mitad  del  siglo  xix,  explican  suficientemente  que 
les  haya  consagrado  mayor  extensión  que  a  sus  antecesores. 

En  mi  libro  La  libertad  a  través  de  la  historia,  apa- 
recido recientemente,  encontrará  el  lector  más  amplios  datos 
sobre  la  actuación  de  los  papas  estudiados  en  este  volumen, 
en  relación  con  las  libertades  individuales. 

En  un  próximo  tomo,  si  me  es  posible,  completaré  este 
trabajo  examinando  la  acción  política  de  los  pontífices  que 
van  desde  Pío  X  al  actual  Pío  XII. 

Montevideo,  junio  15  de  1943. 


INTRODUCCIÓN 


A  título  de  introducción  de  nuestro  tema,  recordemos 
brevemente  lo  siguiente: 

1'  Jesús  no  constituyó  iglesia  alguna,  sólo  pretendió  re- 
formar el  judaismo.  Véase  en  comprobación  de  ello,  el  capí- 
tulo 5  del  Evangelio  de  Mateo,  en  el  que  contrapone  las 
enseñanzas  consideradas  como  mosaicas,  con  las  suyas  pro- 
pias, en  la  forma  antitética:  '^Oísteis  que  fue  dicho  a  los 
antiguos  ...  (tal  cosa) ;  pues  yo  os  digo  . . (tal  otra)  C)  • 
Y  luego  declara  categóricamente  que  no  ha  venido  a  abo- 
lir la  Ley  ni  los  Profetas,  sino  a  cumplirlos;  pero  como  buen 
reformador  moralista,  para  él  la  Ley  y  los  Profetas  se  resu- 
mían en  esta  enseñanza:  "Todo  lo  que  quisiereis  que  los 
hombres  hiciesen  con  vosotros,  así  también  haced  vosotros 
con  ellos''  (Mat.  5,  17;  7,  12). 

T  Compenetrado  de  la  idea  de  la  proximidad  del  fin  del 
mundo,  enseñaba  Jesús  que  debían  sus  discípulos  estar  pre- 
parados para  el  advenimiento  del  juicio  final.  No  se  preocu- 
pó, pues,  de  la  repercusión  de  su  doctrina  en  las  relaciones 
sociales;  por  el  contrario,  siempre  insistió  en  que  su  reino  no 
era  de  este  mundo  (Mat.  24,  29-3  5;  Juan  18,  36 j. 

3'  No  se  cumplieron  las  predicciones  de  Jesús;  pero  su 

(1)  Según  Loisy  la  respuesta  elogiosa  de  Jesús  intercalada  en  el 
evangelio  de  Mateo,  después  de  la  confesión  mesiánica  de  Pedro 
(Mat.  16,  17-19),  único  pasaje  de  los  Evangelios  en  que  Jesús  habla 
de  su  igle^a,  no  es  seguramente  auténtica,  y  probablemente  tiene 
un  origen  judeo-cristiano  y  antipauliniano  (Lo  naissance.  du  chris- 
txanxsrm,  p.  126). 


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INTRODUCCIÓN 


doctrina  continuó  ganando  nuevos  adeptos,  por  lo  que  hubo 
necesidad  de  someter  éstos  a  una  organización  determinada: 
de  ahi  surgió  la  Iglesia. 

4'  La  Iglesia  fue  desde  principios  del  siglo  ii  gobernada 
por  obispos,  cuyas  funciones  eran  de  carácter  local,  dado 
que  cada  uno  de  ellos  desempeñaba  su  cargo  en  el  seno  de 
una  de  las  comunidades  cristianas  y  no  sobre  el  conjunto  de 
ellas.  Cipriano  desarrolló  en  el  siglo  iii  este  sistema  (el  e pis- 
co palismo)  sosteniendo  que  cada  obispo,  como  sucesor  de 
los  apóstoles,  ejercía  plenamente  los  poderes  apostólicos,  y 
por  lo  tanto,  en  su  diócesis  era  completamente  independien- 
te. El  obispo  de  Roma  carecía  de  jurisdicción  sobre  los  demás 
obispos,  frente  a  los  cuales  era  tan  sólo  primus  ínter  pares. 
Sin  embargo,  siendg  Roma  la  principal  ciudad  y  la  capital 
del  vasto  imperio  romano,  su  obispo  fué  adquiriendo  preemi- 
nencia sobre  sus  demás  colegas,  hasta  que  en  el  siglo  v,  el 
obispo  de  Roma,  León  I,  formuló  la  doctrina  (el  papismo), 
según  la  cual  este  dignatario  es  el  sucesor  de  San  Pedro,  sobre 
quien  fué  fundada  la  Iglesia,  y  por  lo  tanto,  el  papa  es  el 
obispo  universal  de  toda  ella,  siendo  los  otros  obispos  única- 
mente sus  auxiliares  o  subordinados.  Esta  doctrina  fué  eri- 
gida en  dogma  por  el  concilio  del  Vaticano,  en  1870. 

5'  Cuando  por  razones  políticas  Constantino  convirtió 
en  religión  del  Estado  al  cristianismo,  se  modificó  éste  esen- 
cialmente, sufriendo  la  influencia  de  los  gobernantes  ro- 
manos. 

6'  Destruido  el  imperio  romano,  el  obispo  de  Roma  se 
convirtió  en  jefe  de  Estado,  empuñando  alternativamente 
ya  la  cruz,  ya  la  espada,  en  virtud  de  las  donaciones  de 
Pepino  el  Breve  y  de  Carlomagno. 

7'  Durante  la  Edad  Media  culmina  la  influencia  política 
de  los  papas,  quienes  creyéndose  superiores  a  los  reyes  y  con- 
siderándose con  facultad  para  designarlos  y  para  desHgar  a 
los  súbditos  de  la  obediencia  que  debían  a  aquéllos,  susci- 
taron largas  y  cruentas  guerras,  hasta  llegar  a  la  humillación 
del  papa  Bonifacio  VIII  por  las  huestes  de  Felipe  el  Her- 
moso, las  que  concluyeron  con  las  absurdas  pretensiones  de 
la  teocracia  romana. 


4i 


INTRODUCCIÓN 


11 


8'  El  papado,  que  conservó  el  poder  temporal  sobre  los 
Estados  pontificios,  continuó  influyendo  en  la  política  eu- 
ropea, ayudando  a  este  rey,  combatiendo  a  aquel  otro,  for- 
mando alianzas  o  contribuyendo  a  deshacerlas,  etc.,  según 
la  conveniencia  de  sus  intereses  o  la  presión  de  los  monarcas 
católicos,  de  modo  que  éstos  influyeron  decisivamente  en 
la  elección  de  los  distintos  papas,  cuyo  concurso  les  era 
sumamente  necesario  para  la  realización  de  sus  planes.  Por 
eso  los  cónclaves  reunidos  para  elegir  nuevo  pontífice,  solían 
durar  meses,  porque  sus  deliberaciones  se  alargaban  no  sólo 
por  la  lucha  de  las  ambiciones  cardenalicias  particulares  en 
juego,  sino  además  por  las  intrigas  de  las  Cortes  europeas, 
cuyos  intereses  eran  defendidos  por  los  cardenales  de  sus 
respectivos  países. 

9'  Los  papas  estuvieron  siempre  del  lado  de  los  monarcas 
absolutos:  el  trono  y  el  altar  marcharon  siempre  unidos  y 
se  prestaron  mucho  apoyo. 

10'  Hasta  el  fin  del  siglo  xvni  los  papas,  fuera  de  sus 
tareas  políticas  o  de  las  peculiares  de  combatir  herejías  (es 
decir,  las  ideas  nuevas  que  surgían  en  el  seno  de  la  Iglesia) , 
se  dedicaron  principalmente  al  arte  y  a  embellecer  a  Roma, 
despreocupándose  en  absoluto  de  los  graves  problemas  socia- 
les que  se  les  presentaban. 

Sentados  estos  hechos,  sintéticamente  expuestos,  pues  de 
lo  contrario,  su  detenida  reseña  nos  obligaría  a  escribir  otro 
libro,  pasemos  a  examinar  la  política  seguida  por  el  Vaticano 
desde  la  Revolución  Francesa  hasta  nuestros  días. 

Los  papas  que  desfilaron  desde  entonces  por  el  trono  del 
Vaticano  son  los  siguientes:  Pío  VI  (1775-1799),  Pío  VII 
(1800-1823),  León  XII  (1823-1829),  Pío  VIII  (1829- 
1830),  Gregorio  XVI  (1831-1846),  Pío  IX  (1846-1878), 
León XIII  (1878-1903),  Pío X  (1903-1914) ,  Benedicto XV 
(1914-1922),  Pío  XI  (1922-1939)  y  el  actual  Pío  XIL 
Veamos  ahora  la  actuación  de  cada  uno  de  ellos,  lo  que  nos 
mostrará  cuál  ha  sido  la  política  vaticana  en  este  último 
siglo  y  medio  de  la  Historia,  y  qué  influencia  ha  ejercido 
dicha  política  sobre  las  libertades  públicas  y  sobre  los  desti- 
nos de  la  democracia. 


CAPÍTULO  PRIMERO 


PÍO  VI 

Elección  de  Pío  VI. —  El  cardenal  Juan  Ángel  Braschi, 
que  tomó  el  nombre  de  Pío  VI,  llamado  por  los  italianos,  a 
causa  de  su  hermosura  física,  //  Papa  helio,  continuó  con  la 
práctica  tradicional  en  el  Vaticano  del  nepotismo,  haciendo 
cardenal  a  uno  de  sus  sobrinos,  y  dándole  a  otro  el  título  de 
duque.  Este  último  casó  con  una  alta  dama  romana,  hacien- 
do el  Papa  construir  para  esa  pareja  el  magnífico  palacio 
Braschi. 

Como  ocurría  a  menudo  en  la  elección  de  pontífices,  el 
Espíritu  Santo  re  revelaba  en  el  cónclave  por  medio  de  las 
sugestiones  o  influencias  directas  de  los  monarcas  católicos, 
cuyas  intrigas  retardaban  la  proclamación  del  nuevo  jefe  del 
catolicismo.  Aquí,  en  este  caso,  se  demoraron  casi  cuatro 
meses  y  medio  para  llenar  la  vacante  dejada  por  Clemen- 
te XIV,  pues  Brarchi  tenía  en  su  contra  al  marqués  de  Pom- 
bal,  quien  lo  consideraba  amigo  de  los  jesuítas,  expulsados 
de  Portugal  y  de  España,  y  cuya  orden  había  sido  abolida 
por  el  último  papa,  en  la  bula  Dóminus  ac  Kedemptor  nosíer, 
publicada  el  21  de  julio  de  1773. 

Política  de  Pío  VI  en  Rusia  y  Austria. —  La  política  dr 
Pío  VI  varió  según  los  países  con  los  cuales  tuvo  que  tratar. 
Así,  a  su  advenimiento  al  trono  pontificio,  se  encontró  con 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


que  Catalina  II  de  Rusia,  por  su  propia  autoridad,  había 
modificado  las  circunscripciones  de  las  diócesis  católicas  de 
la  parte  de  Polonia  que  le  había  tocado  en  el  primer  reparto 
de  este  país  hecho  por  Prusia  y  Austria;  había  creado  la 
sede  episcopal  de  Mohilev,  cuya  jurisdicción  extendió  a  todos 
los  católicos  de  su  imperio,  nombrando  titular  de  la  misma 
a  un  obispo  in  pártibus  que  no  era  del  agrado  de  Roma,  y 
por  último  había  prohibido  al  obispo  polaco  de  Livonia  que 
interviniera  en  las  cuestiones  religiosas  en  la  parte  de  su  anti- 
gua diócesis  anexionada  a  Rusia.  A  pesar  de  tratarse  de  una 
soberana  cismática.  Pío  VI  aceptó  todas  esas  indebidas  intro- 
misiones del  poder  civil  en  asuntos  que  eran  de  su  exclusivo 
resorte  como  jefe  de  la  Iglesia  católica,  y  optó  por  mante- 
nerse en  buenas  relaciones  con  aquella  mujer  dominadora, 
que  estaba  al  frente  de  un  tan  poderoso  imperio. 

En  Austria,  el  emperador  liberal  José  II  introdujo,  igual- 
mente sin  consultar  al  Vaticano,  tantas  reformas  en  la  iglesia 
de  su  país,  que  se  le  denominó  por  ello:  "el  emperador  sacris- 
tán". Entre  otras  medidas,  sometió  a  impuestos  las  tierras 
de  la  nobleza  y  del  clero  para  que  contribuyeran  a  las  cargas 
del  Estado;  estableció  la  libertad  de  cultos  y  suprimió  más 
de  800  conventos.  Viendo  la  inutilidad  de  sus  protestas  por 
tales  decisiones,  Pío  VI  decidió  ir  personalmente  a  Viena  a 
conferenciar  con  el  emperador;  pero  su  viaje  fue  infructuoso, 
porque  no  sólo  tuvo  que  aceptar  los  hechos  consumados, 
sino  además  se  vió  obligado  a  hacer  nuevas  concesiones  al 
emperador,  con  gran  desmedro  para  su  autoridad  espiritual 
en  aquel  país. 

Política  de  Pío  VI  con  Francia  después  de  la  Revolu- 
ción. —  Con  motivo  de  la  Revolución  de  1789,  serios  pro- 
blemas se  le  presentaron  al  Papa  en  Francia.  En  efecto,  sus 
subditos  del  condado  de  Aviñón  se  sublevaron  y  decidieron 
unirse  al  Estado  francés,  separándose  del  Vaticano,  bajo  cuyo 
gobierno  habían  estado  durante  siete  siglos.  A  esto  se  añadió 
el  hecho  de  la  reforma  civil  del  clero  realizada  por  la  Asam- 
blea Constituyente,  sin  la  intervención  del  Pontífice,  como 
había  ocurrido  igualmente  con  las  reformas  mencionadas  en 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


15 


Rusia  y  Austria;  y  por  último  la  prisión  y  muerte  del  mo- 
narca Luis  XVI,  una  de  las  más  firmes  columnas  del  catoli- 
cismo en  Europa.  Pío  VI,  que  se  había  mostrado  flexible  y 
dúctil  con  Catalina  II  y  con  José  II,  se  mostró  intransigente 
con  la  Revolución,  principalmente  por  causa  del  condado  de 
Aviñón,  que  a  toda  costa  quería  impedir  que  saliera  del  do- 
minio pontificio.  A  fin  de  que  se  vea  cómo  puso  en  juego 
todos  los  recursos  de  que  disponía  ante  las  principales  cortes 
europeas  para  obtener  la  devolución  del  referido  condado, 
citaremos  íntegro  a  continuación  el  breve  o  carta  que  diri- 
gió con  ese  motivo  a  Catalina  II: 

"A  la  serenísima  y  muy  poderosa  soberana  Catalina,  gran  du- 
quesa y  emperatriz  de  todas  las  Rusias,  soberana  y  augusta  here- 
dera de  muchos  vastos  Estados  en  el  Oriente  y  en  el  Occidente, 
Pío  VI,  soberano  pontífice,  salud: 

"Al  ocuparme  en  trazar  un  relato  de  la  usurpación  de  mi  antiguo 
dominio  en  Francia,  hecha  contra  todas  las  leyes  de  la  justicia 
y  sobre  todo  contra  el  derecho  de  gentes,  con  el  fin  de  enviarlo 
a  muchas  potencias,  para  inspirarles  a  lo  menos  sentimiento  de 
horror  a  la  sola  narración  de  semejante  atentado,  mis  ideas  se  han 
dirigido  particularmente  hacia  Vos,  muy  augusta  y  poderosa  Em- 
peratriz, porque  conocía  vuestra  equidad  y  grandeza  de  alma,  de 
las  que  yo  mismo  a  menudo  he  tenido  la  prueba.  Por  esto,  he 
tratado  de  haceros  llegar  esta  memoria,  lo  más  pronto  posible,  por 
nuestro  querido  hijo  Santini,  a  fin  de  hallar  algún  alivio  a  mi  dolor 
en  la  justa  indignación  que  semejante  iniquidad  no  podía  dejar 
de  excitar  en  Vos.  No  sólo  no  ha  sido  engañosa  mi  esperanza,  sino 
que  ha  sido  excedida  sobre  manera  por  los  generosos  sentimientos 
de  vuestra  gran  alma,  que  me  habéis  comunicado  tan  cumplida- 
mente y  que  me  hacen  saber  hasta  qué  punto  detestáis  ese  latro- 
cinio, y  cuan  sensible  a  mi  dolor. y  a  las  pérdidas  que  experimento, 
es  vuestro  noble  y  magnánimo  corazón. 

Lo  que  me  llena  sobre  todo  de  la  más  viva  admiración,  es  el 
ardor  y  el  celo  con  que  declaráis  que  emplearéis  todo  vuestro 
poder  para  reparar  la  injusticia  que  se  me  ha  hecho;  y  aun  mismo 
habéis  querido  dar  a  conocer  vuestras  disposiciones  a  las  otras  cor- 
tes, desde  las  cuales  la  voz  púbhca  me  ha  hecho  llegar  múltiples 
seguridades  de  vuestras  intenciones  generosas  y  verdaderamente 
reales.  No  puede  creerse,  muy  invencible  soberana,  cuanto  ha  sido 
reanimado  mi  espíritu  por  estos  ostensibles  testimonios  de  vuestra 
afección,  y  hasta  qué  punto  me  creo  obligado  hacia  Vos.  No  he 
podido,  pues,  encerrar  en  el  fondo  de  mi  corazón  los  justos  senti- 


16 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


mientos  que  albergo  hacia  Vuestra  Majestad,  y  a  lo  menos,  he 
querido  expresároslos  por  medio  de  estas  líneas. 

Recibid,  pues,  esta  muestra  de  mi  reconocimiento;  acoged,  alen- 
tad estos  agradecimientos  que  trato  de  manifestaros  y  para  ios 
cuales  me  faltan  palabras,  con  esa  misma  bondad,  cuyos  efectos 
ya  he  experimentado.  Estad  persuadida  que  el  recuerdo  de  vuestros 
beneficios,  permanecerá  siempre  grabado  en  mi  alma,  y  tal  es  la 
confianza  que  me  inspira  vuestra  generosidad,  que  si  la  orguUosa 
obstinación  de  la  Asamblea  Nacional  de  Francia  queda  vencida  por 
las  fuerzas  reunidas  de  las  potencias  de  Europa;  si  el  gobierno  de 
ese  reino  es  restablecido  sobre  sus  antiguas  bases,  me  lisonjeo  que 
deberé  principalmente  a  vuestra  autoridad  y  mediación,  el  recu- 
perar los  dominios  de  que  he  sido  despojado.  Este  acto  de  justicia 
y  de  grandeza  de  alma,  llevará  a  su  colmo  la  gloria  de  la  cual  os 
han  coronado  vuestras  victorias  sobre  los  infieles,  las  asombrosas 
conquistas  que  han  extendido  vuestro  imperio  sobre  vastas  y  fér- 
tiles comarcas,  y  el  solemne  tratado  que  os  confirma  en  su  posesión. 
AI  felicitaros  por  tan  ilustres  hazañas,  no  ceso  de  dirigir  al  Señor 
las  más  fervientes  plegarias,  para  que  conserve  vuestra  persona, 
asegure  la  duración  de  vuestra  prosperidad,  y  satisfaga  todos  vues- 
tros anhelos,  por  los  dones  más  extraordinarios  y  más  preciosos  de 
su  gracia. 

'  En  Roma,  el  25  de  febrero  del  año  1792,  y  el  décimo  octavo 
de  nuestro  Pontificado". 

Nótese  el  tono  cortesano,  casi  diríamos  servil,  con  que 
está  redactada  esta  carta  por  el  Jefe  del  catolicismo,  desti- 
nada a  una  mu'er  autoritaria  y  cruel,  avie  había  obtenido 
el  trono  haciendo  estraneular  a  su  marido  Pedro  III,  mujer 
de  conducta  más  que  liviana,  que  se  jactaba  de  mantener 
corresDondencia  con  los  enciclopedistas,  c:^rente  de  escrúpu- 
los políticos,  que  no  tenía  empacho  en  promover  guerras 
de  corauista,  v  que  acababa  de  acoderarse  de  un  oedazo  de 
la  católica  Polonia.  Y  todo  ese  '^ervilismo  tendía  al  interesado 
fin  de  poder  recuperar,  ñor  medio  de  los  ejércitos  de  Cata- 
lina, el  condado  de  Aviñón,  cuvos  habitantes  espontánea- 
mente habían  expresado  su  voluntad  de  reunirse  a  Francia, 
sil  naís  de  orÍP-en.  Ya  veremos  m^s  a'^ehvte.  al  nana  León 
XITT.  a  imitación  de  Pío  VI,  sacrificando  los  intereses  de  los 
catól-co-  polacos,  en  aras  de  su  nolítica  con  Rusia. 

En  e\  mi«mo  tono  de  humillante  cortesanía,  se  dirigió 
Pío  VI,  en  breve  del  3  de  marzo  de  1792,  al  emperador  aus- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


17 


tríaco  Leopoldo  II,  y  luego,  cinco  meses  más  tarde,  a  su 
hijo  y  sucesor  Francisco  II.  Éste,  con  Prusia  y  Rusia,  habían 
planeado  desmembrar  a  Francia  y  repartírsela  como  habían 
hecho  con  Polonia,  lo  que  poco  importaba  al  Papa,  con  tal 
de  que  Aviñón  volviera  a  su  poder.  Esta  última  exigencia 
figuraba  en  la  respuesta  austríaca  al  ultimátum  que  le  diri- 
gió la  Asamblea  francesa,  con  otros  pedidos  inadmisibles 
por  el  estilo,  razón  por  la  cual  fue  declarada  la  guerra  al 
Austria.  Sabido  es  lo  que  ocurrió  después:  las  potencias 
coaligadas,  que  contaban  con  la  importante  cooperación  de 
los  nobles  emigrados  franceses,  fueron  vencidas,  y  Luis  XVI 
y  María  Antonieta  pagaron  en  el  cadalso  sus  felonías  de 
fingir  acatamiento  a  las  leyes  de  la  Constituyente,  mientras 
buscaban  el  apoyo  extranjero  para  salvar  el  trono  y  conso- 
lidar el  antiguo  régimen. 

Pío  VI  condenó  la  Constitución  civil  del  clero,  impelido  a 
ello  por  no  haber  podido  obtener  la  devolución  de  su  con- 
dado de  Aviñón  y  por  las  intrigas  de  los  nobles  emigrados 
franceses,  y  a  instancias  del  gobierno  español,  porque  Fran- 
cia había  abandonado  a  España  cuando  su  conflicto  con 
Inglaterra.  La  gran  mayoría  de  los  miembros  de  la  Consti- 
tuyente eran  católicos,  y  además  formaban  parte  de  esa 
Asamblea  numerosos  obispos  y  sacerdotes  que  aceptaban 
dicha  Conctitución,  de  modo  que  con  un  poco  de  tacto  y 
de  la  misma  buena  voluntad  que  puso  para  no  entrar  en 
conflicto  con  Catalina  II,  pudo  Pío  VI  haberse  entendido 
con  Francia,  impidiendo  así  las  sublevaciones  realista-cleri- 
cales que  se  produjeron,  y  especialmente  la  de  la  Vendée, 
que  se  caracterizó  por  su  ferocidad,  como  ocurre  siempre  en 
todas  las  guerras  religiosas. 

PÍO  VI  y  la  Declaración  de  los  Derechos  del  Hom- 
bre. —  Lo  que  sobre  todo  no  podía  admitir  Pío  VI  era  el 
nuevo  espíritu  de  libertad  que  inspiraba  el  cambio  de  régi- 
men político  en  Francia.  La  Declaración  de  los  Derechos 
del  Hombre  le  parecía  una  monstruosidad;  la  afirmación 
de  que  la  soberanía  radicaba  en  el  pueblo,  afirmación  con- 
traria al  dogma  del  origen  divino  del  gobierno,  la  conside- 


18 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


raba  una  amenaza  para  todos  los  tronos.  Así  en  su  alocución 
en  el  consistorio  secreto  de  marzo  29  de  1790,  decía:  "La 
casi  totalidad  de  la  nación,  seducida  por  un  vano  fantasma 
de  libertad,  obedece  y  se  deja  subyugar  por  un  consejo  de 
filósofos  que  siempre  están  discutiendo  y  hostigándose  los 
unos  contra  los  otros;  ella  olvida  que  la  doctrina  cristiana 
es  la  base  más  firme  de  la  salvación  de  los  imperios,  y  que 
la  prenda  de  la  felicidad  pública  está  en  el  lazo  de  obedien- 
cia a  sus  reyes,  plena  y  tmiversalmente  consentida,  según 
expresa  San  Agustín.  Porque  los  reyes  son  los  ministros  de 
Dios  para  el  bien,  son  los  hijos  de  la  Iglesia  y  sus  defensores, 
obligados  por  lo  tanto  a  amarla  como  a  su  madre,  servir  sus 
intereses  y  vengar  sus  derechos". 

El  10  de  marzo  de  1791,  es  decir,  ocho  meses  después  de 
votada  la  Constitución  civil  del  clero.  Pío  VI  dirigió  al  car- 
denal de  La  Rochefoucauld  y  a  varios  arzobispos  y  obispos 
de  la  Asamblea  Nacional  de  Francia,  un  breve,  condenatorio 
de  aquella  Constitución,  del  que  tomamos  los  siguientes 
párrafos:  "Se  establece  como  un  derecho  del  hombre  en 
sociedad,  la  libertad  absoluta,  que  asegura  no  sólo  el  derecho 
de  no  ser  inquietado  en  sus  opiniones  religiosas,  sino  que 
acuerda  además  el  poder  de  pensar,  decir,  escribir  y  aun  de 
hacer  imprimir  impunemente  todo  lo  que  se  quiera  en  ma- 
teria de  religión,  derecho  monstruoso,  que  sin  embargo  a 
la  Asamblea  le  parece  que  resulta  de  la  igualdad  y  libertad 
naturales  de  todos  los  hombres  .  .  .  ¿Dónde  está  esa  libertad 
de  pensar  y  de  obrar  que  acuerda  la  Asamblea  Nacional  al 
hombre  social  como  derecho  imprescriptible  de  la  natura- 
leza? ¿Ese  derecho  quimérico  no  es  contrario  a  los  derechos 
del  Creador  supremo,  a  quien  debemos  la  existencia  y  todo 
lo  que  poseemos?  . . .  Esta  igualdad  y  esta  libertad  tan  en- 
salzadas no  son  para  el  hombre,  desde  el  momento  de  su 
nacimiento,  sino  quimeras  y  palabras  vacías  de  sentido.  Sed 
sometidos  por  la  necesidad,  dice  el  apóstol  San  Pablo:  así 
que  los  hombres  no  han  podido  reunirse  y  formar  una  aso- 
ciación civil,  sin  establecer  un  gobierno,  sin  restringir  esta 
libertad,  y  sin  sujetarla  a  las  leyes  y  a  la  autoridad  de  sus 
jefes.  De  aquí  procede  este  principio  expresado  por  San 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS  19 

Agustín:  "La  sociedad  humana  no  es  otra  cosa  que  una  con- 
vención general  de  obedecer  a  los  reyes",  y  no  es  tanto  del 
contrato  social,  como  de  Dios  mismo,  autor  de  todo  bien  y 
de  toda  justicia,  que  saca  su  fuerza  el  poder  de  los  reyes". 
La  argumentación  papal  tendía,  como  se  ve,  a  combatir 
una  tesis  que  hoy  nadie  sostiene,  a  saber,  la  de  la  libertad 
absoluta  del  hombre  en  sociedad ;  actualmente  todos  acepta- 
mos que  las  libertades  son  limitadas  por  el  interés  social; 
pero  no  destruidas  o  aniquiladas  por  el  mismo.  Tendía  ade- 
más a  predicar  la  sumisión  a  los  reyes,  como  delegados  de 
la  divinidad  para  gobernar  los  Estados,  tesis  hoy  completa- 
mente desechada  por  todos  los  que  piensan  libremente,  no 
influidos  por  el  dogma  religioso. 

En  su  breve  del  23  de  abril  de  1791,  sobre  la  revuelta  de 
los  pueblos  de  Aviñón,  P/o  V/  manifiesta  que  los  17  artícu- 
los sobre  los  derechos  del  hombre  en  la  Declaración  hecha 
por  la  Asamblea  Nacional  de  Francia,  son  contrarios  a  la 
religión  y  a  la  sociedad.  En  el  breve  dirigido  a  Leopoldo  II 
(marzo  3  de  1792),  el  mismo  papa  insiste  en  sus  censuras 
contra  los  que  en  Francia  "trabajan  por  destruir  los  derechos 
de  la  religión,  del  trono  y  de  la  sociedad.  Atacan  el  poder 
de  Dios  mismo,  para  hacer  desaparecer  más  fácilmente  la 
autoridad  de  los  reyes,  que  es  una  emanación  de  aquél,  y  de 
la  cual  es  el  más  firme  apoyo  su  voluntad  suprema.  Mien- 
tras que  esta  audacia,  desconocida  hasta  el  presente,  hace 
temer  en  todas  partes  los  más  desastrosos  éxitos;  mientras 
que  cada  día  se  vuelve  más  terrible  este  contagio,  y  que 
extiende  a  lo  lejos  las  fatales  influencias  de  un  veneno  presto 
a  desenvolverse  por  el  desconcierto  general  del  orden  púbU- 
co,  ¿a  quién  sino  a  los  mismos  reyes,  importa  más  el  cortar 
el  mal  en  su  raíz  y  el  ahogar  enteramente  su  germen?" 

En  la  alocución  que  pronunció  Pío  VI  en  el  Consistorio 
secreto  de  junio  17  de  1793,  con  motivo  de  la  muerte  de 
Luis  XVI,  ataca  a  la  Convención  francesa  por  haber  abo- 
lido la  monarquía,  el  mejor  de  todos  los  gobiernos,  y  haber 
puesto  toda  la  autoridad  pública  en  manos  del  pueblo  pre- 
suntuoso y  cruel,  incapaz  de  seguir  ningún  plan  de  con- 
ducta cuerda  y  razonable,  sin  principios  fijos,  fácil  de 


20 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


extraviar,  y  carente  de  discernimiento  para  apreciar  las 
cosas  y  determinar  sus  decisiones. 

Pío  VI  ante  los  grandes  sucesos  históricos  del  últi- 
mo decenio  de  su  vida.  —  En  resumen,  Pío  VI  no  estuvo 
a  la  altura  de  las  circunstancias,  ni  alcanzó  a  comprender 
que  con  la  Revolución  Francesa  se  iniciaba  una  nueva  etapa 
de  la  historia  de  la  humanidad.  Apegado  al  antiguo  régimen, 
como  la  ostra  a  la  roca,  orientó  toda  su  política  a  defender 
el  absolutismo  de  los  reyes  y  a  que  se  devolviera  al  Vaticano 
el  condado  de  Aviñón.  Para  esto  último  buscó  el  auxilio 
del  cielo  con  sus  plegarias,  y  el  apoyo  de  los  monarcas  de 
la  tierra  con  sus  intrigas;  pero  todos  sus  esfuerzos,  tanto 
terrestres  como  ultraterrenales,  resultaron  inútiles  y  los 
aviñoneses  que,  en  ejercicio  de  su  legítimo  derecho,  habían 
decidido  su  reincorporación  a  Francia,  de  la  que  de  antaño 
formaban  parte,  obtuvieron  completo  éxito  en  sus  propó- 
sitos, pues  Pío  VI,  por  el  tratado  de  Tolentino,  que  firmó 
con  Bonaparte  el  19  de  febrero  de  1797,  tuvo  no  sólo  que 
ceder  a  Francia  los  territorios  pontificios  de  Romaña,  sino 
también  que  reconocer  la  anexión  a  este  país  del  condado 
de  Aviñón,  del  que,  como  hemos  visto,  por  nada  quería 
desprenderse  la  Santa  Sede. 

Pío  VI  vió  el  triunfo  de  las  nuevas  ideas  liberales  tanto 
en  Francia,  como  en  sus  propios  Estados,  pues  a  fin  de 
agosto  de  1797  estalló  en  ellos  un  movimiento  popular  que 
solicitó  de  la  embajada  de  Francia  la  liberación  del  pueblo 
romano.  Con  este  motivo,  el  Directorio  ordenó  al  general 
Berthier  que  marchara  sobre  Roma,  viéndose  obligado 
Pío  VI  a  capitular.  Las  tropas  francesas  entraron  en  esa 
ciudad  el  12  de  febrero  de  1798,  y  tres  días  después  5e 
proclamó  la  República  romana.  Lo  mismo  que  más  tarde 
en  1870,  al  perder  el  Papa  su  autoridad  temporal,  se  le 
garantizó  el  libre  ejercicio  de  su  autoridad  espiritual,  con- 
fiándose la  seguridad  de  su  persona  a  una  guardia  nacional. 
Sin  embargo,  el  Papa  no  pudo  permanecer  en  Roma,  pues 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


21 


se  le  obligó  a  radicarse  en  distintas  ciudades,  viniendo  a 
morir  en  Valence,  en  el  Delfinado,  el  29  de  agosto  de  1799. 
"Amigo  del  fausto  y  del  poder,  escribe  un  autor  católico, 
este  papa  murió  prisionero,  después  de  haber  sido  renegado 
por  su  pueblo". 


CAPÍTULO  SEGUNDO 


PÍO  VII 

Elección  de  Pío  VII.  — La  República  Romana  tuvo  vi- 
da efímera,  pues  sólo  duró  veinte  meses  y  desapareció  a 
fines  de  setiembre  de  1799,  en  cuanto  las  tropas  francesas 
evacuaron  a  Roma  y  fueron  reemplazadas  por  las  del  rey 
Fernando  IV  de  Ñapóles.  El  cónclave  para  designar  al  nue- 
vo papa,  se  abrió  en  Venecia,  el  30  de  noviembre  de  ese 
año,  y  sus  deliberaciones  duraron  tres  meses  y  medio,  a 
causa  de  las  intrigas  de  las  cortes  de  Viena  y  de  Ñapóles. 
Al  fin,  el  14  de  marzo  de  1800,  fué  electo  el  cardenal 
Barnabé  Chiaramonti,  que  tomó  el  nombre  de  Pío  VIL 
Éste,  que  había  sido  monje  benedictino,  debía  el  capelo  car- 
denalicio a  la  influencia  de  la  duquesa  Braschi,  de  la  que 
era  confesor.  A  principios  de  julio  de  ese  año.  Pío  VII  entró 
en  Roma,  ciudad  que  ocho  meses  más  tarde,  en  virtud  de 
la  paz  de  Florencia,  fué  evacuada  por  las  tropas  napolitanas. 

Pío  VII  y  el  concordato  con  Napoleón.  —  Después 
de  la  paz  de  Luneville  celebrada  el  9  de  febrero  de  1801 
entre  Austria  y  Francia,  tratado  por  el  cual  el  Papa  reco- 
bró sus  Estados  como  existían  a  fines  de  1797,  es  decir, 
sin  la  Romaña  ni  las  Legaciones,  el  primer  problema  grave 
que  se  le  presentó  al  nuevo  pontífice,  fué  el  arreglo  de  ia 
situación  del  catolicismo  en  Francia.  Para  lograr  la  cele- 


23 


24 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


bración  del  concordato  con  el  Primer  Cónsul  Bonaparte,  el 
que  se  firmó  el  15  de  julio  de  1801,  Pío  VII  tuvo  que 
reconocer  la  validez  del  hecho  consumado  de  la  venta  de 
los  bienes  eclesiásticos  efectuada  por  la  Revolución,  y  que 
aceptar  una  nueva  disposición  de  las  diócesis,  cuyo  número 
se  redujo  a  sesenta,  lo  que  trajo  como  consecuencia  la  re- 
nuncia forzosa  de  muchos  obirpos,  tanto  refractarios  como 
constitucionales.  De  los  81  obispos  existentes,  adictos  al 
Papa,  45  renunciaron,  de  acuerdo  con  las  exhortaciones  de 
éste  en  su  bula  Ecclesia  Dei,  los  otros  fueron  destituidos 
por  la  bula  Otii  Christi  Dómini;  pero  13  de  ellos  no  acata- 
ron su  destitución  y  continuaron  ejerciendo  el  culto  con 
cierto  número  de  fieles  anticoncordatarios  que  los  siguieron, 
formando  una  organización  cismática  denominada  la  P^- 
queña  Iglesia,  que  alcanzó  a  durar  casi  un  siglo. 

Por  el  citado  concordato,  el  Gobierno  reconoció  a  la  reli- 
gión católica  no  como  la  única  religión  del  Estado,  sina 
como  la  de  la  gran  mayoría  del  pueblo  francés,  cuyo  culto 
sería  libremente  ejercido  en  Francia,  con  tal  de  que  se  con- 
formara a  los  reglamentos  de  policía  que  aquél  juzgase 
necesario  dictar  para  la  tranquilidad  pública.  En  los  obis- 
pados vacantes,  el  Gobierno  propondría  los  candidatos,  y 
el  Papa  debía  darles  la  investidura;  y  de  acuerdo  con  este 
artículo  del  concordato,  Bonaparte  impuso  que  fueran 
aceptados  quince  de  los  obispos  constitucionales,  que  na 
contaban  con  el  beneplácito  de  la  Santa  Sede.  En  cuanto  a 
la  antigua  fórmula  litúrgica:  ''Dios  salve  al  Rey",  Bona- 
parte la  hizo  reemplazar  por  la  nueva  en  pro  de  la  Repú- 
blica: "Dómine,  salvam  fac  Kempublicam" ,  como  poco  más 
tarde,  cuando  tomó  el  título  de  Emperador,  fue  sustituida 
por  la  de:  "Dómine,  salvam  fac  Imperatorem'* ,  adaptán- 
dose así  la  Iglesia  a  los  nuevos  regímenes  de  gobierno  exis- 
tentes en  el  país. 

Relaciones  de  Pío  VII  con  Napoleón  después  del 
concordato.  —  A  la  vez  que  la  sanción  del  concordato, 
Bonaparte  hizo  votar  por  el  Cuerpo  Legislativo  los  "Artícu- 
los orgánicos  del  culto  católico",  que  fueron  promulgado» 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


25 


junto  con  los  17  artículos  de  aquél,  el  8  de  abril  de  1802 
(18  germinal  del  año  X).  Los  citados  artículos  orgánicos, 
de  marcada  tendencia  galicana,  nunca  fueron  aprobados 
por  el  Papa,  quien  siempre  protestó  contra  ellos.  A  pesar 
de  esto,  y  de  que  Napoleón  no  re  mostró  nada  favorable  a 
las  órdenes  religiosas,  de  las  que  sólo  autorizó  cinco  congre- 
g:.ciones  de  mujeres  destinadas  a  obras  hospitalarias  o  de 
beneficencia,  sin  embargo,  era  tal  su  ascendiente  y  su  auto- 
ritarirmo,  que  logró  que  Pío  VII  viniera  a  París  a  ungirlo 
emperador,  y  a  su  mujer  Josefina  como  emperatriz  (di- 
ciembre 2  de  1804),  y  que  luego  lo  ungiera  en  Milán  como 
rey  de  Italia  (mayo  26  de  1805).  Digno  es  de  recordar 
que  curndo  el  Papa,  en  la  ceremonia  pública  en  la  Iglesia 
de  Notre  Dame  en  París,  iba  a  colocar  la  corona  imperial 
sobre  la  cabeza  de  Napoleón,  éste  la  tomó  bruscamente  y 
se  coronó  por  sí  mismo,  como  para  dar  a  entender  que  a 
nadie  debía  aquella  corona,  sino  a  su  propio  esfuerzo  (^). 
Este  hecho  motivó  un  serio  resentimiento  del  Pontífice, 
que  no  fue  sino  uno  de  tantos  que  debían  conducir  a  la 
ruptura  de  las  relaciones  entre  ambos  autócratas:  el  mili- 
tar y  el  clerical. 

Las  decepciones  que  sufrió  Pío  VII  en  sus  relaciones  con 
Napoleón,  determinaron  la  orientación  de  su  política,  ten- 
diente a  contrarrestar  los  planes  de  éste.  Napoleón,  cuyo 
espíritu  imperioso  no  admitía  oposiciones,  celebró  el  refe- 
rido concordato  para  tener  al  clero  bajo  su  mano  y  dirección 
— y  así  decía:  "Mis  obispos  y  mis  gendarmes" — ,  y  por 
lo  mismo  consideró  ?.l  Papa  como  un  simple  instrumento 
para  reaUzar  sus  ambiciosos  planes.  Con  tal  fin  no  trepidó 
en  emplear  la  violencia  y  toda  cla^e  de  medidas  vejatorias 
para  intimidar  al  Pontífice,  cuando  éste  no  se  prestaba 
dócilmente  a  sus  exigencias.  Sin  entrar  en  mayores  detalles, 
recordemos  tan  sólo  que  Napoleón  solicitó  de  Pío  VII  que 
anulara  el  matrimonio  que  su  hermano  Jerónimo  había 
contraído  con  Miss  Patterson,  hija  de  un  rico  ciudadano 


O  Este  episodio  lo  trasladó  a  la  tela  el  pintor  David,  en  su  céle- 
bre cuadro  "La  coronación  de  Napoleón". 


26 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


de  los  Estados  Unidos;  que  cerrara  los  puertos  de  sus  Esta- 
dos a  los  buques  ingleses,  y  que  expulsara  de  su  corte  a  los 
subditos  de  Inglaterra,  Rusia  y  Suecia,  diciéndole  en  una 
carta:  "Sois  el  soberano  de  Roma;  pero  yo  soy  el  empera- 
dor; mis  enemigos  deben  ser  los  vuestros".  No  accediendo 
el  Papa  a  tales  pedidos.  Napoleón  tomó  posesión  de  varias 
provincias  pontificias  y  se  apoderó  de  Roma,  teniendo  a  su 
adversario  secuestrado  en  el  Quirinal,  hasta  que  por  decreto 
de  mayo  17  de  1809,  declaró  anexados  al  imperio  francés  los 
Estados  de  la  Iglesia,  manifestando  que  no  atacaba  al  sobe- 
rano espiritual,  sino  al  jefe  de  un  Estado,  enemigo  suyo. 

El  Papa  entonces,  por  su  bula  Quam  memorandam,  ex- 
comulgó a  Napoleón,  sin  nombrarlo,  pues  el  anatema  iba 
dirigido,  en  sentido  general,  contra  aquellos  que  ejercían 
actos  de  violencia  en  los  Estados  de  la  Iglesia.  Sin  embargo. 
Pío  VII  olvidaba  que  desde  Bonifacio  VIII  la  excomunión 
era  una  espada  embotada,  sin  filo,  carente  de  influencia 
en  las  disputas  entre  los  distintos  países  o  sus  soberanos,  de 
lo  que  tuvo  buena  prueba,  pues  después  de  publicada  aqtie- 
11a  bula.  Napoleón  lo  mantuvo  prisionero  durante  cinco 
años,  transportándolo  a  varias  ciudades,  principalmente  a 
Savona  y  a  Fontainebleau.  El  déspota  francés  que  no  se 
sentía  atado  por  los  artículos  del  concordato,  ni  por  el 
derecho  canónico  que  éste  mandaba  respetar,  ni  por  las 
disposiciones  del  Código  Civil  que  lleva  su  nombre,  hizo 
anular  por  el  Senado  su  casamiento  con  Josefina,  y  bendecir 
por  la  Iglesia  su  nuevo  matrimonio  con  la  archiduquesa 
María  Luisa  de  Austria. 

Y  no  sólo  esto,  sino  que,  por  su  sola  autoridad,  convocó 
a  los  obispos  franceses  e  italianos  para  que  celebraran  un 
concilio  en  París,  a  quienes,  con  promesas  y  amenazas,  les 
hizo  aceptar  lo  que  él  deseaba,  a  saber,  la  manera  de  pres- 
cindir de  las  bulas  pontificias  para  dar  la  investidura  de 
su  cargo  a  los  obispos.  Pío  VII,  por  el  breve  Ex  quo,  aprobó 
el  decreto  que  se  le  presentó  y  que  había  sido  aceptado 
por  el  mencionado  concilio,  según  el  cual  en  caso  de  que 
el  Papa  no  concediera  la  investidura  canónica  dentro  de 
un  plazo  de  seis  meses  a  los  obispos  propuestos  por  el  Go- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


27 


bierno,  sería  entonces  acordada  por  el  metropolitano  o  el 
obispo  más  antiguo  de  la  provincia,  en  nombre  de  aquél. 
Igualmente  algo  más  tarde  se  vió  obligado  a  aprobar  también 
el  nuevo  concordato  de  Fontainebleau  que  se  le  ocurrió 
celebrar  a  Napoleón,  por  el  cual  el  Pontífice  aceptaba  la 
anexión  a  Francia  de  los  Estados  de  la  Iglesia,  consentía 
en  radicarse  en  Aviñón,  y  ratificaba  el  aludido  decreto  del 
concilio  nacional.  Napoleón  hizo  publicar  este  nuevo  con- 
cordato como  ley  del  Estado  en  febrero  13  de  1813;  pero 
al  mes  siguiente.  Pío  VII  lo  repudió,  retractándose  de  él, 
alegando  que  le  había  sido  arrancado  por  violencia.  Final- 
mente el  Papa  pudo  regresar  a  Roma  cuando  en  1814, 
Napoleón,  vencido,  estaba  por  abdicar,  obteniendo  poste- 
riormente que  el  Congreso  de  Viena  le  restituyera  la  pose- 
sión de  los  Estados  pontificios. 

Política  reaccionaría  de  Pío  VII  de  acuerdo  con  el 
congreso  de  Viena.  —  Se  ha  dicho  que  si  Pío  VII  hubiera 
muerto  entonces,  habría  sido  considerado  como  santo,  a 
causa  de  los  vejámenes  y  prisiones  que  tuvo  que  soportar 
del  autócrata  imperial;  pero  por  desgracia  para  su  fama, 
su  vida  se  prolongó  aún  hasta  el  año  1823,  y  durante  ese 
último  período  de  su  existencia,  se  mostró  tan  reaccionario 
como  los  más  absolutistas  de  los  déspotas  que  gobernaron 
los  Estados  europeos  en  los  tres  lustros  siguientes. 

Hércules  Consalvi  — prelado  que  como  secretario  del  úl- 
timo cónclave,  había  logrado  que  los  cardenales  eligieran 
papa  a  Chiaramonti,  por  lo  que  éste,  luego  de  su  ascenso 
al  trono  pontifical,  lo  hizo  cardenal  y  lo  nombró  Secretario 
de  Estado — ,  era  un  hábil  diplomático  que  había  tramitado 
el  concordato  con  Napoleón,  y  que  después  intervino  como 
delegado  papal  en  el  Congreso  de  Viena.  Mientras  Consalvi 
desempeñaba  esta  última  misión,  Pío  VII  puso  al  frente  del 
gobierno  pontificio  al  cardenal  Agustín  Rivarola,  quien 
prodigó  las  condenaciones  contra  los  elementos  liberales  (*) , 


(1)  La  conducta  del  Cardenal  Rivarola  en  Roma  recuerda  la  del 
Cardenal  Ruffo,  quien  15  años  antes,  en  junio  de  1799,  al  frente  de 


28 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


y  en  su  odio  contra  las  innovaciones  introducidas  por  las 
autoridades  napoleónicas,  abolió  en  los  Estados  de  la  Iglesia 
la  vigencia  del  Código  Civil  francés,  restableciendo  la  ar- 
caica legislación  vigente  en  el  siglo  anterior,  reemplazó  el 
personal  laico  de  la  administración  por  personal  eclesiástico, 
y  prohibió  el  uso  de  la  vacuna  y  el  alumbrado  nocturno 
en  Roma.  Regresado  Consalvi  a  esta  ciudad,  logró  que 
Pío  VII,  por  un  decreto  de  amnirtía  dejara  sin  efecto  las 
condenaciones  de  Rivarola,  debido  al  mal  efecto  que  ellas 
habían  causado  en  Inglaterra;  pero  continuaron  los  princi- 
pales abusos  existentes,  declarándose  impotente  para  dete- 
ner los  incesantes  progresos  del  bandolerismo  en  los  Estados 
de  la  Iglesia.  Pío  VII  restableció  la  Santa  Inquisición  Roma- 
na y  Universal,  lo  mismo  que  la  funesta  orden  de  los  jesuí- 
tas, contra  la  cual  pocos  años  después,  en  Francia,  durante 
el  ministerio  Martignac,  publicaba  una  célebre  Memoria 
el  antiguo  constituyente  realista  y  católico,  Montlosier,  en 
la  que  sostenía  que  la  finalidad  de  dicha  orden  "tendía  a 
desordenar  (renverser)  la  religión,  la  sociedad  y  el  trono.** 
Los  judíos,  que  durante  la  administración  francesa  habían 
abandonado  el  ghetto,  fueron  obligados  a  volver  a  él  por 
decisión  papal. 

Pío  VII  condena  las  sociedades  secretas  que  traba- 
jaban por  la  libertad  política.  — En  aquellas  épocas  de 
reacción  general  en  toda  Europa,  los  amantes  de  la  demo- 
cracia solían  congregarse  en  sociedades  secretas  para  trabajar 
en  pro  de  la  libertad  política.  Una  de  las  más  célebres  de 
ellas,  fue  la  fundada  en  1815,  en  el  reino  de  Nápoles,  con 
el  nombre  de  los  Carbonari  o  Carbonarios,  llamada  así. 


un  ejército  de  20  mil  hombres,  tomó  la  ciudad  de  Nápoles.  — donde 
hacía  poco  se  había  proclamado  la  Re-púbVca  Partenopena  (de  Par- 
tenope.  antiguo  nombre  de  dicha  ciudad) — ,  siendo  saqueadas  e 
incendiadas  las  casas  de  los  ricos,  y  fusilados,  degollados  y  hasta 
quemados  vivos  numerosos  republicanos,  violándose  la  capitulación 
concertada  con  los  jefes  de  éstos  que  se  habían  atrincherado  en  los 
castillos,  calculándose  que  a  causa  de  las  represalias  por  esa  inten- 
tona republicana,  perecieron  300  personas  en  el  cadalso  y  unas  9.000 
en  los  suplicios. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS  29 

porque  sus  afiliados  primeramente  habían  buscado  refugio 
en  las  chozas  de  los  carboneros.  Esta  sociedad  fue  conde- 
nada por  Pío  VII  en  la  bula  Ecclesiam  a  Jesu  Christo,  que 
contra  ella  publicó  en  setiembre  13  de  1821,  prohibiendo 
a  los  católicos  afiliarse  a  la  misma,  asistir  a  sus  reuniones, 
prestar  ningún  servicio  a  sus  miembros,  y  ordenando  a  to- 
dos, bajo  pena  de  excomunión  mayor,  el  denunciar  a  los 
que  la  componían.  Afirma  el  Papa  en  esa  bula  que  los 
preceptos  morales  de  los  carbonarios  son  impíos,  porque 
*'dicha  sociedad  repite  que  es  permitido  excitar  sediciones 
para  despojar  de  su  poder  a  los  reyes  y  a  los  que  están 
revestidos  de  autoridad,  haciéndoles  la  sangrienta  injuria  de 
designarlos  a  todos  indistintamente  con  el  nombre  de  tira- 
nos". Pío  VII  murió  el  20  de  agosto  de  1823. 


CAPÍTULO  TERCERO 

LEÓN    XI  I 

León  XII  y  el  partido  ultrar  rea  listo  de  Francia. 

—  En  el  cónclave  que  se  reunió  poco  después  de  fallecido 
Pío  VII,  se  impuso  el  partido  de  los  "Zelanti,  que  deseaban 
un  pontífice  completamente  reaacionario,  por  lo  cual  quedó 
descartado  Consalvi  y  estuvo  a  punto  de  ser  electo  el  car- 
denal Severoli,  no  siéndolo  debido  a  la  oposición  de  Austria, 
resultando  triunfante  el  cardenal  Aníbal  Della  Genga,  el  28 
de  setiembre  de  1823,  quien  tomó  el  nombre  de  León  XII. 

Éste  ejerció  el  pontificado  unos  cinco  años  y  medio,  y 
según  lo  confiesa  el  historiador  católico  F.  Hayward,  en  su 
moderna  Historia  de  los  Papas,  con  Imprimatur,  León  XII 
fue  claramente  un  papa  reaccionario.  En  efecto,  en  sus  rela- 
ciones con  Francia,  León  XII  apoyó  al  partido  ultrarrealista, 
que  pugnaba  por  el  retorno  al  antiguo  régimen.  Dicho  par- 
tido, entre  cuyos  corifeos  se  contaban  Chateaubriand,  de 
Bonald  y  Villéle,  sostenía  que  se  debía  dar  al  clero  un  lugar 
preponderante  en  el  Estado,  confiándosele  especialmente  la 
instrucción  pública;  y  que  había  que  amordazar  a  la  prensa 
con  la  censura  y  la  autorización  previa.  Una  de  las  formas 
de  la  propaganda  ultrarrealista  era  precisamente  la  propa- 
ganda religiosa,  pues  el  clero  ponía  toda  su  influencia  al 
servicio  de  la  reacción.  Los  miembros  de  las  Misiones  de 
Francia,  primero,  y  los  Misioneros  de  la  Fe,  después. 


31 


32 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


hacían  una  activa  campaña  en  todo  el  país,  en  pro  del  trono 
y  del  altar.  Los  curas  parroquiales  predicaban  la  guerra  a 
las  ideas  moderna?,  y  rehusaban  la  absolución  a  los  compra- 
dores de  los  bienes  nacionales,  esto  es,  de  los  bienes  que  ante- 
riormente habían  pertenecido  a  la  Iglesia. 

Durante  el  l.irgo  gobierno  del  primer  ministro  reaccio- 
nario Villéle  (1820-1827),  que  excedió  en  tres  años  el  rei- 
nado de  Luis  XVIII,  la  propaganda  absolutista  y  clerical 
alcanzó  un  extraordinario  desarrollo,  pues  aquél  ab:'ndonó 
la  administración  a  los  "congregacionií^tas",  y  puso  los  cole- 
gios y  los  liceos  bajo  la  vigilancia  de  los  obispos,  para  que 
éstos  aseguraran  la  dirección  religiosa  y  moral  de  la  juventud. 
Bajo  su  gobierno,  el  partido  clerical  obtuvo  que  se  enviara 
a  España  la  expedición  del  duque  de  Angulema,  que  restauró 
el  absolutismo  del  rey  Fernando  VII,  restableció  la  Inquisi- 
ción e  inició  allí  una  nueva  época  de  horrores;  y  el  mismo 
partido  consiguió  en  Francia  que  se  aorobara  la  célebre  ley 
retrógrada  del  sacrilegio,  según  la  cual  se  condenaba  con  la 
pena  de  muerte  la  profanación  de  los  vasos  sagrados  v  de  la 
hostia  consagrada.  En  este  último  caso,  al  que  cometía  tales 
actos,  se  le  cortaban  primero  las  manos  y  luego  se  le  decapi- 
taba. 

León  XII  y  las  sociedades  secretas.  — León  XII  no 
sólo  apoyabi  este  movimiento  político-clerical  francés,  sino 
que  combatía,  como  sus  antecesores^,  las  sociedades  secretas, 
como  la  de  los  masones  y  de  los  carbonarios,  que  trabajaban 
en  pro  de  las  libertades  públicas,  según  así  lo  hizo  por  su 
carta  apostólica  Ojio  graviora,  del  13  de  marzo  de  1826.  En 
ella,  dirigiéndose  a  los  príncipes  católico",  les  decía:  "De- 
seamos traeros  a  la  memoria  estas  palabras  de  León  el  Grande 
al  emperador  León:  "Sin  cesar  debéis  recordar  que  el  poder 
"  real  os  ha  sido  concedido  no  sólo  para  gobernar  el  mundo, 
"  sino  principalmente  para  proteger  a  h  Iglesia,  para  com- 
"  primir  las  tentativas  de  los  malos,  para  sostener  las  buenas 
"  instituciones  y  devolver  la  paz  a  quien  la  ha  perdido".  Y 
sin  embarco,  no  tan  sólo  pnra  defender  la  religión  católica, 
sino  también  para  salvar  vuestra  propia  autoridad  y  asegu- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


33 


rar  la  tranquilidad  de  los  subditos  de  vuestro  imperio,  debéis 
trabajar  en  comprimir  esas  sectas,  en  las  circunstancias  crí- 
ticas en  que  vivimos.  Porque  la  causa  de  la  religión  está  tan 
íntimamente  ligada,  sobre  todo  en  nuestros  días,  con  la  sal- 
vación de  la  sociedad,  que  absolutamente  no  es  posible  se- 
parar la  una  de  la  otra,  pues  los  que  forman  parte  de  esas 
sectas  no  son  menos  hostiles  a  la  religión  que  a  vuestro  poder". 

Pero  cosa  curiosa,  el  Papa,  que  en  la  citada  carta  apostólica 
condenaba  y  proscribía  todas  las  sociedades  secretas,  fomen- 
taba en  Francia  la  sociedad  secreta  católica  "La  Congrega- 
ción", que  procedía  del  tiempo  de  la  Revolución,  cuando 
estaba  prohibido  el  culto  practicado  por  los  sacerdotes  no 
» juramentados.  Después  del  arresto  de  Pío  VII,  en  1808,  esta 
asociación  se  proponía  tanto  la  defensa  del  catolicismo,  como 
restablecer  la  antigua  monarquía  borbónica,  y  por  eso  for- 
maron parte  de  ella  el  conde  de  Artois  (futuro  Carlos  X) 
Y  los  más  exaltados  realistas,  y  de  sus  filas  salieron  la  casi 
totalidad  de  los  diputados  de  las  Cámaras  de  la  Restauración. 
No  es  extraño,  pues,  que  contra  esta  poderosa  asociación 
secreta  realista-clerical,  el  partido  de  los  independientes,  que 
contaba  con  la  mayoría  del  país  a  su  favor,  opusiera  otras 
sociedades  secretas,  como  la  de  los  Caballeros  de  la  libertad 
y  la  ya  citada  de  los  carbonarios  o  carboneros,  "La  Charbon- 
nerie",  organizada  en  Francia  por  el  año  1821,  y  que  tendía 
a  derrocar  a  los  Borbones.  En  el  acta  de  la  fundación  de  esta 
última  se  decía:  "En  virtud  de  que  la  fuerza  no  es  el  dere- 
cho, y  que  los  Borbones  han  sido  restablecidos  por  el  extran- 
jero, los  carboneros  se  asocian  para  devolver  a  la  nación 
francesa  el  libre  ejercicio  del  derecho  que  tiene  de  elegir  el 
gobierno  que  le  convenga". 

La  política  de  León  XII  con  Rusia  y  Ñapóles.  — 

En  Rusia,  la  política  de  León  XII  fue,  como  lo  había  sido 
anteriormente  la  de  Pío  VI  en  época  de  Catalina  II,  de  sumi- 
sión a  los  actos  intolerantes  contra  los  católicos  por  parte 
del  zar  Nicolás  I.  Este  déspota  tenía  5u  más  firme  apovo  en 
la  Iglesia  oficial,  a  la  que  gobernaba  por  medio  de  su  edecán, 
general  de  húsares,  el  que  presidía  el  Santo  Sínodo  con  el 


34 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


titulo  de  procurador  general.  Enemigo  de  las  innovaciones 
y  tratando  de  que  todos  sus  súbditos  formaran  parte  de  la 
Iglesia  ortodoxa,  no  trepidó  en  emplear  el  sistema  de  Luis 
XIV,  de  las  dragonadas,  contra  los  viejos  creyentes  rusos  o 
raskolniks,  que  no  aceptaban  la  reforma  eclesiástica  del  pa- 
triarca Nicón  (1653),  y  contra  los  disidentes  que  se  habían 
convertido  al  catolicismo.  Se  imponía  ahí  la  protesta  papal 
contra  los  vejámenes  que  sufrían  los  católicos;  pero  el  Pon- 
tífice romano  creyó  más  prudente  guardar  silencio  y  no 
indisponerse  con  el  autócrata  ruso. 

Con  respecto  al  Estado  de  Nápoles,  había  sido  costumbre 
antigua  que  el  soberano  de  este  reino  enviara  anualmente  al 
Papa,  a  título  de  vasallaje,  un  caballd  blanco  o  una  jaca  con 
una  suma  de  siete  mil  ducados  de  oro;  pero  esta  práctica  que 
a  la  vez  que  le  representaba  a  la  Santa  Sede  una  buena  renta, 
era  motivo  de  una  fiesta  muy  popular  en  Roma,  se  había 
suspendido  desde  el  año  1787,  a  pesar  de  las  reiteradas  pro- 
testas papales.  León  XII  hizo  todo  lo  posible  para  que  se 
reanudara  el  pago  de  ese  tributo  anual,  a  lo  que  se  opuso 
tenazmente  el  rey  Fernando  IV,  que  había  tomado  el  título 
de  Fernando  I,  soberano  del  Reino  Unido  de  las  Dos  Sicilias, 
negándose  a  reconocerse  vasallo  del  Vaticano.  En  esa  oposi- 
ción, Fernando  fue  apoyado  por  Carlos  X,  de  Francia,  quien 
aunque  muy  clerical,  entendía  que,  como  jefe  de  la  casa  de 
Borbón,  no  podía  admitir  tal  pretensión  por  parte  del  jefe 
de  la  Iglesia.  Conviene  recordar  que  aquel  monarca,  luego 
de  restablecido  en  su  trono  de  Nápoles,  después  de  derrotado 
el  general  francés  Murat,  que  era  el  rey  de  ese  país  por  nom- 
bramiento de  Napoleón,  devolvió  al  clero  sus  bienes  que  aún 
no  habían  sido  vendidos,  a  condición  de  que  los  obispos  le 
denunciaran  las  conspiraciones  que  contra  él  se  tramaran  en 
sus  diócesis. 

La  política  de  León  XII  con  España  y  las  incipien- 
tes repúblicas  hispanoamericanas.  — En  España,  León 
XII  continuó  prestando  su  concurso  al  gobierno  reaccio- 
nario del  déspota  Fernando  VII.  Entre  los  miembros  de  la 
camarilla  de  éste,  se  contaban  los  canónigos  Ostolaza  y  Es- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


35 


coiquiz  y  el  nuncio  Gravina.  Las  atrocidades  cometidas  por 
ese  rey  hipócrita,  perjuro  y  bárbaro,  — luego  que  el  ejército 
de  Luis  XVIII  restauró  el  absolutismo  en  España,  para  eter- 
na vergüenza  de  Francia — ,  fueron  de  las  más  crueles  e  in- 
humanas que  se  pudiera  imaginar,  y  sin  embargo,  no  susci- 
taron la  más  mínima  advertencia  ni  protesta  por  parte  del 
pontífice  romano.  Por  el  contrario,  la  reacción  se  apoyaba 
en  el  clero,  el  que  excitaba  al  populacho,  para  que  atacara 
las  prisiones  y  exterminara  a  los  liberales  hacinados  en  las 
cárceles. 

Tanto  Fernando  VII  como  el  clero  español  de  la  metró- 
poli, contaban  con  el  concurso  de  León  XII  para  recuperar 
las  antiguas  colonias  de  España  en  América,  transformadas 
ya  en  flamantes  Repúblicas  independientes,  y  el  Pontífice 
puso  todo  su  empeño  para  que  se  obtuviera  tal  resultado. 
En  efecto,  dirigió  una  encíclica  a  los  Arzobispos  y  Obispos 
de  América,  encareciéndoles  que  se  dedicasen  "a  esclarecer 
ante  su  grey  las  augustas  y  distinguidas  cualidades  que  carac- 
terizan a  nuestro  amado  hijo  Fernando,  rey  católico  de  las 
Españas,  cuya  sublime  y  sólida  virtud  le  hace  anteponer  al 
esplendor  de  su  grandeza  el  lustre  déla  religión  y  la  felicidad 
de  sus  subditos"  y  los  exhortaba  a  que  "con  el  celo  debido, 
expusiesen  a  la  consideración  de  todos,  los  ilustres  e  inacce- 
sibles méritos  de  aquellos  españoles  residentes  en  Europa  que 
han  acreditado  su  lealtad,  siempre  constante,  con  el  sacri- 
ficio de  sus  intereses  y  de  sus  vidas,  en  obsequio  y  defensa 
de  la  religión,  de  la  potestad-  legítima". 

Esta  encíclica  no  dio  el  resultado  esperado;  las  nuevas  Re- 
públicas hispanoamericanas  desoyeron  las  interesadas  instan- 
cias del  Pontífice  romano,  y  ninguna  quiso  renunciar  a  su 
independencia  lograda  a  costa  de  tantos  sacrificios,  para  vol- 
ver al  yugo  del  déspota  feroz,  Fernando  VII,  el  amado  hijo 
espiritual  de  León  XII,  de  quien  éste  ensalzaba  "sus  augustas 
y  distinguidas  cuahdades  y  su  sublime  y  sólida  virtud".  Las 
repúblicas  que  tenían  agentes  diplomáticos  acreditados  ante 
el  Vaticano,  protestaron  contra  las  insinuaciones  de  aquella 
encíclica,  y  a  esas  protestas  se  adhirió  más  o  menos  abierta- 
mente gran  parte  del  clero  mejicano,  entre  otros,  el  cabildo 


36 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


eclesiástico  y  gobernador  de  la  mitra  de  Méjico,  el  obispo  de 
Puebla  de  los  Ángeles,  el  cabildo  eclesiástico  de  Chiapas  y 
otras  corporaciones  eclesiásticas. 

El  doctor  Emilio  Portes  Gil,  no  ha  mucho  Procurador 
General  de  Justicia  en  Méjico,  en  su  obra  "La  labor  sediciosa 
del  clero  mexicano",  hablando  del  sentimiento  unánime  de 
indignación  que  estalló  en  Méjico  al  conocer  el  contenido 
del  mencionado  documento  pontificio,  agrega:  "El  país  que 
acababa  de  conquistar  su  independencia  después  de  una 
cruenta  lucha  de  once  años,  y  de  pasar  por  todos  los  horro- 
res de  una  guerra  sin  cuartel;  que  había  visto  fusilar,  encar- 
celar y  deportar  a  los  caudillos  insurgentes  más  notables,  todo 
en  nombre  de  Fernnndo  VII,  no  podía  leer  sin  ira  aquella 
encíclica  papal,  que  le  recomendaba  volver  a  la  servidum- 
bre, bajo  el  gobierno  de  un  rey  como  Fernando  VIL  El  mi- 
nistro de  Justicia  y  Negocios  Eclesiásticos,  don  Miguel  Ramos 
Arizpe,  además  de  ordenar  a  don  Francisco  Pablo  Vázquez, 
representante  de  México  ante  la  S?.nta  Sede,  aue  prote<;tara 
contra  aquel  documento,  que  parecía  increíble  se  hubiera 
dictado  por  una  corte  tan  precavida,  desconfiada  y  suspicaz 
como  la  de  Roma,  hizo  circular  h  encíclica  entre  todas  las 
autoridades  civiles  y  eclesiást'cas  del  país,  y  todas  unánime- 
mente protestaron  contra  ella"  (págs.  81  a  86). 

La  administración  papal  en  los  Estados  Pontificios. 

—  En  realidad  era  lógica  la  conjunción  de  ideales  del  déspota 
teocrático  romano  con  el  monarca  absolutista  español,  en 
cuyos  respectivos  Estados  existía  la  misma  falta  de  libertades 
y  se  ejercían  las  represiones  por  delitos  políticos  con  rigor 
draconiano.  ¿Qué,  pues,  podía  pedirse  de  León  XII,  en  ma- 
teria de  política  exterior,  cuando  era  desastrosa  la  adminis- 
tración en  sus  propios  Estados  pontificios?  Oieamos  lo  que 
al  respecto  nos  dice  el  circunspecto  historiador  Alberto 
Pingaud.  Después  de  de'^cribir  la  situación  de  la  Italia  cen- 
tral y  mostrar  que  Francisco  IV  de  Módena,  a  pesar  de  su 
absolutismo,  por  lo  menos  tomaba  en  serio  sus  deberes  de 
soberano,  y  se  preocupaba  de  la  prosneridad  material  de  su 
Estado,  asegurando  la  tranquilidad  pública  y  disminuyendo 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


37 


los  impuestos,  se  expresa  así  aquel  historiador:  "En  las  Ro- 
mañas,  por  el  contrario,  las  poblaciones  sufrían  sin  compen- 
sación la  pérdida  de  sus  libertades:  el  gobierno  papal  se 
mostraba  en  ellas  tan  incapaz  como  inflexible,  y  los  ponti- 
ficados de  León  XII  (1823-1829)  y  de  Pío  VIII  (1829- 
1830)  no  se  habían  señalado  sino  por  nuevas  severidades 
contra  los  carbonarios  y  por  nuevos  desórdenes  administra- 
tivos; sin  interrupción  se  proseguían  los  procesos  contra  los 
miembros  verdaderos  o  supuestos  de  las  sociedades  secretas; 
en  el  solo  año  de  1825  se  pronunciaron  508  condenas;  en  un 
solo  día  (mayo  23  de  1828)  fueron  ahorcados  siete  liberales 
en  Ravena,  y  sus  cadáveres  permanecieron  expuestos  en  el 
cadal-'o  durante  24  horas.  En  cambio,  había  aumentado  el 
bandolerismo  hasta  el  punto  que  se  vió  obligado  el  Gobierna 
a  tratar  con  los  jefes  de  los  bandidos;  había  llegado  a  ser  tan 
general  la  miseria,  que  en  Roma  se  contaba  un  mendigo  por 
cada  diez  habitantes;  y  eran  tan  abrumadores  los  impuestos, 
que  los  propietarios  apenas  percibían  el  uno  por  ciento  de 
sus  rentas.  Chateaubriand,  entonces  embajador  en  Roma» 
exponía,  en  carta  a  Portalís,  los  serios  peligros  de  aquella 
situación,  en  estos  términos:  "Si  viniese  del  exterior  cual- 
quier impulso,  o  si  cualquier  príncipe  de  este  lado  de  los 
Alpes  otorgara  a  sus  súbditos  una  constitución,  pronto  esta- 
llaría aquí  una  revolución  para  lo  cual  todo  está  maduro". 
Por  eso  el  citado  historiador  católico  Hayward  termina  su 
estudio  sobre  León  XII  con  estas  palabras:  "Este  papa,  tan 
"Antiguo  Régimen"  por  tantos  concentos,  puede  ser  com- 
parado con  el  rey  Carlos  X.  Como  el  último  de  Io<;  Borbones 
de  la  rama  principal  aue  haya  reinado,  contribuyó  por  su 
intr:'nsio^encia  a  la  caída  del  ooder  político  que  mantenía". 
León  XII  falleció  el  10  de  febrero  de  1829. 


CAPÍTULO  CUARTO 


GREGORIO  XVI 

Lo  mentalidad  del  papa  Gregorio  XVI  y  su  encícli- 
ca Mirar  i  vos.  —  A  León  XII  le  sucedió  el  cardenal  Fran- 
cisco Javier  Castiglioni,  con  el  nombre  de  Pió  VIII,  cuyo 
pontificado  sólo  duró  veinte  meses,  y  del  cual  nada  impor- 
tante hay  que  mencionar  O .  Fué  reemplazado  por  el  car- 
denal Mauro  Cappellari,  cuyo  verdadero  nombre  era  Alber- 
to Barthelemy,  religioso  de  la  orden  de  los  Camaldulos,  orden 
fundada  en  Camaldoli,  Toscana,  en  el  siglo  xi,  por  San  Ro- 
mualdo. El  cónclave  que  eligió  a  Cappellari,  se  prolongó 
durante  50  días,  siendo  descartado  o  excluido  el  cardenal 
Giustiniani,  (que  era  el  que  contaba  con  mayores  probabi- 
lidades de  éxito) ,  debido  a  que  se  opuso  a  su  candidatura  el 
gobierno  de  España.  Cappellari,  del  partido  más  retrógrado 
de  los  Zelanti,  fué  electo  el  2  de  febrero  de  1831  y  tomó  el 
nombre  de  Gregorio  XVI. 

Este  papa,  que  le  tocó  actuar  en  la  agitada  época  del  rena- 
cimiento del  liberalismo,  en  la  que  todos  los  pueblos  se  levan- 
taban contra  sus  opresores,  fue  otro  espíritu  tan  reacciona- 
rio como  sus  antecesores.  En  efecto,  en  su  encíclica  Mirari 
vos,  del  15  de  agosto  de  1832,  sostenía  que  "perecerán  eter- 


(1)  Véase,  sin  embargo,  la  mención  que  de  la  obra  reaccionaria 
de  Pío  VIII,  hacemos  en  nuestro  libro  Lo  libertad  o  través  de  la 
}ústoria,  pág.  332. 


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CELEDONIO  NIN  Y  SDLVA 


naviente,  sin  duda  alguna,  los  que  no  guarden  la  fe  católica 
y  no  la  conserven  entera  y  sin  alteración" ;  combatía  el  di- 
vorcio, la  libertad  de  conciencia  ''error  de  los  más  contagio- 
sos", la  libertad  sin  freno  de  las  opiniones,  y  sobre  todo  la 
libertad  de  prensa,  "libertad  la  más  funesta  y  execrable  para 
la  cual  nunca  se  tendrá  bastante  horror";  atacaba  a  los 
católicos  liberales  que  pedían  la  separación  de  la  Iglesia  y  del 
Estado;  y  defendía  el  Index,  la  extinción  por  el  fuego  de  los 
libros  que  la  Santa  Sede  considera  sospechosos  o  peligrosos» 
y  por  último  la  censura,  reclamando  para  la  Iglesia  el  dere- 
cho de  decretarla  y  ejercerla.  Y  después  de  atacar  "a  los 
valdenses,  wiclefistas  y  otros  semejantes  hijos  de  Belial,  ver- 
güenza y  oprobio  del  género  humano",  y  a  los  sectarios  que 
proclaman  toda  clase  de  libertad,  lo  micmo  que  "a  los  que  se 
apoyan  imprudentemente  en  las  solas  fuerzas  de  su  razón" 
y  "al  hombre  insensato  que  trata  de  pesar  en  balanzas  huma- 
nas los  misterios  de  la  fe",  concluye,  como  solían  entonces 
terminar  casi  todas  las  encíclicas,  solicitando  el  concurso  de 
los  príncipes  católicos  para  hacer  triunfar  tales  ideas,  pues 
"deben  pensar  que  les  ha  sido  concedido  el  poder  no  sólo 
para  gobernar  el  mundo,  sino  principalmente  para  apoyar  y 
defender  a  la  Iglesia". 

Estas  ideas  de  su  citada  encíclica  servirán  para  hacernos 
comprender  la  mentalidad  de  aquel  pontífice;  pero  por  si 
esto  no  fuera  bastante,  recordemos  para  completar  el  cono- 
cimiento de  su  persona,  estos  dos  hechos:  V  que  siempre  se 
opuso  tenazmente  a  consentir  que  en  los  Estados  de  la  Iglesia 
se  hiciera  ninguna  línea  férrea,  siendo  aquella  la  época  en 
que  todos  los  países  civilizados  se  dedicaban  con  entusiasma 
a  construir  ferrocarriles;  y  2'  que  habiendo  estallado  en 
Roma,  durante  el  año  1837  una  epidemia  de  cólera,  no  se  le 
ocurrió  otro  medio  para  combatir  aquella  calamidad,  — como 
si  el  mundo  no  hubiera  adelantado  desde  la  Edad  Media — , 
que  organizar  procesiones,  que  él  mismo  encabezaba. 

Gregorio  XVI  y  la  libertad  italiana.  —  Conocidos  es- 
tos antecedentes,  fácil  es  suponer  cuál  fue  la  política  seguida 
por  Gregorio  XVI,  en  los  quince  años  de  su  pontificado. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


41 


Apenas  elegido,  estalló  un  movimiento  insurreccional  en  los 
pequeños  Estados  de  la  Italia  central,  incluso  los  pontificios, 
formándose  las  Provincias  Unidas  italianas.  El  Papa  solicitó 
de  inmediato  la  ayuda  de  Austria,  cuyo  principal  ministro, 
Metternich  "la  encarnación  del  absolutirmo",  se  apresuró  a 
mandar  un  ejército,  que  al  cabo  de  un  mes  restableció  por 
doquiera  el  antiguo  régimen  despótico.  El  gobierno  provi- 
sorio de  las  Provincias  Unid.is  se  había  refugiado  en  la  ciudad 
de  Ancona,  la  que  fue  obligada  a  capitular,  acordándose  a 
sus  defensores  el  derecho  de  retirarse  al  extranjero  sin  rer 
molestados.  Pero  ¡voe  victis!,  la  deslealtad  y  la  venganza 
acompañaron  aquí,  como  en  todas  partes,  la  restauración  del 
absolutismo.  El  Papa  no  quiso  reconocer  aquella  capitula- 
ción, la  que  luego  fué  violada  por  Austria,  y  centenares  de 
liberales  vinieron  a  pagar  en  las  prisiones,  su  credulidad^ en 
el  cumplimiento  de  la  convención  pactada. 

A  pedido  de  las  potencias,  el  Papa  se  vió  obligado  a  pro- 
meter que  introduciría  reformas  en  sus  Estados,  que  hicieran 
más  aceptable  su  administración,  las  que  se  limitaron  a  la 
promulgación  de  un  Reglamento  procesal  y  otro  sobre  ma- 
teria penal,  con  lo  que  se  suprimían  las  medidas  arbitrarias 
y  las  penas  crueles  que  en  dichos  Estados  se  acostumbraban, 
a  la  vez  que  re  abolieron  los  derechos  de  asilo  y  de  gracia  de 
que  disfrutaban  algunas  cofradías,  especialmente  la  de  San 
Juan  Bautista.  No  habiéndose  cumplido  las  esperadas  refor- 
mas políticas  y  administrativas,  se  renovaron  las  insurrec- 
ciones en  la  Romaña  y  demás  provincias  pontificias.  Alar- 
mado Metternich  por  esa  actividad  revolucionaria,  influyó 
para  que  Gregorio  XVI  cambiara  de  Secretario  de  Estado,  y 
sustituyera  al  cardenal  Bernetti  por  el  cardenal  Lambrus- 
chini,  más  enérgico  y  más  severo  que  su  antecesor.  El  mismo 
Metternich  para  impedir  allí  nuevas  sublevaciones,  hizo  ocu- 
par por  segunda  vez  los  Ertados  de  la  Iglesia  con  ejércitos 
austríacos,  y  para  no  ser  menos,  el  gobierno  francés  de  Luís 
Felipe  envió  un  regimiento  a  Ancona  encargado  de  mantener 
£sa  plaza  a  nombre  del  Papa. 


42 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Lo  política  reoccionorio  de  Gregorio  XVI.  — La  po- 
lítica de  Gregorio  XVI,  tanto  como  monarca  de  un  Estado 
temporal,  como  en  el  seno  de  la  extendida  religión  de  la  que 
era  cabeza  dirigente,  como  en  sus  relaciones  internacionales, 
fue  completamente  reaccionaria.  El  sacerdote  católico  Gio- 
berti,  autor  de  una  célebre  obra  titulada  Primato,  publicada 
en  1843,  que  para  solucionar  el  problema  político  de  Italia 
preconizaba  formar  una  confederación  de  todos  los  Estados 
que  la  componían,  cuyo  Presidente  fuera  el  Papa,  ese  sacer- 
dote, pues,  completamente  adicto  a  su  Iglesia,  se  expresaba 
así  sobre  el  gobierno  de  Gregorio  XVI  en  los  Estados  ponti- 
ficios: "Ese  reinado  fue  el  período  más  triste  que  recuerde 
Italia:  desorden  en  las  finanzas,  venalidad  en  la  administra- 
ción, persecuciones  en  las  ciudades,  continuas  sublevaciones 
en  las  Romañas,  tal  era  el  espectáculo  que  presentaban  las 
provincias  durante  el  ministerio  del  Secretario  de  Estado 
Lambruschini,  Era  tal  el  exceso  de  sus  males  que  muchos 
subditos  del  Papa  formulaban  votos  por  que  su  país  fuera 
unido  al  Austria". 

En  el  seno  del  catolicismo  surgieron  voces  que,  principal- 
mente en  Francia,  sostenían  que  la  Iglesia  debería  estar 
separada  del  Estado.  Para  propagar  esas  ideas,  el  abate  F.  de 
Lamennais,  antiguo  miembro  de  La  Congregación  o  partido 
de  los  jesuítas,  con  el  ex-abogado  y  luego  sacerdote  Enrique 
Lacordaire  y  el  conde  Carlos  de  Montalembert,  fundaron  en 
octubre  de  1830,  en  París,  el  diario  U Avenir,  que  fue  con- 
denado por  el  Papa  en  la  citada  encíclica  Mirari  vos,  lo  que 
trajo  como  consecuencia  que  Lamennais  se  separara  de  la 
Iglesia.  El  progreso  del  catolicismo  en  Francia,  durante  el 
gobierno  de  Luis  Felipe,  fue  a  expensas  de  sus  antiguas  liber- 
tades galicanas,  acentuándose  cada  vez  más  sus  tendencias 
absolutistas  ultramontanas 

En  noviembre  de  1830  estalló  en  Vársovia  la  insurrección 
en  pro  de  la  libertad  de  Polonia.  A  pesar  de  ser  ésta  una 
nación  católica,  víctima  de  la  voracidad  de  sus  vecinos  más 


(1)  Véase  en  nuestra  obra  Lo  lihertad  a  través  de  la  historia,  el 
cap.  XV,  parágrafo  sobre  La  monarquía  de  Julio,  págs.  333-337. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


43 


fuertes,  Rusia,  Prusia  y  Austria,  sin  embargo  no  encontró 
aquel  movimiento  libertador  ningún  apoyo  en  Gregorio 
XVI,  quien  condenó  la  rebelión.  Pero  a  la  inversa  de  León 
XII,  levantó  su  voz  de  protesta,  cuando  el  zar  Nicolás  I,  que 
gobernó  30  años  (1825-1855),  y  que,  como  hemos  dicho, 
trataba  por  la  violencia  de  extirpar  de  Rusia  tanto  la  iglesia 
griega-unida  como  la  católica,  en  provecho  de  la  iglesia  orto- 
doxa oficial,  empleó  procedimientos  bárbaros,  hoy  diríamos 
hitlerianos,  para  operar  conversiones,  siguiendo  el  célebre 
ejemplo  del  católico  Luis  XIV  para  convertir  protestantes. 
Lo  que  un  papa  encontró  bueno  y  ensalzó  en  el  rey  francés, 
este  otro  papa  encontró  malo  y  censuró  en  el  zar  ruso, 
porque  tal  proceder  perjudicaba  al  catolicismo.  Siempre  la 
eterna  dualidad  de  criterio  papal,  según  que  los  actos  guber- 
nativos — iguales  en  uno  o  en  otro  caso —  favorecieran  o 
perjudicaran  a  los  secuaces  de  su  religión.  Gregorio  XVI  con- 
siguió entrevistarse  en  Roma  con  Nicolás  I,  en  diciembre 
de  1845,  e  inducirlo  a  celebrar  un  concordato  con  la  Santa 
Sede,  el  que  fue  firmado  bajo  Pío  IX  en  1847;  pero  ese  con- 
cordato nunca  se  cumplió,  quedando  letra  muerta. 

Durante  el  pontificado  de  Gregorio  XVI,  el  clero  se  unió 
a  los  partidos  más  reaccionarios  españoles  y  portugueses,  es 
decir,  con  los  carlistas  en  España  y  con  los  miguelistas  en 
Portugal;  pero  como  ambos  fueron  vencidos,  la  Iglesia  tuvo 
que  sufrir  las  consecuencias  desfavorables  de  sus  desaciertos. 
En  Alemania,  creyentes  sinceramente  inspirados  en  el  pro- 
greso del  cristianismo,  como  Jorge  Hermés,  profesor  de  la 
Universidad  de  Bonn,  trataban  de  hacer  de  la  filosofía  la 
base  de  la  religión.  Parece  que  tales  tentativas  debieran  de 
haber  sido  alentadas  o  a  lo  menos  miradas  con  simpatía  por 
el  Pontífice  romano;  pero  éste,  enemigo  de  las  novedades, 
condenó  esos  propósitos,  en  setiembre  de  1835.  En  mayo  del 
mismo  año,  el  Papa  había  igualmente  condenado  la  prag- 
mática suiza  de  Badén,  de  1834,  por  la  que  se  arreglaban  las 
relaciones  entre  la  Iglesia  y  el  Estado.  En  resumen,  como 
dice  Emilio  Chenón,  profesor  católico  de  la  universidad  de 
París:  "Puede  afirmarse  sin  exageración,  que  durante  sus 
quince  años  de  reinado,  nunca  vió  Gregorio  XVI  a  la  Iglesia 


44 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


en  paz,  en  sus  relaciones  exteriores  con  los  príncipes.  Sola- 
mente Inglaterra,  donde  la  causa  de  la  emancipación  de  los 
católicos  hacía  diariamente  progresos,  y  los  Estados  Unidos 
de  América,  donde  la  libertad  sinceramente  practicada  fa- 
vorecía el  desarrollo  de  la  Iglesia,  pudieron  proporcionarle 
algún  consuelo".  Gregorio  XVI  murió  repentinamente  el 
1'  de  junio  de  1846. 


CAPÍTULO  QUINTO 


PÍO  IX 

Primer  período  del  pontificado  de  Pío  IX.  —  Quince 

días  después  de  fallecido  Gregorio  XVI,  era  elegido  nuevo 
papa,  Juan  Mastni  Ferretti,  obispo  de  Imola,  quien  tomó  el 
nombre  de  Pío  IX.  Obtuvo  el  triunfo  en  el  cónclave  gracias 
al  apoyo  que  le  prestó  el  conde  Pelegrino  Rossi,  embajador 
de  Francia  en  Roma.  El  apresuramiento  con  que  fe  efectuó 
esta  elección,  se  explica  por  el  afán  de  descartar  al  influyente 
cardenal  Lambruschini,  muy  amigo  de  los  austríacos,  y  por 
las  grandes  esperanzas  que  había  hecho  abrigar  el  triunfador, 
considerado  como  prehdo  liberal.  "¡Qué  ironía  de  la  histo- 
ria! — escribe  al  respecto  Gustavo  Anrich — .  Partidario  Pío 
IX  del  liberalismo  político  y  del  movimiento  que  trabajaba 
por  apresurar  el  renacimiento  de  Italia,  fue  elegido  bajo  la 
presión  de  la  opinión  nacional  exasperada  por  las  ideas  reac- 
cionarias de  su  predecesor.  ¡Y  sin  embargo,  fue  él  quien  más 
tarde  dictó  el  Syllabus  y  proclamó  el  dogma  de  la  infalibi- 
lidad!" 

El  pontificado  de  Mastai  Ferretti,  — el  más  largo 
que  se  conozca  en  la  historia  de  la  Iglesia,  pues  alcanzó  a 
durar  32  años  (1846-1878) — ,  puede  dividirre  en  dos  pe- 
ríodos de  muy  desigual  duración:  el  primero,  de  apenas  dos 
años,  que  fue  de  gran  popularidad;  y  el  segundo,  en  el  que 
se  enajenó  las  simpatías  conquistadas,  a  causa  de  su  falta  de 


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4tf 


CELEDONIO  NIN  Y  SDLVA 


patriotismo  italiano  y  de  su  espíritu  ultra  retrógrado,  que 
venia  a  ser  como  la  culminación  de  todas  las  manifestaciones 
reaccionarias  de  sus  antecesores. 

La  política  de  Pío  IX,  en  su  brevísimo  primer  período, 
tendía  a  satisfacer  las  tendencias  liberales  de  sus  subditos,  y 
asi  tenemos  que  luego  de  electo,  licenció  los  impopulares 
guardias  suizos  traídos  por  Gregorio  XVI,  decretó  una  am- 
nistía general  en  favor  de  los  condenados  políticos,  y  designó 
Secretario  de  Estado  al  cardenal  Gizzi,  que  no  levantaba  re- 
sistencias. Estas  sencillas  medidas,  según  el  historiador  Pin- 
gaud,  presentaban  tal  contraste  con  la  política  seguida  hasta 
entonces  por  los  papas,  que  produjeron  en  Roma,  en  Italia 
y  en  Europa  profunda  impresión,  haciendo  esperar  a  todos 
el  comienzo  de  una  nueva  era  en  la  historia  pontifical  y  en 
la  italiana.  Alentado  por  la  halagadora  popularidad  tan  fá- 
cilmente conquistada,  Pío  IX  fue  paulatinamente  accediendo 
a  los  pedidos,  que  constantemente  se  le  formulaban,  de  otor- 
gamientos de  nuevas  concesiones  democráticas,  y  así  acor- 
dó relativa  libertad  de  prensa,  disminuyendo  la  severidad  de 
la  censura,  por  lo  que  hicieron  su  aparición  en  Roma  los 
primeros  diarios  que  allí  vieron  la  luz;  creó  igualmente  una 
especie  de  sistema  representativo,  llamado  Consulta,  cámara 
compuesta  de  laicos  nombrados  por  el  Gobierno,  encargada 
de  formar  las  leyes;  organizó  un  Ministerio  a  imitación  de 
las  monarquías  constitucionales;  confió  la  administración  de 
Roma  a  un  cuerpo  colegiado,  el  Senado,  con  autonomía  co- 
munal; y  autorizó  la  formación  de  una  guardia  cívica  para 
la  defensa  de  las  nuevas  instituciones. 

"Con  Pío  IX,  dice  Anrich,  pareció  que  el  papado  iba  a 
adherirse  al  ideal  político  del  momento.  En  una  época  en  la 
que  rehusaban  los  gobiernos  conceder  a  los  oueblos  las  liber- 
tades que  éstos  reclamaban,  apareció  el  Papa  como  el  más 
Hber;?l  de  los  soberanos.  Roma  estaba  gozosa;  los  católicos 
liberales  se  ilusionaban  con  la  esperanza  de  que  el  Papa  ins- 
piraría y  dirigiría  la  evolución  política  de  Europa;  y  hasta 
los  liberales  aclamaban  en  él  al  campeón  de  la  buena  causa". 
Poco  después  de  estas  reformas,  renunció  el  cardenal  Gizzi, 
siendo  reemplazado  como  Secretario  de  Estado,  por  el  car- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


47 


denal  Gabriel  Ferretti,  sobrino  del  Papa.  Fue  también  du- 
rante ese  primer  período  de  su  pontificado  que  Pío  IX  auto- 
rizó la  construcción  de  una  línea  férrea  en  sus  Estados,  lo 
que  no  se  había  podido  obtener  del  obtuso  cerebro  de  monje 
de  Gregorio  XVI. 

Pero  poco  duraron  las  esperanzas  que  se  habían  cifrado 
en  el  pretendido  liberahsmo  del  nuevo  Papa.  Los  jesuítas 
y  demás  absolutistas  se  oponían  a  las  referidas  reformas,  y 
en  cambio  el  pueblo,  alentado  por  lo  que  había  conseguido, 
sohcitaba  más  amplias  libertades  y  medidas  más  radicales. 
Pío  IX,  carente  de  resolución  para  ir  más  lejos,  exclamaba: 
"S^  pretende  hacer  de  mí  un  Napoleón,  y  sólo  soy  un  pobre 
cura  de  campaña".  Esta  última  afirmación  no  estaba  des- 
provista de  verdad:  la  mentalidad  de  Juan  Mastai  Ferretti 
no  excedía  a  la  de  un  simple  cura  de  campaña,  que  aunque 
atiborrado  de  derecho  canónico,  carecía  de  las  dotes  de  esta- 
dista e  ignoraba  los  progresos  que  la  ciencia  había  efectuado 
en  la  primera  mitad  del  siglo  xix.  Por  eso,  según  veremos 
más  adelante,  no  pudo  continuar  haciendo  de  papa  liberal, 
y  se  mostró  tal  cual  era,  es  decir,  como  verdadero  autócrata 
y  jefe  despótico,  que  llevó  sus  tendencias  reaccionarias  a  los 
más  extremos  límites,  no  teniendo  escrúpulo  más  tarde  en 
proclamar  que  'V/  Pontífice  romano  no  puede  ni  debe 
reconciliarse,  ni  transigir  con  el  progreso,  el  liberalismo  y  la 
civilización  moderna". 

El  movimiento  reformista  iniciado  en  los  Estados  ponti- 
ficios, pronto  se  extendió  a  Toscana  y  al  Piamonte;  pero 
los  pueblos  italianos  aspiraban  a  algo  más,  a  saber:  a  supri- 
mir el  absolutismo  de  los  reyes  por  el  otorgamiento  de  cons- 
tituciones, y  a  la  total  independencia  nacional,  o  sea,  a  la 
expulsión  de  los  austríacos  del  Norte  de  Italia  donde  ocupa- 
ban Venecia  y  la  Lombardía.  Ese  doble  movimiento  de 
emancipación  política  y  nacional,  que  agitaba  al  pueblo 
italiano  desde  1846,  culminó  en  1848  cuando  se  obtuvo  que 
acordaran  constituciones  el  reino  de  Nápoles,  Toscana,  Pia- 
monte, y  a  regañadientes  Pío  IX  en  sus  Estados.  Esta  última 
constitución,  llamada  ''Estatuto  fundamental  para  el  go- 
bierno temporal  de  los  Estados  de  la  Santa  Sede",  fue  ela- 


48 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


horada  por  una  comisión  de  eclesiásticos  y  publicada  el  14  de 
marzo  de  1848.  Instituía  dos  Cámaras,  una  vitalicia  y  la 
otra  electiva,  para  votar  las  leyes,  un  Consejo  de  Estado  para 
prepararlas,  y  un  Ministerio  para  responder  de  su  ejecución. 
Las  decisiones  de  las  Cámaras  estaban  sometidas  al  veto  del 
Sacro  Colegio.  Pocos  días  después  de  publicado  ese  Estatuto, 
Venecia  y  Lombardía  se  sublevaron  contra  sus  opresores, 
y  arrastrado  por  los  sucesos,  Carlos  Alberto,  rey  del  Pia- 
monte,  se  ponía  al  frente  de  los  sublevados  y  declaraba  la 
guerra  al  Austria. 

Pío  IX,  cediendo  a  tumultuosas  demostraciones  popula- 
res, se  vio  obligado  a  enviar  a  la  frontera  Norte  un  contin- 
gente de  17.000  hombres  para  apoyar  esa  guerra  nacional; 
pero  ante  las  amenazas  del  embajador  de  Austria,  hizo  reti- 
rar aquellas  fuerzas,  declarando  el  29  de  abril  siguiente  que 
sólo  había  confiado  a  sus  soldados  la  misión  de  defender  la 
integridad  de  los  Estados  de  la  Iglesia,  y  que  nunca  había 
pensado  en  decLirar  la  guerra  al  Austria.  Con  esta  antipa- 
triótica declaración  terminó  para  siempre  la  popularidad 
de  aquel  Pontífice.  La  defección  de  Pío  IX,  unida  a  otros 
factores,  como  la  revolución  de  Nápoles  y  la  irresolución  de 
Carlos  Alberto,  que  contrastaba  con  la  rapidez  y  pericia 
con  que  procedían  los  jefes  austríacos,  hicieron  que  aquel 
levantamiento  nacional  tan  bien  iniciado,  terminara  pocos 
meses  después  en  un  completo  desastre  (batallas  de  Custozza 
y  de  Somma-Campagna,  24  y  25  de  julio  de  1848) ,  quedan- 
do restablecido  el  antiguo  régimen  en  la  región  lombardo- 
véneta. 

Política  absoluf ista  de  Pío  IX.  —  El  partido  republi- 
cano encabezado  por  Mazzini,  intervino  entonces  procla- 
mando que  antes  de  intentar  nuevamente  atacar  al  opresor 
extranjero,  había  que  comenzar  por  formar  una  reoública 
unitaria  con  todos  los  Estados  italianos  existentes.  El  Papa, 
que  por  ningún  motivo  quería  romper  con  la  poderosa  y 
católica  Austria,  limitóse  a  protestar  contra  la  violación  del 
territorio  pontificio  cuando  tropas  austríacas  al  mando  del 
general  Welden  cruzaron  sus  fronteras  y  atacaron  a  Bolonia 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


49 


poco  después  de  la  derrota  de  Custozza.  Para  reconquistar 
su  perdido  prestigio,  viendo  que  aumentaba  su  impopula- 
ridad con  tan  desacertada  política,  llamó  al  ministerio  a  su 
amigo  el  conde  Pelegrino  Rossi,  hábil  administrador,  de  ten- 
dencias liberales,  quien  en  los  dos  meses  que  ejerció  el  cargo, 
reformó  los  principales  abusos  administrativos,  restauró  las 
finanzas  obteniendo  del  clero  un  préstamo  de  cuatro  millo- 
nes de  escudos,  y  negoció  en  Turín,  Florencia  y  Nápoles  la 
formación  de  una  confederación  de  Estados  italianos.  Pero 
asesinado  Rossi  el  15  de  noviembre  de  1848,  se  levanta  el 
pueblo  romano  y  exige  de  Pío  IX  un  ministerio  democráti- 
co, la  convocación  de  una  Constituyente  italiana  y  la  decla- 
ración de  guerra  al  Austria.  No  accediendo  el  Papa  a  ningu- 
na de  esas  exigencias,  el  pueblo  ataca  a  la  guardia  pontifical, 
compuesta  nuevamente  de  suizos,  que  no  hacía  mucho  ha- 
bían sido  hcenciados,  y  que  ahora,  como  en  pasadas  épocas, 
vivían  de  la  profesión  militar,  poniendo  su  espada  al  servi- 
cio de  los  gobiernos  absolutos,  que  eran  los  que  mejor  paga- 
ban. Tras  sangriento  combate.  Pío  IX  se  vio  obligado  a  lla- 
mar al  poder  a  dos  de  los  jefes  revolucionarios;  pero  una 
semana  después,  disfrazado  de  simple  sacerdote,  huyó  de 
noche  del  Quirinal,  y  en  un  coche  del  Ministro  de  Baviera 
se  trasladó  a  la  ciudad  de  Gaeta,  poniéndose  asi  bajo  la  pro- 
tección del  rey  de  Nápoles. 

Luego  que  se  supo  la  huida  del  Papa,  la  Cámara  romana 
de  Diputados  nombró  una  Junta  de  Estado  encargada  pro- 
visoriamente del  Poder  Ejecutivo,  la  que  fué  excomulgada 
por  aquél.  Pero  como  las  excomuniones  papales  ya  no  asus- 
taban a  nadie,  los  republicanos  reclamaron  la  convocación 
de  una  Asamblea  Constituyente  por  sufragio  universal,  a  lo 
que  accedió  el  Parlamento,  efectuándose  esas  elecciones  el 
21  de  enero  de  1849.  Esa  Asamblea  declaró,  el  8  de  febrero, 
caducado  el  poder  temporal  del  Papa,  a  quien  se  le  garan- 
tizó su  independencia  espiritual,  y  al  día  siguiente,  proclamó 
la  República  romana.  El  18  del  mismo  mes,  en  Florencia, 
Mazzini  logró  hacer  proclamar  también  la  República 
toscana. 

Pío  IX,  desposeído  del  gobierno  de  sus  Estados,  se  apre- 


50 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


suró  a  solicitar  la  ayuda  de  las  potencias  católicas:  Francia, 
Austria,  España  y  el  reino  de  Nápoles,  países  todos  que 
enviaron  cuerpos  de  ejército,  a  los  cuales  no  pudo  vencer  en 
definitiva  la  nueva  República  romana,  cuyas  fuerzas  tuvie- 
ron que  capitular,  menos  las  de  Garibaldi,  quien  con  5.000 
voluntarios  continuó  la  lucha  en  los  Apeninos,  hasta  que 
las  tropas  austríacas  lo  obligaron  a  buscar  refugio  en  Ge- 
nova. Tocóle  a  la  Francia  de  Luis  Napoleón  Bonaparte, 
representada  por  el  general  Oudinot,  y  tan  luego  en  el  glo- 
rioso aniversario  del  14  de  julio,  el  triste  papel  de  proclamar 
la  restauración  de  la  soberanía  temporal  del  Papa.  En  nom- 
bre de  éste  se  encargó  del  poder  en  Roma  una  comisión  pre- 
sidida por  tres  cardenales,  'V/  triunvirato  rojo",  que  se 
distinguió  por  las  medidas  ultra-reaccionarias  que  tomó. 

Después  de  nueve  meses  de  destierro  voluntario  en  Gaeta 
y  de  permanecer  unos  cuatro  meres  más  en  Pórtici,  Pío  IX 
regresó  a  Roma,  el  12  de  abril  de  1850,  dispuesto  a  seguir, 
dentro  y  fuera  de  su  territorio,  una  política  totalmente  abso- 
lutista. Refiriéndose  a  ese  regreso  de  Pío  IX  a  Roma,  se 
expresa  así  el  ya  citado  escritor  alemán  Gustavo  Anrich: 
"Protegido  por  los  ejércitos  extranjeros  que  le  habían  recon- 
quistado los  Estados  de  la  Iglesia,  volvió  a  Roma,  después 
de  casi  año  y  medio  de  destierro,  animado  de  nuevos  senti- 
mientos. El  antiguo  defensor  de  la  libertad  se  había  trans- 
formado en  enemigo  jurado  tanto  de  los  principios  libera- 
les a  los  que  había  debido  su  elección,  como  de  las  ideas  y 
del  mundo  modernos,  en  general.  El  principio  de  autoridad 
y  de  absolutismo,  que  ahora  había  adoptado,  concordaba 
mucho  mejor  con  su  manera  de  comprender  la  Iglesia  y  la 
religión,  concepción  que  nunca  había  tenido  nada  de  mo- 
derna. Le  faltaba  una  seria  cultura  teológica,  y  su  piedad 
era  toda  de  entusiasmo  y  de  fantasía.  Extraordinariamente 
ingenuo  y  crédulo,  por  doquiera  veía  milagros  y  adverten- 
cias. Interpretaba  como  oráculos  divinos  las  palabras  de 
profetisas  visionarias;  se  creía  elegido  por  Dios  para  una 
misión  muy  especial,  y  particularmente  inspirado  por  su 
Espíritu.  Sus  sentimientos  concernientes  a  la  autoridad  papal 
eran  completamente  los  de  un  papa  de  la  Edad  Media.  Pío  IX 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


51 


estaba  realmente  convencido  que  personificaba  la  tradición 
de  la  Iglesia,  y  que  era,  entre  los  hombres,  el  portavoz  de 
Dios.  Y  este  papa  que  tanto  creía  en  su  propia  infalibilidad 
y  que  menospreciaba  el  mundo  moderno,  en  adelante  se 
echó  en  brazos  de  los  jesuítas,  que  mantuvieron  y  alentaron 
sistemáticamente  esos  sentimientos,  y  gracias  a  su  apoyo, 
supieron  hacerse  los  dueños  de  la  Iglesia". 

Con  el  propósito  de  llevar  a  cabo  su  nueva  política  abso- 
lutista, nombró  Pío  IX  Secretario  de  Estado  al  cardenal 
Antonelli,  hechura  suya,  célebre  por  sus  iniquidades  y  el 
terror  que  hizo  reinar  en  Roma,  y  combatió  por  todos  los 
medios  las  ideas  liberales  de  la  Revolución  Francesa.  Desde 
1850  a  1855,  se  pronunciaron  en  Roma  por  motivos  polí- 
ticos, más  de  90  sentencias  de  muerte;  y  en  Bolonia,  des- 
de 1849  a  1856,  hubo  276  ejecuciones.  En  1858,  ocurrió  el 
resonante  "asunto  Mortara",  que  desencadenó  una  violenta 
campaña  de  prensa  en  toda  Europa,  contra  la  tiranía  papal. 
Ese  asunto  consistía  en  que  Pío  IX,  demostrando  la  más 
completa  carencia  de  sentimientos  humanitarios,  arrebató 
del  seno  de  su  famiha,  a  un  niño  judío,  de  Bolonia,  apelli- 
dado Mortara,  y  lo  encerró  en  un  convento,  so  pretexto  de 
que  había  sido  hecho  bautizar  por  una  sirvienta.  De  nada 
valieron  las  conmovedoras  protestas  de  los  desconsolados 
padres  que  reclamaban  a  su  hijo,  ni  las  reclamaciones  diplo- 
máticas de  Napoleón  III,  ni  las  de  Inglaterra,  pues  Pío  IX, 
como  jefe  despótico  del  Estado  pontificio,  se  negó  a  dejar 
sin  efecto  aquella  atentatoria  medida,  obligando  más  tarde 
al  secuestrado  a  entrar  en  una  congregación,  donde  con  los 
años  llegó  a  ser  un  predicador  de  cierta  notoriedad. 

En  los  nueve  años  (1850-1859)  en  que  Pío  IX  gozó  de 
tranquilidad  política,  no  cesó  de  atacar  la  república,  el 
socialismo  (para  él,  sinónimo  de  comunismo) ,  la  libertad 
de  prensa,  y,  en  general,  todas  las  ideas  nuevas,  fundamento 
de  nuestra  actual  civilización,  tratando  de  que  la  sociedad 
volviera  a  la  feliz  época  de  la  Edad  Media,  en  la  que  la 
Iglesia  era  dueña  y  señora  de  las  conciencias,  e  imponía  sus 
decisiones  a  los  Estados.  En  realidad,  lo  que  hizo  Pío  IX 
después  de  su  restauración  en  1850,  fue  quitarse  la  careta 


52 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


de  papa  patriota  y  liberal  con  que  en  un  principio  se  había 
cubierto  el  rostro,  engañando  a  mucha  gente  ingenua.  En 
efecto,  ya  en  su  encíclica  Qui  plúrihus,  del  9  de  noviembre 
de  1846,  expresaba  que  seguiría  las  tradiciones  de  sus  ante- 
cesores, condenando  en  ella  las  sociedades  secretas,  las  socie- 
dades bíblicas,  los  filósofos,  "la  execrable  doctrina  llamada 
comunismo",  la  publicación  de  libros  sin  censura,  y  la  divul- 
gación de  las  nuevas  ideas  que  denominaba  "licencia  desen- 
frenada en  los  pensamientos,  en  los  discursos  y  en  los  escri- 
tos". Y,  como  los  anteriores  Pontífices,  consideraba  que  la 
mejor  manera  de  combatir  todos  esos  "males",  era  apelar  al 
concurso  de  los  príncipes  católicos  a  quienes  "se  les  había 
dado  el  poder  no  sólo  para  el  gobierno  del  mundo,  sino  prin- 
cipalmente para  la  defensa  de  la  Iglesia". 

En  su  encíclica  Nostis  et  Nohiscum,  del  8  de  diciembre 
de  1849,  condena  Pío  IX  la  perversidad  de  los  revoluciona- 
rios que  dominaron  en  Roma  y  habían  proclamado  que  la 
religión  católica  es  un  obstáculo  a  la  grandeza  y  a  la  prospe- 
ridad de  Italia;  y  sostiene  que  fue  el  catolicismo,  a  la  caída 
del  imperio  romano,  el  que  apartó  el  alm^  de  los  italianos  de 
la  sed  de  gloria  que  había  arrastrado  a  sus  antecesores  a  hacer 
perpetuamente  la  guerra  y  a  oprimir  pueblos  extranjeros. 
Destacamos  esta  afirmación  desmentida  hoy  por  la  Italia  ca- 
tólica fascista  de  Mussolini,  que  ha  llevado  la  guerra  a  pue- 
blos indefensos  o  que  ningún  mal  le  había  causado,  sojuz- 
gándolos por  la  fuerza  brutal  de  las  armas,  como  de  ello 
pueden  dar  testimonio  Abisinia,  Albania  y  Grecia. 

En  la  misma  encíclica,  combatiendo  "los  criminales  sis- 
temas del  nuevo  socialismo"  pide  a  los  pobres  "que  recuer- 
den, según  la  enseñanza  de  Jesucristo,  que  no  deben  entris- 
tecerse por  su  condición,  porque  la  misma  pobreza  les  ha 
"  preparado  un  camino  más  fácil  para  la  salvación,  con  tal 
que  soporten  pacientemente  su  indigencia,  y  que  además 
de  pobres  en  realidad,  lo  sean  también  en  espíritu".  Esta 
fácil  manera  de  resolver  el  problema  social  del  pauperismo, 
la  califica  gráficamente  Loisy,  diciendo  que  era  como  dar 
a  los  pobres  cheques  al  portador  contra  el  paraíso. 

En  su  alocución  consistorial,  Acerbissimum,  de  setiem- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


53 


bre  27  de  1852,  protesta  Pío  IX  contra  el  Gobierno  sud- 
americano de  Nueva  Granada,  hoy  República  de  Colombia, 
porque  oprimía  a  la  Iglesia  católica.  ¿Sabe  el  lector  en  qué 
consistía  esa  opresión,  que  ya  desde  1847  llevaba  a  aquel 
Pontífice  "a  deplorar  la  situación  miserable  a  que  estaba 
reducida  la  Iglesia?"  Pues  si  no  lo  sabe,  se  lo  explicará  el 
mismo  Papa  en  su  citada  alocución.  Oigámoslo:  "Caluro- 
samente reclamábamos  contra  dos  nuevos  proyectos  de  ley, 
de  los  cuales  el  primero  abolía  los  diezmos  sin  que  la  Santa 
Sede  hubiese  sido  consultada;  y  el  segundo  garantía  a  todos 
los  hombres  que  emigren  a  Nueva  Granada,  el  ejercicio  pú- 
blico de  su  culto,  cualquiera  que  él  fuese.  Al  reprobar  esos 
proyectos,  pedíamos  con  la  mayor  fuerza  que  nunca  fueran 
llevados  a  la  práctica,  y  que  la  Iglesia  pudiese  usar  todos  sus 
derechos  y  gozar  de  su  entera  libertad  . . .  No  sólo  han  sido 
mantenidas  tales  leyes,  sino  que  además  las  dos  Asambleas 
legislativas  de  ese  Gobierno  han  hecho  otras  que  violan  mani- 
fiestamente, atacan  y  pisotean  los  más  sagrados  derechos  de 
la  Iglesia  y  de  esta  Sede  apostólica".  Esas  leyes  de  que  se 
quejaba  Pío  IX,  se  referían  a  las  órdenes  monásticas,  a  la 
expulsión  de  los  jesuítas,  abolición  del  fuero  eclesiástico,  etc., 
agregando:  "No  debiendo  tampoco  silenciarse  que  la  nueva 
Constitución  de  esa  República  reconoce  entre  otros  derechos 
el  de  libre  institución  (canónica)  y  a  todos  concede  plena 
y  entera  libertad  de  publicar  sus  pensamientos  y  hasta  las 
opiniones  más  monstruosas,  a  la  vez  que  la  libertad  de  pro- 
fesar, en  público  o  privadamente,  el  culto  que  se  quiere^*. 
Ya  se  ve  la  clase  de  libertad  que  pretendía  Pío  IX  para  su 
Iglesia,  a  saber,  la  de  cercenar  las  libertades  de  los  no  ca- 
tólicos. 

En  España,  vencidos  los  carlistas  que  contaban  con  el 
tpoyo  del  clero,  en  la  guerra  de  siete  años  (1833-1840),  se 
interrumpieron  las  relaciones  con  la  Santa  Sede,  hasta  que 
fueron  restablecidas  al  final  de  1848,  logrando  en  marzo 
de  1851,  celebrarse  un  concordato  con  el  Gobierno  de 
Isabel  II.  Con  tal  motivo,  en  su  alocución  consistorial  de 
julio  26  de  1855,  Pío  IX  exclamaba:  "Sabéis  cómo  en  esa 
convención  de  1851,  entre  todas  las  decisiones  relativas  a 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


los  intereses  de  la  religión  católica,  hemos  establecido  sobre 
todo  que  esta  santa  religión  continuara  siendo  la  única  reli- 
gión de  la  nación  española,  con  exclusión  de  todo  otro  culto, 
y  que,  como  antes,  conservaría  en  todo  el  reino,  los  derechos 
y  prerrogativas  de  que  ella  debe  gozar,  según  la  ley  de  Dios 
y  las  reglas  canónicas;  además  que  en  las  escuelas,  tanto 
públicas  como  particulares,  la  enseñanza  sea  enteramente 
conforme  a  la  doctrina  católica;  sobre  todo  que  los  Obispos, 
en  el  cumplimiento  de  sus  funciones  episcopales,  así  como 
en  todo  lo  relativo  al  derecho  y  ejercicio  de  la  autoridad 
eclesiástica  y  de  sus  santas  obligaciones,  gozaran  de  la  plena 
libertad  que  los  Santos  Cánones  les  atribuyen;  y  que  final- 
mente podría  la  Iglesia  usar  siempre  de  su  derecho  primitivo 
de  adquirir  nuevos  bienes,  a  cualquier  título  que  fuere,  y 
que  ese  derecho  de  propiedad  de  la  Iglesia  sería  inviolable, 
tanto  para  lo  que  ella  poseía  entonces,  como  para  lo  que 
adquiriera  en  lo  futuro". 

Por  esta  transcripción  se  ve  cómo  entiende  la  Iglesia  cató- 
lica la  libertad,  es  decir,  como  una  especie  de  ley  del  embudo: 
lo  ancho  para  ella,  lo  estrecho  para  los  demás.  Por  eso  Pío  IX 
en  la  citada  alocución  manifestaba  su  dolor,  por  haber  que- 
dado fin  efecto  dicho  concordato  y  protestaba  contra  todo 
lo  hecho  por  el  poder  laico  en  España.  Ese  dolor  no  le  duró 
mucho  al  Papa,  porque  en  1859  logró  celebrar  un  nuevo 
concordato  con  el  Gobierno  de  Isabel  II,  el  que  fue  promul- 
gado como  ley  del  Estado  en  1861,  hasta  que  la  revolución 
de  setiembre  de  1868,  por  su  ministerio  revolucionario,  de- 
cretó la  libertad  de  cultos,  de  prensa  y  de  enseñanza.  En  la 
Constitución  que  se  formó  el  año  siguiente,  se  incluyeron 
esas  libertades,  a  despecho  de  la  encarnizada  batalla  que  en 
contra  promovió  el  clero,  que  seguía  la  política  absolutista 
del  Pontífice.  El  clero  no  se  contentó  con  protestas  pacífi- 
cas, sino  que,  plegándose  a  la  causa  de  don  Carlos,  hijo  de 
don  Juan  de  Borbón,  predicó  abiertamente  la  guerra  civil, 
que  estalló  algún  tiempo  después,  en  abril  de  1872,  en  el 
gobierno  de  Amadeo  de  Sabova,  v  duró  hasta  marzo  de  1876 
en  el  reinado  de  Alfonso  XII.  De  paso  conviene  recordar 
que  siete  meses  antes  de  estallar  la  revolución  de  setiembre 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


$5 


de  1868,  que  derrocó  a  Isabel  II,  le  envió  Pío  IX  a  esta 
Mesalina,  la  rosa  de  oro  con  que  él  acostumbraba  a  atesti- 
guar su  estima  a  la  más  piadosa  de  las  reinas  católicas,  razón 
por  la  cual  entre  éstas  era  muy  solicitada  esa  prueba  del 
afecto  papal. 

Napoleón  III  y  Pío  IX.  — ^En  Francia,  la  segunda  Re- 
pública salida  del  movimiento  insurreccional  de  febrero 
de  1848,  había  elevado  a  la  Presidencia,  por  sufragio  uni- 
versal, a  Luis  Napoleón,  sobrino  del  célebre  emperador 
muerto  en  Santa  Elena.  Luis  Napoleón,  por  el  golpe  de 
Estado  del  2  de  diciembre  de  1851,  disolvió  la  Asamblea 
Legislativa;  luego  formó  una  Constitución  a  su  antojo,  y 
un  año  después,  por  un  plebiscito,  era  proclamado  Empera- 
dor de  los  franceses  "por  la  gracia  de  Dios  y  de  la  voluntad 
nacional",  tomando  el  nombre  de  Napoleón  III.  Este  ambi- 
cioso astuto,  de  alma  versátil,  que  al  escalar  la  Presidencia 
había  jurado  públicamente  permanecer  fiel  a  la  República 
democrática  y  defender  la  Constitución  de  1848,  y  que  a 
ese  juramento  había  agregado  estas  palabras:  "Consideraré 
como  enemigos  de  la  patria  a  todos  aquellos  que,  por  vías 
ilegales,  tentaren  cambiar  la  forma  de  gobierno",  ese  perjuro 
sin  escrúpulos,  que  había  sido  carbonario  en  1830,  que  había 
escrito  algunas  obras  socialistas,  y  que  él  mismo  más  tarde 
se  calificaba  de  un  simple  "parvenú",  ese  gobernante,  deci- 
mos, que  tanto  mal  hizo  a  su  país,  cofttó  con  el  apoyo  de 
Pío  IX,  del  clero  y  del  partido  católico  francés,  gracias  a 
cuyos  votos  consiguió  primero  su  triunfo  sobre  el  general 
Cavaignac  para  ser  Presidente,  y  luego,  la  aprobación  ple- 
biscitaria que  sancionara  sus  referidas  medidas  dictatoriales. 
Ya,  como  Presidente  constitucional,  había  enviado  una  ex- 
pedición militar  contra  la  República  romana,  coadyuvando 
así  al  restablecimiento  del  poder  temporal  del  Papa,  de  modo 
que  no  es  de  extrañar  el  entusiasmo  del  clero,  cuando  se  pro- 
clamó emperador,  entusiasmo  que  ya  anteriormente  se  lo 
había  demostrado  la  Iglesia,  celebrando  con  un  Te  Deum 
el  crimen  del  golpe  de  Estado  de  diciembre  2  de  1851.  El 
episcopado  francés  lo  caUficaba  de  otro  Constantino;  y  \ás 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


pocas  voces  aisladas  de  protesta  que  hacían  oír  algunos  del 
grupito  de  los  católicos  llamados  liberales,  como  Montalem- 
bert  y  Dupanloup,  eran  ahogadas  por  la  reprobación  de  la 
Santa  Sede:  los  amigos  del  Papa  tenían  que  ser  amigos  del 
nuevo  Emperador.  Por  eso  Luis  Veuillot,  el  más  violento  e 
intransigente  de  los  periodistas  ultramontanos,  fue  al  prin- 
cipio un  servidor  incondicional  del  nuevo  régimen;  y  cuando 
Napoleón  III  tuvo  un  hijo  de  su  esposa  Eugenia  de  Mon- 
tijo.  Pío  IX  consideró  un  honor  el  salir  de  padrino  del  vas- 
tago imperial. 

Pío  IX  sacaba  gran  provecho  de  su  amistad  con  Napo- 
león III,  pues  no  sólo  tenía  en  éste  un  defensor  de  los  Esta- 
dos pontificios,  sino  que  además  el  Emperador  favorecía  el 
desarrollo  de  las  congregaciones  y  permitía  que  la  Iglesia 
dirigiera  a  la  juventud.  Los  católicos  recordaban  con  com- 
placencia que,  bajo  la  presidencia  de  Luis  Napoleón,  había 
sido  votada  la  ley  del  monárquico  clerical  Falloux,  ley  del 
16  de  marzo  de  1850,  por  la  cual  los  maestros  quedaron 
subordinados  a  los  curas  y  estaban  obligados  a  enseñar  el 
catecismo;  se  reabrieron  las  escuelas  secundarias  a  los  jesuí- 
tas; las  municipalidades  pudieron  elegir  miembros  de  las 
congregaciones  para  dirigir  las  escuelas,  y  las  cofradías  de 
mujeres  gozaron  del  privilegio  de  reemplazar  el  examen  de 
maestra  — título  que  se  requería  para  abrir  escuela — ,  por 
una  carta  de  obediencia  proveniente  de  un  obispo. 

Pero  esas  relaciones  entre  los  dos  autócratas  no  se  conser- 
varon mucho  tiempo  cordiales.  Napoleón  III  quería  que 
Pío  IX  viniera  a  París,  a  consagrarlo,  como  había  hecho 
Pío  VII  con  su  tío  Napoleón  I,  a  lo  que  el  Papa  se  oponía 
mientras  no  fueran  abolidos  los  artículos  orgánicos  del  culto 
y  la  ley  que  prohibía  la  celebración  del  matrimonio  reUgioso 
intes  del  matrimonio  civil.  Tales  relaciones  se  volvieron  más 
tirantes  cuando  durante  la  guerra  franco-anglo-rusa,  lla- 
mada guerra  de  Crimea  (marzo  27  de  1854  a  marzo  30 
de  1856),  Víctor  Manuel,  rey  de  Cerdeña  y  del  Piamonte, 
celebró  una  alianza  con  Francia  el  26  de  enero  de  185  5,  que 
Ic  permitió  a  aquel  Estado  tomar  parte  en  el  Congreso  de 
la  paz  celebrado  en  París,  en  febrero  y  marzo  de  1856, 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


57 


alianza  de  la  cual,  con  razón  se  ha  dicho,  debía  salir  la 
emancipación  de  Italia.  Y  cosa  digna  de  mencionar.  Napo- 
león III  entró  en  esa  guerra  — de  la  cual  Francia  no  obtuvó 
ningún  provecho  material — ,  sólo  por  razones  de  política 
interna,  a  saber,  para  contentar  al  clero,  mostrándose  defen- 
sor de  los  intereses  católicos  en  los  Santos  Lugares  de  Jerusa- 
lem  y  de  Bethleem,  de  cuya  custodia,  hacía  cincuenta  años, 
se  habían  apoderado  los  griegos  sostenidos  por  los  rusos 
ortodoxos.  Además,  Pío  IX  contaba  con  un  importantísimo 
auxiliar  para  inclinar  a  su  favor  la  inconstante  voluntad  del 
emperador  francés,  y  ese  auxiliar  era  nada  menos  que  la 
propia  emperatriz  Eugenia  de  Montijo,  fanática  ultramon- 
tana, española  de  faniilia  noble,  con  quien  se  había  casado 
Napoleón  III  el  30  de  enero  de  1853,  y  cuya  intervención 
en  pro  del  clericalismo,  según  veremos  en  seguida,  fue  de 
funestos  resultados  para  su  esposo  y  para  la  causa  de  la 
libertad. 

En  virtud  de  esa  tirantez  de  relaciones,  y  encontrando 
oposición  tanto  en  el  partido  clerical,  como  entre  los  con- 
servadores proteccionistas,  que  censuraban  la  política  libre- 
cambista de  Napoleón  III,  éste  en  uno  de  sus  tantos  cam- 
bios de  frente,  se  inclinó  de  185 J  al  1860  cada  vez  más 
hacia  los  demócratas,  o  sea,  evolucionó  del  principio  de  auto- 
ridad al  de  libertad.  Así  aconsejó  a  Pío  IX  que  acordara  re- 
formas a  sus  súbditos,  y  sobre  todo  después  del  atentado  de 
Orsini  (enero  14  de  1858),  cuyas  bombas  mataron  o  hirie- 
ron a  156  personas  sin  alcanzar  a  Napoleón,  y  de  la  carta 
que  desde  su  prisión  le  dirigió  ese  patriota  italiano,  conju- 
rándolo a  que  reparara  los  agravios  que  había  hecho  a  Italia 
al  impedir  su  unión,  de  modo  que  en  vez  de  odiarlo  y  de 
deJearle  la  muerte,  bendijeran  eternamente  su  nombre  y  su 
memoria,  después  de  estos  sucesos,  repetimos,  el  versátil  em- 
perador, que  ya  había  alentado  a  Víctor  Manuel  a  proseguir 
su  obra  emancipadora,  celebró  con  éste  el  convenio  secreto 
de  Plombiéres,  en  julio  21  de  1858,  en  el  que  se  estipuló  que 
Francia  ayudaría  al  Píamente  a  expulsar  a  los  austríacos  del 
Norte  de  Italia,  y  en  recompensa  de  su  concurso,  obtendría 
la  anexión  de  la  Saboya  y  del  condado  de  Niza,  viniendo 


58 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


Italia  a  formar  una  confederación  bajo  la  presidencia  hono' 
raria  del  Papa,  esto  último  como  lo  había  proyectado  Gio- 
berti,  casi  tres  lustros  antes.  Estallada  la  guerra  con  Austria, 
en  1859,  y  obtenida  la  victoria  de  Magenta  el  4  de  junio. 
Napoleón  III  y  Víctor  Manuel  entraron  en  Milán,  y  aquél 
lanzó  una  proclama  en  la  que  decía  a  todos  los  habitantes 
de  la  Península:  "Unios  con  una  sola  finalidad,  la  libera- 
ción de  vuestro  país.  Organizáos  militarmente,  volad  bajo 
las  banderas  del  rey  Víctor  Manuel ...  y  animados  con  el 
fuego  sagrado  de  la  patria,  no  seáis  hoy  más  que  soldados; 
mañana  seréis  ciudadanos  libres  de  un  gran  país". 

La  Italia  central  se  sublevó  respondiendo  a  aquel  llamada 
patriótico,  que  iba  más  allá  de  las  intenciones  de  Napo- 
león III,  quien  confiaba  en  que  el  Papa  continuaría  mante- 
niendo el  poder  temporal  sobre  sus  Estados.  Pero  las  Lega- 
ciones pontificias,  luego  que  se  retiraron  los  austríacos,  sa- 
cudieron el  yugo  de  la  dominación  papal,  no  extendiéndose 
a  Roma  la  insurrección,  porque  allí  había  una  guarnición 
francesa,  encargada  de  la  defensa  del  Pontífice.  Pero  éste 
fácilmente  comprendía  lo  precario  de  aquella  ayuda  si  eran 
expulsados  los  austríacos  de  la  Península,  por  lo  que  influyó 
para  que  la  Emperatriz  se  dirigiera  a  su  esposo,  junto  con  el 
Ministro  católico  Walewski,  exponiéndole  el  descontento 
del  pueblo  francés  por  la  prosecución  de  aquella  guerra  tan 
contraria  a  los  intereses  de  la  Santa  Sede.  Casi  en  seguida  de 
esta  intervención,  fué  obtenida  la  gran  victoria  de  Solferino 
(junio  24  de  1859)  que  permitía  concluir  rápidamente  con 
el  opresor  austríaco;  pero  en  vez  de  esto.  Napoleón  cedien- 
do a  las  clericales  sugestiones  de  su  esposa,  abandonó  la 
lucha  y  se  apresuró,  quince  días  después,  a  firmar  con  el 
emperador  Francisco  José  la  paz  de  Villafranca,  por  la  cual 
la  Lombardía  pasaba  a  ser  de  la  Cerdeña;  Austria  continua- 
ba poseyendo  Venecia;  y  se  formaba  la  confederación  ita- 
liana bajo  la  presidencia  honoraria  del  Papa,  siendo  éste  invi- 
tado a  introducir  en  sus  Estados  reformas  indispensables. 
Napoleón  III  traicionaba  así  la  causa  de  la  independencia 
italiana,  debido  a  la  influencia  de  su  mujer,  que  era  un 
simple  dócil  instrumento  en  manos  del  clero.  Éste  es  uno  de 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


59 


los  tantísimos  ejemplos  de  cómo  influye  el  clero  en  la  polí- 
tica de  un  país,  en  pro  de  sus  menguados  intereres,  utilizan- 
do al  efecto  el  ascendiente  femenil  sobre  los  gobernantes  (^) , 
de  lo  que  tenemos  claro  ejemplo  en  la  historia  de  la  última 
década  en  nuestra  propia  patria. 

A  despecho  de  la  paz  de  Villafranca,  la  revolución  italiana 
siguió  su  curso,  y  los  distintos  pequeños  Estados  de  la  Italia 
central,  incluso  los  que  se  habían  separado  del  dominio  pon- 
tificio, provocaron  plebiscitos  que  comprobaron  su  deter- 
minación de  unirse  al  reino  de  Cerdeña.  Napoleón  III,  en  la 
posición  falsa  en  que  se  encontraba,  no  se  atrevía  a  aprobar 
eros  movimientos  revolucionarios  que  él  mismo  había  con- 
tribuido a  fomentar,  ni  tampoco  quería  romper  con  el 
Papa,  por  lo  que  le  suplicaba  que  entrara  en  la  proyectada 
confederación,  hiciera  reformas  y  concediera  la  autonomía 
a  las  Legaciones  o  Estados  de  la  Iglesia.  Pero  Pío  IX  se 
rehusó  tenazmente  a  toda  reforma  mientras  no  se  le  some- 
tieran sus  subditos  sublevados.  Napoleón  III,  entonces,  hizo 
cícribir  un  opúsculo,  que  se  imprimió  en  forma  anónima,  ti- 
tulado Papa  y  el  Congreso",  en  el  que  invitaba  al  Pontífi- 
ce que  renunciara  a  la  mayor  parte  de  su  dominio  temporal; 
y  no  conforme  con  esto,  él  mismo  le  escribió  después  acon- 
sejándole que  renunciara  por  lo  menos  a  la  Romaña.  Furioso 
Pío  IX,  le  respondió  con  una  violenta  e  injuriosa  encíclica, 
de  fecha  enero  19  de  1860,  en  que  declaraba  que  eran  dignos 
de  los  mismos  anatemas  tanto  los  adversarios  de  su  poder 
temporal  como  los  de  su  autoridad  espiritual. 

Napoleón  III,  interesado  en  la  cesión  de  Niza  y  Saboya  a 
Francia  y  desoyendo  las  protestas  papales,  proseguía  sus 


(1)  Actualmente  en  Chile  (noviembre  de  1941),  la  esposa  del 
primer  mandatario  de  ese  país  ha  dirigido  un  llamado  a  la  juventud 
chilena,  para  que  coopere  al  mayor  éxito  del  Congreso  Eucarístico 
que  se  celebrará  dentro  de  breves  días  en  Santiago,  según  informa- 
ciones por  radio  que  hemos  escuchado.  Si  no  estamos  equivocados, 
el  Presidente  de  Chile,  Dr.  Pedro  Aguirre  Cerda,  es  liberal  o  a  lo 
menos  pasa  por  serlo. 

Tres  semanas  después  de  escritas  las  anteriores  líneas,  el  25  de 
noviembre  de  1941,  falleció  el  nombrado  Presidente  de  Chile.  Junto 
a  su  lecho  mortuorio  se  encontraba  el  Arzobispo  de  Santiago. 


60 


CELEDONIO  NFN  Y  SELVA 


acuerdos  con  Víctor  Manuel,  y  con  tal  motivo  éste  invitó  a 
las  poblaciones  de  Toscana,  Emilia  y  de  las  Legaciones  a  que 
se  pronunciaran  sobre  su  futura  dependencia  política,  y  to- 
das, casi  unánimemente,  votaron  por  su  anexión  a  Cerdeña. 
Pocos  días  después  de  esos  plebiscitos,  celebraban  Napoleón  III 
y  Víctor  Manuel  el  tratado  de  Turín  (24  de  marzo  de  1860) 
por  el  cual  eran  reconocidas  dichas  anexiones:  las  de  Niza 
y  Saboya  a  Francia,  y  las  otras  al  reino  de  Cerdeña  y  del 
Piamonte;  y  no  sólo  esto,  sino  que  con  el  consentimiento 
del  Emperador,  el  ejército  sardo-piamontés  se  apoderó  del 
reino  de  Ñapóles  y  de  casi  todos  los  Estados  de  la  Iglesia, 
cuyas  tropas  habían  sido  derrotadas  en  Castelfidardo  (se- 
tiembre 18  de  1860),  no  ocupando  en  adelante  el  Papa  más 
que  Roma  y  el  pequeño  territorio  conocido  con  el  nombre 
de  "El  patrimonio  de  San  Pedro". 

Ante  estos  hechos  consumados,  el  despecho  y  la  ira  de 
Pío  IX  no  conocieron  límites,  por  lo  cual  excomulgó  a 
Víctor  Manuel  y  a  los  que  lo  habían  secundado  en  ru  polí- 
tica de  unificación  italiana,  y  concitó  contra  Napoleón  III 
a  todo  el  episcopado  francés,  el  que  emprendió  una  especie 
de  cruzada  contra  este  soberano,  a  la  que  se  unieron  tanto 
los  llamados  católicos  liberales  como  los  ultramontanos.  En 
su  fanatismo  político-religioso,  dichos  obirpos  proclamaban 
que  los  soldados  del  ejército  del  Pontífice,  muertos  en  el 
combate  de  Castelfidardo,  habían  sido  mártires  o  santos,  y 
en  sus  pastorales,  trataban  a  Napoleón  III  de  traidor  y  lo 
comparaban  con  Poncio  Pilato.  El  Emperador  se  vió  obli- 
gado a  tomar  medidas  represivas  contra  las  congregaciones 
religiosas,  algunas  de  las  cuales  constituían  verdaderos  ejér- 
citos de  la  Iglesia.  Así,  el  Ministro  del  Interior,  Persigny,  en 
«ñero  de  1862,  decretó  la  disolución  de  la  aparentemente 
inofensiva  Sociedad  de  San  Vicente  de  Paul,  la  cual,  como 
dice  el  historiador  Debidour,  obedeciendo  ciegamente  a 
Roma,  disponiendo  de  grandes  recursos  pecuniarios,  con- 
tando con  más  de  1.500  conferencias  o  agrupaciones  en 
Francia  y  estando  sabiamente  jerarquizada  y  dirigida  por  su 
Consejo  General  de  París,  que  era  un  verdadero  comité  de 
dirección  política,  comenzaba  a  recordar  por  sus  maneras 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


61 


provocativas,  a  la  Santa  Liga  del  siglo  xvi.  Pío  IX  en  su  alo- 
cución Jamdudum  cerminus  pronunciada  en  el  consistorio 
secreto  del  18  de  marzo  de  1861,  protestó  contra  "la  crimi- 
nal y  sacrilega  expoliación  de  los  Estados  de  la  Santa  Sede", 
declarando  rotundamente  que  no  sólo  rehusaba  reconciliarse 
con  Italia,  sino  que  también  le  era  imposible  a  la  Santa  Sede 
y  al  Pontífice  romano  marchar  de  acuerdo  con  la  civilización 
moderna,  que  favorece  todos  los  cultos  no  católicos  y  pone 
trabas  al  desarrollo  de  la  Iglesia  católica  — entiéndase,  a  sus 
<íesmedidas  y  antidemocráticas  pretensiones  de  imponer  sus 
ideas  a  los  demás. 

No  seguiremos  en  sus  movidos  detalles  la  historia  de  los 
sucesos  ocurridos  en  Italia  y  Francia,  durante  la  década 
1860-1870,  que  vinieron  a  culminar  en  el  desastre  del  im- 
perio francés,  la  caída  de  Napoleón  III,  el  advenimiento  de 
la  tercer  República  francesa,  y  la  conclusión  del  poder  tem- 
poral de  los  papas  con  la  entrada  de  las  tropas  italianas  en 
Roma,  el  20  de  setiembre  de  1870.  Nos  limitaremos  a  recor- 
dar que  cada  vez  que  Napoleón  III,  en  su  lucha  con  Pío  IX, 
mostraba  veleidades  de  favorecer  la  causa  italiana  y  de  per- 
mitir que  las  tropas  de  Víctor  Manuel  o  de  Garibaldi  con- 
quistaran a  Roma,  se  encontraba  con  la  oposición  del  partido 
ultramontano  en  su  país,  que  sabía  utilizar  por  medio  del 
clero,  la  influencia  que  la  emperatriz  Eugenia  ejercía  sobre 
su  voluble  e  inconstante  marido. 

El  citado  escritor  católico  Emilio  Chenón,  ex-profesor  de 
la  Facultad  de  Derecho  en  la  Universidad  de  París,  confiesa 
que  gracias  a  la  influencia  de  la  Emperatriz,  nunca  se  rom- 
pieron las  relaciones  de  Napoleón  III  con  Pío  IX,  las  que 
quedaron  muy  tirantes  después  de  la  campaña  de  Italia,  y 
que  lo  fueron  aún  más  con  la  cuestión  del  Syllabus  en  1864. 
Y  como  prueba  de  la  activa  intervención  del  partido  cleri- 
cal francés  en  pro  del  Papa,  recuérdese  que  después  del 
combate  contra  las  fuerzas  pontificias  en  Mentana  (no- 
viembre 3  de  1867),  en  que  Garibaldi  casi  victorioso  fue 
completamente  derrotado  por  la  intervención  de  las  tropas 
de  Napoleón  III,  éste,  al  mes  siguiente,  por  boca  de  su  mi- 
nistro Rouher,  hizo  desde  la  tribuna  del  Cuerpo  legislativo, 


62 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


esta  inolvidable  declaración:  "En  nombre  del  Gobierno 
francés  manifestamos  que  Italia  no  se  apoderará  de  Roma, 
Nunca,  nunca  permitirá  Francia  esa  violencia  hecha  a  su 
honor  y  a  la  catolicidad".  Y  doscientas  voces  de  diputados 
clericales,  coreando,  repitieron  al  unisono:  "No,  nunca 
nunca".  Como  consecuencia,  pues,  de  la  oculta  y  funesta 
influencia  de  la  Emperatriz,  y  de  la  descarada  y  no  menos 
perniciosa  del  partido  clerical,  que  ciegamente  seguia  la  inte- 
resada y  retrógrada  politica  de  Pió  IX,  tenemos  que  Italia, 
que  tanto  debia  a  Francia  por  la  decisiva  ayuda  que  le  pres- 
tó en  su  lucha  contra  el  opresor  austríaco,  no  ha  perdonado 
nunca  a  este  último  pais  la  insensata  oposición  de  Napo- 
león III  a  que  recuperara  Roma,  su  legítima  e  histórica 
capital,  y  de  ahi  el  rencor  siempre  latente  entre  esos  dos 
pueblos,  que  hizo  crisis  en  1940,  cuando  el  ambicioso  dicta- 
dor Mussolini  consiguió  arrastrar  Italia  a  que  declarara  la 
guerra  a  la  República  francesa. 

Influencia  de  Pío  IX  en  la  implantación  del  impe- 
rio de  Maximiliano  en  Méjico.  —  íntimamente  unida 
con  la  política  que  siguió  Pío  IX  con  el  imperio  fran- 
cés de  Napoleón  III,  se  encuentra  la  que  mantuvo  con  la 
República  de  Méjico.  Historiemos  brevemente  los  sucesos, 
relacionados  con  nuestro  tema,  ocurridos  en  esta  nación, 
de  1853  a  1867.  El  general  Santa  Ana,  jefe  del  partido  cen- 
tralista clerical,  gobernó  en  Méjico  como  dictador  de  1855 
a  185  5.  Derrotado  por  la  revolución  liberal  del  general 
don  Juan  Álvarez,  éste  es  declarado  Presidente  de  la  Repú- 
blica y  nombra  Ministro  de  Justicia  y  Negocios  Eclesiásti- 
cos al  doctor  Benito  Juárez,  liberal  consecuente  y  político 
que  puede  parangonarse  sin  desmedro  con  los  más  destaca- 
dos demócratas  que  haya  producido  toda  la  América  en  el 
curso  del  siglo  xix.  El  23  de  noviembre  de  185  5,  Álvarez 
promulgó  la  famosa  ley,  conocida  con  el  nombre  de  ley 
Juárez,  pues  era  obra  de  su  citado  Ministro,  por  la  que  se 
suprimían  los  tribunales  y  fueros  privilegiados  del  clero  y 
del  ejército;  y  convocó  a  un  Congreso  extraordinario,  que 
fuese  a  la  vez  Asamblea  legislativa  y  constituyente.  Esc 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


65 


Congreso  sancionó  la  ley  de  Desamortización  llamada  ley 
Lerdo,  por  haber  sido  formulada  por  el  Ministro  de  Hacien- 
da, Miguel  Lerdo  de  Tejada,  la  que  establecia  que  todas  las 
fincas  urbanas  o  rústicas  que  tenian  o  administraban  como 
propietarios  las  corporaciones  civiles  o  eclesiásticas  o  cual- 
quier establecimiento  o  fundación  que  tuviera  el  carácter  de 
duración  perpetua  o  indefinida  en  la  República,  se  adjudi- 
carían en  propiedad  a  los  que  las  tenian  arrendadas,  por  el 
valor  correspondiente  a  la  renta  que  entonces  redituaban, 
calculada  como  6  %  anual;  haciéndose  las  mismas  adjudica- 
ciones a  los  que  tenían  esas  propiedades  a  censo  enfitéutico, 
cuyo  valor  se  determinaría  capitalizando  al  6  %  el  canon 
que  pagaban. 

Dicho  Congreso  terminó  la  nueva  Constitución  en  febre- 
ro de  18J7,  la  que  fue  promulgada  el  17  de  marzo  siguiente, 
carta  magna  adelantadísima  que,  entre  otras,  contiene  las 
disposiciones  siguientes:  El  pueblo  mejicano  reconoce  que  los 
derechos  del  hombre  son  la  base  y  el  objeto  de  las  institu- 
ciones sociales.  Los  esclavos  (y  entonces  los  había  en  los 
Estados  Unidos)  que  pisen  el  territorio  nacional,  recobrarán 
su  Ubertad  y  tendrán  derecho  a  la  protección  de  las  leyes.  La 
enseñanza  es  libre.  El  Estado  no  puede  permitir  que  se  lleve 
a  efecto  ningún  contrato  que  tenga  por  objeto  el  menoscabo 
o  pérdida  de  la  libertad  del  hombre,  ya  sea  por  causa  de 
trabajo,  educación  o  voto  religioso.  En  consecuencia,  la  ley 
no  reconoce  órdenes  monásticas,  ni  puede  permitir  su  esta- 
blecimiento cualquiera  que  sea  la  denominación  u  objeto 
con  que  pretendan  erigirse.  Se  consagra  la  libertad  de  emisión 
del  pensamiento,  y  por  lo  tanto,  la  de  imprenta,  lo  mismo 
que  las  de  asociación  y  reunión  con  objeto  lícito.  Ninguna 
persona  ni  corporación  puede  tener  fueros,  ni  gozar  emo- 
lumentos que  no  sean  compensación  de  un  servicio  público 
y  estén  fijados  en  la  ley.  Subsiste  el  fuero  de  guerra  para 
los  dehtos  y  faltas  que  tengan  exacta  conexión  con  la  disci- 
plina militar.  La  justicia  será  gratuita,  quedando  por  lo  mis- 
mo abolidas  las  costas  judiciales.  Ninguna  corporación  civil 
o  eclesiástica  tendrá  capacidad  legal  para  adquirir  en  pro- 
piedad o  administrar  para  sí  bienes  raíces,  con  la  única 


64 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


excepción  de  los  edificios  destinados  al  servicio  u  objeto  de 
la  institución.  Entre  las  condiciones  requeridas  para  ser  Pre- 
sidente de  la  República  se  cuenta  la  de  no  pertenecer  el  can- 
didato al  estado  eclesiástico  C)  - 

Por  este  breve  resumen  se  ve  lo  adelantado  de  la  aludida 
Constitución,  y  bien  que  en  ella,  para  tranzar  con  el  par- 
tido moderado  de  Comonfort,  nada  se  mencionaba  sobre 
libertad  religiosa,  fue  sin  embargo  objeto  de  la  oposición 

(1)  Siendo  Méjico,  un  país  expuesto  a  constantes  revoluciones, 
como  las  demás  repúblicas  hispanoamericanas,  los  que  formaron  la 
Constitución  mejicana  de  1857,  tuvieron  el  acierto  de  agregarle  al 
final  la  siguiente  disposición,  que  desearíamos  se  incluyera  en  la 
próxima  que  tendremos  nosotros:  "Esta  Constitución  no  perderá  su 
fuerza  y  vigor  aun  cuando  por  alguna  rebelión  se  interrumpa  su 
observancia.  En  caso  de  que  por  trastorno  público  se  establezca  un 
Gobierno  contrario  a  los  principios  que  ella  sanciona,  tan  luego  como 
el  pueblo  recobre  su  libertad,  se  restablecerá  su  observancia,  y  con 
arreglo  a  ella  y  a  las  leyes  que  en  su  virtud  se  hubiesen  expedido, 
serán  juzgados  así  los  que  hubiesen  figurado  en  el  Gobierno  ema- 
nado de  la  rebelión,  como  los  que  hubiesen  cooperado  a  ella". 

La  Constitución  de  1857  ha  sufrido  varias  ampliaciones  en  estos 
84  años  transcurridos  desde  entonces  (escribimos  esto  en  1941);  pero 
es  la  que  aun  rige  en  Méjico,  a  pesar  de  todo  el  empeño  puesto 
por  el  partido  clerical  para  anularla  y  sustituirla  por  otra  reaccio- 
naria. Hoy  se  la  denomina  Covstifución  de  1917,  porque  en  dicho 
año,  se  le  agregaron  nuevas  disposiciones  liberales,  siendo  de  desta- 
car los  artículos  3,  5,  27  y  130  que  tienden  a  la  consolidación  del 
poder  civil  sobre  el  religioso,  por  lo  que  han  sido  furiosamente 
atacados  por  el  clero  católico.  En  el  art.  3  se  establece  que  la  ense- 
ñanza es  libre;  pero  que  debe  ser  laica,  no  permitiéndose  establecer 
o  dirigir  escuelas  de  instrucción  primaria  a  corporaciones  religiosas, 
ni  a  ministros  de  ningún  culto.  El  art.  5  prohibe  el  establecimiento 
de  órdenes  monásticas.  El  24  proclama  la  libertad  de  cultos;  por  el 
'27  no  se  les  permite  a  las  iglesias  adquirir  bienes  materiales  de  clase 
alguna;  y  por  el  130  no  se  concede  personería  jurídica  a  las  iglesias, 
considerándose  a  sus  ministros  como  personas  que  ejercen  xma  pro- 
fesión. 

A  pesar  de  la  disposición  constitucional  que  prohibe  el  estableci- 
miento de  órdenes  monásticas  en  Méjico,  el  fanatismo  religioso  ha 
bailado  medios  de  eludir  tal  prohibición.  Así,  por  ejemplo,  en  mayo 
de  1934  se  descubrió  en  la  ciudad  de  Puebla  un  gran  monasterio 
subterráneo,  cuya  entrada  clandestina  existía  en  una  casita  modesta 
sita  en  una  calle  solitaria.  Se  trataba  del  convento  de  religiosas  de 
Santa  Mónica,  en  el  que  apenas  entraba  escasa  luz  solar,  habitado 
por  muchísimas  monjas  profesas,  la  mayoría  de  las  cuales,  ingresa- 
das al  claustro  muy  jóvenes,  nunca  habían  podido  salir  de  él.  Según 
el  escritor  Francisco  Frola,  "muchas  de  ellas  habían  ya  alcanzado 
la  vejez,  encerradas  en  aquel  tenebroso  recinto,  donde  ni  siquiera 
los  parientes  más  próximos  podían  visitarlas.  A  su  muerte  eran  co- 
locadas en  nichos  abiertos  en  las  paredes  del  convento.  Sus  huesos 
fueron  encontrados  en  enormes  montones.  Hoy  ese  convento  ha  sido 
transformado  en  Museo  de  Arte  Religioso  Mexicano". 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


65 


pontificia,  comprobada  por  el  hecho  de  que  luego  de  pro- 
mulgada, los  obispos  mejicanos  fulminaron  excomuniones 
contra  todos  aquellos  que  la  jurasen.  El  clero  y  "el  antiguo 
y  degenerado  ejército",  según  la  expresión  del  historiador 
Nicolás  León,  la  combatieron,  por  lo  que  no  causará  extra- 
ñeza  el  saber  que  el  partido  conservador  clerical  se  insurrec- 
cionara poco  después  para  anularla.  Ya  Pió  IX,  algunos  me- 
ses antes,  en  su  alocución  Nunquam  fore,  del  15  de  diciem- 
bre de  1856,  había  protestado  contra  los  decretos  que  esta- 
blecían la  libertad  de  cultos  y  de  opiniones  en  Méjico,  di- 
ciendo: *'Para  corromper  más  fácilmente  las  costumbres  y 
los  espíritus  de  los  pueblos,  para  propagar  la  abominable  y 
desastrosa  peste  del  indiferentismo,  y  acabar  de  destruir  nues- 
tra santa  religión,  se  admite  el  libre  ejercicio  de  todos  los 
cultos  y  se  concede  a  cada  uno  la  plena  y  entera  facultad 
de  manifestar  abierta  y  públicamente  toda  clase  de  opinio- 
nes y  pensamientos  . . .  condenamos,  reprobamos  y  declara- 
mos nulos  todos  los  decretos  arriba  mencionados,  y  todos 
los  actos  que  el  poder  civil  de  Méjico  ha  hecho  con  tal  me- 
nosprecio de  la  autoridad  eclesiástica" . 

En  virtud  de  la  sublevación  del  general  reaccionario 
Zuloaga,  se  vio  obligado  a  expatriarse  el  general  Comonfort, 
que  desempeñaba  la  Presidencia  por  renuncia  del  general 
Álvarez,  y  entonces  Juárez,  en  su  carácter  de  Presidente  de 
la  Suprema  Corte  de  Justicia,  ocupó  constitucionalmente 
la  Vicepresidencia  de  la  República,  estableciendo  su  gobier- 
no en  Guadalajara,  mientras  el  usurpador  Zuloaga,  secun- 
dado luego  por  el  general  Miramón,  ocupaba  la  Capital  . 


(1)  Para  que  se  vea  cómo  ciega  la  pasión  política  a  ciertos  escri- 
tores, transcribimos  a  continuación  el  comienzo  de  la  biografía  de 
Dn.  Benito  Juárez  que  se  encuentra  en  un  "Diccionario  Enciclopé- 
dico Abreviado",  en  varios  tomos,  muy  difundido  entre  nosotros,  y 
de  tendencias  netamente  falangistas  o  clericales,  comienzo  que  dice 
así:  "Estadista  mejicano  (1806-1872).  Jefe  del  partido  liberal,  negó- 
se a  reconocer  al  presidente  Zuloaga,  y  dió  comienzo  a  la  guerra 
civil,  que  terminó  con  su  triunfo  en  1861".  Quien,  ignorante  de  la 
historia  de  Méjico,  lea  lo  que  acabamos  de  transcribir,  supondrá  que 
Zuloaga  era  el  Presidente  constitucional,  contra  el  cual  se  sublevó 
Juárez.  Pues  bien,  los  hechos  aludidos  ocurrieron  al  revés  de  lo  que 
pretende  hacernos  creer  el  escritor  de  ese  Diccionario,  como  se  ve 
en  segmda:  Promulgada  la  Constitución  de  1857,  se  convoca  a  elec- 


66 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Después  de  una  serie  de  derrotas,  seguida  por  otra  de  triun- 
fos decisivos,  en  una  campaña  que  duró  tres  años,  la  reac- 
ción clerical  del  general  Miramón  (el  que  habia  prescindido 
de  Zuloaga  a  quien  habia  apresado)  fué  vencida,  volviendo 
el  Gobierno  de  Juárez  a  ocupar  la  Capital,  el  25  de  diciem- 
bre de  1860.  Mientras  se  proseguia  esa  implacable  guerra 
civil,  Juárez,  impertérrito,  continuaba  su  obra  reformista 
manifestando:  "El  Gobierno  está  dispuesto  a  mantener  la 
Constitución  a  todo  trance  . . .  Es  preciso  para  poner  fin  a 
la  guerra  fratricida  fomentada  por  el  clero,  quitarle  a  éste 
toda  clase  de  elementos  de  resistencia,  desarmarlo  Por  com- 
pleto, y  para  conseguir  este  resultado,  es  una  verdadera  nece- 
sidad el  consumar  la  reforma,  separando  la  Iglesia  del  Estado, 
suprimiendo  los  conventos,  extinguiendo  toda  clase  de  Con- 
gregaciones religiosas,  cerrando  los  noviciados,  nacionali- 
zando los  bienes  del  clero,  dejando  en  libertad  a  los  fieles 
para  contribuir  al  culto  y  estableciendo  la  libertad  de  con- 
ciencia'*. 

En  julio  12  de  1859  había  promulgado  Juárez  la  célebre 
ley  de  nacionalización  de  bienes  eclesiásticos,  en  la  que  se  es- 

ciones,  resultando  electos:  el  general  Comonfort,  Presidente  de  la 
República  y  don  Benito  Juárez,  Presidente  de  la  Suprema  Corte  de 
Justicia,  y  como  tal.  Vicepresidente  de  la  República,  tomando  am- 
bos posesión  de  sus  cargos  el  Y>  de  diciembre  de  1857. 

El  17  del  mismo  mes  y  año,  el  general  conservador  Félix  Zuloa- 
ga se  pronuncia  en  Tacubaya  contra  la  Constitución,  pidiendo  se 
reuniese  un  nuevo  Congreso  Constituyente,  aunque  conservando  el 
general  Comonfort  el  mando  como  dictador.  Éste  se  adhiere  a  ese 
pronunciamiento,  por  lo  aue  el  Congreso  es  disuelto  y  aprisionan 
a  Juárez.  25  días  más  tarde  Zuloaga  desconoce  a  Comonfort,  y  en- 
tonces éste  liberta  a  Juárez,  y  después  de  defender  la  Capital  por 
algunos  días,  se  marcha  a  Estados  Unidos.  Juárez,  el  11  de  enero 
de  1858,  asume  el  mando  presidencial  de  acuerdo  con  la  Constitu- 
ción, y  establece  su  Gobierno  en  Guadalajara.  El  general  insurrecto 
Zuloaga  declara  abolida  la  Constitución  recién  promulgada  y  ordena 
al  general  OsoUo  que  persiga  a  los  constitucionales.  Poco  después 
ocurre  la  muerte  de  Osollo  y  lo  reemplaza  en  el  mando  de  las  tro- 
pas clericales,  el  general  Miguel  Miramón.  Éste  al  principio  marcha 
de  acuerdo  con  el  dictador  Zuloaea,  y  luego  rompe  con  él  y  lo  apre- 
sa, en  mayo  de  1860,  gobernando  sólo  el  mismo  Miramón,  quien 
desDués  de  la  batalla  de  Calpulalpán  (diciembre  22  de  1860)  se  ve 
obligado  a  expatriarse,  estableciendo  Juárez  nuevamente  su  Go- 
bierno en  la  Capital.  Efectuadas  elecciones,  el  setrundo  Congreso 
Constitucional  abre  sus  sesiones  el  9  de  mayo  de  1861.  eligiendo  más 
tarde  Presidente  a  Juárez  por  el  período  cuadrienal,  noviembre  30 
de  1861  a  noviembre  30  de  1865. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


67 


tablecía:  "Entran  al  dominio  de  la  Nación  todos  los  bienes 
que  el  clero  secular  y  regular  ha  estado  administrando  con 
diversos  títulos,  sea  cual  fuere  la  clase  de  predios,  derechos  y 
acciones  en  que  consistan,  el  nombre  y  aplicación  que  hayan 
tenido".  En  sus  considerandos  se  exponía  con  absoluta  cla- 
ridad cuáles  eran  las  causas  de  los  males  de  la  República, 
señalando  como  principal  de  ellas,  la  intervención  delic- 
tuosa del  clero,  manifestando  textualmente:  "En  1833, 
en  1836,  en  1842,  en  1847,  el  clero,  siempre  el  clero,  apa- 
rece insurreccionando  al  país,  atentando  de  diversas  mane- 
ras contra  la  autoridad,  oprimiendo  al  pueblo  y  derramando 
su  sangre  en  combates  fratricidas".  De  esta  documentada 
exposición  resultaba  claramente  que  el  clero  había  sido  una 
constante  remora  para  el  progreso  del  país,  y  un  perenne 
factor  de  subversión  institucional  (^). 

Según  el  jurisconsulto  mejicano  doctor  Jacinto  Pallares, 
*'la  nacionalización  de  los  bienes  eclesiásticos  fue  obra  a  la 
vez  económica  y  política:  económica,  porque  hacía  entrar 
en  la  circulación  y  en  las  corrientes  fecundas  de  la  propie- 
dad individual  doscientos  millones  de  pesos  de  inmuebles 
y  capitales  hipotecarios,  cuyos  productos  se  dedicaban  a 
gastos  superfluos  de  procesiones,  solemnidades,  sostenimien- 
to de  conventos  inútiles,  etc.;  y  política,  porque  desarmaba 
al  clero,  cuyas  tendencias  opuestas  por  naturaleza  propia  a 
las  tendencias  progresistas  de  todo  gobierno  civil,  habíanle 
impulsado  a  invertir  los  fondos  que  administraba,  en  intri- 
gas políticas  y  en  revoluciones  continuas,  desde  la  de  Esca- 
lada, en  1833,  a  favor  de  los  fueros,  hasta  la  de  Puebla,  en 
1856,  en  contra  del  programa  de  Ayutla".  El  mismo  escri- 
tor nota  que  el  clero  mejicano  tenía  en  aquel  entonces  un 


(1)  El  clero  mejicano  ha  continuado  su  nefanda  obra  subversiva 
hasta  la  época  actual,  como  de  ello  da  fe  el  siguiente  telegrama  de 
la  agencia  Havas  publicado  en  diarios  de  Montevideo,  el  4  de  octu- 
bre de  1936:  "Méjico,  3.  El  Tribunal  Supremo  ha  confirmado  la 
sentencia  recaída  sobre  el  Padre  Aurelio  Giménez  Palacios  y  Manuel 
Trejo,  condenados  a  20  y  14  años  de  prisión  respectivamente,  por 
haber  actuado  como  instigadores  en  el  asesinato  del  Presidente  Obre- 
gón,  ocurrido  en  el  mes  de  julio  de  1928.  El  Padre  Aurelio  está 
acusado  además  de  haber  bendecido  la  pistola  con  la  que  José  Toral, 
com.etió  el  asesinato". 


68 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


capital  que  ascendía  a  ocho  millones  de  pesos  anuales,  con 
dignatarios  que  disfrutaban  de  sueldos  de  más  de  cien  mil 
pesos  al  año,  como  los  de  los  obispos  de  Méjico,  de  Puebla 
y  de  Michoacán,  y  que  con  una  organización  privilegiada  y 
con  fueros  que  lo  substraían  a  la  soberanía  nacional,  no  era 
posible  que  el  Gobierno  mejicano  se  hiciera  obedecer  de  esa 
clase  poderosa,  cuando  éste  apenas  tenía  un  presupuesto 
anual  (federal)  de  24  millones  de  pesos,  y  sus  Presidentes 
nunca  habían  ganado  más  de  treinta  y  seis  mil  pesos.  Merece 
recordarse  el  hecho  de  que  calificada  de  impía  por  el  clero 
la  ley  de  Desamortización,  ocurría  sin  embargo,  según  refie- 
re el  historiador  francés  Lefévre,  que  el  Arzobispo  de  Méjico 
a  la  vez  que  excomulgaba  a  los  adjudicatarios  de  bienes 
rematados  de  la  Iglesia,  no.  dejaba  de  aconsejar  privadamente 
a  sus  buenos  amigos  que  se  apresurasen  a  adquirirlos. 

A  la  citada  ley  de  nacionalización  de  bienes  eclesiásticos, 
siguieron  la  que  establecía  el  matrimonio  civil,  la  que  hacía 
obhgatorio  el  Registro  de  Estado  Civil,  la  de  secularización 
de  los  cementerios,  la  de  reducción  de  los  días  festivos,  — que 
ya  se  habían  considerado  excesivos  hasta  por  el  mismo  Papa — 
la  que  imponía  al  clero  la  obligación  de  costear  los  gastos 
del  ejército  liberal  ya  que  costeaba  los  de  la  insurrección,  y 
la  que  suprimía  la  legación  mejicana  en  Roma,  en  vista  de 
que  el  Ministro  mandado  allí  por  el  Gobierno  de  Comonfort, 
no  había  sido  recibido  por  Pío  IX. 

Durante  esa  l."'rga  guerra  civil  (1857  a  1860) ,  el  Gobierno 
usurpador  de  Miramón  había  contraído  créditos  en  el  ex- 
tranjero, que  ocultaban  sucios  negocios,  por  lo  cual  decidió 
el  Congreso,  el  17  de  julio  de  1861,  suspender  el  pago  de  los 
mismos,  para  examinar  su  validez.  Entre  esos  créditos,  se 
encontraba  el  de  un  banquero  suizo,  nacionalizado  francés, 
apellidado  Jecker,  quien  en  confabulación  con  el  duque  de 
Morny,  Ministro  de  Napoleón  III,  reclamaba  quince  millo- 
nes de  pesos,  deuda  reconocida  por  el  gobierno  de  Miramón, 
suma  de  la  cual  parece  ser  aue  éste  sólo  había  recibido 
$  618.917  en  efectivo  y  $  300.000  en  vestuarios.  En  ese 
escandaloso  negociado,  Morny  debía  percibir  de  coima  el 
30  %  de  lo  que  se  obtuviese.  Junto  con  esa  reclamación 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


69 


francesa,  había  dos  más  de  potencias  europeas:  una  de  Es- 
paña, por  españoles  muertos  con  motivo  de  la  guerra;  y  otra 
de  Inghterra,  por  haber  los  clericales  asaltado  y  saqueado 
la  Legación  británica. 

Francia,  Inglaterra  y  España,  por  la  convención  de  Lon- 
dres del  31  de  octubre  de  1861,  decidieron  emplear  la  violen- 
cia en  apoyo  de  sus  reclamaciones,  y  al  efecto  enviaron  sus 
escuadras  con  fuerzas  de  desembarco,  que  ocuparon  Vera- 
cruz,  aprovechando  la  situación  de  que  Estados  Unidos  de 
América  no  podía  intervenir  en  defensa  de  Méjico,  a  causa 
de  la  guerra  de  secesión  que  la  asolaba.  Juárez  negoció  con 
España  e  Inglaterra,  potencias  éstas  que  no  queriendo  apo- 
yar las  pretensiones  de  Napoleón  III,  retiraron  sus  fuerzas, 
y  las  hicieron  regresar  a  Europa.  Napoleón  III,  en  aquella 
aventura,  obraba  impulsado  por  dos  ocultas  influencias,  que 
sólo  mucho  más  tarde  se  ha  logrado  poner  en  evidencia, 
a  saber:  1'  la  del  expresado  duque  Carlos  Morny,  su  ex- 
Ministro  del  Interior,  Presidente  del  Cuerpo  Legislativo  y 
uno  de  sus  consejeros  más  íntimos,  el  que,  en  virtud  de  sus 
menguados  intereses  pecuniarios,  instaba  para  que  Francia 
compehera  a  Méjico  al  pago  de  la  reclamación  Jecker;  y 
1"  la  de  Pío  IX,  quien  secundando  la  antipatriótica  resolu- 
ción del  derrotado  partido  clerical  mejicano,  buscaba  con 
la  implantación  de  un  Imperio  católico,  absolutista,  estilo 
"antiguo  régimen",  recuperar  los  bienes  eclesiásticos  des- 
amortizados, anular  las  leyes  liberales  dictadas  y  ejercer  nue- 
vamente la  perdida  influencia  en  la  cosa  pública. 

Sábese  hoy,  que  el  partido  clerical  por  inspiración  del  arzo- 
bispo de  Méjico,  Labastida,  y  en  connivencia  con  Dubois 
de  Saligny,  Ministro  de  Francia  en  esa  República,  envió  a 
Europa  una  comisión  encabezada  por  el  general  Juan  N. 
Almonte,  ex-embajador  de  Miramón  en  París,  para  lograr 
la  intervención  extranjera  en  Méjico,  pues  a  aquel  partido, 
después  de  derrotado  completamente  en  la  batalla  de  Calpu- 
lalpán,  el  22  de  diciembre  de  1860  — por  lo  que  Miramón 
tuvo  que  huir  a  Europa — ,  ya  no  le  quedó  otro  recurso  que 
provocar  dicha  intervención.  El  Papa  apoyó  esa  gestión,  y 
probablemente  por  medio  de  la  emperatriz  Eugenia,  logró 


70 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


que  Napoleón  II  prestara  complacido  oídos  a  aquella  delega- 
ción de  reaccionarios;  lo  mismo  que  es  de  suponer  que  fuera 
Pío  IX,  quien  les  sugiriera  la  candidatura  del  príncipe  Ma- 
ximiliano de  Hapsburgo,  nieto  del  emperador  de  Austria 
Francisco  I,  yerno  del  rey  de  Bélgica,  y  que  había  sido  go- 
bernador del  reino  Lombardo- Véneto  hasta  1859,  dado  el 
apoyo  que  acordaban  los  austríacos  al  Pontífice,  y  la  ani- 
madversión de  éste  contra  Víctor  Manuel,  que  había  ane- 
xionado la  mayor  parte  de  ese  reino  y  de  los  Estados  ponti- 
ficios al  suyo  de  Cerdeña  y  del  Piamonte. 

Aquella  descabellada  aventura  de  Francia  en  Méjico,  para 
cobrar  un  crédito  más  que  sospechoso,  y  que  en  todo  caso 
se  podía  haber  arreglado  sin  derramamiento  de  sangre,  como 
habían  hecho  Inglaterra  y  España  con  sus  reclamaciones; 
aquella  insensata  expedición  para  entronizar  en  América 
un  príncipe  austríaco,  y  que  por  lo  mismo  en  nada  bene- 
ficiaba a  Francia,  sólo  se  explica  por  el  deseo  de  Napo- 
león III  de  recuperar  su  perdido  prestigio  con  el  clero,  favo- 
reciendo la  causa  de  éste,  aunque  fuera  a  costa  del  sacrificio 
de  la  propia  patria.  El  historiador  Alberto  Milhaud,  al  refe- 
rirse a  la  agresión  francesa  contra  la  independencia  meji- 
cana escribe:  "España  e  Inglaterra  no  quisieron  apoyar  las, 
pretensiones  de  Francia,  que  juzgaron  exageradas.  Se  ocu- 
paron algunas  ciudades,  y  de  nuevo  fue  izado  el  pabellón 
mejicano  en  Veracruz.  En  ese  mismo  momento,  rompía 
Napoleón  III  su  acuerdo  con  las  otras  dos  potencias  aliadas 
por  su  política  personal  favorable  a  los  enemigos  de  Juárez, 
y  que  se  ha  creído  inspirada  por  el  Papa,  deseoso  de  vengar 
al  clero  mejicano". 

Que  esa  intervención  fue  realmente  inspirada  por  Pío  IX, 
en  un  todo  de  acuerdo  con  el  partido  clerical  mejicano,  re- 
sulta corroborada  por  estos  hechos: 

1'  Cuando  Forey,  al  frente  de  las  tropas  francesas  de  las 
que  era  general  en  jefe,  llegó  a  la  ciudad  de  Méjico  con  el 
general  Juan  N.  Almonte,  el  Cabildo  metropolitano  recibió 
al  ejército  invasor  con  un  solemne  Te  Deum  en  la  Catedral, 
aparatosa  solemnidad  que  se  repitió  un  año  más  tarde  a  la 
llegada  de  Maximiliano. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


71 


2'  El  Gobierno  provisional  nombrado  el  21  de  junio  de 
1863,  — que  19  días  más  tarde  tomó  el  nombre  de  Regen- 
cia— ,  y  que  se  instaló  en  espera  de  la  llegada  del  flamante 
Emperador,  se  componía  de  tres  personas:  el  general  Juan 
N.  Almonte,  don  Mariano  Salas  y  el  arzobispo  Labastida, 
quien  encontrándose  en  Europa  donde  había  ido  a  conferen- 
ciar con  el  Papa,  fue  reemplazado  durante  su  ausencia  (que 
sólo  duró  hasta  el  18  de  setiembre  siguiente)  por  el  obispo 
de  Tulancingo,  Juan  B.  Ormachea.  Ese  Gobierno  lo  primero 
que  hizo,  fue  publicar  que  no  serían  considerados  como  pro- 
pietarios, los  tenedores  de  bienes  nacionalizados  o  desamor- 
tizados. Emilio  Olivier,  que  acompañó  al  ejército  francés  y 
que  después  fue  Ministro  de  Napoleón  III,  escribe  al  res- 
pecto: "los  arrendatarios  fueron  advertidos  que  no  pagaran 
sus  rentas,  porque  se  expondrían  a  pagar  dos  veces.  Los  últi- 
mos sacramentos  y  la  sepultura  cristiana  fueron  negados  a 
aquellos  que  se  rehusaron  a  hacer  la  restitución.  Una  dispo- 
sición gubernativa  prohibió  que  se  trabajara  en  domingo. 
Otra  prescribió  que  todos  se  arrodillaran  cuando  pasara  el 
santísimo  Sacramento  y  permanecieran  así  hasta  que  lo  hu- 
biesen perdido  de  vista.  Las  actas  del  Registro  Civil  fueron 
devueltas  al  clero  y  restablecidos  los  títulos  de  nobleza,  así 
como  la  antigua  orden  de  Guadalupe;  como  buitres  que  per- 
siguen el  olor  de  un  cadáver,  acudieron  los  jefes  del  partido 
retrógrado:  el  hijo  de  Santa  Ana  desembarcó  en  Veracruz 
para  preparar  el  terreno  a  su  padre,  y  Miramón  llegó  a  Mé- 
jico". 

3'  Agriado  Napoleón  III  por  la  oposición  que  le  hacia 
Pío  IX  a  causa  de  su  política  ítaHana,  retiró  de  Méjico  a  su 
Ministro  Dubois  de  Saligny,  — que  había  sido  uno  de  los  que 
más  influyeron  en  el  triunfo  y  en  la  consolidación  del  par- 
tido clerical,  así  como  fue  el  factótum  en  la  votación  del 
prebiscito  a  favor  de  Maximiliano — ,  y  dió  al  general  Bazai- 
ne,  sucesor  de  Forey,  nuevas  instrucciones  menos  favorables 
a  los  intereses  del  clero,  en  virtud  de  las  cuales  anuló  dicho 
general  el  decreto  de  los  secuestros  y  todas  las  medidas  reac- 
cionarias dictadas  por  la  Regencia.  El  arzobispo  de  Méjico, 
Labastida,  que,  como  hemos  dicho,  había  ido  personalmente 


72 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


a  Europa,  a  entenderse  con  Pío  IX  y  con  Napoleón  III,  le 
manifestó  a  Bazaine  que  había  regresado  con  el  objeto  de 
reconstruir  el  dominio  arrebatado  al  clero.  Como  las  instruc- 
ciones recibidas  por  Bazaine  no  concordaban  con  lo  que  pre- 
tendía Labastida,  quien  sostenía  las  ideas  del  Papa,  hubo 
entre  ellos  violentas  discusiones,  uniéndose  al  arzobispo  siete 
obispos  más  para  prote:tar  contra  lo  que  consideraban  expo- 
liación de  la  Iglesia.  Maximiliano  en  cuanto  llegó,  dándose 
exacta  cuenta  de  lo  insegura  de  su  posición,  y  de  que  se  le 
había  buscado  sólo  como  instrumento  para  favorecer  los 
intereses  del  clero,  estuvo  en  esa  cuestión  de  acuerdo  con 
Bazaine,  por  lo  que  ratificó  las  leyes  de  nacionalización  de 
los  bienes  de  la  Iglesia,  manifestando  que  deseaba  seguir  una 
política  conciliatoria.  El  arzobispo  y  los  siete  obispos  que  lo 
ayudaban  en  esa  campaña  reaccionaria,  amenazaron  con  ex- 
comunión mayor  a  los  que  cooperaran  en  la  aludida  "expo- 
liación", diciendo  sin  ambages  que  la  Iglesia,  a  la  que  debía 
su  corona  el  Emperador,  había  sufrido  una  gran  decepción, 
pues  si  se  reconocía  la  validez  de  la  enagenación  de  los  bienes 
de  la  Iglesia,  de  nada  serviría  la  intervención  del  Emperador , 
quien  había  sido  llamado  por  ellos  para  derogar  las  leyes  de 
Juárez,  no  para  ratificarlas  y  ejecutarlas  (Portes  Gil,  Ib. 
p.  110-114;  Sender,  El  problema  religioso  en  Méjico, 
p.  176). 

4'  Maximiliano  primeramente  visitó  en  Roma  a  Pío  IX  y 
luego  se  embarcó  para  América,  llegando  a  Veracruz  el  29 
de  mayo  de  1864,  y  a  la  ciudad  de  Méjico  el  12  de  junio 
siguiente.  Poco  después,  el  Papa  le  envió  al  nuncio  Meglia, 
quien  arribó  a  Méjico  el  7  de  diciembre  de  dicho  año.  En 
carta  del  27  del  mismo  mes,  la  emperatriz  Carlota,  esposa 
de  Maximiliano,  escribiéndole  a  la  emperatriz  Eugenia, 
esposa  de  Napoleón  III,  le  expresaba:  "Acabó  por  decirme 
el  Nuncio  que  era  el  clero  el  que  había  hecho  el  imperio". 

5'  Maximihano  propuso  al  Nuncio  un  esbozo  de  concor- 
dato en  el  que  se  contemplaba  la  tolerancia  para  los  cultos 
cristianos  no  católicos,  el  derecho  de  patronato  para  sí  y 
sus  sucesores,  que  la  Iglesia  cediera  al  Gobierno  mejicano  los 
derechos  con  que  se  consideraba  asistida  respecto  de  los  bie- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


73 


nes  eclesiásticos  que  se  declararon  nacionales  durante  la  Re- 
pública, etc.;  pero  el  Nuncio,  después  de  conferenciar  con 
el  alto  clero,  le  contestó  que  no  podía  ocuparse  "de  los  pun- 
tos propuestos  por  carecer  de  instrucciones,  pues  las  que  te- 
nía se  reducían  a  aceptar  la  derogación  en  principio  de  todas 
las  leyes  de  reforma,  la  nulidad  de  las  enagenaciones  de  bienes 
eclesiásticos,  devolución  de  éstos  a  la  Iglesia  e  indemniza- 
ciones por  lo  perdido".  Comentando  esta  respuesta,  dice  el 
escritor  Ramón  J.  Sender:  ""£/  imperio  había  sido  creado  por 
la  Iglesia;  pero  al  observar  que  constituía  un  poder  incom- 
patible con  los  planes  del  alto  clero,  lo  desautoriza  y  acaba 
por  destruirlo,  jugando  con  la  independencia  mejicana  sin 
escrúpulos"  (Ib.  p.  130). 

De  los  hechos  expuestos,  resulta  con  luz  meridiana,  que 
la  implantación  de  un  Imperio  en  Méjico,  así  como  la  inter- 
vención del  extranjero  usurpador  en  los  destinos  de  ese  país, 
que  obligó  al  pueblo  mejicano  a  seguir  una  cruenta  guerra 
de  cinco  años,  o  sea,  una  segunda  guerra  de  independencia, 
— que  terminó  con  el  fusilamiento  de  Maximiliano  y  de  los 
generales  Miramón  y  Mejía  el  19  de  junio  de  1867-t— ,  fueron 
sucesos  inspirados  directamente  por  Pío  IX,  o,  a  lo  menos, 
realizados  con  su  consentimiento  y  con  su  plena  aprobación. 
Pero  esto  no  debe  sorprendernos,  porque  la  Iglesia  católica, 
que  es  una  institución  antidemocrática,  siempre  ha  estado  de 
parte  de  las  monarquías  absolutas  y  de  los  poderes  despóti- 
cos, pues  siendo  una  entidad  internacional,  ha  encontrado  su 
principal  sostén  en  tales  regímenes  de  fuerza.  Si  el  clero  ca- 
tólico apoya  actualmente  en  América  las  repúblicas  demo- 
cráticas, es  porque  los  tiempos  han  cambiado,  y  hov  encuen- 
tra ventajas  en  esta  nueva  orientación  de  su  política;  pero 
recuérdese  que  los  pueblos  hispanoamericanos  para  conquis- 
tar su  independencia,  contaron  con  la  más  enconada  oposi- 
ción del  clero  romano.  Cierto  es  que  algunos  miembros  del 
bajo  clero  regular  y  secular  acompañaron  o  contribuyeron 
a  promover  el  movimiento  de  insurrección  contra  el  opresor 
gobierno  colonial:  pero  en  cambio,  la  ca'"i  totalidad  de  él, 
y  sobre  todo  el  alto  clero  americano,  estuvieron,  lo  mismo 
que  el  francés  antes  de  1789,  del  lado  del  despotismo. 


74 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


Si  Méjico  contó  con  patriotas  como  el  cura  de  Carácuaro, 
José  María  Morelos,  quien  convocó  el  Congreso  del  Anahuac 
que  proclamó  la  independencia  de  su  patria,  y  fue  fusilado 
en  1815,  o  como  su  antecesor  el  cura  de  Dolores,  Miguel  Hi- 
dalgo (1753-1811),  que dió en  1 8 1 0  el  grito  de  rebelión  con- 
tra España,  no  es  menos  cierto  que  esa  obra  emancipadora 
fue  condenada  incesantemente  por  la  iglesia  católica,  y  asi 
"el  Santo  Oficio  publicó  un  edicto  excomulgando  a  Hidalgo 
por  sedición,  cisma  y  herejia;  obispos  e  inquisidores  lanzaban 
a  diestra  y  siniestra  las  excomuniones,  y  desde  los  púlpitos  y 
en  las  intrigas  religiosas  se  apoyaba  al  partido  realista".  El 
obispo  de  Michoacán,  Manuel  Abad  y  Queipo,  en  edicto  que 
publicó  en  setiembre  24  de  1810  contra  el  citado  cura  Hi- 
dalgo y  contra  los  capitanes  del  regimiento  de  la  Reina,  Ig- 
nacio Allende,  Juan  de  Aldama  y  José  María  Abasólo,  jefes 
todos  del  movimiento  libertador,  decía:  "Usando  de  la  auto- 
ridad que  ejerzo  como  obispo  electo  y  gobernador  de  esta 
Mitra,  declaro  que  el  referido  don  Miguel  Hidalgo,  cura  de 
Dolores,  y  sus  secuaces,  los  tres  citados  capitanes,  sacrilegos, 
perjuros  y  que  han  incurrido  en  excomunión  mayor  del  ca- 
non: siquis  suadente  diábolo,  por  haber  atentado  contra  la 
persona  y  libertad  del  sacristán  de  Dolores,  del  cura  de  Cha- 
macuero  y  de  varios  religiosos  del  convento  del  Carmen  de 
Celaya,  aprisionándolos  y  manteniéndolos  arrestados.  Los 
declaro  excomulgados  vitandos,  prohibiendo  como  prohibo 
el  que  ninguno  les  dé  socorro,  auxilio  y  favor,  bajo  pena  de 
excomunión  mayor  ipso  fado  incurrenda,  sirviendo  de  mo- 
nición este  edicto,  en  que  desde  ahora  para  entonces  declaro 
incursos  a  los  contraventores.  Asimismo  exhorto  y  requiero 
a  la  porción  del  pueblo  que  trae  seducida,  con  títulos  de 
soldados  y  compañeros  de  armas,  que  se  restituyan  a  sus  ho- 
gares y  lo  desamparen  dentro  del  tercer  día  inmediato  al  que 
tuvieren  noticias  de  este  edicto,  bajo  la  misma  pena  de  exco- 
munión mayor,  en  que  desde  ahora  para  entonces  los  declaro 
incursos,  y  a  todos  que  voluntariamente  se  alistaren  en  sus 
banderas  o  que  de  cualquier  modo  le  dieren  favor  y  auxi- 
lio". El  arzobispo  de  Méjico,  Dr.  Francisco  Javier  de  Lizama 
y  Beaumont,  17  días  después,  dictaba  otro  edicto  semejante 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


75 


declarando  válida  y  legítima  la  citada  excomunión  decreta- 
da por  el  obispo  de  Michoacán;  los  frailes  del  Colegio  Apos- 
tólico de  Pacuaca  dictaron  un  oficio  en  que  propusieron  al 
Virrey  enviar  religiosos  de  su  comunidad  a  persuadir  a  los 
pueblos  de  que  no  debían  abrazar  la  causa  de  la  indepen- 
dencia; el  27  de  octubre  de  1810,  en  la  ciudad  de  Puebla, 
el  clero  manifestaba  su  adhesión  a  la  causa  del  Rey  en  acta 
memorable,  y  por  último,  el  28  de  marzo  de  1811,  el  Cabil- 
do Metropolitano  de  Méjico  exhortaba  al  clero  de  su  diócesis 
para  que  continuara  adicto  a  la  causa  del  Rey"  (Portes 
Gil,  Ib.  págs.  75-78). 

Estos  ataques  a  los  patriotas  que  se  insurreccionaron  con- 
tra el  gobierno  español  en  Méjico,  se  produjeron  más  o  me- 
nos en  la  misma  forma  en  casi  todas  las  capitales  de  las  actua- 
les Repúblicas  hispanoamericanas,  de  modo  que  cuando  ve- 
mos hoy  a  los  individuos  del  clero  católico  prodigarse  en 
cuanta  función  patria  se  presenta,  o  apresurarse  a  formar 
parte  de  cuanta  asociación  patriótica  se  funda,  tenemos  que 
inducir  lógicamente  que  proceden  así  o  bien  por  móviles 
proselitistas  para  pescar  incautos  que  desconocen  la  historia 
de  su  país,  o  bien  que  obran  arrepentidos,  tratando  de  sub- 
sanar con  su  actual  fervor  patriótico  los  crímenes  de  lesa- 
patria  cometidos  por  los  clérigos,  sus  antecesores,  en  la  época 
de  la  independencia  nacional. 

El  Syllabus  y  su  influencia  política.  —  £1  mismo  año 
en  que  Maximiliano,  designado  emperador  de  Méjico,  arribó 
a  ese  país,  Pío  IX  lanzó  su  célebre  desafío  a  la  moderna 
civilización,  publicando  su  encíclica  Quanta  cura,  comple- 
tada por  el  Syllabus  o  "resumen  de  los  principales  errores  de 
nuestro  tiempo"  (8  de  diciembre  de  1864),  que  a  la  vez 
de  profesión  de  fe  de  una  arcaica  institución  medioeval,  era 
un  disimulado  ataque  contra  Napoleón  III,  quien  habién- 
dose enagenado  las  simpatías  de  todas  las  grandes  potencias 
por  su  política  desacertada,  había  buscado  congraciarse  con 
el  rey  de  Italia,  Víctor  Manuel,  con  el  que  celebró  la  con- 
vención del  15  de  setiembre  de  1864.  Por  dicha  convención 
se  comprometía  Napoleón  III  a  retirar  sus  fuerzas  de  Roma 


76 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


en  un  plazo  de  dos  años,  y  por  su  parte  Víctor  Manuel  con- 
traía el  compromiso  de  no  atacar  los  territorios  que  le  queda- 
ban al  Papa.  Pero  éste  que  se  daba  cuenta  que  sin  el  apoyo 
de  las  tropas  fr:!ncesas,  quedaba  a  merced  del  rey  de  Italia, 
que  no  cesaba  de  reclamar  su  capital,  Roma,  se  irritó  sobre- 
manera al  conocer  la  aludida  convención,  y  entonces  para 
aumentar  las  dificultades  que  se  le  presentaban  a  Napo- 
león III,  — que  pretendía  mantener  las  ideas  de  la  Revolu- 
ción de  1789  con  la  cual  c^taba  relacionada  la  fortuna  del 
primer  Bonaparte — ,  publicó  la  encíclica  de  la  referencia  en 
que  se  anatematizan  todas  las  libertades  proclamadas  en  aquel 
magno  movimiento  revolucionario. 

La  encíclica  Quanta  cura  está  redactada  en  un  lenguaje 
violento,  como  se  ve  por  las  siguientes  frases  de  ella:  "No 
tienen  vergüenza  de  profesar  abierta  y  públicamente  los 
axiomas  y  principios  de  los  herejes  . . .  No  podemos  silenciar 
la  audacia  de  los  que  no  tolerando  la  sana  doctrina ...  En 
medio  de  esta  perversidad  de  opiniones  depravadas  . . .  hemos 
creído  deber  elevar  nuevamente  nuestra  voz.  En  consecuen- 
cia, reprobamos  por  nuestra  autoridad  apostólica,  proscri- 
bimos, condenamos,  queremos  y  ordenamos  que  todos  los 
hijos  de  la  Iglesia  católica  tengan  por  reprobadas,  proscritas 
y  condenadas  todas  y  cada  una  de  las  malas  opiniones  y  doc- 
trinas señaladas  detalladamente  en  las  presentes  Cartas.  Ade- 
más de  esto,  sabéis  muy  bien,  venerables  hermanos,  que  los 
adversarios  de  toda  verdad  y  de  toda  justicia,  que  los  ene- 
migos encarnizados  de  nuestra  santa  religión,  por  medio  de 
libros  envenenados,  de  folletos  y  de  diarios  difundidos  en 
los  cuatro  rincones  del  mundo,  engañan  hoy  a  los  pueblos, 
mienten  a  sabiendas  y  diseminan  toda  clase  de  doctrinas  im- 
pías". Por  esta  transcrioción  se  dará  cuenta  el  lector  del 
virulento  estilo  de  Pío  IX,  a  quien  el  más  suave  calificativo 
que  por  tales  desbordamientos  se  le  podría  aplicar,  sería  el 
de  deslenguado. 

El  Syllabus  contiene  ochenta  oroposiciones,  divididas  en 
diez  parágrafo",  que,  según  P'o  IX.  exnres?n  errores  conde- 
nados ya  anteriormente  por  él  en  distintos  documentos  pon- 
tificios que  había  publicado.  No  pudiendo  transcribir  todas 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


77 


estas  proposiciones,  exponemos  a  continuación  el  siguiente 
fiel  resumen  de  ellas,  que  formula  el  historiador  Dibour: 
"Por  ese  manifiesto  condena  el  Papa  no  sólo  los  derechos  de 
la  conciencia,  de  la  filosofía  y  de  la  ciencia,  sino  también  los 
principios  más  elementales  del  derecho  público  que  procla- 
mó la  Francia  de  1789  y  que  la  mayor  parte  de  Europa  ha 
concluido  por  adoptar,  a  ejemplo  suyo.  Declara  que  la  Igle- 
sia es  una  sociedad  perfecta,  independiente  en  derecho,  por 
todos  conceptos,  de  la  autoridad  temporal,  siendo  superior  al 
Estado  y  perteneciéndole  exclusivamente  el  derecho  de  diri- 
gir la  educación;  reprueba  la  doctrina  de  la  soberanía  na- 
cional y  del  sufragio  universal;  no  admite  la  libertad  de  los 
cultos  no  católicos,  ni  la  de  prensa,  ni  la  de  palabra;  rei- 
vindica para  la  Iglesia  el  poder  coercitivo;  reclama  para  la 
autoridad  eclesiástica,  en  caso  de  conflicto  con  la  autoridad 
civil,  los  derechos  que  los  gobiernos  modernos  sólo  recono- 
cen a  ésta  última;  quiere  que  aquélla  tenga  el  derecho  de 
inmiscuirse  en  la  legislación  civil,  por  ejemplo,  para  quitar 
de  ésta  todo  lo  que  pueda  ser  favorable  a  los  protestantes  y 
a  los  judíos;  condena  el  matrimonio  civil;  y  concluye  repro- 
bando esta  última  proposición:  el  pontífice  romano  puede 
y  debe  reconciliarse  y  transigir  con  el  progreso,  el  libera- 
lismo y  la  civilización  moderna".  "Explosión  final  y  dramá- 
tica del  furor  sacerdotal  reducido  a  la  impotencia,  según 
expresa  el  ex- senador  francés  A.  Delpech;  suprema  y  sor- 
prendente manifestación  de  ese  imperio  cuyo  fin  poco  glo- 
rioso marca  el  comienzo  de  una  era  nueva". 

Basándose  en  la  doctrina  expuesta  en  la  citada  encícKca 
Quanta  cura  y  en  el  Syllabus,  documentos  en  los  que  se 
sostiene  que  el  poder  civil  debe  ser  subordinado  a  la  auto- 
ridad de  la  Iglesia  y  se  censura  la  libertad  de  conciencia, 
calificándola  de  delirio  o  afirmación  temeraria  de  acuerdo 
con  lo  manifestado  por  Gregorio  XVI  en  su  encíclica  Mira- 
ri  vos,  un  profesor  de  cierta  universidad  católica  de  Bélgica 
se  atrevió  a  atacar  públicamente  la  libertad  de  conciencia  y 
la  de  prensa,  designándolas  con  la  expresión  de  libertad  del 
error,  y  por  ese  atrevimiento  fue  fehcitado  por  Pío  IX, 
quien  le  dirigió  una  carta  en  la  que  le  decía:  "Vluguiese  a 


78 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Dios  que  esas  verdades  fueran  comprendidas  por  aquellos 
que  se  jactan  de  ser  católicos  y  sin  embargo  obstinadamente 
son  partidarios  de  la  libertad  de  prensa  y  de  otras  libertades 
de  la  misma  índole,  decretadas  al  final  del  siglo  último  por 
los  revolucionarios,  y  constantemente  reprobadas  por  la 
Iglesia". 

Los  preceptos  retrógrados  del  Syllabiis  influyeron  desas- 
trosamente sobre  el  clero,  que,  en  general,  se  volvió  más 
agresivo  que  antes  contra  el  poder  civil  y  más  intolerante 
contra  las  personas  que  no  participaban  de  sus  ideas,  por  lo 
que  no  es  extraño  que  Víctor  Manuel  y  Napoleón  III  prohi- 
bieran la  publicación  de  tan  anacrónico  documento  en  sus 
respectivos  países.  En  Bélgica,  los  obi«:Dos.  siguiendo  la  noU- 
tica  pontificia,  combatieron  en  las  elecciones  a  todo  candi- 
dato liberal,  así  como  arreciaron  sus  ataques  contra  la  es- 
cuela laica,  contra  el  matrimonio  civil  y  contra  la  secula- 
rización de  los  cementerios,  de  los  que  pretendían  continuar 
siendo  dueños.  Obispo  hubo,  como  el  de  Namur,  que  prohi- 
bía la  administración  de  los  sacramentos  a  los  que  fueran 
miembros  de  alguna  sociedad  liberal.  En  general,  el  clero 
recomendaba  a  sus  fieles  la  lectura  de  los  diarios  ultramonta- 
nos que  fustigaban  al  Gobierno,  porque  éste  "abandonaba 
los  intereses  de  la  fe".  Esa  política  clerical  influyó  para  que 
los  liberales  se  agruparan  en  ima  Pederanón  de  a^r>^i^^ir>^t>s 
liberales  para  combatir  el  clericalismo,  el  que  empleaba  los 
más  repudiables  medios  a  fin  de  obtener  el  triunío.  La  in- 
vestigación realizada  con  motivo  de  las  elecciones  de  1876, 
según  expresa  el  historiador  A.  Metín,  "reveló  los  hechos  de 
presión  ejercida  por  los  sacerdotes,  la  inscripción  de  falsos 
electores  en  las  listas  con  la  complicidad  del  clero,  por  lo 
que  aquella  Federación  reclamó  la  reforma  para  garantir  la 
sinceridad  del  escrutinio". 

La  publicación  del  S'^iUht'^.  nsí  como  seis  años  más  tsr^e 
la  proclamación  de  la  infalibilidad  papal,  tuvieron  notables 
repercusiones  no  sólo  en  Bélgica,  según  hemos  visto,  sino 
también  en  otros  países,  como  Alemania,  Austria  y  Suiza. 
Era  repercusión  tuvo  un  doble  carácter:  religioso  y  político; 
en  su  faz  religiosa,  originó  el  movimiento  cismático  del 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


79 


Viejo  Catolicismo,  o  adversarios  del  nuevo  dogma  de  la  infa- 
libilidad, movimiento  que  ha  perdido  gran  parte  de  su  im- 
portancia, pues  antes  de  la  guerra  mundial  de  1914  contaba 
en  Alemania  sólo  con  unos  30.000  adherentes  y  63  sacerdo- 
tes, distribuidos  en  un  centenar  de  parroquias;  y  en  su  faz 
política  provocó  la  reacción  del  poder  civil  contra  los  des- 
plantes de  una  institución  secular  como  la  iglesia  católica, 
que  parece  nada  hubiera  aprendido  de  las  enseñanzas  de  la 
historia. 

Dicha  reacción  adquirió  forma  violenta  en  Alemania, 
donde  tomó  el  nombre  de  Kulturkampf ,  o  sea,  lucha  por 
la  cultura  o  combate  por  la  civilización.  En  una  circular  del 
14  de  mayo  de  1872,  decía  Bismarck:  "Las  resoluciones  del 
concilio  del  Vaticano  han  hecho  de  los  obispos  los  instrumen- 
tos del  Papa,  los  órganos  irresponsables  de  un  soberano,  que 
en  virtud  de  la  infalibilidad,  dispone  de  un  poder  más  com- 
pletamente absoluto  que  ningún  monarca  del  mundo".  Pío 
IX  vino  a  acelerar  el  conflicto  con  el  Gobierno  alemán,  por  su 
carácter  rencoroso,  que  lo  llevó  a  tomar  represalias  contra  los 
prelados  que  en  el  concilio  del  Vaticano  se  habían  mostrado 
adversarios  de  la  infalibilidad  pontificia.  En  efecto,  Bismarck 
a  pesar  de  su  espíritu  avasallador,  trató  de  negociar  con  la 
Iglesia,  y  con  tal  objeto  envió  a  Roma  al  cardenal  de  Hohen- 
lohe,  uno  de  los  opositores  a  aquel  dogma;  pero  Pío  IX  se 
negó  a  recibirlo.  Entonces  Bismarck  pronunció  su  célebre 
frase:  "No  iremos  a  Canosa",  y  con  la  cooperación  de  su 
Ministro  de  Cultos,  Falk,  dictó  varios  decretos  entre  los  cua- 
les se  contaban:  el  que  prohibía  a  los  miembros  de  las  con- 
gregaciones religiosas  el  ejercicio  del  magisterio;  el  que  orde- 
naba expulsar  del  territorio  alemán  a  los  jesuítas  y  a  otras 
congregaciones  afines,  como  las  de  los  redentoristas,  lazaris- 
tas,  etc.;  y  el  que  suprimía  la  embajada  ante  el  Vaticano. 

En  mayo  de  1873  hizo  votar  algunas  leyes  tendientes  a  su- 
bordinar la  Iglesia  al  Estado,  como  la  que  restringía  el  poder 
disciplinario  de  los  obispos,  prohibiendo  al  mismo  tiempo 
que  desempeñaran  funciones  eclesiásticas  los  jóvenes  que  no 
hubieran  obtenido  el  título  de  bachiller  y  estudiado  por  lo 
menos  tres  años  en  alguna  universidad  alemana,  y  ordenan- 


CELEDONIO  NIÑ  Y  SILVA 

80 

do  fueran  cerradas  las  escuelas  secundarias  eclesiásticas  y  co- 
locados los  seminarios  bajo  la  vigilancia  de  la  autoridad,  de- 
clarándose a  la  vez  que  serian  confiscadas  las  rentas  de  los 
que  no  acataran  tales  disposiciones.  Éstas  levantaron  gran 
resistencia  y  provocaron  la  más  encarnizada  oposición  de  los 
obispos,  a  quienes  les  dirigió  Pió  IX  un  breve  exhortándolos 
a  persistir  en  su  campaña  opositora,  declarando  nulas  dichas 
leyes,  y  excomulgando  a  todos  los  que  aceptaran  funciones 
eclesiásticas  de  la  autoridad  civil.  El  Gobierno  alemán  decre- 
tó entonces  el  matrimonio  civil  obligatorio  y  el  Registro  de 
Estado  Civil  a  cargo  de  funcionarios  públicos,  y  exigió  a 
los  obispos  que  prestaran  un  nuevo  juramento  de  fidelidad, 
y  como  muchos  no  lo  prestaron  y  arreciara  la  oposición 
clerical,  fueron  destituidos  o  desterrados  gran  número  de 
prelados  y  sacerdotes,  así  como  fueron  expulsadas  las  con- 
gregaciones que  no  se  ocupaban  en  la  asistencia  de  los  en- 
fermos, eliminándose  del  presupuesto  nacional  las  subven- 
ciones a  los  eclesiásticos.  Esas  medidas  coercitivas,  que  el 
clericalismo  denominó  "persecución  diocleciana",  estaban 
muy  lejos  de  adquirir  los  rigores  de  los  actuales  campos  de 
concentración  de  Hitler,  que,  sin  embargo,  no  han  susci- 
tado airadas  protestas  del  pontífice  Pío  XII.  De  resultas  de 
dicha  lucha,  cuando  murió  Pío  IX,  la  mayor  parte  de  las 
diócesis  de  Alemania  carecían  de  obispos,  y  seiscientas  parro- 
quias no  tenían  curas. 

El  catolicismo  en  Suiza  durante  el  siglo  XIX  hasta 
el  fin  del  pontificado  de  Pío  IX.  —  Después  del  congreso 
de  Viena,  de  1815,  que  consagró  el  triunfo  del  absolutismo, 
las  instituciones  de  Suiza  se  desenvolvieron  en  un  sentido  re- 
trógrado hasta  1830,  como  en  todos  los  países  europeos.  Fué 
ese  el  periódo  en  que  domina  la  aristocracia,  periodo  feliz 
para  la  iglesia  católica,  que  se  encontraba  así  en  su  elemento 
reaccionario,  y  pudo  crear  allí  gran  número  de  conventos, 
y  hasta  en  algunos  cantones  católicos,  a  pesar  de  las  prohi- 
biciones legales,  logró  que  hicieran  su  aparición  los  jesuítas, 
manzana  de  discordia  en  todos  los  puntos  donde  conseguían 
establecerse.  De  1830  a  1840  predomina  la  burguesía,  cuyo 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


81 


espíritu  liberal  había  ido  afirmándose,  desde  su  despertar  en 
1820,  constituyendo  un  partido  que  reclamaba  reformas 
democráticas  y,  entre  otras,  la  modificación  del  pacto  fede- 
ral del  7  de  agosto  de  1815,  según  el  cual  Suiza  no  era  un 
verdadero  Estado,  sino  una  unión  de  países  soberanos,  enca- 
bezada por  una  Dieta  federal  que  se  reunía  durante  un  mes 
al  año,  y  cuyos  miembros  tenían  más  el  carácter  de  emba- 
jadores de  sus  respectivos  cantones  que  de  diputados  de  éstos. 

La  iglesia  católica,  antidemocrática  como  siempre,  mani- 
festó su  hostilidad  a  todas  las  reformas  políticas  proyecta- 
das, y  cuando  a  partir  de  1841,  triunfó  en  la  nación  el  libe- 
ralismo radical,  que,  en  el  cantón  de  Argovia  suprimió  los 
conventos  y  nacionalizó  sus  bienes,  los  siete  cantones  cató- 
licos existentes  formaron  una  liga  subversiva,  llamada  Soti- 
derbund,  con  el  fin  de  repeler  por  la  fuerza  tales  innova- 
ciones. Sus  dirigentes,  como  guante  de  desafío  al  partido  li- 
beral democrático,  llamaron  a  Lucerna  a  los  jesuítas,  que  ya 
se  habían  instalado  en  Valais,  Friburgo  y  Schwytz,  lo  que 
produjo  una  serie  de  incidentes  sangrientos  en  aquel  cantón, 
hasta  que  en  1 847,  la  Dieta  federal  ordenó  la  disolución  del 
Sonderbund,  la  expulsión  de  los  jesuítas  y  declaró  resuelta  la 
cuestión  de  los  conventos  de  Argovia.  El  Sonderbund,  apo- 
yado por  Metternich,  que  le  envió  municiones  y  dinero,  de- 
claró entonces  la  guerra  a  la  Suiza  liberal;  pero  el  ejército 
federal  al  mando  del  general  Dufour,  antiguo  capitán  de 
Napoleón,  en  45  días  terminó  aquella  lucha,  quedando  so- 
metidos los  cantones  católicos  y  disuelta  su  aludida  malhada- 
da alianza.  Al  año  siguiente  se  promulgó  la  nueva  Constitu- 
ción que  le  ha  dado  a  Suiza  el  carácter  de  verdadero  Estado 
federal.  Por  esa  Constitución  de  1848  se  suprimieron  las 
antiguas  garantías  concedidas  a  los  conventos,  se  expulsó  la 
orden  de  los  jesuítas,  y  se  prohibieron  las  capitulaciones  mi- 
litares con  el  extranjero,  es  decir,  el  derecho  que  tenían  otros 
países  de  levantar  cuerpos  de  ejército  en  Suiza.  Poco  después 
y  a  pesar  de  la  oposición  de  los  obispos  católicos,  la  Asamblea 
federal  aprobó  la  ley  que  acuerda  validez  a  los  matrimonios 
mixtos. 

Habiendo  sido  vencido  el  Sonderbund,  que  contaba  con 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 

todas  las  simpatías  de  Pío  IX,  éste  hizo  todo  lo  posible  por 
obtener  la  reapertura  de  conventos  y  nuevamente  la  entrada 
de  los  jesuítas  en  Suiza;  pero  sus  esfuerzos  resultaron  esté- 
riles. Cuando  el  concilio  del  Vaticano  decretó  en  1870  la 
infalibilidad  papal,  volvieron  a  manifestarse  en  Suiza  las  an- 
tiguas pretensiones  de  predominio  de  la  iglesia  católica  a  ex- 
pensas del  poder  civil,  lo  que  originó  un  movimiento  de 
Kultiirkampfy  análogo  al  de  Alemania,  del  que  ya  hemos 
hablado.  Se  entabló  una  viva  lucha  con  el  clero  ultramon- 
tano, que  trajo  como  consecuencia  en  1873,  la  deposición 
del  obispo  Lachat  de  Basilea,  el  destierro  del  obispo  Mermi- 
llod  de  Ginebra,  y  la  promulgación  de  nuevas  leyes  eclesiás- 
ticas que  disponían  que  los  curas  fueran  nombrados  por  las 
parroquias,  a  la  vez  que  favorecían  a  los  "viejos  católicos" 
en  detrimento  de  los  católicos  romanos. 

Pío  IX  publicó  una  encíclica  condenando  todas  esas  dis- 
posiciones, y  entonces  el  Consejo  federal,  a  principios  de 
1874,  entregó  sus  pasaportes  al  nuncio  Agnozzi,  quedando 
así  rotas  las  relaciones  de  Suiza  con  la  Santa  Sede.  A  raíz  de 
estos  sucesos,  se  modificó  la  Constitución  de  1848  en  el  sen- 
tido de  administración  más  centralizada,  democracia  más 
directa,  socialismo  de  Estado  bastante  aéentuado  y  tenden- 
cia mayor  al  laicismo.  Así,  según  la  nueva  Constitución  de 
1874,  se  confirió  el  Registro  del  Estado  Civil  a  la  autoridad 
pública;  se  secularizaron  los  cementerios;  se  estableció  que 
la  instrucción  primaria  en  las  escuelas  públicas  fuera  obliga- 
toria, gratuita  y  laica;  y  se  dispuso:  por  el  art.  50  que  "no 
puede  erigirse  obispado  en  territorio  suizo  sin  venia  de  la 
Confederación" ;  por  el  art.  5 1 ,  que  "la  orden  de  los  jesuítas 
y  las  sociedades  a  ella  afiliadas  no  pueden  ser  admitidas  en 
ninguna  parte  de  Suiza,  siendo  prohibida  a  sus  miembros 
toda  acción  en  la  iglesia  y  en  la  escuela,  interdicción  que 
también  puede  extenderse,  por  simple  decreto  federal,  a 
otras  órdenes  religiosas  cuya  acción  sea  peligrosa  para  el  Es- 
tado o  perturbe  la  paz  entre  las  distintas  iglesias";  y  por  el 
art.  52,  "se  prohibe  fundar  nuevos  conventos  u  órdenes 
religiosas  y  restablecer  los  que  han  sido  suprimidos". 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


83 


Política  de  Pío  IX  después  del  concilio  del  Voti- 
cono.  —  En  la  católica  Austria,  la  proclamación  del  dogma 
de  la  infalibilidad  papal  motivó  la  anulación  del  concordato 
de  1855,  medida  que  tomó  el  Gobierno,  según  sus  manifesta- 
ciones, por  la  razón  de  que  un  jefe  de  Estado  declarado  in- 
falible ya  no  puede  ser  obligado  por  las  estipulaciones  de 
un  contrato. 

En  Italia,  después  del  20  de  setiembre  de  1870,  la  poli- 
tica  de  Pío  IX  fue  de  intransigente  oposición  contra  el  Go- 
bierno de  Víctor  Manuel,  a  perar  de  que  el  2  de  octubre 
siguiente,  un  plebiscito  sancionaba  la  efectuada  anexión  de 
Roma  y  de  las  provincias  romanas.  El  Gobierno  italiano  se 
mostró  tolerante,  tratando  de  evitar  una  lucha  religiosa,  para 
lo  cual  hizo  votar  la  ley  de  garantías  (mayo  13  de  1871) 
que  daba  al  Papa  las  seguridades  máximas  para  que  pudiera 
ejercer  libremente  su  poder  espiritual.  Por  dicha  ley  se  acor- 
daba a  su  perrona  la  misma  inviolabilidad  que  al  Rey;  se  le 
concedía  el  goce  del  Vaticano,  de  Latrán  y  demás  palacios 
pontificios;  se  garantía  la  libertad  de  los  cónclaves  y  de  los 
concilios;  se  le  otorgaba  libre  comunicación  postal  y  tele- 
gráfica con  todos  los  católicos,  y  el  derecho  de  recibir  re- 
presentantes de  los  demás  Estados,  investidos  de  todas  las 
inmunidades  diplomáticas;  renunciaba  el  Estado  al  derecho 
de  patronato,  y  fijaba  a  favor  de  la  Corte  pontificial  una 
asignación  de  3.225.000  francos  por  año.  Los  buenos  propó- 
sitos gubernamentales  quedaron  desvirtuados  por  la  tazudez 
de  Pío  IX,  quien  calificó  la  obra  parlamentaria  de  "impía, 
absurda  y  de  delirio",  y  protestó  en  su  encíclica  del  1 5  de 
mayo  siguiente  contra  todos  esos  favores  que  se  le  acorda- 
ban. En  consecuencia,  se  declaró  prisionero  en  el  Vaticano 
— declaración  que  influyó  para  que  los  Cándidos  católicos  de 
todo  el  mundo  hicieran  afluir  sus  ofrendas  a  Roma  en  soco- 
rro de  aquel  desvalido  aprisionado — ,  rehusó  entrar  en  rela- 
ciones con  las  autoridades  civiles,  y  prohibió  a  los  católicos 
italianos  intervenir  en  las  elecciones  que  se  efectuaran  en 
su  país.  Esto  indujo  a  las  Cámaras  italianas  para  que,  com- 
plementando la  ya  decretada  separación  de  la  lelesia  y  el 
Estado,  votaran  posteriormente  la  supresión  de  las  Facultades 


84 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


de  Teología  y  extendieran  a  las  provincias  romanas  la  supre- 
sión de  las  congregaciones  religiosas  y  la  desamortización  de 
sus  bienes.  Tal  fue  la  política  suicida  que  con  este  reino  siguió 
Pío  IX,  posponiendo  a  sus  deberes  espirituales,  su  interés  de 
provocar  un  movimiento  de  opinión  para  recuperar  sus  per- 
didos Estados  pontificios:  fiel  reproducción  del  caso  de 
Pío  VI,  quien,  como  sabemos,  se  mostró  intransigente  con 
Francia  y  agitó  cielo  y  tierra,  para  que  se  le  devolviera  el 
condado  de  Aviñón. 

En  Francia,  después  de  la  caída  de  Napoleón  III,  Pío  IX 
fomentó  el  movimiento  monárquico,  en  contra  de  los  demó- 
cratas que  lograron  hacer  aprobar  las  leyes  constitucionales 
de  1875  y  establecer  así  la  Tercer  RepúbKca.  Fueron  los 
clericales  los  que  provocaron  la  caída  de  Thiers  y  elevaron 
a  la  presidencia  al  mariscal  Mac-Mahón,  como  paso  previo 
para  la  restauración  monárquica.  Casi  todos  los  miembros 
del  primer  ministerio  del  duque  de  Broglie,  según  ellos  mis- 
mos manifestaban,  eran  esencialmente  católicos,  que  busca- 
ban el  triunfo  de  la  Iglesia  a  la  par  que  la  implantación 
de  la  monarquía.  Uno  de  los  primeros  actos  de  la  Asamblea, 
luego  de  elegido  Mac-Mahón,  fue  votar  una  ley  que  auto- 
rizaba las  expropiaciones  necesarias  para  construir  en  Mont- 
martre  (París)  la  Iglesia  del  Sagrado  Corazón,  cuya  ejecu- 
ción, según  decían,  se  hacía  en  cumplimiento  de  un  voto 
de  Ignacio  de  Loyola,  fundador  de  la  orden  de  los  jesuítas. 
En  las  frecuentes  peregrinaciones  que  se  efectuaban,  y  a  las 
que  no  faltaban  los  diputados  de  la  Derecha,  se  cantaba: 
'^Salvad  a  Roma  y  a  Francia,  en  nombre  del  Sagrado  Cora- 
zón". Salvar  a  Francia  era  devolverle  el  sistema  realista; 
salvar  a  Roma,  restaurar  el  poder  temporal  del  papado.  Era 
tal  la  preeminencia  clerical  de  la  época,  que  el  prefecto  del 
Ródano  había  ordenado  que  los  entierros  civiles  se  realizaran 
en  las  primeras  horas  del  día,  debiendo  seguir  por  las  calles 
menos  frecuentadas.  El  23  de  noviembre  de  1876,  el  piquete 
de  honor  que  asistía  a  las  honras  fúnebres  del  músico  Feli- 
ciano David,  se  retiró,  porque  esas  exequias  eran  civiles,  lo 
que  motivó  pocos  días  después,  que  la  Cámara  solicitara  del 
Gobierno  el  respeto  de  la  libertad  de  conciencia  y  de  culto. 


Pío  vil 


í 

L 


Pío  IX 


León  XIII 


El  General  Venancio  Flores  asesinado,  según  cuadro^dei  pimor  Juan  M.  Biaoea 


HISTORIA  POLITICA  DE  LOS  PAPAS 


85 


Los  monárquicos,  legitimistas  y  orleanistas,  habían  elegido 
al  conde  Chambord,  nieto  de  Carlos  X,  como  futuro  rey 
de  Francia,  y  si  no  llegó  a  serlo,  fue  por  su  tenaz  oposición 
a  aceptar  la  bandera  tricolor  de  la  Revolución  Francesa, 
pues  quería  reponer  la  bandera  blanca  de  la  antigua  monar- 
quía. El  obispo  de  Poitiers  decía:  "La  bandera  tricolor  es 
irremediablemente  revolucionaria,  significa  la  soberanía  po- 
pular o  carece  de  significado".  El  conde  de  Chambord  con- 
sultó a  Pío  IX  sobre  su  decisión  de  no  transigir  con  la 
bandera  tricolor,  y  el  Papa  lo  felicitó  por  no  querer  sacri- 
ficar en  nada  su  honor.  Votadas  las  leyes  constitucionales 
de  1875,  y  efectuadas  las  nuevas  elecciones,  el  sufragio 
universal  dió  a  los  republicanos  una  aplastadora  mayoría. 
A  pesar  de  que  el  Gobierno,  por  boca  de  su  primer  Minis- 
tro, Julio  Simón,  había  declarado  que  no  admitiría  la  inge- 
rencia del  clero  en  los  asuntos  públicos,  los  ultramontanos 
no  cesaron  de  obstaculizarlo,  entre  otros  medios,  con  insis- 
tentes pedidos  para  que  se  le  devolviera  al  Papa  el  poder 
temporal.  Al  discutirse  en  la  Cámara  esos  pedidos,  denunció 
Gambetta  que  "bajo  la  transparente  máscara  de  cuestiones 
religiosas,  existía  la  acción  de  un  partido  político  que  tra- 
taba de  asaltar  el  poder".  Fue  en  esa  discusión  que  pronunció 
íu  célebre  frase,  que  es  hoy  tan  verdadera  como  entonces: 
"Le  clericalisme,  voilá  Vennem?*. 

Repercusión  de  lo  política  retrógrado  de  Pío  IX  en 
Ecuodor  y  el  Uruguoy.  —  La  política  retrógrada  de  Pío 
EX  también  tuvo  su  lógica  repercusión  en  los  países  cató- 
licos de  América.  Ya  hemos  hablado  de  su  obra  en  Méjico; 
digamos,  para  concluir,  algo  de  su  influencia  en  el  Ecuador 
Y  en  el  Uruguay.  En  la  república  del  Ecuador  gobernó, 
de  1858  a  1875,  Gabriel  García  Moreno,  con  los  brevísimos 
paréntesis  de  los  gobiernos  de  Jerónimo  Carrión  y  Javier 
Espinosa,  hechuras  de  él  y  a  quienes  elevó  y  derrocó  a  su 
antojo.  Este  gobernante,  jefe  del  partido  conservador,  que 
desarrolló  una  política  violenta  e  intolerante,  calificado  de 
"sanguinario"  por  la  oposición,  porque,  según  un  historiador 
ecuatoriano,  "su  energía  no  se  detuvo  ante  las  influencias, 


86 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


el  prestigio  o  el  poder  de  las  víctimas",  era  un  místico,  que 
leía  diariamente  la  Imitación  de  Cristo,  y  que  declaraba: 
"Soy  católico  y  estoy  orgulloso  de  serlo".  Este  fanático,  que 
había  escrito  en  1851  un  libro  titulado  "Defensa  de  los 
Jesuítas",  y  que  cuando  fue  Presidente  obligaba  a  todos  los 
funcionarios  públicos  a  asistir  a  misa  y  abolió  toda  libertad 
de  conciencia,  era  por  lo  mismo  para  Pío  IX  el  ideal  de  los 
gobernantes,  y  como  tal  lo  propuso  como  modelo  a  los.  de- 
más jefes  de  Estado  (^). 

A  su  respecto  escriben  los  historiadores  Malet  e  Isaac: 
"Firmó  el  Concordato  de  1861:  el  catolicismo,  religión  obli- 
gatoria del  Estado;  proscrita  la  libertad  de  cultos;  la  ins- 
trucción pública  entregada  a  las  Congregaciones,  y  todas  las 
causas  relativas  a  la  fe,  al  culto  y  al  matrimonio  juzgadas 
por  los  tribunales  eclesiásticos,  tal  fue  el  ideal  ultramontano 
que  realizó  plenamente.  El  Ecuador  es  el  único  país  donde 
se  puede  decir  que  el  Syllabus  haya  tenido  fuerza  de  ley . . . 
Durante  su  dictadura  consagró  su  país  al  Sagrado  Corazón 
de  Jesús,  y  protestó  contra  la  supresión  del  poder  temporal 
del  Papa,  después  de  la  entrada  de  los  italianos  en  Roma, 
en  1870".  Según  el  historiador  francés  A.  Milhaud,  García 
Moreno  después  de  1869,  continuando  su  política  clerical, 
protegió  las  misiones  católicas  y  donó  a  Pío  IX  un  millón 
(no  sabemos  si  de  francos  o  de  sucres)  tomado  del  erario 
público.  A  pesar  de  todo  esto,  su  patrono,  el  Sagrado  Cora- 
zón, no  impidió  que,  siendo  Presidente,  los  puñales  de  tres 
asesinos  lo  ultimaran  el  6  de  agosto  de  1875,  en  su  palacio  de 
Quito,  cuando  tenía  54  años  de  edad. 

Pasemos  al  Uruguay.  El  Gobierno  de  Gabriel  Antonio 
Pereyra  se  había  visto  obligado  a  decretar  en  1859  la  expul- 
sión de  los  jesuítas  del  territorio  nacional  (véanse  las  razones 
y  demás  detalles  de  esa  medida  en  los  Anales  Históricos  del 


(1)  El  caudillo  falangista,  general  Franco,  que  domina  actual- 
mente en  España,  acaba  de  ordenar  (noviembre  de  1941)  que  se 
cambie  el  nombre  de  una  plaza  española  (creemos  que  en  Madrid), 
por  el  de  García  Moreno,  en  honor  del  antiguo  déspota  clerical 
ecuatoriano.  Nada  comprueba  mejor  que  este  hécho.  la  similitud  de 
ideas  de  los  dictadores  absolutistas  de  viejo  cuño,  con  las  que  rei- 
nan en  los  gobiernos  totalitarios,  como  el  falangismo. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


87 


Uruguay,  por  el  Dr.  Eduardo  Acevedo,  tomo  II,  págs.  762, 
763 ) .  Poco  después  se  produjo  un  incidente  entre  el  Gobier- 
no y  el  nuncio  o  delegado  apostólico  en  el  Río  de  la  Plata, 
Marini,  con  sede  en  Buenos  Aires,  por  el  ejercicio  consti- 
tucional del  patronato,  con  motivo  de  la  provisión  de  Vica- 
rio, a  causa  del  fallecimiento  del  anterior,  José  Benito  Lamas. 
El  Gobierno  propuso  para  llenar  esa  vacante  al  Cura  de  la 
Matriz,  Santiago  Estrázulas  Lamas,  y  Marini,  en  cambio, 
confirió  el  vicariato  a  Jacinto  Vera,  cura  de  Canelones.  El 
Gobierno  cedió,  incluyendo  a  Vera  en  una  terna  que  pre- 
sentó a  Marini,  quien  eligió  a  su  nombrado  candidato,  como 
él  lo  deseaba. 

Bajo  la  siguiente  Presidencia  de  Bernardo  P.  Berro  se  pro- 
movieron nuevas  incidencias  con  sacerdotes  sostenidos  por 
el  Vicario  Vera,  pues  tanto  éste  como  aquéllos,  de  acuerdo 
con  las  ideas  de  Pío  IX,  querían  hacer  prevalecer  la  Iglesia 
sobre  el  Estado.  Así,  p.  ej.,  el  cura  Madruga,  de  San  José, 
se  negó  a  permitir  que  en  abril  de  1861  se  sepultara  en  el 
cementerio  de  la  localidad,  el  cadáver  del  Dr.  Enrique  Ja- 
cobson,  basándose  en  que  éste  era  protestante  y  masón. 
Traído  el  cadáver  a  Montevideo,  fue  enterrado  en  el  cemen- 
terio Central,  sin  consentimiento  de  la  Iglesia;  pero  con 
permiso  de  la  autoridad  civil.  El  ex  cura  "mercachifle"  de 
la  Unión  (^) ,  Victoriano  Conde,  que  derempeñaba  momen- 
táneamente el  vicariato,  presentó  una  nota  al  Ministro  de 
Gobierno  protestando  porque  "ha  sido,  decía,  escandalosa- 
mente violado  el  cementerio  público  y  católico,  al  inhu- 
marse en  él,  el  cuerpo  de  un  individuo  que  ha  muerto  fuera 
del  gremio  de  la  Iglesia",  y  pedía  se  procediera  a  la  exhuma- 
ción del  cadáver  de  Jacobson.  El  vicario  Vera  confirmó 
dicha  nota,  dictando  además  una  resolución  en  la  que  se 
declaraba  que  mientras  el  cadáver  de  Jacobson  no  fuera 
desenterrado,  el  cementerio  de  Montevideo  quedaría  en 

(1)  Véase  en  el  suplemento  ilustrado  del  diario  "El  Día",  de 
Montevideo,  de  agosto  3  de  1941,  el  artículo  titulado  "Dos  hombres 
y  un  santo"  en  el  cual  el  autor,  Dr.  Luis  Bonavita,  que  se  oculta 
bajo  el  seudónimo  de  M.  Ferdinand  Pontac,  bien  documentado,  pone 
de  relieve  que  el  cura  Victoriano  Conde  se  preocupaba  ante  todo 
de  la  faz  comercial  de  su  ministerio  eclesiástico. 


88 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


entredicho,  con  prohibición  a  los  curas  párrocos  de  dar  licen- 
cias de  entierros,  bajo  las  más  severas  penas  eclesiásticas. 
Ante  esta  actitud,  el  Gobierno  dictó  un  decreto  que  impor- 
taba la  secularización  de  los  cementerios,  aun  cuando  para 
no  romper  con  la  Iglesia,  disponía  que  la  Junta  Económico- 
Administrativa  cuidaría  de  que  hubiese  en  el  cementerio 
un  sacerdote,  cuvos  servicios  fijaría  un  reglamento  espe- 
cial 

Algunos  meses  más  tarde,  con  motivo  de  haber  destituida 
el  vicario  Vera  al  cura  Brid,  de  la  Matriz,  sin  previa  consulta 
gubernativa,  se  renovó  el  conflicto,  viéndose  obligado  el 
Gobierno  a  casar  el  exequátur  del  Vicario,  en  virtud  de  su 
desconocimiento  del  derecho  de  patronato  que  a  aquél  le 
correspondía.  Vera  desacató  este  decreto  y  hasta  se  atrevió 
a  dirigir,  con  otros  sacerdotes,  una  nota  al  Presidente  de  la 
República  pidiendo  la  intervención  de  la  autoridad  contra 
la  propaganda  anticlerical  de  parte  de  la  prensa.  Pío  IX, 
que  estaba  al  tanto  de  la  conducta  del  vicario  Vera,  de 
franca  rebelión  contra  las  obligaciones  que  le  imponía  el 
patronato,  lo  alentó  a  persistir  en  su  actitud  rebelde,  pues 
el  delegado  apostólico  Marini  le  comunicó  a  éste,  a  princi- 
pios de  1862,  que  "según  despachos  del  cardenal  Antonelli, 
el  Papa  aplaudía  la  firmeza  con  que  había  sostenido  las 
Prerrogativas  de  la  Iglesia". 

Tal  era  la  política  subversiva  de  Pío  IX,  aquí  como  en 
todas  partes:  pretendía  que  el  Estado  quedara  subordinada 
a  la  Iglesia;  trataba  de  hacer  retrogradar  las  naciones  cató- 
licas a  la  época  medieval  en  que  predominaba  la  autoridad 
eclesiástica  sobre  la  civil.  Como  resultado  de  esa  incitación 


(1)  A  pesar  del  aludido  decreto  sobre  secularización  de  los  ce- 
menterios, los  curas  párrocos  de  campaña  continuaron  considerán- 
dolos como  campos  santos  anexos  a  la  iglesia,  según  lo  comprueba 
el  siguiente  hecho  ocurrido  durante  el  Gobierno  del  Dr.  José  E. 
EUauri,  y  que  relata  el  Dr.  Eduardo  Acevedo,  en  su  citada  obra. 
Anales  históricos  del  Urugiuiy:  "En  1873,  falleció  en  el  Salto  un 
masón,  y  el  cura  Salazar  se  negó  a  expedir  la  papeleta  de  entierro, 
alegando  que  se  trataba  de  un  impenitente.  Después  de  tres  días  de 
infructuosas  gestiones  para  obtener  la  papeleta,  el  pueblo  se  reimió' 
en  la  plaza  y  haciéndose  justicia  por  sí  mismo,  desterró  del  Depar- 
tamento al  promotor  del  conflicto"  (Tomo  III,  p.  764). 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


89 


papal  a  persistir  en  su  desacato,  Vera  continuó  desobede- 
ciendo las  órdenes  gubernativas,  hasta  que  el  Gobierno,  de 
acuerdo  con  la  opinión  de  los  jurisconsultos  más  eminentes 
del  país  consultados  al  respecto,  desterró  a  Vera  y  a  Conde, 
quienes  se  marcharon  a  Buenos  Aires. 

Es  digno  de  notarse  que  el  general  Venancio  Flores,  que 
se  sublevó  contra  el  Presidente  Berro,  tomó  ese  incidente 
religioso  como  programa  de  su  acción  revolucionaria,  ha- 
ciendo poner  una  cruz  roja  y  a  veces,  además,  un  corazón 
de  tela  colorada  en  fondo  blanco  (¿la  imagen  del  Sagrado 
Corazón?)  en  las  banderolas  de  las  lanzas  que  usaba  su  caba- 
llería, por  lo  que  el  movimiento  insurreccional  tomó  el  nom- 
bre de  ^'Cruzada  Libertadora",  y  sabido  es  que  la  palabra 
Cruzada  significa  una  expedición  militar  contra  infieles. 
Corrobora  el  carácter  religioso  que  pretendió  dársele  a  esa 
revolución,  el  hecho  de  que  el  coronel  brasileño  Fidelis,  que 
al  frente  de  una  división  vino  de  su  patria  a  plegarse  a  la 
causa  de  Flores,  terminaba  la  proclama  que  lanzó  al  trans- 
poner nuestra  frontera,  con  cuatro  vivas,  uno  de  los  cuales 
era  este:  "¡Viva  la  religión  católica!"  Por  supuesto  que,  a 
pesar  de  todo  esto,  no  se  trataba  realmente  de  una  guerra 
religiosa,  pues  tan  católicos  eran  Berro  como  Flores,  como 
sus  respectivos  partidarios,  no  habiendo  hecho  el  primero 
otra  cosa  que  defender  los  derechos  que  el  patronato  acor- 
daba al  Estado  contra  las  insostenibles  pretensiones  de  la 
Iglesia  católica. 

También  merece  mencionarse  que  apenas  obtuvo  Flores 
el  triunfo,  en  abril  de  1865,  uno  de  sus  primeros  decretos 
fue  destinado  a  autorizar  el  regreso  de  los  jesuítas  a  nuestra 
República,  y  a  permitir  el  libre  funcionamiento  de  todas 
las  congregaciones  religiosas  destinadas  a  la  enseñanza  C) . 
Tal  adhesión  al  catolicismo  provenía  de  la  religiosidad  per- 
sonal del  general  Flores,  no  compartida  después  por  su  par- 
tido, el  que  ha  demostrado  posteriormente  sus  ideas  liberales, 


(1)  E.  AcEVEDo.  Anales  Históricos  del  Uruguay,  t.  III,  págs.  4B, 
245-255.  Recuérdese  que  el  general  Venancio  Flores  era  de  familia 
tan  católica,  que  sus  padres  querían  que  hubiera  sido  sacerdote. 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 

90 

haciendo  votar  leyes  como  las  del  Registro  de  Estado  Civil, 
de  matrimonio  civil  obligatorio  y  de  divorcio,  y  logrando 
implantar  en  la  Constitución  de  1918  la  gran  reforma  de  la 
separación  de  la  Iglesia  y  el  Estado,  instituciones  todas  ardo- 
rosamente combatidas  por  el  Vaticano  y  sus  secuaces. 

Merece  destacarse  la  forma  trágica  coincidente  cómo  ter- 
minaron sus  vidas  los  dos  citados  dictadores  sudamericanos, 
paladines  del  catolicismo,  pues  el  general  Venancio  Flores 
fué  ultimado  a  puñaladas  en  Montevideo,  el  año  1868,  a  des- 
pecho de  la  cruz  y  del  corazón  rojo  de  las  banderolas  de 
sus  lanzas,  como  lo  fué  siete  años  después,  en  Quito,  su 
colega  García  Moreno,  según  lo  hemos  expuesto  anterior- 
mente. 

Las  enconadas  pasiones  políticas  en  el  Ecuador  y  en  eí 
Uruguay  tuvieron  más  prepotencia  que  1?  de  los  santos  pa- 
tronos celestiales  de  los  gobernantes  de  ambos  paires.  Recuér- 
dese finalmente  que  el  cadáver  del  general  Flores  fué  sepul- 
tado en  la  Iglesia  Matriz,  hoy  Metropolitana  de  Montevideo, 
favor  que  sólo  ha  sido  acordado  a  los  restos  de  muy  conta- 
dos Presidentes  uruguayos. 

Lo  autocracia  de  Pío  IX  y  el  fracaso  de  su  política^ 

—  Con  los  ejemplos  citados  se  ve,  pues,  que  a  todas  las  na- 
ciones católicas  alcanzó  la  funesta  influencia  de  la  política 
de  Pío  IX,  el  papa  ultra  retrógrado,  el  verdadero  y  fiel  repre- 
sentante de  la  Iglesia  católica,  la  que  habiendo  comenzado 
rigiéndose  por  principios  democráticos  en  su  organización 
y  en  la  designación  de  sus  autoridades  dirigentes,  concluyó 
quedando  a  merced  del  Jefe  despótico  que  le  impuso  el  cón- 
clave de  sus  más  altos  jerarcas,  autocracia  que  en  la  persona 
de  Pío  IX  llegó  al  máximo  del  absolutismo,  pues  éste  pro- 
mulgó por  su  voluntad,  sin  intervención  de  concilio  alguno, 
un  dogma  como  el  de  la  Inmaculada  Concepción  (8  de 
diciembre  de  1854),  haciendo  más  tarde  proclamar  su  infa- 
libilidad por  el  concilio  del  Vaticano,  "ridicula  satisfacción, 
como  dice  Delpech,  dada  a  esa  moribunda  majestad". 

Escribiendo  sobre  el  pontificado  de  Pío  IX,  dice  el  escri- 
tor católico  Mauricio  Pernot:  "Cuando  se  efectuó  la  expedí- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


91 


ción  mejicana  (de  Maximiliano),  parecía  haberse  realizado 
el  sueño  largo  tiempo  acariciado  de  un  nuevo  imperio  cató- 
lico. Doloroso  fué  el  despertar,  y  la  reacción  de  1870  dejó 
al  Papa  debilitado,  desamparado,  sin  recursos;  pero  no  sin 
esperanzas.  Pío  IX  había  perdido  sus  Estados  y  sus  mejores 
aliados;  pero,  con  la  ambición  de  restablecer  la  fortuna  de 
la  Santa  Sede,  conservaba  la  necesidad  de  acción  extraordi- 
naria, y  vivísima  inclinación  por  la  política,  junto  con 
grandes  ilusiones.  El  cardenal  Antonelli,  a  quien  no  le  pre- 
ocupaban las  responsabilidades,  puso  dócilmente  en  ejecu- 
ción el  programa  de  resistencia  a  todo  trance  y  de  violenta 
reacción  que  se  había  forjado  su  amo  y  señor,  sin  cálculo 
alguno  y  sin  ninguna  previsión.  Ante  las  revoluciones  y 
sus  resultados,  toma  la  Santa  Sede  una  actitud  de  sorda  opo- 
sición o  de  franca  negación:  acepta  o  busca  la  alianza  de  los 
carlistas  en  España  y  de  los  miguelistas  en  Portugal ;  favorece 
en  Francia  los  inciertos  proyectos  del  Conde  de  Chambord 
y  de  sus  partidarios.  Se  malquista  con  Rusia,  por  haber  alen- 
tado en  1863  la  insurrección  polaca;  se  pone  en  pugna  con 
Alemania,  al  dirigir  abiertamente  las  empresas  de  los  cató- 
licos y  de  los  retrógrados,  sin  cuidarse  de  ordenarlas.  En 
Francia,  Bélgica  y  Suiza,  la  Iglesia  entra  en  hostilidad  decla- 
rada con  el  Gobierno.  A  la  muerte  de  Pío  IX  el  Vaticano 
sólo  mantenía  cordiales  o  pacíficas  relaciones  con  la  Amé- 
rica del  Sur,  España  y  Austria,  aunque  esta  última  potencia 
había  denunciado  el  concordato  a  causa  del  dogma  de  la 
infalibilidad.  Así  que  Pío  IX  había  visto  fracasar,  una  tras 
otra,  todas  sus  combinaciones,  desvanecerse  todas  sus  espe- 
ranzas. La  resistencia  pasiva  no  le  había  dado  más  éxito  que 
las  alianzas  secretas  con  los  pretendientes  o  los  conspirado- 
res y  las  imprudentes  agresiones  contra  los  Gobiernos  esta- 
blecidos. Por  doquiera  salía  la  Iglesia  disminuida  en  este 
período  de  mezquinas  intrigas  y  de  luchas  estériles,  que 
hubiera  debido  ser  un  período  de  espera  y  de  recogimiento. 
No  se  había  vuelto  a  encontrar  el  equilibrio  perdido  en 
1870"  (Le  Saint -Sié ge,  l'Eglise  catholiqtie  et  la  poliiique 
mondiale,  p.  9  y  10). 

Pío  IX  falleció  el  7  de  febrero  de  1878,  a  la  edad  de  86 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 

años.  Había  dispuesto  que  se  erigiera  su  sepulcro  en  la  iglesia 
de  San  Lorenzo,  en  Roma,  y  de  acuerdo  con  su  voluntad 
fueron  transportados  allí  sus  restos  en  la  noche  del  12  al  13 
de  julio  de  1881,  siendo  atacados  por  el  enconado  populacho, 
que  estuvo  a  punto  de  arrojarlos  al  Tíber  C)  • 


(1)  Es  curiosa  la  descripción  de  la  entrada  de  Pío  IX  al  cielo, 
según  la  refiere,  al  parecer  como  testigo  ocular,  un  escritor  católico 
en  un  librito  "El  Peregrino"  publicado  en  Francia  antes  de  1881.  He 
aquí  ese  relato,  que  tomamos  de  la  obra  de  Paxjl  Bert,  Le  Cléricalis- 
me,  p.  86:  "Pío  IX  entró  al  Paraíso  inmediatamente  después  de  su 
muerte,  siendo  allí  recibido  con  excepcionales  honores.  La  Virgen 
María,  que  le  debe  la  solemne  definición  de  su  concepción  inmacu- 
lada, lo  obsequió  personalmente  con  una  corona,  en  recompensa  de 
la  que  él  le  había  adjudicado  durante  su  paso  por  la  tierra.  Proba- 
blemente Santa  Ana  le  hizo  también  algún  otro  precioso  regalo,  ya 
que  ella  no  le  debe  menos  agradecimiento,  puesto  que  resultó  puri- 
ficada del  pecado  original  por  el  dogma  de  1854;  pero  carecemos  de 
informes  al  respecto.  Por  el  contrario,  es  positivo  que  San  José  salió, 
al  encuentro  de  Pío  IX,  le  estrechó  cordialmente  la  mano  y  le  agra- 
deció que  lo  hubiera  nombrado  protector  y  patrono  de  la  Iglesia. 
Se  cantó  un  himno  de  bienvenida  por  los  habitantes  de  la  celeste 
morada,  dando  el  tono  San  Pedro,  soplando  en  su  llave".  Piénsese 
que  todas  estas  tonterías  fueron  escritas  seriamente  y  no  para 
parvulillos,  y  se  comprenderá  cómo  los  dirigentes  católicos,  en  nom- 
bre de  la  fe  religiosa,  están  seguros  de  hacer  comulgar  a  los  fieles 
de  su  credo  con  ruedas  de  molino. 


CAPÍTULO  SEXTO 


CAUSAS  DEL  DESARROLLO  DEL  CATOLICISMO 
EN  EUROPA  DURANTE  EL  SIGLO  XIX 

El  patronoto  real  y  el  josef ismo.  —  Antes  de  pasar  al 
examen  de  la  obra  de  León  XIII,  conviene  que,  dando  un 
vistazo  de  conjunto  sobre  el  camino  que  hemos  recorrido 
en  este  estudio,  es  decir,  sobre  el  siglo  transcurrido  desde 
el  pontificado  de  Pío  VI  hasta  el  final  del  de  Pío  IX,  inda- 
guemos cómo  habiendo  fracasado  la  política  de  este  último 
Papa,  que  acarreó  el  desprestigio  de  la  institución  que  repre- 
sentaba, se  produjo,  sin  embargo,  el  resurgimiento  del  cato- 
licismo, como  potencia  moral,  con  la  que  los  Gobiernos  se 
ven  en  el  caso  de  contar. 

Recordemos,  primeramente,  antes  de  abordar  ese  tema, 
que  la  iglesia  católica  al  final  del  siglo  xviii  estaba  minada 
por  el  racionalismo.  De  más  de  cien  obispos  de  Francia, 
apenas  una  docena  eran  creyentes,  siendo  proverbio  corrien- 
te que  sólo  un  simple  cura  tenía  el  derecho  de  ser  piadoso, 
y  aun  mismo  siempre  que  no  lo  fuera  demasiado.  El  catoli- 
cismo alemán  se  abría  a  las  influencias  de  la  cultura  gene- 
ral, y  ya  no  se  mostraba  intolerante,  fanático  y  escolástico 
como  en  la  época  de  la  contra-reforma.  El  catolicismo  esta- 
ba, pues,  en  decadencia,  porque  su  base  es  el  acatamiento 
ciego  a  las  doctrinas  tradicionales  de  la  Iglesia  y  a  sus  prin- 
cipios esenciales:  la  intolerancia  y  el  absolutismo. 


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CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


En  materia  política,  desde  el  siglo  xv,  en  que  comenzó  a 
formarse  el  Estado  moderno,  el  papado  fue  perdiendo  mu- 
chas de  sus  antiguas  pretensiosas  prerrogativas  de  dominio 
absoluto  sobre  el  Poder  público  y  tuvo  que  reconocer  a  éste 
determinados  derechos  llamados  de  patronato  real  o  regalías 
de  la  corona.  Por  este  medio,  los  gobernantes  católicos,  sin 
pretender  apoderarse  del  gobierno  de  la  Iglesia,  buscaban 
impedir  que  ésta  se  extralimitara  en  el  ejercicio  de  sus  fun- 
ciones espirituales  e  invadiera  el  dominio  de  la  autoridad 
civil,  como  lo  había  hecho  en  la  Edad  Media.  Eros  derechos 
fueron  acordados  en  bulas  pontificias  o  establecidos  en  con- 
cordatos. 

En  España,  el  monarca,  en  ejercicio  del  patronato  real, 
tenía  la  facultad  de  presentar  o  nombrar  arzobispos,  obis- 
pos, abades,  y  la  de  elegir  eclesiásticos,  en  determinados  meses 
del  año,  para  el  servicio  de  las  dignidades,  prebendas  y  bene- 
ficios vacantes.  Efectuado  el  descubrimiento  de  América, 
los  Pontífices  expidieron  bulas  de  motu  propio,  estableciendo 
a  favor  de  la  corona  de  Erpaña  el  patronato  real  de  las  Indias, 
ya  que  eran  los  monarcas  españoles  los  que,  por  intermedio 
de  sus  subordinados,  erigían  y  dotaban  las  nuevas  iglesias  y 
monasterios  que  se  fundaban  en  suelo  americano.  Por  eso, 
sin  expresa  licencia  real,  estaba  prohibido  erigir,  instituir, 
fundar  ni  construir  iglesia  catedral  ni  parroquial,  monas- 
terio, hospital,  iglesia  votiva  ni  otro  lugar  pío  o  religioso; 
y  podían  los  reyes  de  España  instituir  cuantos  obispados 
nuevos  se  les  ocurriera,  dividir,  restringir,  unir  o  suprimir 
los  que  creyeran  necesarios,  sin  otra  obUgación  que  la  de  dar 
cuenta  al  Papa  de  lo  que  quisieren  innovar  y  de  las  causas 
que  tuvieren  para  ello,  debiendo  la  Santa  Sede,  sin  más  exa- 
men, expedir  su  bula  de  aprobación. 

El  derecho  de  patronato  no  suponía,  pues,  oposición,  sino 
más  bien  colaboración  del  Gobierno  civil  con  la  Iglesia,  a 
la  que  se  la  consideraba  como  depositaría  de  la  ley  divina. 
Sin  embargo,  las  nuevas  ideas  filosóficas  habían  influido 
para  que  el  Estado  cambiara  su  actitud  respecto  a  la  Iglesia, 
a  la  que  ya  no  entendió  proteger  para  que  llenara  su  misión 
religiosa,  sino  que  la  juzgó  como  vm  simple  mecanismo  de 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


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la  organización  gubernamental,  como  instrumento  de  cul- 
tura, de  educación  moral  y  sobre  todo  para  disciplinar  las 
masas  populares.  Un  ejemplo  de  este  nuevo  espíritu  que 
venía  a  modificar  las  tradicionales  relaciones  del  Estado  y 
la  Iglesia,  lo  tenemos  en  la  serie  de  medidas  tomadas  res- 
pecto a  esta  institución,  en  Austria,  por  el  emperador  Jo- 
sé II.  Como  hemos  visto,  este  monarca,  basándose  en  la  razón 
de  Estado,  cambió  los  límites  de  las  diócesis,  suprimió  cente- 
nas de  conventos  cuyos  bienes  empleó  en  mejorar  la  situa- 
ción de  los  curas,  reemplazó  los  seminarios  por  facultades 
universitarias  cuya  enseñanza  era  más  liberal,  combatió  con 
medidas  rigurosas  las  formas  inferiores  de  la  piedad  cató- 
lica, y  dictó  además  otras  providencias  por  el  estilo,  conven- 
cido de  que,  salvo  en  materia  dogmática,  el  Estado  tiene 
poder  absoluto  para  actuar  sobre  la  Iglesia,  como  organismo 
que  le  está  subordinado.  Esta  política  eclesiástica  tomó  de 
aquel  emperador,  el  nombre  de  josefismo.  Los  que  elabora- 
ron durante  la  Revolución  Francesa  la  Constitución  Civil 
del  clero,  no  hicieron  sino  aplicar  en  Francia  las  ideas  del 
josefismo.  José  II,  en  realidad,  no  había  hecho  otra  cosa  sino 
llevar  a  la  práctica  las  ideas  de  Nicolás  de  Hontheim,  obispo 
de  la  diócesis  de  Tréveris  (Alemania),  quien  en  1763,  y 
con  el  seudónimo  de  Justinus  Febronius,  había  publicado 
una  obra  titulada  Del  estatuto  de  la  iglesia  y  de  la  legítima 
potestad  del  pontífice  romano,  en  la  que  combatía  las  pre- 
tensiones del  papado,  incitando  a  los  soberanos  a  que  con- 
cluyeran con  las  injustificadas  usurpaciones  de  éste.  Dicho 
libro  tuvo  enorme  repercusión,  fue  traducido  en  casi  todos 
los  idiomas  europeos,  y  sus  doctrinas,  a  las  que  se  denominó 
febronianismo,  ejercieron  gran  influencia  sobre  la  política 
eclesiástica  de  los  gobiernos. 

Factores  del  resurgimiento  del  catolicismo  en  el 
siglo  XIX.  —  La  situación  del  papado  a  fines  del  siglo  xviii 
era  tan  lamentable,  que  muchos  creían  que  estaba  destinado 
prontamente  a  desaparecer.  Sin  embargo,  como  adquirió  nue- 
va y  vigorosa  vitalidad  en  el  siglo  xrx,  veamos  cuáles  son 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


algunos  de  los  factores  que  influyeron  en  ese  cambio  tras- 
cendental. 

V  La  aristocracia  y  la  rica  burguesía  francesas,  en  gene- 
ral volterianas  alrededor  del  año  1789,  se  sintieron  profun- 
damente conmovidas  por  las  atrocidades  de  la  época  del 
Terror,  y  buscaron  refugio  en  la  Iglesia,  institución  secular 
conservadora,  amiga  de  la  tradición,  y  que  se  les  presentaba 
como  garantía  del  orden  y  de  la  inmutabilidad. 

2"  El  fracaso  de  la  nueva  iglesia  constitucional  nacida  de 
la  Revolución,  unido  a  la  tentativa  revolucionaria  de  des- 
cristianización,  despertaron  en  la  masa  popular  creyente  la 
conciencia  de  su  antiguo  catolicismo,  vigorizada  cuando  el 
Papa  se  les  apareció  nimbado  con  la  aureola  del  martirio,  al 
ser  desposeído  del  poder  temporal  y  al  mantenérsele  prisio- 
nero o  recluido. 

3-  Napoleón,  con  su  concordato  de  1801,  a  la  vez  que 
ponía  de  relieve  el  importante  papel  que  desempeña  la  reli- 
gión en  la  vida  social,  fortificó  la  autoridad  del  Pontífice, 
a  quien  identificó  con  el  catolicismo.  Como  dice  el  escritor 
Gustavo  Anrich:  "Para  este  César,  cuyo  principio  de  go- 
bierno era  la  centralización  absoluta,  una  Iglesia  organizada 
no  podía  ser  otra  cosa  que  una  monarquía  absoluta  gober- 
nada por  un  César  espiritual".  Por  supuesto  que  la  finalidad 
de  Napoleón  no  era  dar  al  Papa  un  poder  absoluto  sobre  la 
iglesia  francesa,  que  quería  fuera  una  iglesia  nacional  bajo 
la  dependencia  del  Gobierno;  pero  al  recurrir  a  aquel  jerarca 
para  que  sancionara  la  constitución  religiosa  que  había  pro- 
yectado, y  al  tratar  con  él  de  igual  a  igual,  de  potencia  a 
potencia,  venía  a  devolver  al  papado  su  antiguo  prestigio  y 
preparaba  así  el  camino  al  ultramontanismo  moderno. 

4^  La  Revolución  operó  también  un  cambio  en  el  reclu- 
tamiento del  alto  clero  francés.  Hasta  entonces  los  obispos  y 
arzobispos  eran  miembros  de  la  nobleza,  grandes  señores  liga- 
dos estrechamente  a  la  corte  real,  vinculados  a  la  política 
patria  y  animados  del  espíritu  nacional;  pero  después  de  la 
nacionalización  de  los  grandes  feudos  eclesiásticos,  y  cuando 
se  -  transformaron  en  funcionarios  públicos  salidos  por  lo 
general  de  las  filas  de  la  burguesía,  remunerados  mucho  más 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


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modestamente  que  antes,  estos  nuevos  dignatarios  de  la  Igle- 
sia se  sintieron  más  apegados  a  su  jefe  espiritual  y  más  po- 
seídos de  ardor  religioso. 

5-  El  romanticismo,  que  tan  extenso  desarrollo  tuvo  en 
la  primera  mitad  del  siglo  xix,  al  crear  una  Edad  Media  con- 
vencional, al  extasiarse  ante  la  antigua  pintura  religiosa, 
como  ante  el  arte  de  las  imponentes  catedrales,  forjó  una 
nueva  atmósfera  espiritual,  idealizando  la  idea  de  Iglesia,  idea 
central  del  catolicismo,  y  olvidando  o  dejando  de  lado  las 
crudas  realidades  de  la  historia. 

6'*  La  caída  de  Napoleón  trajo  consigo  el  período  reaccio- 
nario de  la  Restauración,  luego  que  en  el  Congreso  de  Viena 
sellaron  la  Saitía  Alianza  los  soberanos  de  Rusia,  Prusia  y 
Austria,  unión  política  y  mística  con  la  finalidad  de  com- 
batir los  principios  liberales  sustentados  por  la  Revolución, 
restablecer  el  pasado  y  restaurar  la  antigua  sociedad.  En  ese 
afán  de  impedir  el  resurgimiento  de  las  libertades  proclama- 
das por  la  Revolución,  los  Gobiernos  se  solidarizaron  con  las 
Iglesias,  para  que  sancionaran  el  principio  de  legitimidad 
como  de  derecho  divino,  y  para  que  predicaran  al  pueblo  la 
sumisión  incondicional  a  las  autoridades.  "Legitimidad  y 
autoridad"  era  la  divisa  de  Metternich,  que  logró  imponer 
en  toda  la  Europa  continental.  Las  naciones  católicas  apo- 
yaron, pues,  decididamente  al  catolicismo  animado  de  ese 
espíritu  reaccionario,  y  cuya  habilidad  para  dirigir  y  disci- 
plinar las  masas  les  era  conocida.  Así  que  no  le  fue  difícil 
al  cardenal  Consalvi  obtener  en  el  Congreso  de  Viena,  que  se 
le  devolvieran  a  la  Santa  Sede  los  Estados  Pontificios,  lo  mis- 
mo que  se  explica  que  fuera  un  interés  político  lo  que  movió 
a  los  gobiernos  de  Austria  y  de  Francia  a  favorecer  resuelta- 
mente a  la  Iglesia  católica,  preconizando  la  necesidad  de  la 
unión  inconmovible  del  trono  y  del  altar.  La  Iglesia  se  con- 
virtió, pues,  de  nuevo  en  una  verdadera  potencia  de  la  cual 
era,  en  adelante,  imposible  prescindir,  ya  que  al  enseñar  la 
sumisión  a  la  ley  religiosa  tradicional,  enseñaba  la  obedien- 
cia ciega  a  los  príncipes,  colocados  por  Dios  para  gobernar 
el  mundo  . 

El  campeón  del  ultramontanismo  moderno  fue  José  de 


98 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


Maistre,  quien  en  su  célebre  libro  "£/  Papa"  (1819)  consi- 
deraba a  la  Iglesia  como  encarnando  el  principio  de  auto- 
ridad, siendo  la  piedra  angular  de  la  misma,  un  pontífice 
infalible,  cuya  intervención  en  la  política  es  indispensable 
para  salvaguardar  la  paz  europea.  Lo  más  curioso  de  este 
resurgimiento  del  casi  extinguido  poderío  de  la  Iglesia  cató- 
lica, es  que  él  se  debió  a  causas  políticas  ajenas  por  completo 
a  la  misma  Iglesia,  y  en  el  cual  ella  no  tuvo  intervención 
alguna,  a  no  ser  la  indirecta  del  rertablecimiento  de  la  Com- 
pañía de  Jesús  por  Pío  VII,  orden  que  trabajó  incansable- 
mente y  por  todos  los  medios,  en  pro  del  papado  y  de  la 
infalibilidad  papal. 

7'  En  el  período  siguiente  hasta  mitad  del  siglo  xix,  el 
neocatolicismo  francés,  o  catolicismo  liberal,  aporta  su  con- 
curso para  reafirmar  el  nuevo  ultramontanismo.  Según 
Lamennais,  jefe  y  portavoz  de  ere  partido,  la  Iglesia  católica 
es  la  fuente  de  toda  verdad,  en  ella  reside  la  razón  total  e 
infalible  de  la  humanidad,  a  la  que  debe  someterse  la  razón 
falible  individual,  siendo  ella  la  que  debe  indicar  la  vía  a 
seguirse  tanto  en  política  como  en  el  dominio  de  la  ciencia. 
La  Iglesia  es  incomprensible  sin  el  Papa;  negar  la  soberanía 
absoluta  de  éste  es  negar  la  Iglesia,  y  sin  ésta  no  hay  cristia- 
nismo, no  hay  religión.  El  Papa  no  tiene  que  dar  cuenta  a 
nadie  de  sus  actos,  ni  puede  admitir  restricción  alguna  de 
sus  derechos  eclesiásticos;  de  ahí  que  Lamennais  combatiera 
encarnizadamente  el  galicanismo,  ha'ta  concluir  con  él.  En 
aquella  época  ansiosa  de  libertades,  Lamennais  las  reclamó 
todo  lo  más  amplias  posibles  para  la  Iglesia,  y  en  consecuen- 
cia, pedía  la  cesación  del  Concordato  y  la  separación  de  la 
Iglesia  y  del  Estado.  La  divisa  de  su  diario  U Avenir  era: 
"Dios  y  libertad". 

Este  romántico  idealista,  que  no  alcanzó  a  comprender  las 
contradicciones  existentes  entre  los  antiguos  dogmas  y  las 
ideas  modernas,  que  no  vió  cuán  inconcebible  era  la  autoridad 
absoluta  e  intolerante  de  la  Igleria  con  los  principios  de  liber- 
tad política,  de  conciencia,  de  cultos  y  de  emisión  del  pen- 
samiento, fue  víctima  de  su  propio  sistema,  pues  el  obtuso 
papa  Gregorio  XVI,  que  odiaba  todo  lo  que  fuera  libertad 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


99 


para  los  no  católicos,  y  que  consideraba  la  libertad  de  con- 
ciencia como  "locura  y  error  pestilencial",  si  bien  aceptó  la 
apología  de  la  Iglesia  y  de  la  autoridad  abroluta  del  papado 
que  preconizaba  Lamennais,  rechazó  y  condenó  en  su  encí- 
clica Mirari  vos  todas  hs  demás  innovaciones  del  catolicismo 
liberal.  Por  curiosa  ironía  de  la  suerte,  Lamennais,  que  tanto 
había  hecho  por  endiosar  al  Papa,  cayó  fulminado  por  los 
rayos  de  éste,  lo  que  le  obligó  a  separarse  de  aquella  Iglesia 
que  él  tanto  había  ensalzado  como  poseedora  de  la  verdad 
absoluta.  Concluyó  siendo  partidario  de  una  especie  de  socia- 
lismo cristiano. 

8'  Llegamos  por  fin  al  pontificado  de  Pío  IX,  quien  en 
estrecha  cooperación  con  los  jesuítas,  estableció  definitiva- 
mente el  ultramontanismo  moderno,  sistema  según  el  cual 
el  Papa  es  el  jefe  absoluto  e  infalible  de  la  Iglesia.  Fuera  de 
la  obra  proselitista  realizada  con  éxito  por  las  órdenes  reli- 
giosas multiplicadas  con  ese  fin  por  Gregorio  XVI,  antiguo 
prefecto  de  la  Propaganda,  tenemos  que  diversas  circunstan- 
cias políticas  contribuyeron  a  la  mayor  difusión  del  catoli- 
cismo en  esa  época,  de  las  que  indicaremos  brevemente  algu- 
nas. En  los  países  abiertos  a  las  ideas  democráticas,  en  los 
que  se  establecieron  monarquías  constitiicionales,  las  masas 
populares,  por  lo  general  muy  ignorantes,  con  su  ingenua 
piedad,  mezcla  de  devoción  y  de  superstición,  de  entusiasmo 
y  de  fanatismo;  masas  con  las  cuales  hasta  entonces  no  se 
había  contado,  tomaron  intervención  en  la  vida  pública,  y 
manejadas  por  hábiles  dirigentes  católicos,  llevaron  a  los 
parlamentos  a  decididos  partidarios  de  la  Iglesia,  que  logra- 
ron que  ésta  se  apoderara  de  la  enseñanza  de  la  juventud. 

En  Francia,  Luis  Napoleón,  coqueteando  con  el  clero  para 
lograr  sus  inconfesables  planes  de  predominio  político,  le  dió 
a  la  reacción  católica  la  célebre  ley  Falloux,  que  ponía  las 
escuelas  bajo  la  dependencia  clerical,  y  luego  el  papado  obtu- 
vo la  protección  de  las  bayonetas  francesas  para  salvaguardar 
su  poder  temporal.  "La  Francia  católica,  escribe  Mauricio 
Pernot,  en  tiempo  de  Pío  IX  continuaba  poniendo  al  servicio 
de  Roma  sus  misioneros,  su  dinero,  su  diplomacia,  y  hasta 
a  menudo  sus  buques  y  sus  soldados". 


100 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


En  España,  el  gobierno  de  Isabel  II,  casi  tan  retrógrado 
como  el  de  los  carlistas,  estableció  el  catolicismo  como  única 
religión  permitida,  siendo  ésta  obligatoriamente  enseñada  en 
todas  las  escuelas. 

En  Prusia,  el  rey  Federico  Guillermo  IV,  el  "romántico 
coronado"  como  se  le  ha  llamado,  que  gobernó  de  1840  a 
1861,  demostró  su  gran  inclinación  por  el  catolicismo,  acce- 
diendo a  todos  los  pedidos  formulados  por  Roma,  y  así, 
Geissel,  uno  de  los  más  activos  jefes  ultramontanos,  fue 
nombrado  arzobispo  de  Colonia;  el  Estado  renunció  a  inter- 
venir en  los  matrimonios  mixtos;  los  obispos  pudieron  tener 
relaciones  directas  con  el  Papa,  publicar  todos  los  documen- 
tos pontificios  y  ejercer  superintendencia  sobre  las  facultades 
de  Teología;  se  dió  a  la  enseñanza  una  orientación  religiosa, 
confiándose  a  eclesiásticos  la  inspección  escolar,  y  abando- 
nando la  escuela  primaria  católica  al  clero;  y  finalmente  se 
creó  en  el  Ministerio  de  Cultos,  un  departamento  católico, 
que  sostenía  los  intereses  del  ultramontanismo,  donde  sólo 
los  de  esta  religión  podían  discutir  las  cuestiones  que  inte- 
resaran a  la  Iglesia  romana.  No  en  balde,  pues,  los  católicos 
de  entonces  proclamaban  que  Prusia  era  el  paraíso  de  la 
libertad. 

En  Austria,  el  joven  monarca  Francisco  José  celebró  el 
concordato  de  1855,  según  el  cual  el  Estado  se  sometió  a 
todas  las  pretensiones  de  la  Iglesia,  con  la  finalidad  de  hacerle 
la  competencia  a  Prusia,  buscando  que  se  le  adhirieran  los 
fieles  de  habla  alemana,  de  modo  de  llegar  a  ser  la  mayor 
potencia  católica  europea.  Por  dicho  concordato,  el  catoli- 
cismo era  reconocido  como  religión  del  Estado;  a  la  Iglesia 
se  le  concedía  plena  libertad  de  adquirir  y  poseer;  y  a  los 
obispos  se  les  acordaban  especiales  privilegios,  como  el  de 
ejercer  vigilancia  en  las  escuelas  primarias  y  superiores,  de 
modo  que  la  juventud  católica  recibiera  instrucción  de  pro- 
fesores católicos  y  conforme  a  las  doctrinas  de  la  Iglesia,  lo 
mismo  que  se  les  otorgaba  el  derecho  de  censura  sobre  todo 
lo  que  se  publicase^  y  el  de  resolver  todas  las  cuestiones  rela- 
tivas al  matrimonio. 

9"  Otro  factor  que  influyó  en  el  resurgimiento  católico 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


101 


en  el  siglo  xix,  fue  la  formación  de  partidos  netamente  ultra- 
montanos que  trabajaron  incansablemente  por  el  triunfo  de 
la  sumisión  a  la  autoridad  despótica  del  pontífice  romano. 
Pero  este  tema  de  la  formación  de  un  partido  católico  en 
cada  Estado,  tiene  tanta  importancia,  que  bien  merece  le 
consagremos  una  sección  o  parágrafo  aparte. 

Los  partidos  católicos.  —  £1  catolicismo  europeo  se 
encontró,  desde  la  caída  de  Napoleón  I,  con  que  tuvo  que 
hacer  frente  a  estos  dos  problemas:  1''  el  de  la  gran  difusión 
que  habían  alcanzado  las  ideas  de  libertad  proclamadas  por 
la  Revolución  Francesa;  y  2'^  el  de  que  aún  en  los  países 
donde  siempre  el  clero  había  tenido  predomonio  exclusivo, 
existían  agrupaciones  que  pugnaban  por  desarrollar  y  hacer 
prácticas  tales  libertades  en  la  vida  política  nacional.  Para 
solucionar  esos  problemas  se  recurrió  al  medio  de  constituir 
en  cada  país  un  partido  que  fuera  en  todo  y  ante  todo  cle- 
rical, y  que  con  la  cooperación  de  los  otros  de  las  mismas 
tendencias,  tratara  de  imponer  en  el  Gobierno  las  ideas  sus- 
tentadas por  el  papado.  Veamos  someramente  los  resultados 
obtenidos  con  esa  finalidad  sectaria. 

Francia.  — En  este  país,  de  1830  a  1850,  además  de  los 
legitimistas  y  de  los  carlistas  (partidarios  del  derrocado  Car- 
los X)  compuestos  por  nobles  y  la  mayor  parte  del  clero, 
nos  encontramos  con  que  el  catolicismo  liberal  de  Lamennais, 
Montalembert  y  Lacordaire  (^) ,  vino  a  formar  el  partido 
católico,  propiamente  dicho,  — pues  era  su  divisa:  "ante  todo 
católico" — ;  que  contó  con  el  concurso  de  importantes  per- 
sonalidades de  la  nueva  generación,  y  ejerció  gran  influencia 
en  el  parlamento  y  en  la  opinión  púbUca.  Después  de  1850, 
este  partido  abandona  las  tendencias  liberales  de  Lamennais 
y  se  vuelve  absolutamente  ultramontano,  acompañando  a 


(1)  El  abate  Lacordaire,  que  en  su  convento,  se  sometía  a  todos 
los  rigores  de  una  disciplina  monacal  propia  de  la  Edad  Media,  con- 
siguió que  se  restableciera  en  Francia  la  orden  de  los  Dominicanos, 
con  el  objeto,  según  él,  de  dar  a  la  Iglesia  un  ejército  completa- 
mente independiente  del  Estado. 


102 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Luis  Napoleón  en  su  golpe  de  Estado.  Su  idea  era  transfor- 
mar el  Estado  moderno  en  Estado  católico,  intolerante,  con- 
trario a  la  libertad  de  cultos  y  de  opiniones,  sometido  com- 
pletamente a  la  autoridad  de  la  Iglesia.  Fue  jefe  de  esa 
agrupación,  en  aquel  entonces,  el  procaz  periodista  Luis 
Veuillot,  de  escasa  cultura  científica  y  religiosa,  quien  desde 
las  columnas  de  su  diario  "L'Univers",  desarrollaba  el  pro- 
grama de  los  jesuítas  y  ejercía  una  verdadera  dictadura  sobre 
el  catolicismo  francés.  Como  muestra  de  sus  ideas  y  de  su 
estilo,  transcribim.os  a  continuación  el  siguiente  párrafo  suyo 
publicado  en  1860:  "Por  mandato  de  Jesucristo,  el  Papa  es 
el  dominador  absoluto  de  las  conciencias  y  de  los  cetros; 
Jesucristo,  soberano  señor  de  todas  las  cosas,  reside  en  el 
Papa,  no  sólo  a  título  de  pontífice,  sino  además  a  título  de 
rey  de  los  reyes.  El  Papa  es  la  boca  de  Jesucristo,  que  dispone 
tanto  de  lo  espiritual  como  de  lo  temporal,  y  todos  los  decre- 
tos del  Papa,  pontífice-rey,  son  divinos,  inmutables,  eter- 
nos". Desde  1854.  Veuillot  bregaba  por  que  se  proclamara 
la  infalibilidad  papal,  lo  que  calificaba  Lacordaire,  como  "la 
mayor  insolencia  que  se  haya  autorizado  con  el  nombre  de 
Jesucristo". 

El  nuevo  partido  ultramontano,  que  restó  prestigios  e  in- 
fluencia al  antiguo  partido  del  catolicismo  liberal,  consiguió 
llevar  al  Parlamento  a  numerosos  partidarios  suyos,  que  cons- 
tituyeron un  importante  grupo  de  oposición  clerical  al  Go- 
bierno, y  lucharon  por  que  la  enseñanza  continuara  en  manos 
de  la  If  leria,  que  se  suprimieran  los  clásicos  paganos,  que  se 
combatiera  la  ciencia  liberal  e  incrédula,  y  que  Francia  no 
permitiese  que  Italia  tomara  posesión  de  los  Estados  ponti- 
ficios. Ese  partido  fiel  a  su  consigna  de  que  la  Iglesia  tuviera 
en  sus  manos  la  enseñanza  pública,  atacó  violentamente  al 
ministro  Víctor  Dunxy,  que  empeñosamente  trabajaba  por 
democratizar  la  instrucción  y  multipHcar  las  escuelas,  a  quien 
le  reprochaban  sobre  todo  el  haber  instituido  cursos  secun- 
darios para  señoritas,  lo  que  provocaba  particularmente  la 
indignación  del  obispo  Dupanloup,  quien  expresaba  que  el 
ministro  Duruy  quería  a  toda  costa  hacer  pasar  a  las  niñas 
"de  las  rodillas  de  la  Iglesia  a  los  brazos  de  la  Universidad", 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


103 


— comparación  rruy  poco  episcopal,  como  lo  notaba  Pablo 
Bert — ,  y  que  calificaba  esos  curros  de  "cosa  inaudita,  pro- 
fundamente grosera,  radicalmente  imposible  ...  Si  la  histo- 
ria lo  llega  a  recordar,  indudablemente  dirá  que  tal  cosa  era 
una  indignidad;  pero  agregará  además  que  era  una  locura". 

Ante  estos  hechos,  se  comprende,  pues,  que  esa  intolerante 
agrupación  sectaria  denunciara  en  1867  el  proyecto  de  ley 
de  Duruy  sobre  la  enseñanza  primaria,  como  atentatorio 
contra  la  religión,  porque  tendía  a  que  se  aplicara  el  derecho 
común  a  los  miembros  de  las  congregaciones  dedicadas  a  la 
enseñanza,  quienes  entonces  gozaban  de  una  situación  pri- 
vilegiada. Ese  partido  movilizó  las  masas  para  que  dirigieran 
peticiones  al  Senado  a  fin  de  que  se  eliminaran  de  las  biblio- 
tecas populares  la<!  obras  de  Voltaire,  Rousseau,  Michelet, 
Renán,  Jorge  Sind  y  otros  autores  por  el  estilo  (algo  seme- 
jante a  lo  que  en  la  actualidad  ha  hecho  en  España,  el  falan- 
gismo clerical) .  Como  Sainte  Beuve,  en  nombre  del  libre 
pensamiento  y  de  la  ciencia,  protestara  en  el  Senado  contra 
tales  peticiones,  se  le  cubrió  de  ultrajes;  y  habiéndolo  felici- 
tado la  Escuela  Normal  superior  a  causa  de  su  valentía  al 
formular  esa  protesta,  fue  cerrada  dicha  Escuela  por  orden 
de  la  Emperatriz,  la  que,  como  sabemos,  era  un  títere  en 
manos  del  clero. 

Bélgica.  — Cuando  por  los  tratados  de  Viena  de  1815, 
se  proclamó  la  existencia  oficial  del  reino  de  los  Países  Bajos, 
que  reunía  Bélgica  a  Holanda,  ya  existía  un  partido  ultra- 
católico  belga,  muy  intolerante,  y  que  por  lo  mismo  se  mos- 
tró muy  hostil  con  el  soberano  protestante  Guillermo  I. 
Como  en  las  condiciones  fundamentales  de  la  unión  belga- 
holandesa  formuladas  por  los  plenipotenciarios  de  Austria, 
Rusia,  Prusia  e  Inglaterra,  en  Londres  (junio  de  1814),  se 
estipulaba  la  igualdad  de  todos  los  cultos  ante  la  ley,  esta 
disposición  liberal  fue  acremente  atacada  por  dicho  partido 
(que  comprendía  a  todo  el  clero  belga),  dirigiendo  en  1814 
a  las  potencias  reunidas  en  Viena,  una  memoria  en  la  que 
pedía  el  restablecimiento  del  diezmo  y  el  "mantenimiento 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


inviolable"  de  la  religión  católica  con  todos  los  privilegios  de 
que  ésta  gozaba  antes  de  la  invasión  francesa. 

En  1815,  muchos  obispos  en  sus  pastorales,  protestaron 
contra  la  libertad  de  cultos  y  contra  la  admisión  de  personas 
a  todos  los  cargos  públicos,  sin  distinción  de  creencias  reli- 
giosas, porque,  según  manifestaban,  "no  querían  aprobar  ese 
principio  funesto,  completamente  contrario  al  espíritu  de  la 
religión  católica,  de  que  todas  las  religiones  sean  igualmente 
buenas".  El  fanatismo  clerical  rechazó  por  tal  motivo  la 
Constitución  de  1815,  que  contenía  tan  adelantada  cláusula 
de  acuerdo  con  el  citado  protocolo  de  Londres.  Sin  embargo, 
los  partidos  liberal  y  católico  se  unieron  para  combatir  el 
Gobierno  holandés,  obteniendo  en  1830  la  independencia  de 
Bélgica. 

En  la  Constitución  de  este  país,  promulgada  el  7  de  fe- 
brero de  1831,  consiguieron  los  liberales  que  ella  consagrara 
la  libertad  de  cultos,  la  de  enseñanza,  de  prensa,  de  asocia- 
ción y  el  derecho  de  petición.  La  unión  de  ambos  partidos 
continuó  hasta  que  en  1842,  las  Cámaras  sancionaron  una 
ley  que  declaraba  obligatoria  la  enseñanza  religiosa  en  las 
escuelas  primarias,  la  que  se  confiaba  a  la  Iglesia.  Esta  ley 
alarmó  a  los  liberales,  que  se  reorganizaron,  y  triunfaron  en 
las  elecciones  de  1847.  La  oposición  del  partido  católico  se 
hizo  sentir  nueva  y  vivamente  en  1850,  cuando  el  Gobierno 
liberal  consiguió  hacer  aprobar  la  ley  de  organización  de  la 
enseñanza  media,  y  por  la  cual  se  aumentaba  el  número  de 
las  escuelas  del  Estado  y  no  se  concedían  al  clero,  sobre  esas 
escuelas,  los  derechos  que  le  había  conferido  la  ley  de  1842 
sobre  las  escuelas  primarias.  Pero  lo  que  no  consiguieron  por 
la  vía  legislativa,  lo  obtuvieron  los  católicos  por  la  vía  admi- 
nistrativa, en  el  Reglamento  de  Amberes,  aprobado  por  el 
arzobispo  de  Malinas,  de  modo  que  finalmente  en  la  escuela 
media  se  implantó  la  enseñanza  católica,  el  clero  tuvo  inter- 
vención en  la  Junta  directiva  de  aquélla,  y  los  profesores 
debieron  aceptar  sus  indicaciones  tanto  en  la  elección  de 
textos  escolares,  como  en  sus  palabras  y  en  su  conducta. 

De  185  5  a  1857,  vueltos  los  católicos  al  poder,  continua- 
ron su  obra  sectaria  en  materia  de  enseñanza,  y  así,  por  ejem- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


105 


pío,  un  profesor  universitario  fue  censurado  por  el  Minis- 
terio, a  causa  de  haber  negado  la  divinidad  de  Jesús;  y  el 
obispo  de  Gante  prohibió  a  sus  fieles  que  siguieran  los  cursos 
del  establecimiento  del  Estado,  en  esa  ciudad.  Como  conse- 
cuencia de  esa  persistente  campaña  clerical,  fueron  aumen- 
tando los  conventos  en  Bélgica,  de  modo  que  en  1846  ya 
existían  779  con  11.968  monjes  y  monjas,  es  decir,  tantos 
como  antes  de  la  época  de  José  II.  Ese  número  continuó 
posteriormente  aumentando  más  y  más  aún,  y  así  en  1866 
se  contaba  1314  conventos,  — o  sea,  casi  el  doble  de  los  exis- 
tentes veinte  años  atrás — ,  con  18.162  religiosos. 

Holanda.  — En  Holanda,  donde  desde  1849  existió  un 
régimen  casi  parlamentario,  se  organizaron  cuatro  partidos, 
a  saber:  el  liberal,  el  conservador,  el  cristiano-histórico  o  cal- 
vinista y  el  católico,  que  cuenta  con  la  tercera  parte  de  la 
población,  y  cuyos  partidarios  se  encuentran  particularmen- 
te en  Brabante  y  Limburgo.  El  partido  católico  holandés, 
como  el  belga,  está  bajo  la  dirección  del  Papa,  y  en  ambos 
países  los  principales  motivos  de  conflicto  con  los  liberales 
son  la  reforma  electoral  y  el  régimen  escolar. 

Desde  1806  estaba  en  vigencia  una  ley  sobre  la  enseñanza 
primaria  que  establecía  que  las  escuelas  públicas  debían  ad- 
mitir niños  de  todas  las  religiones.  En  1857,  después  de  dos 
años  de  intensas  discusiones,  se  logró  hacer  votar  la  ley  que 
obliga  a  cada  comuna  a  sostener  escuelas  públicas  no  confe- 
sionales, "no  debiendo  los  maestros  hacer  o  permitir  nada 
contrario  al  respeto  debido  al  sentimiento  religioso  de  los  de 
una  u  otra  fe".  Dicha  ley  declara  que  la  escuela  pública  tiene 
por  objeto  "desenvolver  las  facultades  intelectuales  de  los 
niños  y  educarlos  en  todas  las  virtudes  cristianas  y  sociales". 
Esta  organización,  semejante  a  la  adoptada  en  Inglaterra,  dió 
por  resultado  que  los  consejos  comunales  interpretaran  a  su 
manera  la  obligación  de  educar  a  los  niños  en  las  virtudes 
cristianas,  y  así  transformaron  la  escuela  pública  en  escuela 
católica  o  calvinista,  según  la  religión  de  los  miembros  de 
dichos  consejos. 


106 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Alemanío. — La  revolución  en  París,  de  febrero  dé 
1848,  repercutió  en  Alemania.  Los  liberales  trataron  de  ob- 
tener la  unidad  alemana  terminando  con  la  anarquía  guber- 
namental, como  condición  de  su  libertad  política.  Con  tal 
fin  consiguieron  que  se  reuniera  en  Francfort  una  Asamblea 
Constituyente  encargada  de  formar  la  Constitución  federal 
para  toda  Alemania.  En  esa  Asamblea,  que  sancionó  el  prin- 
cipio de  la  autonomía  de  las  comunidades  religiosas,  los  ra- 
dicales pedían  la  separación  de  la  Iglesia  y  del  Estado,  a  lo 
que  se  opusieron  los  diputados  católicos  alegando  falsamente 
que  el  Estado  laico  era  un  Estado  ateo.  Por  la  oposición  del 
rey  de  Prusia,  primero,  y  del  emperador  de  Austria,  después, 
la  obra  liberal  del  parlamento  de  Francfort  fracasó  por  com- 
pleto, triunfando  el  absolutismo  en  todas  partes,  de  modo 
que,  a  fines  de  1850,  se  encontraba  Alemania  en  la  misma 
situación  que  antes  del  movimiento  revolucionario  de  1848, 
Consumada  así  la  reacción,  los  distintos  gobiernos  alemanes 
se  inclinaron  del  lado  de  la  Iglesia  para  combatir  el  espíritu 
nuevo,  y  firmaron  concordatos  con  Roma  en  los  que  aban- 
donaron todos  los  derechos  del  Estado. 

La  fermentación  de  las  ideas  liberales  provocada  por  la 
revolución  de  1848,  hizo  que  fueran  despertadas  las  masas 
católicas  de  su  sopor  por  los  jesuítas,  quienes  ejercieron  sobre 
éstas  una  doble  influencia:  1'  fomentando  la  creación  de 
numerosas  sociedades  católicas  de  tendencias  tradicionalis- 
tas,  reunidas  después  en  la  "Asociación  del  pueblo  católico", 
que  encarnó  un  catolicismo  político,  pues  trataba  de  influir 
sobre  parlamentos  y  gobiernos,  eligiendo  a  sus  diputados  con 
mandato  imperativo,  y  llegando  hasta  censurar  a  los  obispos 
y  a  los  teólogos  que  no  se  sometían  a  sus  imposiciones;  y 
2%  además  de  constituir  este  activo  partido  eclesiástico,  el 
elemento  jesuítico  combatió  la  nueva  teología  católica  de 
pretensiones  científicas,  que  había  sufrido  la  influencia  de 
la  teología  científica  protestante,  y  se  esforzó  en  llevar  a  los 
altos  cargos  de  la  iglesia  en  Alemania,  a  los  germanistas,  es 
decir,  a  teólogos  imbuidos  en  la  más  estrecha  doctrina  tradi- 
cíonalista,  formados  en  el  Colegio  Germánico  establecido  por 
los  jesuítas  en  Roma.  Los  discípulos  de  dicho  Colegio,  nom- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


107 


brados  más  tarde  obispos,  arzobispos  (como  Ketteler,  arzo- 
bispo de  Maguncia) ,  o  profesores  en  las  facultades  y  semi- 
narios católicos  alemanes,  no  sólo  introdujeron  alli  las  ideas 
jesuíticas  de  ciego  acatamiento  a  las  órdenes  del  Papa,  con- 
siderado como  jefe  infalible  de  la  Iglesia,  sino  que  además 
transportaron  su  método  teológico  neo-escolástico,  según  el 
cual  la  salvación  de  la  ciencia  católica  estaba  en  la  teología 
de  Santo  Tomás  de  Aquino. 

Se  atacaron  las  antiguas  iglesias  católicas  territoriales,  en 
nombre  de  la  libertad  de  la  misma  iglesia;  pero  si  a  aquéllas 
se  las  desvinculó  de  los  Estados  católicos  alemanes,  fue  para 
ponerlas  más  completamente  bajo  la  dependencia  de  la  auto- 
ridad del  Jerarca  de  Roma.  La  divisa  del  seminario  jesuítico 
de  Maguncia  era:  "la  libertad  de  la  Iglesia  por  la  alianza  con 
Roma".  Y  como  dice  un  escritor  alemán:  "lo  que  entonces 
se  celebraba  como  el  despertar  religioso  del  pueblo  católico, 
era,  en  parte,  el  resultado  de  las  misiones  sistemáticas  orga- 
nizadas por  los  jesuítas  y  otras  órdenes  que  hábilmente  ha- 
bían sabido  dirigir  el  entusiasmo  religioso  del  pueblo  hacia 
sus  nuevos  fines". 

Esas  tentativas  de  implantación  del  ultramontanismo  en 
Alemania,  iban  contra  los  defensores  católicos  del  espíritu 
nacional,  que  encabezados  por  el  célebre  teólogo  Doellinger, 
querían  una  teología  inspirada  en  los  procedimientos  y  mé- 
todos de  la  ciencia  contemporánea,  que  fuera  enseñada  en 
las  Universidades,  mientras  que  los  jesuítas  implantaron  su 
neo-escolasticismo,  de  método  medioeval,  separado  de  la 
ciencia  profana,  y  ení^eñado  en  seminarios  cerrados  en  abso- 
luto a  la  peligrosa  influencia  universitaria.  Esas  dos  agrupa- 
ciones católicas  tenían  distintas  concepciones  de  la  Iglesia: 
ésta  para  Doellinger  y  sus  partidarios  era  una  realidad  espi- 
ritual, una  potestad  religiosa,  cuyo  jefe  no  era  infalible, 
según  lo  demostraba  la  historia  y  toda  la  tradición  eclesiás- 
tica; en  cambio,  los  ultramontanos  tenían  una  noción  realis- 
ta de  la  Iglesia,  la  que  no  concebían  sin  poder  temporal  del 
Papa,  jefe  absoluto  e  infalible  de  la  misma.  Esta  última  ten- 
dencia retrógrada  fue  la  que  triunfó,  y  Doellinger,  que  en 
1869  publicó  bajo  el  seudónimo  de  Janus,  y  en  defensa  de 


108 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


SUS  ideas,  su  célebre  libro  Papa  y  el  Concilio",  fue  en 
1871  excomulgado  por  Pío  IX,  ya  que  se  rehusó  siempre  a 
aceptar  el  absurdo  dogma  de  la  infalibilidad  papal,  viniendo 
así  a  ser  lo  mismo  que  Lamennais,  víctima  del  movimiento 
religioso  que  había  contribuido  a  suscitar. 

El  ultramontanismo  alemán,  constituido  en  partido  po- 
lítico, tomó  más  tarde  el  nombre  de  "Centro"  en  la  Cámara 
prusiana,  donde  figuró  desde  1852,  y  tuvo  una  activa  par- 
ticipación en  los  sucesos  hisóricos  de  su  patria,  combatiendo 
la  antigua  tradición  del  libre  pensamiento  protestante  y 
reavivando  los  no  bien  extinguidos  odios  religiosos  secula- 
res. Bajo  su  impulso,  la  iglesia  católica  aumentó  considera- 
blemente su  influencia  en  Alemania;  se  acrecentaron  extra- 
ordinariamente sus  riquezas;  se  multiplicaron  las  órdenes 
monásticas;  y  todo  el  país  se  llenó  de  círculos  católicos  de 
San  Vicente,  de  San  Bonifacio,  etc.,  organizaciones  todas 
que  en  manos  de  los  jesuítas,  fueron  instrumentos  para  dis- 
ciplinar y  fanatizar  las  masas.  Ese  partido  en  1871,  contaba 
con  63  bancas  en  el  Reichstag;  tenía  como  jefe  al  notable 
orador  y  activo  político  Windthorst;  siendo  su  órgano  pe- 
riodístico "La  Germania*'.  Contra  esa  importante  agrupa- 
ción política  fue  que  Bismarck  entabló  su  célebre  I^uliur- 
kampf,  de  que  ya  hemos  anteriormente  hablado,  siendo  ella, 
como  se  ha  dicho,  entre  las  otras  agrupaciones  que  se  dispu- 
taban el  predominio  en  el  Reichstag,  la  carta  decisiva  con  la 
cual  se  ganaban  las  partidas. 

Resumen.  —  Después  de  haber  analizado  las  causas  que 
han  influido  para  que  en  pleno  siglo  xrx,  la  iglesia  católica 
haya  recuperado  su  perdido  prestigio  de  antes  y  se  haya 
convertido  en  formidable  potencia  eclesiástica  y  política, 
podemos  concluir  con  Anrich  diciendo:  "Todo  le  ha  apro- 
vechado: la  política  y  el  romanticismo,  el  espíritu  de  la 
Restauración  y  el  liberalismo,  tanto  la  lucha  emprendida 
por  los  gobiernos  reaccionarios  contra  el  instinto  de  libertad 
de  los  pueblos,  como  la  sostenida  contra  el  Estado-gendarme 
por  los  pueblos  ávidos  de  derechos  constitucionales  y  de 
libertad".  Pero  recuérdese  que  ese  desarrollo  del  poder  ele- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


109 


rical  se  ha  efectuado  concomitantemente  con  su  espíritu  de 
predominio  y  de  intolerancia,  de  modo  que  con  ello  no  sólo 
nada  ha  ganado  el  Estado  moderno,  sino  que  por  el  contrario 
éste  debe  mantenerse  con  ojo  avizor  ante  los  avances  de  esa 
institución  antidemocrática,  pronta  siempre  a  invadir  los  lí- 
mites de  la  autoridad  civil. 


CAPÍTULO  SÉPTIMO 


LEÓN  XIII 

División  del  pontificado  de  León  XIII.  — £1  sucesor 
de  Pío  IX  fue  el  cardenal  Joaquín  Pecci,  camarlengo  de  la 
Iglesia  C)  >  ele  68  años  de  edad,  que  tomó  el  nombre  de 
León  XIII.  Esta  fue  la  primera  elección  de  Papa  realizada 
después  que  Roma  era  capital  del  reino  de  Italia,  y  ocurrió 
sin  el  menor  incidente,  el  20  de  febrero  de  1878,  a  los  dos 
días  de  reunido  el  cónclave.  León  XIII  es  incuestionable- 
mente el  Papa  más  notable  que  ha  tenido  la  iglesia  católica 
en  estos  últimos  HO  años,  y  su  pontificado,  que  duró  un 
cuarto  de  siglo,  puede  dividirse  en  dos  partes  casi  iguales: 
1'  hasta  la  publicación  de  su  encíclica  Rerum  Novarum,  el 
H  de  mayo  de  1891;  y  2'  desde  esta  fecha  hasta  su  muerte, 
acaecida  el  20  de  julio  de  1903.  En  su  primer  período  se  le 
calificó  de  Papa  liberal;  en  el  segundo,  se  le  consideró  ade- 
más como  Papa  obrerista.  Vamos,  pues,  primeramente  a  exa- 
minar las  enseñanzas  que  formuló  en  sus  principales  encícli- 
cas, para  juzgar  de  la  verdad  que  puedan  encerrar  tales 
calificativos,  a  la  vez  que  ese  estudio  nos  ayudará  a  com- 
prender la  naturaleza  y  el  alcance  de  su  política. 

Recordemos  previamente  que  Pecci,  durante  el  ponti- 


(1)  Se  da  el  título  de  Camarlengo  al  cardenal  que  preside  la 
Cámara  Apostólica  y  que  gobierna  la  Iglesia  en  el  interregno  entre 
la  muerte  de  un  papa  y  la  elección  de  su  sucesor. 


111 


112 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


f icado  de  Gregorio  XVI,  había  sido  nuncio  en  Bélgica,  donde 
reveló  grandes  cualidades  de  diplomático.  A  su  regreso  a 
Italia,  fue  nombrado  arzobispo  de  Perusa,  permaneciendo 
allí  32  años;  recibió  el  capelo  cardenalicio  en  1853;  y  cuando 
murió  su  enemigo  el  cardenal  Antonelli,  en  1876,  regresó  a 
Roma  donde  fué  nombrado  Camarlengo.  En  el  concilio  del 
Vaticano  había  sido  uno  de  los  tantos  cardenales  que  votó 
el  nuevo  dogma  de  la  infalibilidad  papal. 

Examen  de  las  principales  encíclicas  de  León  Xlii 
hasta  1891.  La  Quod  Ápostólici.  —  Veamos  ahora  qué 
nos  dice,  en  sus  encíclicas,  León  XIII  sobre  la  soberanía  po- 
pular y  sobre  las  libertades  y  los  principios  que  constituyen 
el  honor  de  las  modernas  democracias. 

En  Quod  Apostólici,  encíclica  sobre  "los  errores  moder- 
nos", y  una  de  las  primeras  que  publicó,  pues  es  del  28  de 
diciembre  de  1878,  denuncia  la  "peste  mortal"  del  socialis- 
mo (^),  cuyos  adeptos  se  esfuerzan  en  trastornar  los  fun- 
damentos de  la  sociedad  civil,  y  sostienen  entre  otras  "opi- 
niones monstruosas",  la  "perfecta  igualdad  de  todos  los 
hombres  en  lo  tocante  a  sus  derechos  y  a  sus  deberes".  La 
respetable  majestad  y  el  poder  de  los  reyes  han  llegado  a  ser 
objeto  de  gran  hostilidad  por  parte  del  pueblo  rebelado;  y 
esa  audacia  de  hombres  pérfidos,  que  amenaza  arruinar  la 
sociedad  civil,  proviene  de  las  envenenadas  doctrinas  de  los 
innovadores  que  desde  el  siglo  xvi  han  declarado  guerra  cruel 
a  la  fe  catóUca,  pretendiendo  destruir  la  fe  en  la  revelación 
y  en  el  orden  sobrenatural,  a  fin  de  dar  acceso  "a  los  delirios 
de  la  sola  razón".  "Por  una  impiedad  nueva,  que  ni  los 
mismos  paganos  conocieron,  se  ha  visto  constituirse  gobier- 
nos que  no  han  tenido  en  cuenta  a  Dios  ni  el  orden  por  Él 
establecido;  se  ha  proclamado  que  el  principio,  la  majestad 
y  la  fuerza  de  mando  de  la  autoridad  púbUca  no  procedían 


(1)  Para  León  XIII,  socialistas,  comunistas  y  nihilistas  eran  la 
misma  cosa.  Así,  casi  al  comienzo  de  Quod  Apostólici,  dice:  "Sin 
esfuerzo  comprenderéis,  venerables  hermanos,  que  hablamos  de  la 
secta  de  esos  hombres  que  se  denominan  de  diversas  maneras  y  con 
nombres  casi  bárbaros,  socialistas,  comunistas  y  nihilistas". 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


113 


de  Dios,  sino  de  la  muchedumbre  del  pueblo,  la  que  creyén- 
dose libre  de  toda  sanción  divina,  no  ha  admitido  estar  some- 
tida a  otras  leyes  que  las  que  ella  misma  se  hubiera  dado, 
conforme  a  su  capricho". 

Expresa  luego  León  XIII  que  sus  antecesores  Clemente 
XII,  Benedicto  XIV  y  Pío  IX  ya  habían  puesto  en  guardia  a 
los  fieles  contra  el  carácter  detestable  y  la  falsedad  de  las  doc- 
trinas de  los  filósofos  del  siglo  xviii,  quienes  atribuían  al 
hombre  una  desenfrenada  libertad,  base  del  derecho  nuevo, 
contrario  a  la  ley  natural  y  divina,  derecho  que  conduciría 
al  pueblo  a  su  ruina.  Combate  esas  doctrinas  manifestando 
que  los  príncipes  y  sus  subditos  están  mutuamente  Hgados 
por  deberes  y  derechos;  pero  que  si  aquéllos  se  exceden 
temerariamente  en  el  ejercicio  de  su  poder,  la  doctrina  cató- 
lica no  les  permite  a  los  subditos  insurreccionarse,  sino  que 
deben  buscar  el  remedio  en  insistentes  plegarias  ante  Dios. 
Si  las  leyes  o  los  decretos  de  los  príncipes  mandan  algo  con- 
trario a  la  ley  divina  o  natural,  entonces  el  pueblo  no  debe 
acatar  tales  órdenes,  pues  hay  que  obedecer  a  Dios  antes 
que  a  los  hombres.  Contribuye  la  sabiduría  católica  a  la 
tranquilidad  pública  y  doméstica,  por  sus  ideas  sobre  la 
indisolubihdad  del  matrimonio  y  sobre  el  derecho  de  pro- 
piedad y  la  partición  de  bienes,  derecho  que  ella  ordena  sea 
mantenido  intacto  e  inviolable  en  manos  del  que  lo  posee. 

En  cuanto  a  los  pobres,  la  Iglesia,  como  buena  madre,  no 
los  olvida,  pues  recomienda  a  los  ricos  que  tienen  el  deber 
de  darles  lo  que  les  sea  superfluo,  atemorizándolos  además 
con  el  pensamiento  del  juicio  divino  que  los  condenará  a 
suplicios  eternos  si  no  subvienen  a  las  necesidades  de  los  indi- 
gentes. Por  lo  tanto,  deben  los  obispos  pedir  insistentemente 
a  los  Estados  que  tomen  a  la  Iglesia  como  educadora,  dán- 
dole toda  la  libertad  que  necesita  para  ejercer  su  saludable 
influencia,  ya  que  ella  posee,  para  apartar  del  flagelo  del 
socialismo,  una  virtud  que  no  se  encuentra  ni  en  las  leyes 
humanas,  ni  en  las  represiones  de  los  magistrados,  ni  en  las 
armas  de  los  soldados. 

Luego  de  la  publicación  de  la  Quod  Apostólici,  seguida 
poco  después  por  la  caída  en  Francia  del  Gobierno  reaccio- 


114 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


nario  y  católico  del  mariscal  Mac  Mahón  (enero  30  de 
1879),  el  partido  republicano  francés  dándose  cuenta  que, 
según  lo  proclamó  Gambetta,  el  gran  enemigo  de  la  demo- 
cracia era  el  clero,  emprendió  una  valiente  campaña  laicista, 
tendiente  principalmente  a  la  implantación  de  la  escuela 
primaria  obligatoria,  gratuita  y  neutral,  es  decir,  sin  ense- 
ñanza religiosa,  la  que  se  dejó  al  cuidado  de  las  familias,  y 
tendiente  además  a  la  disolución  de  la  orden  de  los  jesuítas 
y  a  regularizar  la  situación  legal  de  las  demás  congregacio- 
nes, entre  las  cuales,  a  las  no  autorizadas,  se  trató  de  prohi- 
birles completamente  que  ejercieran  el  magisterio.  Éstas  y 
otras  medidas  de  defensa  de  la  República  contra  el  avance 
ultramontano  de  los  últimos  años,  tales  como  la  ley  que 
prohibía  a  los  sacerdotes  la  entrada  a  las  escuelas  (julio  25 
de  1881),  la  que  decretaba  la  libertad  de  prensa  (29  de 
julio  de  1881)  y  los  proyectos  de  lev  sobre  el  divorcio  y 
sobre  separación  de  las  Iglesias  y  del  Estado,  etc.,  movieron 
a  León  XIII  a  escribir  varias  encíclicas,  de  las  que  citare- 
mos: Diiiiurnum,  sobre  el  origen  del  poder  civil,  publicada 
en  junio  29  de  1881;  Nobilhsima  Gallorum  gens,  sobre  la 
cuestión  religiosa  en  Francia  (febrero  8  de  1884)  y  Huma- 
num  genus,  contra  la  Masonería  (abril  20  de  1884). 

La  encíclica  Diuturnum.  — En  la  encíclica  Diutur- 
num  habla  León  XIII  de  las  enardecidas  pasiones  populares 
que  rechazan  toda  autoridad,  y  de  los  desalmados  que  no 
temen  intimidar  y  amenazar  a  los  soberanos  de  Europa. 
Para  conjurar  esos  grandes  peligros  públicos,  dice,  está  la 
religión  cristiana,  entre  cuyos  más  grandes  beneficios  se 
cuenta  esa  sabia  armonía  de  derechos  y  deberes  que  ella  ha 
sabido  determinar  entre  los  soberanos  y  los  pueblos,  pues 
los  preceptos  y  los  ejemplos  del  Cristo  tienen  una  maravi- 
llosa eficacia  para  contener  en  el  deber  tanto  a  los  que  obe- 
decen como  a  los  que  mandan.  Desde  el  siglo  xvi  se  ha  visto 
a  la  multitud  no  sólo  reivindicar  una  parte  excesiva  de  liber- 
tad, sino  además  proponerse  dar  a  la  sociedad  humana  una 
base  y  una  constitución  arbitrarias.  Hoy  re  va  aun  más 
lejos,  pues  muchos  de  nuestros  contemporáneos  pretenden 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


115 


que  todo  poder  viene  del  pueblo,  y  que,  por  lo  tanto,  la 
autoridad  de  que  disponen  los  gobernantes  no  la  tienen  por 
d^erecho  propio,  sino  en  concepto  de  mandatarios  del  pueblo, 
el  que  siempre  puede  retirarles  la  potestad  que  les  ha  dele- 
gado. Los  católicos  no  pueden  admitir  esta  teoría,  porque 
ellos  buscan  en  Dios  el  derecho  de  mandar,  y  de  Él  lo  hacen 
derivar  como  de  su  fuente  natural  y  de  su  principio  nece- 
sario. "Sin  embargo,  agrega  León  XIII,  importa  notar  aquí 
que  si  se  trata  de  designar  a  los  que  deben  gobernar  la  cosa 
piíblica,  esta  designación  podrá  en  ciertos  casos  dejarse  a  la 
elección  y  a  las  preferencias  del  gran  número,  sin  que  a  ello 
se  oponga  la  doctrina  católica.  En  efecto,  esta  elección  deter- 
mina la  persona  del  soberano;  pero  no  confiere  los  derechos 
de  la  soberanía,  no  es  la  autoridad  lo  que  se  constituye,  sino 
que  se  decide  por  quien  ella  deberá  ser  ejercida. 

Tampoco  es  cuestión  de  diferentes  regímenes  políticos: 
nada  impide  que  la  Iglesia  apruebe  el  gobierno  de  uno  solo 
o  el  de  muchos,  con  tal  que  ese  gobierno  sea  justo  y  aplicado 
al  bien  común.  Así,  salvo  la  reserva  de  los  derechos  adquiri- 
dos, no  les  está  prohibido  a  los  pueblos  el  darse  la  forma 
política  que  se  adapte  mejor  a  su  genio  propio  o  a  sus  tradi- 
ciones y  a  sus  costumbres" .  Y  después  de  citar,  en  apoyo  de 
su  tesis,  textos  bíblicos  y  de  los  Padres  de  la  Iglesia,  añade: 
"Doquiera  se  encuentre  un  mandato,  una  autoridad  cual- 
quiera, debe  buscarse  su  principio  en  la  misma  fuente,  en 
Dios,  único  artesano  y  único  señor  del  mundo  . .  .  Siendo 
la  autoridad  de  los  que  gobiernan,  una  derivación  del  poder 
de  Dios ...  los  subditos  deberán  obedecer  a  los  príncipes 
como  a  Dios  mismo  . . .  persuadidos  que  resistir  al  poder  del 
Estado  es  oponerse  a  la  voluntad  divina,  y  rehusarse  honrar  a 
los  soberanos  es  rehusarse  honrar  a  Dios".  En  conclusión, 
los  soberanos  tienen  en  la  Iglesia  su  más  firme  sostén,  y  por 
lo  tanto  deben  protegerla  y  dejarla  en  plena  libertad  de  ac- 
ción, ya  que  fortifica  y  secunda  la  autoridad  de  ellos  y  que 
siempre  ha  detestado  la  tiranía  (sic) . 

Las  encíclicos  Nobilíssima  Gallorum  gens  y  Huma- 
num  genus.  —  En  su  encíclica  Nobilíssima  Gallorum  gens. 


116  CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 

después  de  reconocer  los  servicios  que  el  catolicismo  ha  reci- 
bido de  Francia,  insiste  otra  vez  en  que  el  espíritu  humano, 
envenenado  por  las  opiniones  nuevas  y  embriagado  de  una 
libertad  desenfrenada,  va  rechazando  paulatinamente  la  au- 
toridad de  la  Iglesia.  Como  siempre,  culpa  de  esto  a  los  filó- 
sofos del  siglo  XVIII.  Expresa  luego  que  es  imposible  que  reine 
la  prosperidad  en  un  país  en  el  cual  carezca  de  influencia 
la  religión,  a  lo  cual  sería  fácil  contestarle  que  ésta  no  influye 
sobre  aquélla,  con  el  ejemplo  de  España  en  los  siglos  xvi 
y  xvii.  "Toda  sociedad,  agrega,  que  pretende  excluir  a  Dios 
de  su  constitución  y  de  su  gobierno,  rehusa,  en  cuanto  está 
en  ella,  el  socorro  de  los  beneficios  divinos  y  se  vuelve  abso- 
lutamente indigna  de  la  protección  del  cielo".  Como  conse- 
cuencia de  esto  se  requiere  que  la  instrucción  de  la  juventud 
sea  religiosa,  pues  de  lo  contrario,  querer  que  la  infancia 
permanezca  neutral,  constituye  un  sistema  engañador,  de- 
sastroso, dado  que  abre  en  las  almas  la  puerta  al  ateísmo  y  la 
cierra  a  la  religión;  por  eso  siempre  ha  condenado  la  Iglesia 
las  escuelas  neutrales.  Los  obispos  deben,  pues,  velar  porque 
en  todas  partes  haya  escuelas  en  la  que  reciban  los  niños 
instrucción  religiosa.  El  Papa  manifiesta  temor,  porque  las 
iglesias  sean  separadas  del  Estado,  protesta  contra  el  decreto 
de  supresión  de  comunidades  religiosas  y  concluye  recomen- 
dando a  los  escritores  que  se  sometan  a  la  autoridad  de  los 
obispos. 

A  esa  encíclica  siguió  dos  meses  y  medio  más  tarde,  la 
Humanum  gemís,  que  es  una  diatriba  contra  la  Masonería, 
El  género  humano,  dice  León  XIII,  está  dividido  en  dos  cam- 
pos enemigos  que  no  cesan  de  combatirse:  el  reino  de  Dios 
y  el  de  Satán.  Los  masones  o  francmasones  C)  pertenecen 
a  este  último  reino,  y  coaligados  con  los  demás  fautores  del 
mal,  pretenden  arruinar  a  la  Iglesia.  La  Masonería,  que  ha 
hecho  increíbles  progresos  en  siglo  y  medio,  está  en  abierta 

(1)  La  Academia  de  la  Lengua  Española  quiere  que  se  diga: 
francmasón  y  francmasonería,  aunque,  con  notoria  inconsecuencia,  a 
veces  emplea  ella  misma  el  vocablo  masón  en  vez  de  francmasón, 
como  puede  verse,  p.  ej.,  al  definir  la  palabra  mandil.  Nosotros 
siguiendo  el  uso  habitual  en  los  países  del  Río  de  la  Plata,  preferi- 
mos las  voces  masón  y  masonería. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


117 


oposición  con  la  justicia  y  la  moral  natural,  es  contraria  a 
la  honestidad  y  trata  de  destruir  toda  la  disciplina  religiosa 
y  social  proveniente  de  las  instituciones  cristianas.  Su  primer 
principio  consiste  en  que  todo  debe  estar  subordinado  a  la 
razón  humana;  niega  que  Dios  sea  autor  de  ninguna  revela- 
ción, y  que  el  padre  del  género  humano  haya  pecado;  busca 
separar  la  Iglesia  del  Estado;  y  engaña  a  los  simples  e  inge- 
nuos. Es  partidaria  del  divorcio  y  de  la  instrucción  laica,  y 
en  materia  de  ciencia  política  sostiene  que  todos  los  hombres 
tienen  los  mismos  derechos  y  de  ellos  emana  la  autoridad.  El 
poder,  según  ella,  reside  en  el  pueblo  libre,  y  los  gobernantes 
no  detentan  el  mando,  sino  por  concesión  del  pueblo,  de  modo 
que  si  cambia  la  voluntad  popular,  deben  despojarse  de  su 
autoridad  los  jefes  del  Estado.  Como  éste  no  debe  tener 
preferencia  por  ninguna  de  las  diversas  formas  religiosas, 
sino  que  todas  deben  coexistir  en  el  mismo  pie  de  igualdad, 
resulta  que  el  Estado  debe  ser  ateo.  Los  principales  dogmas 
de  los  masones  están  en  tan  completo  y  manifiesto  desacuer- 
do con  la  razón,  que  no  se  puede  imaginar  nada  de  más  per- 
verso. Por  lo  tanto  hay  que  arrancar  su  careta  a  la  Masonería; 
nadie  debe  afiliarse  a  ella;  hay  que  exponer  los  principios 
sagrados  que  constituyen  la  ciencia  cristiana,  mantener  el 
clero  en  la  disciplina  eclesiástica,  enseñar  la  religión  a  las 
masas,  recomendar  la  orden  Tercera  de  San  Francisco,  las 
asociaciones  obreras  cristianas,  las  sociedades  de  patrones,  la 
Sociedad  de  San  Vicente  de  Paul  y  esforzarse  en  dar  exce- 
lente educación  católica  a  la  juventud. 

Lo  encíclica  Immortale  Dei.  —  Al  año  siguiente,  y 
con  motivo  de  disputas  entre  católicos  liberales  y  católicos 
autoritarios,  publicó  León  XIII  su  encíclica  Immortale  Dei 
(noviembre  1'  de  1885)  sobre  la  constitución  cristiana  de 
los  Estados,  en  la  que  insiste  en  las  mismas  ideas  de  las  ante- 
riores, a  saber:  todo  poder  viene  de  Dios;  las  sociedades  polí- 
ticas necesitan  contar  con  el  concurso  de  la  religión  verda- 
dera, que  es  la  católica,  y  los  jefes  de  los  Estados  deben 
favorecerla;  el  gobierno  del  género  humano  lo  ha  dividido 
Dios  en  dos  potencias:  la  eclesiástica  y  la  civil,  que  deben 


/18 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


marchar  acordes,  por  lo  que  conviene  se  celebren  tratados 
entre  ellas;  el  pernicioso  y  deplorable  gusto  de  las  novedades, 
que  arranca  del  siglo  xvi,  ha  traido  estos  principios  moder- 
nos de  libertad  desenfrenada,  asi  como  los  del  derecho  nuevo, 
en  más  de  un  punto  en  desacuerdo  con  el  derecho  cristiano 
y  con  el  natural.  Del  primero  de  esos  principios,  el  de  la 
igualdad  de  los  seres  humanos,  se  deducen  la  libertad  absoluta 
de  pensamiento  y  de  acción  y  que  la  autoridad  pública  no  es 
sino  la  voluntad  del  pueblo,  olvidando  la  soberanía  de  Dios. 
Los  diferentes  caracteres  del  Estado  laico:  igualdad  de  cultos, 
libertad  de  conciencia,  libertad  de  prensa,  instrucción  laica, 
matrimonio  civil,  nacionalización  de  los  bienes  de  la  Iglesia, 
separación  de  las  iglesias  y  del  Estado,  etc.,  toda  esta  manera 
de  entender  el  gobierno  civil  está  alejada  de  la  verdad, 
como  lo  demuestra  la  simple  razón  natural,  cuyo  testimo- 
nio basta  para  establecer  que  toda  autoridad  entre  los  hom- 
bres procede  de  Dios,  como  de  su  augusta  y  suprema  fuente. 
La  soberanía  del  pueblo,  que  no  tiene  en  cuenta  a  Dios 
para  nada,  no  reposa  sobre  ningún  fundamento  sólido  y  no 
tiene  suficiente  fuerza  para  garantir  la  seguridad  pública  y 
el  mantenimiento  pacífico  del  orden. 

La  libertad  de  pensar  y  de  publicar  sus  pensamientos,  sus- 
traída a  toda  regla,  no  es  por  sí  misma  un  bien  del  que  tenga 
que  felicitarse  la  sociedad,  sino  que  más  bien  es  el  origen  de 
muchos  males,  y  no  debe  colocarse  entre  los  derechos  de  los 
ciudadanos,  ni  entre  las  cosas  dignas  de  favor  y  protección. 
La  libertad,  este  elemento  de  perfección  para  el  hombre,  debe 
aplicarse  a  lo  verdadero  y  a  lo  bueno.  Por  lo  tanto  no  es 
permitido  publicar  y  exponer  a  la  vista  de  los  hombres  lo 
que  es  contrario  a  la  virtud  y  a  la  verdad,  y  mucho  menos 
colocar  esta  licencia  bajo  la  tutela  y  protección  de  las  leyes. 
Sólo  hay  un  camino  para  llegar  al  cielo,  por  lo  cual  no  es 
permitido  a  los  individuos  ni  a  las  rociedades  tratar  del  mismo 
modo  a  las  diferentes  relidones.  Excluir  a  la  Iglesia  de  la 
vida  pública,  de  las  leyes,  de  la  educación  de  la  juventud,  de 
la  sociedad  doméstica,  es  un  erande  v  pernicioso  error.  La 
iglesia  de  Cristo  es  la  verdadera  arbitra  de  la  virtud  y  la 
guardiana  de  las  costumbres.  Pretender  subordinar  la  iglesia 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


119 


al  poder  civil  en  el  ejercicio  de  su  ministerio,  es  a  la  vez  una 
gran  injusticia  y  una  gran  temeridad.  Estas  doctrinas  con- 
trarias a  la  Iglesia  han  sido  condenadas  por  Gregorio  XVI 
y  Pío  IX;  el  Syllahus  da  una  dirección  segura  en  medio  de 
los  errores  contemporáneos.  Los  expuestos  principios  no  ex- 
cluyen ninguna  forma  de  gobierno,  ni  que  en  éste  tenga  el 
pueblo  su  parte  más  o  menos  grande,  lo  que  en  ciertos  tiem- 
pos y  bajo  ciertas  leyes,  puede  llegar  a  ser  una  ventaja  y  hasta 
un  deber  para  los  ciudadanos. 

La  Iglesia,  si  bien  rechaza  una  libertad  ilimitada,  acepta, 
sin  embargo,  con  el  mayor  gusto  los  progresos  que  ésta  dia- 
riamente produce  si  contribuyen  a  la  prosperidad  de  esta 
vida,  lo  mismo  que  la  Iglesia  acogerá  siempre  con  gozo  todo 
lo  que  contribuya  a  ensanchar  la  esfera  de  las  ciencias,  pues 
todo  lo  que  es  verdad  no  puede  proceder  sino  de  Dios.  Es 
necesario  atenerse  con  inquebrantable  adhesión  a  todo  lo  que 
los  Pontífices  romanos  han  enseñado  o  enseñen  y  hacer  pú- 
blica confesión  de  ello,  siempre  que  las  circunstancias  lo 
exijan.  Particularmente  en  lo  tocante  a  las  libertades  moder- 
nas, cada  uno  debe  atenerse  al  juicio  de  la  Sede  apostólica  y 
conformarse  a  stcs  decisiones.  "Conviene  a  la  salud  pública 
que  los  católicos  presten  su  concurso  a  la  administración 
municipal  esforzándose  principalmente  por  que  la  autoridad 
pública  provea  a  la  educación  religiosa  y  moral  de  la  juven- 
tud; pero  no  debe  limitarse  a  esto  su  acción,  sino  que  además 
es  útil  que  aborden  los  grandes  cargos  del  Estado ...  Si  los 
católicos  se  abstienen,  indiscutiblemente  que  pasarán  las 
riendas  del  gobierno  a  manos  de  aquellos  cuyas  opiniones 
no  ofrecen  gran  esperanza  de  salvación  para  el  Estado.  Esto 
sería  pernicioso  a  los  intereses  cristianos,  porque  los  ene- 
migos de  la  Iglesia  tendrían  todo  el  poder,  y  sus  defensores, 
ninguno.  Es  evidente,  pues,  míe  los  católicos  tienen  justos 
motivos  de  abordar  la  vida  política,  porque  lo  hacen  y  deben 
hacerlo  no  para  aprobar  lo  que  pueda  haber  de  censurable 
actualmente  en  las  instituciones  políticas,  sino  para  sacar 
de  e«;tas  mismas  instituciones,  en  todo  lo  posible,  el  bien 
público  sincero  v  verdadero,  proponiéndose  infundir  en  to- 
das las  venas  del  Estado,  la  iñrtud  y  la  influencia  de  la  reli- 


120 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


gión  católica,  como  una  savia  y  una  sangre  reparadora". 
Los  católicos  deben  ser  los  hijos  abnegados  de  la  Iglesia,  ser- 
virse de  las  instituciones  públicas  en  provecho  de  la  verdad 
y  de  la  justicia,  y  perseguir  todos  el  fin  común  de  salvar  los 
grandes  intereses  de  la  religión  y  de  la  sociedad. 

La  encíclica  Libertas  praesfantíssimum.  —  £1  20  de 

junio  de  1888  publicó  León  XIII  otra  encícUca,  Libertas 
prcestantíssimum,  sobre  la  libertad  humana,  en  la  cual  vuel- 
ve a  combatir  la  soberanía  popular  y  todas  las  libertades  de 
la  moderna  civiUzación.  Comienza  atacando  el  liberalismo 
y  el  racionalismo.  "Hay  gran  número  de  individuos,  dice, 
que  entienden  por  libertad,  lo  que  no  es  sino  pura  y  absurda 
licencia.  Tales  son  los  que  pertenecen  a  esa  escuela  tan  exten- 
dida y  poderosa,  que  tomando  su  nombre  de  la  palabra 
libertad,  quieren  ser  llamados  liberales.  En  efecto,  lo  que  son 
en  filosofía  los  partidarios  del  naturalismo  y  del  racionalis- 
mo, lo  son  en  el  orden  moral  y  civil,  los  fautores  del  libe- 
ralismo, porque  introducen  en  las  costumbres  y  en  la  prác- 
tica de  la  vida  los  principios  sentados  por  los  partidarios  del 
naturalismo.  Ahora  bien,  el  principio  de  todo  racionalismo 
es  la  dominación  soberana  de  la  razón  humana,  que  rehu- 
sando la  obediencia  debida  a  la  razón  divina  y  eterna  y  pre- 
tendiendo no  depender  sino  de  sí  misma,  se  considera  como 
principio  supremo,  fuente  y  juez  de  la  verdad  ...  C)  •  De 
aquí  procede  esa  moral  llamada  independiente,  que,  bajo  la 
apariencia  de  libertad,  apartando  la  voluntad  de  la  observa- 
ción de  los  divinos  preceptos,  conduce  al  hombre  a  una 
ilimitada  licencia". 

Y  después  de  algunas  consideraciones  sobre  las  mayorías 
como  creadoras  del  derecho  y  sobre  los  lazos  que  ligan  el 
hombre  o  la  sociedad  civil  a  Dios,  el  supremo  legislador,  pasa 
León  XIII  a  examinar  sucesivamente  las  diversas  clases  de 
libertades,  conquistas  de  nuestra  época.  ''La  libertad  de 
cultos,  que  descansa  en  el  principio  de  que  es  lícito  a  cual- 


(1)  Véase  sobre  La  razón  y  la  je,  lo  que  exponemos  en  el  tomo 
I  de  nuestra  Historia  de  la  Religión  de  Israel,  págs,  22-29. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


121 


quiera  profesar  la  religión  que  le  agrade  o  no  profesar  nin- 
guna, es  darle  al  hombre  el  poder  de  desnaturalizar  impu- 
nemente el  más  santo  de  los  deberes,  abandonando  el  bien 
inmutable  para  volverse  hacia  el  mal,  lo  que  ya  no  es  liber- 
tad, sino  depravación  de  la  libertad,  servidumbre  del  alma 
en  la  abyección  del  pecado.  La  sociedad  civil  debe  recono- 
cer necesariamente  a  Dios  como  su  autor,  y  por  lo  tanto, 
rendir  el  homenaje  de  su  culto  a  su  poder  y  a  su  autoridad. 
El  Estado  no  puede  ser  ateo  ni  por  la  justicia,  ni  por  la  razón; 
y  equivale  a  volver  al  ateísmo  el  estar  animado  de  las  mismas 
disposiciones  con  respecto  a  todas  las  religiones  y  acordarles 
a  éstas  indistintamente  los  mismos  derechos.  Puesío  que  es 
necesario  profesar  una  religión  en  la  sociedad,  debe  profe- 
sarse aquella  que  es  la  única  verdadera.  La  libertad  de  cultos 
es  la  que  causa  más  perjuicios  a  la  verdadera  libertad". 

Si  la  libertad  de  expresar  por  la  palabra  o  por  la  prensa 
todo  lo  que  se  quiere,  no  es  justamente  moderada,  si  se  ex- 
cede de  sus  límites,  tal  libertad  no  es  un  derecho,  porque  éste 
es  una  facultad  moral,  y  sería  absurdo  creer  que  pertenece 
naturalmente  y  sin  distinción  ni  discernimiento  a  la  verdad 
y  a  la  mentira,  al  bien  y  al  mal.  Se  tiene  el  derecho  de  propa- 
gar en  el  Estado  lo  verdadero  y  el  bien,  con  prudente  liber- 
tad, para  el  provecho  del  mayor  número;  pero  es  justo  que 
la  autoridad  pública  emplee  su  solicitud  en  reprimir  las 
doctrinas  falaces,  la  peste  más  fatal  de  todas  para  el  espí- 
ritu, así  como  los  vicios  que  corrompen  el  corazón  y  las 
costumbres,  a  fin  de  impedir  al  mal  que  se  extienda  para 
ruina  de  la  sociedad ...  Si  acordáis  a  cualquiera  la  libertad 
ilimitada  de  hablar  y  de  escribir,  nada  permanecerá  sagra- 
do ni  inviolable,  nada  será  respetado,  ni  aun  esas  verdades 
primeras,  esos  grandes  principios  naturales  que  deben  ser 
considerados  como  un  noble  patrimonio  común  a  toda  la 
humanidad". 

"En  cuanto  a  lo  que  se  llama  libertad  de  enseñanza,  no 
hay  que  juzgarla  de  distinta  manera.  Sólo  la  verdad  debe 
entrar  en  las  almas,  y  por  lo  tanto,  la  enseñanza  no  debe 
tener  por  objeto  sino  cosas  verdaderas  ...  Es  evidente,  pues, 
que  esta  libertad,  al  arrogarse  el  derecho  de  enseñarlo  todo 


122 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


a  SU  manera,  está  en  flagrante  contradicción  con  la  razón, 
y  que  ha  nacido  para  producir  un  vuelco  completo  en  los 
espíritus;  el  poder  público  no  puede  conceder  semejante 
licencia  en  la  sociedad,  sino  en  menosprecio  de  su  deber .  .  . 
El  mejor  y  más  seguro  maestro  para  el  hombre,  es  Dios, 
principio  de  toda  verdad,  que  ha  concedido  a  la  Iglesia  el 
privilegio  de  no  conocer  el  error.  Por  esto  es  ella  la  grande 
y  segura  maestra  de  los  hombres,  y  lleva  en  si  un  inviolable 
derecho  a  la  libertad  de  enseñar  ...  La  Iglesia  se  esfuerza  así 
en  favorecer  el  amor  y  el  progreso  de  las  ciencias". 

Para  refutar  la  libertad  de  conciencia,  continúa  León  XIII, 
bastan  los  anteriores  argumentos.  Los  males  presentes  deri- 
van €n  gran  parte  de  esas  libertades  tan  alabadas,  que  han 
producido  frutos  amargos  y  envenenados.  La  Iglesia  no  se 
opone  a  cierta  tolerancia  tocante  a  determinadas  cosas  con- 
trarias a  la  verdad  y  a  la  justicia;  pero  rigurosamente  cir- 
cunscritas. Consiente,  pues,  en  ciertas  libertades  modernas, 
porque  considera  útil  permitirlas,  siempre  que  una  justa 
moderación  les  impida  degenerar  en  licencia;  pero  se  opone, 
sin  embargo,  a  una  libertad  ilimitada.  Así  admite  el  derecho 
que  tiene  cualquier  persona  de  adorar  a  Dios  según  su 
conciencia;  pero  niega  el  derecho  de  no  rendirle  culto  algu- 
no. Y  al  efecto  escribe:  "Si  se  entiende  por  libertad  de  con- 
ciencia la  de  que  cada  uno  a  voluntad,  indiferentemente, 
pueda  rendir  o  no  culto  a  Dios,  bastan,  para  refutarlo,  los 
argumentos  expuestos.  Pero  también  se  puede  entenderla 
en  el  sentido  de  que,  en  el  Estado,  tiene  el  hombre  el  derecho 
de  seguir,  según  la  conciencia  de  su  deber,  la  voluntad  de 
Dios  y  cumphr  sus  preceptos,  sin  que  nada  pueda  impedír- 
selo .  .  .  Esta  libertad  que  reivindicaron  los  Apóstoles  y  que 
tantos  mártires  sellaron  con  su  sangre,  siempre  ha  sido  el 
objeto  de  los  votos  de  la  Iglesia". 

Finalmente  el  Papa  no  acepta  que  la  Iglesia  sea  separada 
del  Estado.  En  cuanto  a  éste  último,  se  le  puede  dar  una 
constitución  democrática,  con  tal  de  que  se  respete  la  doc- 
trina católica  sobre  el  origen  y  el  ejercicio  del  poder  público. 
La  Iglesia  no  rechaza  ninguna  forma  de  gobierno;  pero 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


12? 


quiere  que  su  institución  no  viole  el  derecho  de  nadie  y 
respete  particularmente  los  derechos  de  la  Iglesia. 

Observaciones  a  las  expuestas  encíclicas  de  León 

XIII.  — Queda  así  sintetizado,  lo  más  fielmente  posible,  el 
contenido  de  las  principales  encíclicas  de  León  XIII,  en  su 
primer  período.  Séanos  permitido,  sin  discutir  a  fondo  la 
doctrina  política  que  ellas  sustentan,  formularles  algunas 
observaciones,  que  creemos  no  estarán  fuera  de  lugar. 

1^  La  soberanía  popular  y  la  soberanía  de  Dios.  — 

Para  León  XIII  la  autoridad  no  radica  en  la  voluntad  del 
pueblo,  sino  en  la  voluntad  de  Dios.  Antes  de  los  filósofos 
del  siglo  xviii  y  de  la  Revolución  Francesa,  se  admitía  casi 
sin  discusión  la  tesis  del  Papa;  hoy,  con  más  razón,  enten- 
demos que  son  los  gobernados  quienes  deben  de  elegir  a  sus 
gobernantes,  o  sea,  que  la  fuente  del  poder  público  está  en 
el  pueblo.  Para  combatir  esta  nueva  concepción,  base  de  la 
democracia  moderna,  como  lo  era  de  la  antigua  democracia 
ateniense,  utiliza  León  XIII  un  argumento  propio  de  un 
filósofo  escolástico.  "La  elección,  dice,  de  los  que  deben 
gobernar  la  cosa  pública,  determina  la  persona  del  soberano; 
pero  no  confiere  los  derechos  de  la  soberanía;  no  es  la  auto- 
ridad lo  que  re  constituye,  sino  que  se  decide  por  quien  ella 
deberá  ser  ejercida".  Esta  es  una  sutileza,  con  caracteres  de 
tautología.  Cuando  en  un  movimiento  revolucionario  la 
muchedumbre  concede  directamente  el  poder  público  a 
determinadas  personas,  o  cuando  el  pueblo  vota  la  Consti- 
tución política  que  ha  de  regirlo,  o  cuando  de  acuerdo  con 
los  preceptos  de  ella  elige  a  sus  gobernantes,  en  realidad  el 
pueblo  delega  su  soberanía  en  los  electos,  es  decir,  que  no 
sólo  determina  la  persona  del  soberano,  sino  que  confiere  los 
derechos  de  la  soberanía,  o  constituye  la  autoridad.  Hacer 
depender  ésta  de  Dios,  es  rólo  una  maniobra  dialéctica  para 
desplazar  el  problema,  sacándolo  del  terreno  de  la  experien- 
cia o  de  lo  concreto,  para  llevarlo  al  de  la  abstracción. 

Sabemos,  en  efecto,  lo  que  es  la  soberanía  popular;  pero 
ignoramos  lo  que  es  la  soberanía  de  Dios.  Si  nos  detenemos 


124 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


un  momento  a  pensar,  raciocinando  libres  de  prejuicios,  nos 
convenceremos  que  Dios  es  una  entidad  metaf  isica  que  supo- 
nemos se  encuentre  al  principio  de  lo  existente  o  que  de  toda 
eternidad  se  halle  en  el  Universo;  entidad  que  desconocemos 
en  absoluto,  y  que  por  más  que  por  ella  suspiren  nuestros 
corazones,  constituye  sólo  una  hipótesis  indemostrable.  Sea 
esto  como  fuere,  lo  cierto  es  que  Dios  nunca  se  ha  revelado 
en  la  historia,  y  su  acción  no  se  ha  hecho  sentir  en  el  curso 
de  ella,  a  pesar  de  lo  que  en  contrario  sostienen  los  creyentes 
con  sus  interesados  y  deleznables  razonamientos.  Los  preten- 
didos libros  revelados  de  las  múltiples  religiones  del  Globo, 
que  en  tantos  puntos  se  contradicen,  son  obra  de  místicos 
que,  de  más  o  menos  buena  fe,  nos  dan  como  provenientes 
de  la  divinidad,  sus  propios  pensamientos  y  sus  lucubraciones 
reUgiosas  o  filosóficas.  Por  eso  cada  cual  se  forja  una  idea 
a  su  antojo  de  Dios,  y  mientras  unos  se  lo  figuran  todo 
amor,  otros  se  lo  suponen  un  bárbaro  sediento  de  sangre,  que 
con  toda  insensibilidad  ordena  matanzas  espantosas  de  toda 
clase  de  seres  humanos;  si  para  unos  es  un  padre  cariñoso, 
para  otros  es  un  monstruo  de  maldad.  Como  consecuencia 
de  esta  discrepancia  de  pareceres,  en  nombre  del  mismo  Dios, 
hombres  abnegados  y  sinceros,  como  Livingstone,  sacrifica- 
ron sus  vidas  para  evangelizar  las  incultas  tribus  africanas 
y  combatir  el  flagelo  de  la  esclavitud,  mientras  que  otros 
hombres,  quizás  también  sinceros,  pero  fanáticos  y  sangui- 
narios, sometieron  fríamente  a  sus  semejantes  que  no  pensa- 
ban como  ellos,  a  las  torturas  refinadas  o  a  los  espantosos 
autos  de  fe  de  la  Inquisición.  En  nombre  del  mismo  Dios 
se  han  realizado,  pues,  los  actos  más  heroicos  y  más  subli- 
mes, como  se  han  cometido  los  crímenes  más  horribles,  más 
salvajes  y  más  terroríficos.  Para  judíos  y  cristianos,  Dios  se 
ha  escogido  un  pueblo  especial:  el  hebreo;  en  cambio  Hitler 
y  sus  corifeos  alemanes  proclaman:  "Nosotros  somos  el  pue- 
blo de  Dios".  El  Dios  de  Mahoma  habla  de  distinto  modo 
que  el  cristiano;  el  Dios  del  Antiguo  Testamento  no  con- 
cuerda con  el  del  Nuevo;  y  el  Dios  de  los  filósofos  de  los 
dos  últimos  siglos  en  nada  se  asemeja  al  Dios  nazi  de  Luden- 
dorf f,  Rosenberg  e  Hitler.  En  resumen.  Dios  no  es  un  padre, 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


125 


ni  un  legislador,  ni  un  monstruo;  nunca  ha  hecho  oír  su  voz, 
ni  menos  por  lo  tanto  ha  dictado  precepto  alguno;  ni  es 
liberal,  ni  reaccionario:  es  sólo  una  incógnita  de  un  problema 
metafísico  eternamente  insoluble  O . 

En  virtud  de  lo  dicho,  cae  por  su  base  toda  la  argumen- 
tación de  León  XIII  sobre  filosofía  política.  Ni  la  autori- 
dad de  los  que  gobiernan  es  una  derivación  del  poder  de 
Dios,  ni  se  justifica  la  máxima  de  que  "los  subditos  deberán 
obedecer  a  los  príncipes  como  a  Dios  mismo".  Al  antiguo 
concepto  monárquico  y  clerical  de  "subdito",  esto  es,  de 
individuo  sometido  ciegamente  a  la  autoridad  de  origen 
divino  de  un  encumbrado  Superior  cualquiera,  hoy  las  mo- 
dernas democracias  reemplazan  el  concepto  de  "ciudadano", 
o  sea,  de  persona  dotada  de  derechos  y  obligaciones  para  in- 
tervenir en  la  designación  de  las  autoridades  del  Estado.  La 
autoridad  fluye  necesariamente  de  la  vida  en  común  de  los 
hombres  quienes  por  la  fuerza  de  las  cosas  deben  designar 
a  alguno  o  algunos  de  sus  semejantes,  para  que  los  guíen  o 
los  gobiernen,  dada  la  necesidad  de  orden  que  existe  en  la 
mutua  convivencia,  o  la  necesidad  de  subordinación  a  un 
jefe  en  caso  de  conflicto  con  otros  grupos  humanos. 

2'  La  Iglesio  católica.  —  León  XIII  habla  como  Jefe, 
que  se  considera  infalible,  de  una  iglesia  que  pretende  haber 
recibido  su  autoridad  de  ese  Dios,  que,  como  acabamos  de 
exponer,  cada  uno  se  lo  representa  a  su  manera  y  lo  hace 
discurrir  y  dictar  ordenanzas  a  su  paladar.  En  consecuencia, 
los  consejos,  como  los  argumentos  de  aquel  Papa,  no  tienen 
valor  sino  para  sus  fieles.  Para  el  Estado,  la  iglesia  católica 
es  una  de  las  tantas  iglesias  existentes  en  la  Tierra,  y  no  hay 
motivo  alguno  para  que  se  le  acuerde  la  preeminencia  sobre 
las  otras,  o  para  que  se  le  concedan  privilegios  especiales,  que 
se  nieguen  a  las  demás.  Para  el  Estado,  pues,  esa  iglesia  es 
una  simple  institución  humana,  y  no  puede  admitirle  la 
condición  de  dómine  universal  que  ella  se  arroga,  cuando 


(1)  Véase  nuestra  Historia  de  la  Religión  de  Israel,  tomo  I, 
págs.  82  a  112. 


126 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


por  boca  de  su  jerarca  supremo  nos  dice:  esto  permito, 
aquello  prohibo.  Si  la  iglesia  católica  fuera  una  entidad  ani- 
mada de  espíritu  de  tolerancia,  y  que  por  la  persuasión  tra- 
tara de  hacer  posible  el  reinado  de  la  paz,  de  la  justicia  y 
del  derecho  — que  todos  los  demócratas  perseguimos —  en- 
tonces se  justificaría  que  el  Estado  le  concediera  particula- 
res favores;  pero  cuando  se  recuerda  que  la  característica 
de  esa  institución  es  la  intransigencia,  pues  se  considera  ella 
"el  único  camino  para  ir  al  cielo",  y  que  nunca  se  ha  con- 
tentado con  realizar  simplemente  su  programa  espiritual, 
sino  que  siempre  ha  pretendido  tener  ingerencia  en  los  asun- 
tos del  poder  civil,  al  que  ha  tratado  por  todos  los  medios 
de  dominar;  y  cuando  se  tiene  presente  la  historia  de  esa 
iglesia,  que  lejos  de  haber  sido  un  factor  de  orden  y  de  apa- 
ciguamiento de  las  pasiones  políticas,  ha  contribuido  a  en- 
conarlas, siempre  que  así  convenía  a  sus  intereses,  fomen- 
tando guerras  civiles  o  nacionales,  buscando  ante  todo  su 
predominio  temporal,  y  no  vacilando  en  cometer  o  autori- 
zar las  mayores  atrocidades  que  pueda  ser  capaz  de  imagi- 
nar la  perversidad  humana,  entonces  tenemos  que  llegar  a 
la  lógica  conclusión  que  el  Estado,  por  su  propia  seguridad 
y  en  bien  de  la  democracia,  lejos  de  favorecerla,  debe  po- 
nerle obstáculos  y  cortapisas. 

Sostiene  León  XIII  que  si  las  leyes  mandan  algo  contrario 
a  la  ley  divina,  el  pueblo  no  debe  acatarlas,  porque  hay  que 
obedecer  a  Dios  antes  que  a  los  hombres;  pero  como  las 
leyes  divinas  son  las  que  se  ha  dictado  la  misma  Iglesia, 
resulta  que  con  ello  se  aconseja  la  rebelión  contra  las  dis- 
posiciones legales  que  lesionan  los  intereses  de  ésta,  según 
hemos  tenido  oportunidad  de  verlo  anteriormente  en  la  his- 
toria de  Méjico.  De  modo  que  cuando  el  Estado  legisla  esta- 
bleciendo el  matrimonio  civil  obligatorio  previo  a  toda  cere- 
monia religiosa,  o  seculariza  los  registros  parroquiales  de 
estado  civil,  o  decreta  el  divorcio  absoluto,  o  dispone  la  na- 
cionahzación  de  los  bienes  eclesiásticos  de  manos  muertas, 
el  clero  protesta  iracundo  y  aún  a  mano  armada  cuando 
puede  hacerlo,  alegando  que  debe  obedecerse  a  Dios  antes 
que  a  los  hombres.  Un  claro  ejemplo  de  cómo  entiende  la 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


127 


Iglesia  la  sentencia  del  apóstol  Pedro:  "debemos  obedecer  a 
Dios  antes  que  a  los  hombres"  (Act.  5,  29),  lo  tenemos  en 
la  conducta  del  Papa  Inocencio  X,  quien  en  su  bula  Zelus 
Domi  Dei,  del  20  de  noviembre  de  1648,  condenó  la  paz  de 
Westfalia,  que  puso  término  a  la  célebre  guerra  de  Treinta 
años,  declarando  dicha  paz  "nula,  de  ningún  valor,  efecto 
o  autoridad,  para  el  pasado,  el  presente  y  lo  futuro",  y  agre- 
gando que  "nadie  aunque  hubiese  jurado  respetarla,  está  en 
el  deber  de  observar  su  juramento",  siendo  la  causa  de  esa 
condenación,  el  hecho  de  que  en  los  tratados  que  establecían 
la  mencionada  paz,  se  proclamaba  la  tolerancia  religiosa, 
asegurando  a  los  protestantes  el  libre  ejercicio  de  su  religión 
y  concediéndoles  el  derecho  de  ser  admitidos  a  las  funciones 
civiles.  Casi  siglo  y  medio  más  tarde,  el  Papa  Pío  VI  persistió 
en  tan  absurda  decisión,  expresando  que  la  Iglesia  no  había 
admitido  nunca  la  paz  de  Westfalia. 

Igualmente  en  pro  de  su  causa  agita  León  XIII  el  espan- 
tajo del  ateísmo  — como  hoy  agitan  los  países  totalitarios 
el  del  comunismo — ,  argumentando  que  el  Estado  laico,  por 
no  proteger  a  ninguna  religión,  es  ateo.  Esta  conclusión  es 
completamente  falsa,  pues  si  bien  en  aquél  "todas  las  reli- 
giones deben  coexistir  en  el  mismo  pie  de  igualdad",  ese 
hecho  sólo  le  da  al  Estado  laico  un  carácter  de  neutralidad, 
que  es  el  que  realmente  le  corresponde.  El  Estado  laico  no 
ataca  la  noción  de  Dios;  se  limita  a  dejar  de  lado  este  pro- 
blema, para  que  cada  uno  lo  resuelva  de  acueido  con  su 
conciencia. 

3^  Las  libertades  en  el  Estado  moderno.  —  Uno  de 

los  medios  fáciles  que  tiene  León  XIII,  como  sus  anteceso- 
res que  hemos  estudiado,  de  combatir  las  modernas  liber- 
tades, es  sostener  que  éstas  son  ilimitadas,  y  de  ahí  que  insista 
en  muchas  de  sus  encíclicas  contra  "la  libertad  absoluta  y 
desenfrenada  que  se  atribuye  al  hombre,  base  del  derecho 
nuevo,  que  conduciría  al  pueblo  a  su  ruina".  Hoy,  ningún 
moderno  escritor  de  Derecho  sostiene  la  expuesta  tesis;  por 
el  contrario,  todos  están  de  acuerdo  en  que  la  libertad  de 
cada  individuo  está  limitada  por  la  igual  libertad  de  los 


128 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


demás  componentes  del  cuerpo  social,  y  que  el  Estado,  con 
toda  justicia,  y  dentro  de  sus  legitimas  atribuciones,  puede 
restringir  las  libertades  individuales  en  beneficio  del  interés 
de  la  sociedad.  Así,  por  ejemplo,  una  de  las  grandes  con- 
quistas de  las  modernas  democracias  es  que  se  puedan  emitir 
libremente  los  pensamientos  por  la  prensa;  pero  esta  libertad 
tiene  sus  límites  establecidos  por  el  interés  del  Estado,  de 
modo  que  para  mantener  el  orden,  la  paz  y  la  armonía  en 
la  comunidad,  debe  prohibirse  toda  propaganda  en  pro  de 
la  guerra  civil,  o  que  ataque  la  vida  privada  de  las  personas, 
o  que  tienda  a  socavar  ios  cimientos  de  la  vida  institucional. 
Quizás  la  única  libertad  absoluta  que  pueda  admitirse,  es  la 
libertad  de  conciencia,  siempre  que  sus  manifestaciones  ex- 
ternas, orales  o  escritas,  no  pongan  en  peligro  a  la  sociedad. 

Sentado  esto,  examinemos  los  argumentos  que  formula 
León  XIII  en  su  encíclica  Libertas  prcestantissimum.  Los  que 
expone  para  combatir  la  libertad  de  cultos,  no  resisten  al 
menor  análisis,  y  se  reducen  a  éstos:  Aj  La  sociedad  debe 
reconocer  a  Dios  como  su  autor,  y  por  lo  tanto,  rendirle 
culto,  fíj  El  Estado  no  puede  ser  ateo,  y  equivale  a  serlo  el 
acordar  a  todas  las  religiones  los  mismos  derechos.  C)  El 
Estado  debe  profesar  el  catolicismo,  porque  es  la  única  reli- 
gión verdadera.  En  cuanto  a  la  proposición  A  ya  queda 
refutada  con  lo  que  hemos  dicho  sobre  la  soberanía  de  Dios. 
Sobre  la  B  va  hemos  dado  también  nuestras  razones  en  con- 
trario. El  Estado  no  debe  favorecer  una  determinada  reli- 
gión en  perjuicio  de  las  otras,  o  en  contra  de  los  que  no 
acepten  ninguna;  su  misión  es  ser  neutral  entre  las  distin- 
tas confesiones  religiosas  C)  que  se  combaten  mutuamente. 
En  lo  relativo  a  la  C,  bastan  para  descartar  esa  proposición 
estas  simples  dos  observaciones:  1'  los  adeptos  de  cada  reli- 
gión creen  a  pies  juntillas  que  la  que  ellos  profesan  es  la 
única  verdadera,  y  hasta  ahora  no  han  logrado  convencer  de 
ello  a  los  creyentes  de  las  otras  religiones,  de  modo  que  sus 


(1)  La  Academia  de  la  Lengua  Española,  siempre  atrasada  en 
materia  de  lenguaje  ■ — que  hasta  ignora  lo  que  es  un  gallo  hata~ 
raz — ,  no  ha  aceptado  aún  el  vocablo  conjesión  en  el  sentido  de 
agrupación  de  creyentes  en  una  misma  fe. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


129 


razones  están  muy  lejos  de  ser  evidentes;  y  2'  el  Estado  no 
está  calificado  para  intervenir  en  esas  querellas  teológicas, 
pues,  al  fin  y  al  cabo,  sus  dirigentes  no  son  más  que  hombres 
en  cuyas  mentes  ejercen  la  misma  influencia  que  en  los 
secuaces  de  las  distintas  religiones,  los  argumentos  que  se 
formulan  en  pro  de  cada  una  de  ellas  y  que  no  convencen 
a  los  de  las  demás. 

En  lo  tocante  a  la  libertad  de  opinión  expresada  por  la 
palabra  o  por  la  prensa  (y  lo  mismo  por  el  libro),  mani- 
fiesta León  XIII  que  "se  tiene  el  derecho  de  propagar  en  el 
Estado  lo  verdadero  y  el  bien  con  prudente  libertad;  pero 
la  autoridad  pública  debe  reprimir  las  doctrinas  falaces  así 
como  los  vicios.  Si  se  acuerda  la  libertad  ilimitada  de  hablar 
y  de  escribir,  nada  permanecerá  sagrado  ni  inviolable,  nada 
será  respetado".  De  igual  manera,  en  materia  de  libertad 
de  enseñanza  entiende  el  Papa  que  ella  debe  autorizarse 
siempre  que  tenga  por  objeto  cosas  verdaderas,  y  por  eso  la 
enseñanza  tiene  que  confiarse  a  la  Iglesia,  la  grande  y  segura 
maestra  de  los  hombres,  ya  que  ha  sido  instituida  por  Dios, 
principio  de  toda  verdad.  Prescindiendo  de  considerar  ilimi- 
tada la  emisión  del  pensamiento,  sobre  lo  cual  nos  atenemos 
a  lo  dicho  anteriormente,  resulta  que  la  falsedad  del  razona- 
miento papal  descansa  en  olvidar  o  desconocer  el  carácter 
relativo  de  la  verdad,  sobre  todo  en  cuestiones  morales,  socio- 
lógicas, religiosas  y  filosóficas.  Los  estudiosos,  los  sinceros 
investigadores,  nos  esforzamos  en  obtener  la  verdad;  pero 
cada  uno  tiene  la  suya  propia,  y  aun  mismo  ésta  varía  según 
la  edad  y  las  circunstancias.  Por  eso,  a  menudo  ocurre  que  la 
verdad  de  nuestra  juventud,  no  suele  ser  la  misma  de  nues- 
tra edad  adulta  o  de  nuestra  vejez.  Y  esto  mismo  ocurre 
aún  en  las  ciencias  físico-naturales,  pues  mucho  de  lo  que 
se  nos  enseñaba  en  la  Universidad  como  verdadero,  medio 
siglo  atrás,  hoy  se  considera  como  infundado  o  erróneo.  Todo 
espíritu  libre  de  prejuicios  debe,  en  consecuencia,  aceptar 
como  inconcusa  la  relatividad  de  la  verdad,  y,  por  lo  tanto, 
queda  así  perfectamente  justificada  la  Hbertad  de  opinión 
expresada  oralmente  o  por  escrito,  lo  mismo  que  la  libertad 
de  enseñanza. 


130 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


León  XIII  quisiera  que  hubiesen  cosas  sagradas,  inviola- 
bles, indiscutibles,  siguiendo  el  criterio  de  su  Iglesia  que 
censuraba  y  censura,  perseguía  y  martirizaba  a  los  que  duda- 
ban del  origen  divino  de  la  misma  o  de  la  revelación  bíblica. 
Hasta  el  siglo  xix,  la  Iglesia  católica,  entonces  omnipotente, 
no  permitía  que  se  pusiera  en  tela  de  juicio  que  la  Biblia  es 
un  libro  inspirado  por  Dios,  y  de  acuerdo  con  él,  enseñaba 
que  el  mundo  había  sido  creado  el  año  4004  antes  de  Cristo; 
que  la  humanidad  procedía  de  Adán  y  Eva,  pareja  formada 
por  el  mismo  Dios;  que  existió  un  diluvio  universal  y  que 
todas  las  especies  vivientes  no  se  extinguieron  entonces,  por- 
que hubo  un  hombre  que  siguiendo  las  indicaciones  de  ese 
Dios,  construyó  un  arca  grande  en  la  que  metió  una  pareja 
de  cada  una  de  aquellas  especies;  que  la  Tierra  estaba  inmó- 
vil, era  plana  o  tenía  la  forma  de  un  casquete  esférico,  y 
que  era  el  centro  del  Universo,  habiendo  sido  creado  el  Sol 
para  que  la  alumbrara  de  día,  y  la  Luna  y  las  estrellas  para 
que  la  alumbraran  de  noche,  y  así  podríamos  seguir  llenando 
páginas  enteras  de  las  enseñanzas  verdaderas  ( ! ! )  que  daba 
la  infalible  Iglesia,  porque  tenía  "el  mejor  y  más  sej^uro 
maestro  para  el  hombre.  Dios,  principio  de  toda  verdad**. 
Léase,  en  comprobación  de  lo  expuesto,  el  capítulo  final 
del  tomo  vi  de  nuestra  "Historia  de  la  Religión  de  Israel**, 
en  el  que  se  dan  algunos  detalles  de  los  esfuerzos  que  hizo  la 
Iglesia,  durante  la  primer  mitad  del  siglo  pasado,  para  im- 
pedir la  comprobación  de  la  remota  antigüedad  del  hombre, 
condenando  todos  los  descubrimientos  de  las  entonces  inci- 
pientes ciencias:  la  geología  y  la  paleontología. 

El  Estado,  así  como  no  debe  proteger  determinada  reli- 
gión, tampoco  debe  imponer  ninguna,  las  que  sólo  deberían 
estudiarse  en  el  curso  superior  de  Historia  de  las  Religiones. 
Sostener,  como  lo  hace  León  XIII,  que  la  enseñanza  neutral 
abre  las  puertas  al  ateísmo,  es  confesar  paladinamente  la  in- 
eficacia de  las  razones  que  se  dan  en  pro  de  la  existencia  de 
Dios;  es  declarar  que  sólo  puede  creerse  en  Dios,  si  se  inculca 
tal  creencia  en  las  mentes  de  los  niños,  cuando  éstos  carecen 
del  necesario  razonamiento  para  apreciar  lo  que  se  les  pre- 
senta como  verdad  indiscutible,  enseñanzas  que  luego  cris- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


131 


calizan  en  el  cerebro  infantil  y  que  muy  difícilmente  se 
modifican  en  los  períodos  posteriores  de  la  vida.  De  ahí  esc 
afán  de  la  Iglesia  católica  por  monopolizar  la  instrucción 
primaria;  de  ahí  que  León  XIII  insista  en  que  la  instrucción 
de  la  juventud  sea  religiosa,  pues  de  lo  contrario  "se  cierra 
en  las  almas  la  puerta  a  la  religión". 

4"  La  Masonería.  —  Siguiendo  el  ejemplo  de  sus  an- 
tecesores desde  Clemente  XIII,  León  XIII  ataca  desmedida- 
mente a  la  Masonería,  sacándole,  como  se  dice  vulgarmente, 
los  defectos  al  diablo,  para  aplicárselos  a  esta  institución,  la 
que,  a  su  juicio,  pertenece  al  reino  de  aquel  maléfico  perso- 
naje. La  Masonería  es  hoy  la  béte  noire  del  catolicismo,  el 
que  ha  acumulado  contra  ella,  cuanta  inepcia  y  cuanto  des- 
propósito se  pueda  imaginar.  Bastaría  para  justificar  a  esa 
institución,  el  dar  por  sentado  como  verdades  irrefragables 
las  acusaciones  que  contra  la  misma  formula  León  XIII  en 
su  encíclica  Humanum  genus.  Si  es  cierto  que  la  Masonería 
sustenta  que  todo  debe  estar  subordinado  a  la  razón,  que  no 
existe  revelación  divina,  que  Adán  es  un  mito,  y  que  por  lo 
tanto  no  pudo  haber  pecado,  que  es  partidaria  del  divorcio, 
de  la  instrucción  laica,  de  las  libertades  individuales  y  pú- 
blicas, de  la  soberanía  popular  y  de  que  las  iglesias  estén 
separadas  del  Estado,  entonces  debemos  proclamar  que  la 
Masonería  es  una  institución  liberal  y  democrática  que 
merece  la  consideración  y  el  apoyo  de  todos  los  buenos  ciu- 
dadanos. Si  sacándole  la  careta  a  la  Masonería,  como  quiere 
León  XIII,  es  eso  lo  que  encontramos,  realmente  que  no  se 
puede  pedir  mejor  y  más  completa  justificación  de  esa  so- 
ciedad. Dada  la  importancia  del  tema,  y  lo  poco  que,  en 
general,  se  sabe  de  cierto  sobre  la  Masonería,  séanos  permi- 
tido examinar  algo  detenidamente,  por  lo  menos,  lo  que  nos 
enseña  la  historia  sobre  una  rama  de  dicha  institución,  a  sa- 
ber: sobre  la  Masonería  francesa,  para  ver  el  grado  de  ver- 
dad y  de  justicia  que  encierran  los  ataques  papales  contra 
esa  dependencia  del  reino  de  Satán  (^) . 


(1)  Sobre  el  origen  de  la  Masonería  y  su  historia  en  distintos 
países,  especialmente  en  España,  encontrará  el  cturioso  lector  intere- 


132 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


La  Masonería  apareció  en  Francia,  como  sociedad  de  pen- 
samiento, por  el  año  1730,  y  provenía  de  Inglaterra.  Por 
los  datos  que  nos  han  dejado  las  primeras  logias,  parece  ser 
que  sus  miembros  eran  buenos  burgueses,  espíritus  pacíficos, 
animados  del  generoso  deseo  de  ver  reinar  la  paz  entre  los 
hombres  de  buena  voluntad.  En  sus  estatutos  encontramos 
estas  dos  disposiciones  que  muestran  el  espíritu  que  ani- 
maba a  los  masones:  "Nadie  será  recibido  en  la  Orden,  si  no 
promete  y  jura  inviolable  adhesión  a  la  religión,  al  Rey  y  a 


santes  datos  en  el  artículo  Francmasonería  del  difundido  Diccionario 
Enciclopédico  Hispanoamericano.  De  ese  artículo  transcribimos  lo 
siguiente:  "Esta  asociación  universal  no  es  una  sociedad  secreta, 
como  vulgarmente  se  cree,  sino  vma  sociedad  sometida  a  las  leyes 
de  cada  país,  que  persigue  un  fin ...  la  Fraternidad  Universal.  Es 
también  un  sistema  de  Filosofía  práctica  que  promueve  la  civiliza- 
ción, ejerce  la  beneficencia  y  tiende  a  mejorar  las  costumbres  y 
mantener  el  honor  en  los  sentimientos.  Deben  formar  la  sociedad 
hombres  escogidos,  dispuestos  a  sacrificarse  en  aras  de  la  humani- 
dad y  a  obrar  siempre  con  arreglo  a  los  principios  eternos  de  jus- 
ticia y  de  derecho.  No  es  la  Francmasonería  una  religión  positiva, 
ni  una  escuela  filosófica,  ni  un  partido  político . . .  Para  ella  todos 
los  hombres,  sea  cual  fuere  su  raza,  son  hermanos. . .  Educar,  ins- 
truir, moralizar  a  los  hombres  es  la  principal  tarea  de  la  Francma- 
sonería. Y  los  educa,  instruye  y  moraliza  mediante  fraternal  unión 
de  todos  los  iniciados,  unión  y  asociación  en  la  que  de  continuo  se 
trabaja  para  investigar  la  verdad,  y  en  la  que  todos  se  obligan  a 
obrar  y  a  vivir  según  la  verdad  hallada,  y  a  practicar  el  bien  y  la 
virtud  según  la  razón  ordena.  Es  así,  la  Francmasonería,  en  último 
término,  el  ideal  parcialmente  realizado,  de  la  suma  perfección 
humana". 

En  épocas  de  persecución,  esa  institución  tomaba,  sin  embargo, 
el  carácter  de  sociedad  secreta,  como  ocurrió  en  España  a  mediados 
del  siglo  xvni,  lo  que  no  impedía  que  prosperara  rápidamente. 
Conviene  recordar  el  siguiente  incidente:  "Por  iniciativa  del  jesuíta 
Rábago,  confesor  de  Fernando  VI,  vino  en  1750  a  Madrid  el  fraile 
José  Torrubia,  que  llegó  a  ser  revisor  y  censor  del  Santo  Oficio,  del 
cual  recibió  la  orden  de  iniciarse  en  una  Logia  con  nombre  supues- 
to, para  conocer  a  los  francmasones  y  sus  secretos,  obteniendo  pre- 
viamente del  Gran  Penitenciario  papal  las  oportunas  dispensas  para 
prestar  cuantos  juramentos  le  exigieran.  Dióse  Torrubia  tan  buena 
maña  que  en  poco  tiempo  recorrió  todas  las  Logias  de  la  península, 
presentándose  después  al  Tribunal  Supremo  de  la  Inquisición  con 
una  lista  de  97  Logias  y  los  nombres  de  sus  afiliados.  La  importan- 
cia de  aquéllas,  en  que  la  mayoría  de  sus  miembros  pertenecían  a 
la  nobleza  y  a  las  clases  influyentes,  hizo  que  el  Santo  Oficio,  para 
ponerse  a  cubierto,  recabara  del  rey  la  interdicción  de  la  Orden,  y 
Fernando  VI,  por  decreto  del  2  de  julio  de  1751,  la  prohibió  en  todo 
el  reino,  y  dictó  pena  de  muerte  para  todo  aquel  que  la  profesara". 
La  institución  tuvo  también  que  pasar  por  distintas  vicisitudes  en 
1849,  a  causa  de  la  traición  del  Gran  Secretario  de  la  misma,  que  lo 
era  en  ese  entonces,  el  cura  Basilio  García. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


133 


las  costumbres.  Todo  aquel  que  coloca  la  soberana  felicidad 
en  el  beber,  comer  y  dormir,  y  la  perfección  del  espíritu  en 
gozar,  cazar,  bromear,  enterarse  de  las  toilettes,  hablar  el 
lenguaje  de  las  callejuelas  y  leer  sólo  obras  frivolas,  es  inca- 
paz de  entrar  a  la  Orden". 

Como  el  Gobierno  de  Luis  XV  había  comenzado  a  inquie- 
tarse contra  aquella  nueva  sociedad,  cuyos  ritos  secretos  pre- 
ocupaban a  la  autoridad,  un  masón  escocés  católico,  natu- 
ralizado en  Francia,  llamado  Andrés  Miguel  Ramsay,  que 
debía  su  título  de  caballero  de  San  Lorenzo  al  Regente 
Felipe  de  Orleans,  concibió  el  plan,  que  después  se  llevó  a  la 
práctica,  de  reformar  la  Masonería,  poniendo  a  su  frente 
un  Gran  Maestre,  de  la  más  rancia  nobleza,  que  fuera  ele- 
gido por  los  Maestres  de  las  logias  de  París,  y  así  el  Gobierno 
no  podría  albergar  dudas  sobre  la  fidelidad  de  la  orden  ma- 
sónica. Ramsay  escribió  un  discurso  de  recepción  de  los  nue- 
vos iniciados,  en  el  que  se  expone  con  claridad  los  fines 
perseguidos  por  aquélla  y  cuyas  ideas  constituyen  la  base 
de  la  doctrina  de  la  nueva  institución. 

Según  Ramsay,  cuatro  son  las  virtudes  masónicas,  a  saber  : 
la  filantropía,  la  moral  pura,  el  secreto  inviolable  y  el  gusto 
por  las  ciencias  útiles  y  por  las  bellas  artes.  La  filantropía 
masónica  es  una  fraternidad  universal,  que  considera  "al 
mundo  entero  como  una  gran  República,  en  la  que  cada 
país  es  una  familia,  y  cada  individuo,  un  hijo".  Las  nacio- 
nes antiguas  sucumbieron,  porque  en  ellas  el  excesivo  y  mal 
entendido  amor  de  la  patria  destruía  el  amor  de  la  huma- 
nidad. Pero  esta  nación  completamente  espiritual  no  debe 
anular  los  diversos  deberes  que  exige  la  diferencia  de  Estados. 
Quedaban  así  bien  distinguidos  los  deberes  del  patriotismo 
de  los  de  la  humanidad.  De  las  logias  deben  desterrarse  las 
disputas  que  podían  alterar  la  tranquilidad  del  espíritu, 
siendo  las  obligaciones  que  se  imponen  a  sus  miembros,  según 
decía  Ramsay:  "proteger  a  los  cofrades  con  vuestra  auto- 
ridad, ilustrarlos  con  vuestras  luces,  edificarlos  con  vuestras 
virtudes,  socorrerlos  en  sus  necesidades,  sacrificar  todo  resen- 
timiento personal,  y  buscar  todo  lo  que  pueda  contribuir  a 
la  paz,  a  la  concordia  y  a  la  unión  de  la  Sociedad".  Recor- 


134 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


dando  que  los  antiguos  misterios  habían  degenerado  por 
haberse  admitido  personas  de  uno  y  otro  sexo  en  asambleas 
nocturnas,  se  decidió  no  admitir  mujeres  en  la  Orden,  "por 
miedo  de  que  entrando  el  amor  con  sus  encantos,  no  oca- 
sionase el  olvido  de  la  fraternidad".  Este  discurso,  que  nunca 
fue  pronunciado,  y  que  concluía  saludando  a  Francia  con 
el  título  de  "Patria  del  género  humano",  sirvió  de  modelo 
al  que  después  se  pronunciaba  en  la  recepción  de  los  maso- 
nes — algunos  de  cuyos  párrafos  hemos  transcrito  entre 
comillas — ,  y  contribuyó  al  desenvolvimiento  ulterior  de  la 
sociedad  masónica. 

Aceptadas  las  ideas  de  Ram^ay,  sucesivamente  se  eligieron 
nobles  de  alta  alcurnia  para  gobernar  la  Masonería,  los  que 
desempeñaron  el  nuevo  cargo  con  el  título  de  Gran  Maestre, 
siendo  el  primero  de  ellos,  Luis  de  Pardaillan  de  Gondrín, 
duque  de  Antin,  que  rigió  la  institución  de  1738  a  1743, 
desapareciendo  desde  entonces  las  persecuciones  del  poder 
real  contra  ella.  Como  se  ve,  nada  tenía  de  censurable,  ni  de 
revolucionaria,  ni  de  anticlerical,  la  nueva  Orden,  y  sin  em- 
bargo, el  Papa  de  entonces,  Clemente  XIII,  en  su  bula  1n 
eminenti  aposfolatus  spécula,  de  abril  28  de  1738,  trató  de 
fulminarla  con  sus  rayos,  por  ser  los  masones  miembros  de 
una  sociedad  secreta  que  admitía  en  su  seno  afiliados  no 
católicos.  Los  papas  posteriores  no  hicieron  otra  cosa  que 
seguir  las  huellas  de  Clemente  XIII  a  este  respecto,  redoblan- 
do sus  ataques  y  sus  calumnias  contra  la  Masonería.  Nótese 
que  Ramsay  era  católico,  como  lo  fue  el  conde  de  Barnwall 
de  Tremlestown,  gran  señor  irlandés,  desterrado  de  su  país 
por  su  fe  religiosa,  que  se  radicó  en  Tolosa,  donde  fundó  la 
logia  Escoceses  fieles,  llamada  más  tarde  Sabiduría,  y  a  quien 
se  le  consideraba  como  padre  de  la  masonería  tolosana.  Has- 
ta la  Revolución  Francesa,  por  lo  menos,  no  dejaron  de 
formar  parte  de  la  Masonería  católicos  militantes. 

Junto  a  esta  Masonería  oficial,  existía  la  Reforma  Esco- 
cesa, que  se  caracterizaba  por  su  pretensión  de  proceder  de 
la  orden  de  los  antiguos  Temolarios,  y  que  además  de  los 
tres  grados  clásicos  de  aquélla:  aprendiz,  compañero  y 
maestro,  admitía  otros  más  elevados  y  grupos  secretos  de 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


135 


iniciados  privilegiados  que  podían  manejar  ocultamente  las 
logias.  Según  un  historiador  masón,  esos  grados  escoceses  no 
tenían  otra  fuente  positiva  que  la  imaginación  más  o  menos 
erudita  de  los  que  los  crearon.  La  Masonería  escocesa,  que 
buscaba  depurar  la  Orden  volviéndola  más  aristocrática, 
distinguía  los  grados  caballerescos  relacionados  con  las  anti- 
guas órdenes,  a  la  vez  religiosas  y  militares,  provenientes  de 
las  Cruzadas,  y  los  grados  o  ritos  de  venganza  con  los  cua- 
les parece  se  quería  enseñar  a  los  adeptos  el  odio  al  papado 
y  a  la  monarquía  capeta,  para  vengar  la  injusticia  cometida 
contra  Santiago  Molay,  el  último  Gran  Maestre  de  la  orden 
de  los  Templarios,  que  fue  quemado  vivo  en  el  año  1314, 
por  instigación  de  Felipe  el  Hermoso  y  del  papa  Clemente  V. 

A  esta  Masonería  escocesa  de  tendencias  místicas  y  ocul- 
tistas — carácter  general  de  las  numerosas  sociedades  secre- 
tas del  siglo  xviii — ,  pertenecía  un  católico  tan  ortodoxo  y 
tan  defensor  del  papado,  como  el  célebre  escritor  José  de 
Maistre.  Ahora  bien,  este  autor  que  había  llegado  a  los  más 
altos  grados  de  la  Masonería,  y  que,  por  lo  tanto,  la  conocía 
bien,  en  su  Memoria  al  duque  Fernando  de  Brunswick,  Gran 
Maestre  de  la  Masonería  Escocesa  de  la  Estricta  Observancia, 
manifiesta  con  "los  Hermanos  más  sabios  de  nuestro  Régi- 
men, que  existen  grandes  razones  para  creer  que  la  ver- 
dadera Masonería  no  es  sino  la  Ciencia  del  hombre  por  exce- 
lencia, o  sea,  el  conocimiento  de  su  origen  y  de  su  destino". 
Propiciaba  la  idea  que  el  fin  religioso  de  los  masones  debe- 
ría ser  la  reunión  de  las  iglesias  y  el  progreso  del  cristianis- 
mo; y  concretaba  su  opinión  sobre  la  Masonería  diciendo: 
"una  sociedad,  cuyos  miembros  todos,  al  ingresar  a  ella,  se 
comprometen  a  hacer  todo  el  bien  que  de  ellos  dependa, 
es  sin  disputa  una  institución  muy  respetable,  independien- 
temente de  cualquier  otra  consideración".  Como  se  ve,  hay 
un  abismo  entre  la  opinión  sobre  la  Masonería  formulada 
por  León  XIII,  quien  al  considerarla  como  una  dependencia 
del  reino  de  Satanás  hablaba  de  ella  sólo  de  oídas,  y  la  del 
ferviente  c?tólico,  más  paoista  que  el  Papa,  José  de  Mai?tre, 
quien  se  expresaba  con  pleno  conocimiento  de  esa  institu- 
ción, en  la  que  ocupaba  prominentemente  puesto. 


136 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Desde  1769,  época  de  la  creación  de  la  logia  de  las  Nueve 
Hermanas,  comienza  a  hacerse  sentir  en  la  Masonería  fran- 
cesa la  influencia  de  los  filósofos.  Numerosos  colaboradores 
de  Diderot  formaban  parte  de  ella,  y  Diderot  mismo  apro- 
baba el  ideal  de  la  Masonería  en  lo  tocante  a  la  libertad  de 
conciencia  y  a  la  dignidad  de  la  persona  humana.  En  177} 
sufre  la  Masonería  una  gran  reforma,  según  la  cual  se  crea 
bajo  el  nombre  de  "Gran  Oriente"  una  asamblea  delibe- 
rante, la  única  que  tiene  el  derecho  de  legislar  en  la  Orden, 
asamblea  formada  por  diputados  de  todas  las  logias,  no 
reconociéndose  en  adelante  por  Maestro  o  Venerable  de 
logia,  sino  a  aquel  de  ese  grado  que  fuera  elegido  libremente 
por  los  miembros  de  la  misma.  Este  ensayo  de  gobierno  re- 
presentativo, junto  con  las  ideas  de  libertad  y  de  igualdad 
que  se  iban  desarrollando  en  las  logias,  contribuyeron  en 
parte  a  formar  el  ambiente,  cuyas  ideas  cristalizaron,  algo 
más  tarde,  en  la  Declaración  de  los  Derechos  del  Hombre. 
Napoleón  trató  de  subordinar  la  Masonería  a  sus  planes, 
haciendo  que  ingresaran  a  ella  muchos  altos  dignatarios  de 
su  corte,  y  haciendo  nombrar  a  su  hermano  José,  Gran  Maes- 
tre de  la  misma.  A  favor  del  apoyo  oficial  se  acrecentó  la 
prosperidad  material  de  dicha  Institución,  bien  que  a  expen- 
sas de  su  liberalismo  anterior;  pero  desde  entonces  se  fue 
acentuando  su  carácter  anticlerical,  que  ha  conservado  hasta 
el  presente. 

Durante  la  Restauración,  la  Masonería  permanece  sojuz- 
gada al  poder  público,  al  que  adulan  su5  altos  dignatarios, 
por  lo  que  es  para  ella  un  período  de  decadencia;  pero  sur- 
gen logias  disidentes  hostiles  a  la  monarquía,  y  organizacio- 
nes republicanas,  como  la  de  los  carbonarios,  de  origen  ita- 
liano, de  que  ya  hemos  hablado,  calcadas  sobre  las  prácticas 
masónicas,  y  cuyos  dirigentes  eran  en  su  mayoría  masones 
regulares.  Merece  citarse  especialmente  por  sus  sentimientos 
antibonapartistas,  la  logia  "Amigos  de  la  Verdad"  (1820), 
en  la  cual,  en  "cada  una  de  sus  sesiones  y  de  sus  recepciones 
se  m.aldecía  el  recuerdo  del  déspota;  y  tanto  el  Venerable 
como  los  oficiales  de  la  Logia  y  los  recipiendarios,  a  cual  más, 
le  reprochaban  con  la  mayor  amargura  las  desgracias  de  la 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


137 


patria,  la  destrucción  de  la  República  de  donde  él  había 
salido,  y  el  restablecimiento  del  poder  sacerdotal  y  de  leyes 
tiránicas".  Durante  la  monarquía  de  Julio,  se  va  produ- 
ciendo en  la  Masonería  una  evolución  de  ideas  que  corre  pa- 
rejas con  la  del  espíritu  público,  aunque  en  sus  actos  exterio- 
res se  había  adaptado  al  nuevo  Gobierno,  como  lo  había 
hecho  con  los  anteriores.  La  orientación  política  de  la  mayo- 
ría de  los  masones  era  cada  vez  más  democrática,  e  iban  en 
aumento  las  logias  netámente  republicanas. 

La  Masonería,  siempre  pronta  a  aceptar  la  autoridad 
existente,  adhirió  a  la  segunda  República,  surgida  de  la  revo- 
lución del  24  de  febrero  de  1848,  con  tanta  mayor  razón 
cuanto  que  ya  una  buena  parte  de  sus  afiliados  eran  de  ideas 
republicanas.  Pero  las  sangrientas  jornadas  de  julio  de  ese 
año,  en  las  que  pelearon  encarnizadamente  40.000  soldados 
al  mando  del  general  Cavaignac  contra  50.000  obreros  insu- 
rreccionados, que  dió,  con  la  derrota  de  éstos,  un  saldo  de 
miles  de  muertos,  ocasionó  un  repliegue  de  los  espíritus  hacia 
concepciones  menos  avanzadas  y  una  vuelta  a  la  tradición 
como  base  del  orden.  Esto  trajo,  como  consecuencia,  que  la 
Masonería,  aunque  siempre  hostil  a  los  jesuítas  y  al  papado, 
se  inclinara  a  considerar  necesaria  la  religión  para  el  pueblo 
— idea  característica  del  segundo  Imperio — ,  y  por  eso  al 
modificar  sus  estatutos,  se  le  dió  oficialmente  un  fundamen- 
to espiritualista,  como  resulta  del  artículo  1'  de  la  Consti- 
tución de  1849,  que  dice  así:  "La  Francmasonería,  institu- 
ción eminentemente  filantrópica  y  progresiva,  tiene  por  base 
la  existencia  de  Dios  y  la  inmortalidad  del  alma,  y  por  obje- 
to, el  ejercicio  de  la  beneficencia,  el  estudio  de  la  moral 
universal,  las  ciencias,  artes  y  la  práctica  de  todas  las  vir- 
tudes, siendo  siempre  su  divisa:  Libertad,  Igualdad,  Fra- 
ternidad". '      '    *  ' 

El  golpe  de  Estado  de  Luis  Napoleón  en  diciembre  2  de 
ISn,  fue  aceptado  pasivamente  por  la  Masonería,  aunque 
algunas  logias  en  las  que  predominaba  el  elemento  republi- 
cano, se  convirtieron  en  centros  activos  de  oposición.  Como 
para  no  inspirar  desconfianza  al  Dictador  imperante,  la  Ma- 
sonería oficial  eligió  en  1852  Gran  Maestre,  al  príncipe 


138 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


Murat,  primo  de  aquél,  quien  habiéndose  en  1861,  mostrado 
favorable  al  poder  temporal  de  los  papas,  suscitó  en  su 
contra  la  oposición  de  la  izquierda  masónica,  la  que  proclamó 
para  sustituirlo,  al  príncipe  Jerónimo  Napoleón,  más  anti- 
clerical que  Murat.  En  ese  año  1861,  el  Venerable  de  una 
logia  francesa  emitía  su  opinión  sobre  la  orden  masónica, 
en  estos  términos:  "La  Francmasonería  es  una  institución 
conservadora,  organizada  para  la  dicha  de  los  hombres.  Sus 
miembros  son  esencialmente  amigos  de  la  moral,  de  las  cien- 
cias, de  la  filosofía  y  sobre  todo  de  la  filantropía ...  Su 
mano  puede  llevar  la  antorcha  que  debe  iluminar  a  los  hom- 
bres; pero  nunca  se  ha  servido  de  ella  para  encender  el  incen- 
dio, en  ningún  paraje  de  la  tierra.  Su  voz  es  débil,  aunque 
se  hace  oír;  dice  y  repite:  Adorad  a  Dios,  servid  a  los  sobe- 
ranos, ayudad  a  vuestros  semejantes".  La  Masonería  oficial 
no  era,  pues,  una  organización  revolucionaria  que  pudiera 
infundir  temor  al  Poder  público,  y  por  el  contrario,  tan 
dócil  y  servil  se  mostró  con  éste,  que  admitió  que  Napo- 
león III  le  impusiera  por  decreto  gubernativo  del  11  de 
enero  de  1862,  al  mariscal  Magnan  como  Gran  Maestre  del 
Gran  Oriente  de  Francia. 

En  virtud  de  los  desaciertos  políticos  de  Napoleón  III  y 
ante  la  arrogancia  agresiva  de  Pío  IX,  la  Masonería  vuelve 
a  inclinarse  a  la  democracia  y  al  racionalismo,  y  se  arraiga 
cada  vez  más  en  sus  convicciones  anticlericales.  Derrumbado 
el  segundo  Imperio,  esa  evolución  democrática  de  los  maso- 
nes inquietó  al  Gobierno  reaccionario  que  se  llamó  del  Orden 
Moral,  siendo  cerradas  por  la  policía  muchas  de  sus  logias, 
acusadas  de  tratar  de  organizar  la  República,  cesando  esa 
persecución  sólo  a  fines  de  1877.  En  este  año,  el  Gran 
Oriente  tomó  la  importante  resolución  de  suprimir  la  invo- 
cación ritual  al  comienzo  de  todos  los  actos  masónicos,  con- 
cebida así:  "En  el  nombre  y  bajo  los  auspicios  del  Gran  Ar- 
quitecto del  Universo",  por  razones  de  tolerancia  y  en  vir- 
tud de  no  ser  la  Masonería  una  religión,  y  que  por  lo  tanto, 
no  debe  afirmar  doctrinas  o  dogmas  en  su  Constitución. 

Es  interesante  notar  que  esta  decisión  fue  tomada  después 
de  consultadas  las  respectivas  logias,  y  de  haber  presentado 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


139 


un  notable  informe  sobre  esa  apasionante  cuestión  el  pastor 
protestante  Federico  Desmons,  informe  del  cual  transcri- 
bimos este  párrafo:  "Dejemos  a  los  teólogos  la  preocupación 
de  discutir  los  dogmas;  dejemos  a  las  iglesias  autoritarias  la 
tarea  de  formular  sus  Syllabus;  pero  que  la  Masonería  per- 
manezca lo  que  debe  ser,  esto  es,  una  institución  abierta  a 
todos  los  progresos,  a  todas  las  ideas  morales  y  elevadas,  a 
todas  las  inspiraciones  amplias  y  liberales.  Que  nunca  des- 
cienda a  la  ardiente  arena  de  las  discusiones  teológicas,  las 
que  siempre  han  ocasionado  perturbaciones  y  persecuciones. 
Que  evite  querer  ser  una  iglesia,  un  concilio,  un  sínodo, 
porque  todas  las  iglesias,  todos  los  concilios,  todos  los  sínodos 
han  sido  violentos  y  perseguidores,  y  esto,  por  haber  que- 
rido siempre  tomar  por  base  el  dogma,  que  por  su  natura- 
leza, es  esencialmente  inquisidor  e  intolerante.  Que  la  Maso- 
nería se  cierna,  pues,  majestuosamente  por  encima  de  todas 
esas  cuestiones  de  sectas  o  de  iglesias,  que  desde  su  altura 
domine  todas  sus  discusiones ;  que  permanezca  siendo  el  vasto 
abrigo  siempre  abierto  a  todos  los  espíritus  generosos  y  va- 
lientes, a  todos  los  investigadores  conscientes  y  desinteresa- 
dos de  la  verdad,  a  todas  las  víctimas,  en  fin,  del  despotismo 
y  de  la  intolerancia".  Sin  embargo,  algunas  ramas  de  la  Maso- 
nería francesa  han  continuado  manteniendo  en  sus  Cons- 
tituciones la  creencia  en  el  Gran  Arquitecto  del  Universo, 
como  fundamento  de  la  institución,  a  fin  de  asegurarle  a 
ésta  un  espíritu  religioso  aunque  independiente  de  la  mate- 
ria religiosa.  Esas  ramas  teístas  son  las  reconocidas  por  la 
Gran  Logia  de  Inglaterra  y  las  que  mantienen  relaciones 
oficiales  con  la  misma. 

Los  enconados  y  malévolos  ataques  de  la  Iglesia  contra  la 
Masonería,  produjeron  en  Francia  estos  dos  resultados: 
1'  Contribuyeron  a  un  extraordinario  aumento  de  sus  ad- 
herentes,  pues,  como  dice  el  historiador  Gastón-Martín, 
"presentada  por  la  Iglesia  como  el  reducto  defensivo  de  la 
República  y  del  racionalismo,  a  causa  de  esta  propaganda, 
ha  agrupado  la  mayor  parte  de  los  demócratas  y  de  los  inte- 
lectuales que  sentían  la  necesidad  de  unirse  para  hacer  frente 
a  pretensiones  de  dominación  universal  renovadas  de  una 


140 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


teocracia  medioeval".  2'  Contribuyeron  igualmente  a  trans- 
formar en  anticlericalismo  militante  la  tolerancia  escéptica 
de  muchos  de  sus  miembros,  que  llegaron  a  convencerse  de 
que  la  indiferencia  ante  los  ataques  debe  cesar  allí  donde 
comienza  la  difamación.  "Una  nueva  leyenda  masónica, 
escribe  el  citado  Gastón-Martín,  embellecida  con  toda  clase 
de  hechos  apócrifos,  constituye  actualmente  uno  de  los  clá- 
sicos espantajos  del  partido  reaccionario.  En  ella  se  pinta  a 
la  Masonería  como  vendida  al  extranjero,  aun  cuando  ha 
roto  todos  los  lazos  con  las  obediencias  (las  otras  sociedades 
similares)  extranjeras;  destructora  de  la  familia,  por  aquellos 
que  rehusan  constituir  ellos  mismos  una  familia;  enemiga  de 
la  patria,  por  gentes  que  prefieren  el  destierro  a  la  sumisión 
a  la  ley,  etc. .  .  .  Numerosos  son,  pues,  los  masones  que  han 
puesto  en  evidencia,  oralmente  o  por  escrito,  la  antinomia 
de  los  fieles  de  un  Dios  de  paz  que  no  predican  sino  la  guerra 
civil;  el  despropósito  histórico  de  una  institución  que  ha- 
biendo evolucionado  como  todo  lo  demás,  continúa  preten- 
diendo ser  ella  única  inmutable  y  eternamente  idéntica  a 
sus  orígenes;  la  mala  fe  de  exégetas  que  no  respetan  ni  el 
espíritu,  ni  la  letra  de  los  textos  para  engañar  las  concien- 
cias algo  flexibles  y  los  cerebros  menos  prevenidos". 

En  resumen,  pues,  León  XIII  al  describir  como  agentes 
de  Satanás  a  los  masones,  no  ha  hecho  otra  cosa  que  repro- 
ducir una  porción  de  lugares  comunes,  buenos  sólo  para  im- 
presionar a  sus  fieles,  que  no  investigan  lo  que  pueda  haber 
de  cierto  en  las  afirmaciones  que  se  les  ofrecen  como  mani- 
festaciones de  la  verdad  absoluta  expuestas  por  un  super- 
hombre infalible.  ¿En  qué  habrían  podido  ser  verdaderos 
sus  ataques  contra  la  Masonería?  ¿Acaso  en  que  se  trata  de 
una  sociedad  de  ritos  secretos,  o  en  que  sus  miembros  usan 
vestimentas  o  practican  ceremonias  ridiculas  en  sus  reunio- 
nes? Pero  en  cuanto  a  lo  primero,  la  Masonería  realmente 
hoy  no  es  una  sociedad  secreta,  pues  la  autoridad  civil  cono- 
ce perfectamente  la  existencia  de  sus  logias,  sus  lugares  de 
reunión,  sus  estatutos  y  quiénes  las  dirigen  y  presiden.  Sólo 
existe  el  secreto  o  la  reserva  en  el  interior  de  sus  locales,  don- 
de una  regla  social  obliga  a  sus  miembros  a  no  divulgar  los 


HISTORIA  POLITICA  DE  LOS  PAPAS 


141 


trabajos  que  se  persiguen,  lo  que  no  es  contrario  a  las  leyes 
nacionales,  y  ya  hemos  visto  que  la  fraternidad  humana  es 
el  fin  fundamental  de  la  institución.  Por  otra  parte  los  mis- 
terios de  las  logias  son  ya  bien  conocidos,  lo  mismo  que  los 
adversarios  de  la  Masonería  se  han  encargado  de  publicar  el 
simbolismo  del  lenguaje  masónico,  de  las  ceremonias  de  ini- 
ciación y  de  las  reuniones,  etc. 

Y  no  deja  de  ser  extremadamente  curioso,  que  censure  a 
la  Masonería  como  sociedad  secreta,  quien  concluye  sus  dia- 
tribas contra  la  misma,  preconizando  y  recomendando  la 
orden  Tercera  de  San  Francisco,  es  decir,  una  verdadera 
sociedad  secreta  católica.  Ahora,  si  los  reproches  a  la  Maso- 
nería se  basan  en  argumentos  como  estos  que  formula  Enri- 
que Mazel:  "No  se  concibe  porqué  sus  miembros  se  disfra- 
zan con  oropeles  grotescos,  se  someten  a  ritos  absurdos  por 
no  decir  humillantes,  y  se  creen  obligados  a  hablar  en  un 
dialecto  de  Canaán  que  es  francamente  ridículo",  puede 
replicarse  con  esta  respuesta  que  al  citado  escritor  da  Andrés 
Lorulot:  "Mazel  combate  los  oropeles  ridículos  de  los  maso- 
nes; pero,  ¿por  qué  no  ataca  igualmente  las  casullas,  sotanas, 
estolas  y  otros  ornamentos  sagrados?  ¿En  qué  el  pequeño 
mandil  del  masón  (insignia  masónica  en  representación  del 
mandil  de  los  obreros)  sería  más  ridículo  que  el  sobrepelliz 
del  sacerdote,  la  mitra  del  obispo  o  el  casquete  del  rabino? 
Tal  argumento  sería  lógico  en  la  pluma  de  un  sincero  libre- 
pensador, enemigo  de  todo  misticismo  y  de  toda  ceremonia 
de  carácter  ritual,  lo  que  no  es  el  caso  del  señor  Mazel,  quien 
respeta  el  catolicismo  y  se  guarda  bien  de  criticar  a  los 
sacerdotes". 

Nuestra  opinión  personal  sobre  la  sociedad  de  la  referencia 
está  de  completo  acuerdo  con  la  del  doctor  Angel  Ossorio, 
en  su  reciente  libro  ''Kivadavia",  cuando  dice:  "La  masone- 
ría es  una  institución  simpática  en  cuanto  su  objeto  consiste 
en  defender  la  libertad  de  los  pueblos  y  de  los  hombres  (y  en 
trabajar  en  pro  de  la  fraternidad  universal,  agregamos  nos- 
otros). Sólo  me  repele  de  ella  el  secreto,  el  misterio,  los 
ritos,  las  ceremonias,  los  convencionalismos.  La  labor  masó- 
nica realizada  a  la  luz  del  día  y  en  medio  de  la  calle,  me 


142 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


parecería  admirable.  Cierto  que  el  secreto  pudo  ser  necesario 
para  defenderse  de  los  Gobiernos  tiránicos  que  no  admitían 
la  pública  contradicción  de  sus  actos.  Pero  mientras  preva- 
leció el  sistema  liberal  del  siglo  xix,  que  permitía  hacer  todas 
las  cosas  a  las  claras,  la  actuación  en  la  sombra  me  ha  pare- 
cido innecesaria,  infantil  y  desprestigiante"  (p.  36). 

En  conclusión,  el  espíritu  liberal  que  alienta  a  la  Maso- 
nería — por  más  conservadora  que  ella  sea  actualmente  en 
países  como  Inglaterra,  Suiza  y  Estados  Unidos  de  Amé- 
rica— ,  explica  tanto  los  ataques  que  incesantemente  le  diri- 
ge el  papado,  como  que  los  Gobiernos  totalitarios  se  hayan 
apresurado  a  decretar  el  cierre  de  sus  logias,  lo  mismo  en  la 
Alemania  de  Hitler  y  en  los  países  que  ella  domina,  como 
en  Noruega  (decretos  de  las  autoridades  alemanas  de  setiem- 
bre de  1940),  que  en  el  Gobierno  francés  de  Vichy  (agosto 
de  1940)  y  en  la  Italia  de  Mussolini,  a  pesar  de  que  en  este 
último  país,  al  advenimiento  del  fascismo,  la  Masonería 
italiana  se  dividió  en  dos  fracciones,  de  la  cual,  la  más  nume- 
rosa, contribuyó  con  cinco  millones  de  liras  a  la  marcha  de 
Mussolini  contra  Roma.  ¡Elocuente  ejemplo  este  último  que 
comprueba  una  vez  más  la  falibilidad  humana,  y  cómo  se 
equivocan  a  veces  las  personas  más  bien  intencionadas! 

Diplomacia  y  política  de  León  Xill.  —  Expuestas  es- 
tas breves  observaciones  sobre  el  contenido  de  las  principales 
encíclicas  del  primer  período  de  León  XIII,  nos  resta  como 
enseñanza  final  de  todas  ellas,  el  consejo  que  da  ese  papa 
al  terminar,  en  su  Immortale  Dei,  y  que  se  resume  así: 
1'  Conviene  que  los  católicos  presten  su  concurso  en  la 
administración  municipal,  para  tratar  de  que  la  autoridad 
haga  dar  educación  religiosa  a  la  juventud;  y  2"  deben  ade- 
más aquéllos  esforzarse  en  conseguir  los  altos  cargos  públi- 
cos para  infundir  en  todas  las  venas  del  Estado  la  influencia 
de  la  religión  católica.  En  estas  dos  conclusiones  se  condensa 
toda  la  diplomacia  y  toda  la  política  de  León  XIII:  no  dejar 
que  los  liberales  y  librepensadores  se  apoderen  de  los  prime- 
ros puestos  de  la  administración,  desde  los  cuales  podrían 
dañar  los  intereses  de  la  Iglesia,  y  en  cambio,  hacerlos  ocupar 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


143 


por  católicos  para  que  favorezcan  dichos  intereses.  El  sagaz 
espíritu  de  León  XIII  comprendió  que  la  áspera  política  de 
Pío  IX,  aislando  el  papado  de  la  sociedad  moderna,  lo  había 
condenado  a  la  impotencia,  y  por  lo  tanto,  que  había  que 
cambiar  de  rumbo  a  la  Iglesia,  de  modo  que  ésta  se  mos- 
trase, a  lo  menos  aparentemente,  amiga  de  las  ciencias,  del 
progreso  y  de  aquellas  libertades  ya  definitivamente  consa- 
gradas por  la  experiencia,  esperando  que  con  tal  cambio  de 
táctica  se  conseguiría  más  fácilmente  el  anhelado  predomi- 
nio total  del  mundo,  que  es  el  ideal  que  ella  persigue. 

Vinieron  a  coadyuvar  a  esa  finalidad  dos  factores  de  pri- 
mer orden,  a  saber:  1'  la  declaración  del  concilio  del  Vati- 
cano que  reconociendo  la  infahbilidad  pontificia  aseguraba 
al  Papa  el  absolutismo  de  su  gobierno  eclesiástico,  de  modo 
que  podía  contar  en  adelante  con  un  clero  que  no  se  atre- 
vería a  discutir  sus  mandatos,  y  con  fieles  católicos  dispues- 
tos a  aceptar  sumisamente  las  órdenes  que  les  impartiera  su 
Jefe  infalible.  Y  sabido  es,  en  épocas  de  lucha,  las  ventajas 
que  ofrece  un  gobierno  totalitario,  que  toma  rápidas  deci- 
siones y  cuyas  órdenes  son  indiscutibles,  sobre  un  gobierno 
constitucional  en  el  que  las  graves  resoluciones  de  las  que 
depende  el  porvenir  del  país,  son  motivo  de  largas  y  a  veces 
interminables  deliberaciones,  que  no  sólo  hacen  perder  un 
tiempo  precioso,  sino  que  dan  la  sensación  de  debilidad  o  de 
impotencia,  y  siempre  de  falta  de  unión.  T  Un  partido  ca- 
tólico nacional  en  cada  Estado,  sometido  ciegamente  al  Papa, 
o  la  utilización  de  partidos  conservadores  prontos  a  servir 
los  intereses  de  la  Iglesia,  identificados  con  los  suyos  pro- 
pios. La  experiencia  de  los  últimos  años,  al  respecto,  según 
lo  hemos  expuesto  en  el  anterior  capítulo,  comprobaba  a 
León  XIII  toda  la  utilidad,  en  beneficio  de  su  causa,  que 
se  podía  obtener  de  esa  arma  política  bien  manejada. 

Cuando  en  1870  terminó  el  poder  temporal  de  los  papas, 
muchos  creyeron  que  éstos,  en  adelante,  se  concretarían  a 
su  misión  espiritual  y  no  intervendrían  ya  en  la  política 
mundana;  pero  los  que  así  pensaron,  olvidaron  que  la  Igle- 
sia constituida  en  formidable  organización,  dirigida  por 
un  jefe  absoluto,  a  quien  todos  sus  fieles  reverencian  como 


144 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


delegado  de  la  divinidad,  siempre  trataría  de  ejercer  acción 
política  con  la  finalidad  de  aumentar  el  número  de  sus  adhe- 
rentes,  o  bien  para  combatir  por  la  coacción  las  ideas  con- 
trarias a  las  suyas,  o  para  atacar  a  los  Gobiernos  que  se  opu- 
sieran a  su  obra  de  proselitismo.  El  autorizado  escritor 
católico,  Mauricio  Pernot,  escribe  al  respecto:  "El  papado 
no  puede  renunciar  al  papel  político  que  representa  desde 
hace  tanto  tiempo,  sin  comprometer  su  fortuna  y  aun  sin 
traicionar  algunas  de  sus  aspiraciones  esenciales.  La  política 
exterior  de  la  Santa  Sede  será  más  o  menos  aparente,  según 
los  sucesos  y  según  las  personas:  tan  pronto  se  confundirá 
con  su  acción  religiosa,  tan  pronto,  por  el  contrario,  no  se 
podrá  relacionar  la  una  a  la  otra  sino  por  esfuerzo  de  una 
lógica  complaciente.  Para  justificar  su  intervención  en  los 
asuntos  del  mundo,  alternativamente  invocarán  los  jefes 
de  la  Iglesia,  ya  la  exigencia  de  los  principios,  ya  la  de  las 
circunstancias;  pero  tendrán  razones  de  obrar  mientras  ten- 
gan medios  de  acción;  y  en  todas  partes  donde  haya  católi- 
cos, clero  y  episcopado,  se  comprende  que  esos  medios  nunca 
podrán  faltarles". 

Veamos  ahora  el  resultado  de  la  intervención  de  León  XIII, 
en  la  política  de  algunos  de  los  países  europeos. 

La  política  de  León  XIII  con  Francia.  — En  Francia, 
al  advenimiento  de  aquel  Papa,  los  partidos  monárquicos 
eran  los  partidos  netamente  clericales.  Durante  el  Gobierno 
del  Orden  Moral,  al  fin  del  pontificado  de  Pío  IX,  ya  hemos 
visto  que  el  Ministerio  del  duque  de  Broglie  estaba  com- 
puesto de  ultramontanos,  que  perseguían  tanto  el  triunfo 
de  la  Iglesia,  como  la  restauración  de  la  monarquía,  for- 
mando el  clero  los  cuadros  de  su  ejército  electoral.  Cuando 
después  de  Mac  Mahón  ocupó  Julio  Grevy  la  Presidencia 
de  la  República,  comenzó  el  nuevo  período  que  se  ha  carac- 
terizado por  la  fórmula:  "La  República  para  los  republi- 
canos", a  la  inversa  del  régimen  anterior  de  "República  sin 
republicanos".  La  gran  obra  de  la  enseñanza  primaria,  gra- 
tuita, obligatoria  y  laica,  comenzada  en  la  monarquía  de 
Julio  por  Guizot,  continuada  en  el  Imperio  por  Víctor 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


145 


Duruy,  y  proseguida  en  la  tercer  República  por  Jules  Ferry, 
triunfó  al  fin  en  la  presidencia  de  Grevy,  a  pesar  de  la  recia 
oposición  del  clericalismo.  Los  republicanos,  tanto  modera- 
dos como  radicales,  eran  generalmente  liberales,  al  contrario 
de  los  monárquicos,  que,  a  pesar  de  sus  divisiones  en  legiti- 
mistas,  orleanistas  y  bonapartistas,  se  mantenían  unidos  en 
defensa  de  los  intereses  de  la  Iglesia,  que  era  su  común  y 
más  fuerte  apoyo  C) ' 

Habiendo  muerto  el  príncipe  imperial  en  Sud  África,  y 
habiendo,  en  1883,  fallecido  también  el  conde  Chambord, 
jefe  del  legitimismo,  todos  los  monárquicos  se  unieron,  bajo 
el  nombre  de  Oposición  constitucional,  para  luchar  en  las 
elecciones  de  1885,  en  pro  de  la  reHgión  católica  y  de  los 
intereses  conservadores,  contra  las  leyes  escolares,  la  expul- 
sión de  las  congregaciones,  la  expedición  al  Tonkín  y  los 
gastos  exagerados.  Para  apreciar  este  último  punto  del  pro- 
grama de  dicho  partido  clerical,  debe  recordarse  que  los 
republicanos  desde  1879,  habían  adoptado  el  principio  de 
"los  gastos  productivos",  es  decir,  los  necesarios  para  la 
constitución  de  la  democracia  y  para  el  progreso  del  país, 
como  construcción  de  ferrocarriles  y  dé  escuelas  prima- 
rias. Téngase  presente  que  en  la  ley  de  1833  sobre  refor- 


(1)  En  cuanto  al  poderío  y  a  los  recursos  de  que  disponía  la 
Iglesia  en  las  últimas  décadas  del  siglo  xix,  en  Francia,  he  aquí  los 
datos  que  nos  suministra  el  Diccionario  Enciclopédico  Hispanoame- 
ricíino:  "La  Iglesia  católica  es  muy  poderosa  en  Francia,  acaso  más 
que  en  ningún  otro  país  del  mundo;  el  clero  está  perfectamente 
organizado  y  percibe  más  limosnas  que  el  de  otra  cualquier  nación. 
Los  conventos  son  muy  numerosos,  y  aunque  no  poseen  la  enorme 
riqueza  territorial  que  tenían  antes  de  1789,  colocan  bien  sus  capi- 
tales y  toman  parte  muy  considerable  en  los  beneficios  de  la  gran 
industria,  de  la  navegación  y  de  la  banca.  Contando  los  sacerdotes, 
los  seminaristas  y  los  frailes  y  monjas  de  todas  las  órdenes,  la 
Iglesia  católica  está  representada  oficialmente  en  Francia  por  cerca 
de  250.000  individuos,  de  los  que  casi  las  cuatro  quintas  partes 
pertenecen  a  las  congregaciones  religiosas.  A  principios  del  año  1880 
el  número  de  asociaciones  no  autorizadas  era  de  986:  de  hombres 
384.  y  de  mujeres  602,  con  7.444  religiosos  y  14.003  religiosas  res- 
pectivamente. Los  jesuítas  poseían  27  casas  con  847  individuos.  El 
capital  de  estas  congregaciones  representaba  en  inmuebles  740  mi- 
llones de  francos  y  llega  probablemente  a  dos  mil  millones  contando 
los  demás  valores.  De  1872  a  1877  los  donativos  y  legados  hechos  a 
la  Iglesia  llegaron  a  la  suma  de  56.350.000  francos"  (Art.  Francia). 
Al  respecto  recuérdese  la  frase  de  Napoleón:  L'argent  iait  la  guerre. 


146 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


ma  de  la  enseñanza  durante  el  gobierno  de  Luis  Felipe, 
Guizot  dejó  de  lado  lo  relativo  a  escuelas  de  niñas,  "con  gran 
sentimiento,  decía  él,  porque  así  lo  ordena  la  razón  de  eco- 
nomía", ¡como  si  debiera  haber  una  razón  de  economía 
— comenta  Pablo  Bert —  que  autorice  a  colocar  la  mujer 
en  un  grado  inferior  al  hombre! 

De  las  citadas  elecciones  de  1885  salió  una  Cámara  com- 
puesta de  202  diputados  conservadores  y  382  republicanos, 
en  la  que  se  sancionó  la  ley  de  1886,  que  terminó  de  orga- 
nizar la  enseñanza  primaria,  excluyendo  de  las  escuelas  pú- 
blicas a  los  maestros  y  maestras  congregacionistas,  o  sea, 
pertenecientes  a  las  congregaciones  religiosas.  Pero  debido  a 
las  veleidades  de  la  política,  al  año  siguiente,  se  formó  el 
ministerio  Rouvier,  compuesto  de  republicanos  moderados, 
que  se  entendió  con  el  clero  y  con  los  conservadores  para 
combatir  a  los  radicales,  que  defendían  el  impuesto  a  la 
renta  y  querían  que  las  iglesias  estuvieran  separadas  del  Es- 
tado. León  XIII  comprendió  entonces  la  conveniencia  que 
habría  para  la  Iglesia  en  dejar  de  sostener  a  los  monárqui- 
cos franceses  y  plegarse  a  la  causa  de  la  República,  cuya 
vitalidad  parecía  definitivamente  asegurada.  Sin  embargo, 
como  después  ocurrió  la  crisis  boulangerista  — movimien- 
to político  en  el  que  las  congregaciones  apoyaron  al  gene- 
ral Boulanger  en  su  intento  de  dictadura — ,  el  Papa  retardó 
su  decisión,  hasta  que  en  las  elecciones  generales  de  setiem- 
bre de  1889,  los  republicanos  unidos  vencieron  rotunda- 
mente a  la  coalición  de  los  enemigos  de  la  república  parla- 
mentaria: monárquicos,  católicos  y  revisionistas  sostenidos 
públicamente  por  el  clero,  dando  una  Cámara  nueva  com- 
puesta por  366  republicanos,  172  conservadores  y  38  revi- 
sionistas de  la  Constitución.  Producido  este  resultado, 
León  XIII,  que  ya  había  ido  preparando  el  terreno  por 
intermedio  de  sus  diversos  nuncios  en  París  (Czacki,  di 
Rende,  Roselli  y  Ferrata)  para  buscar  un  acuerdo  con  las 
autoridades  constituidas,  y  que  en  enero  de  1890,  en  su  encí- 
clica Sapientice  Christiance  había  vuelto  a  proclamar  lo  ya 
enseñado  en  la  encíclica  Libertas  prcestantissimutn,  a  saber, 
que  la  Iglesia,  en  principio,  no  se  opone  a  ninguna  forma  de 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


147 


gobierno,  se  decidió  a  dar  el  paso  decisivo  y  aconsejar  a  los 
católicos  franceses  que  se  adhirieran  a  la  República.  Este 
paso  parecía  tan  difícil,  que  el  cardenal  Place,  arzobispo  de 
Rennes,  se  rehusó  a  darlo,  cuando  se  le  insinuó  que  lo  hiciera. 

León  XIII  encargó  entonces  de  esa  misión  al  cardenal 
Lavigerie,  arzobispo  de  Cartago  y  Primado  de  África,  quien 
en  un  banquete  efectuado  en  Argel,  el  12  de  noviembre 
de  1890,  en  honor  de  los  oficiales  de  la  escuadra  francesa, 
declaró  en  un  célebre  discurso  que  a  los  católicos  les  había 
llegado  la  hora  de  adherirse  francamente  a  las  instituciones 
existentes,  diciendo:  "Es  necesario  separar  la  acción  cató- 
lica de  la  de  los  antiguos  partidos,  y  no  dejar  hacer  un  mal 
uso  del  nombre  y  de  la  autoridad  de  la  religión,  para  servir 
intereses  puramente  humanos . . .  Cuando  se  ha  afirmado 
netamente  la  voluntad  de  un  pueblo,  y  que  la  forma  de 
gobierno  no  tiene  en  sí  nada  de  contraria  a  los  principios 
que  dan  vida  a  las  naciones  cristianas  y  civiHzadas,  según 
recientemente  lo  decía  León  XIII;  cuando  hay  que  adherir 
a  esa  forma  política  para  arrancar  al  país  de  los  abismos 
que  lo  amenazan,  entonces  sólo  resta  sacrificar  todo  lo  que 
la  conciencia  y  el  honor  nos  permiten  sacrificar,  para  la 
salvación  de  la  patria". 

La  fracción  exclusivamente  católica  del  partido  conser- 
vador, encabezada  por  el  conde  Alberto  de  Mun,  con  la 
colaboración  de  Piou  y  de  Esteban  Lamy  (quien  ya  ante- 
riormente había  tentado  formar  un  partido  republicano  ca- 
tólico) ,  siguió  el  consejo  papal  y  se  adhirió  oficialmente  a  la 
República,  con  el  fin  de  alcanzar  el  Gobierno  y  hacerle 
adoptar  una  política  favorable  al  clero.  León  XIII  apoyó  esa 
evolución,  manifestando  que  debía  "aceptarse  la  Constitu- 
ción para  modificar  la  legislación",  esto  es,  para  derogar 
las  leyes  escolares,  las  relativas  a  las  congregaciones,  y  la  ley 
militar  que  imponía  el  servicio  obligatorio  a  los  miembros 
del  clero. 

Por  supuesto  que  a  los  realistas  franceses  les  incomodó 
sobremanera  aquella  intervención  del  Pontífice  en  la  polí- 
tica interna  de  Francia;  pero  los  católico?^,  cuando  se  ha 
pronunciado  sobre  un  astmto  su  Jefe  absoluto  e  infalible, 


148 


CELEIX)NIO  NIN  Y  SELVA 


no  tienen  otro  camino  que  someterse  dócilmente  a  la  deci- 
sión papal,  so  pena  de  quedar  fuera  de  la  Iglesia  como  heré- 
ticos. En  este  caso,  León  XIII  publicó  una  encíclica  en  fran- 
cés, Au  milieu  des  sollicitudes,  con  fecha  febrero  16  de  1892, 
por  la  cual  ordenó  al  clero  y  a  todos  los  católicos  de  Francia 
que  reconocieran  la  República,  manifestando:  "cuando  están 
constituidos  los  nuevos  gobiernos  que  representan  el  inmu- 
table poder  de  Dios,  aceptarlos  no  sólo  es  permitido,  sino 
reclamado,  más  aún,  impuesto  por  la  necesidad  del  bien  social 
que  los  ha  hecho".  De  acuerdo  con  este  mandato,  se  formó 
el  partido  constitucional  católico,  llamado  partido  de  los 
ralliés,  del  nombre  de  Ralliement  (adhesión)  dado  a  esa 
evolución  política  del  catolicismo  francés.  Todavía  para 
obligar  a  los  recalcitrantes  a  entrar  por  la  nueva  vía  trazada 
por  el  Pontífice,  éste  dirigió  el  6  de  mayo  siguiente,  una 
carta  a  los  cardenales  franceses  en  la  que  censuraba  a  los 
conservadores  que  en  aras  de  sus  ideas  personales  o  por  moti- 
vos políticos,  sacrificaban  la  unidad  de  todos  los  católicos, 
dándoles  poco  después,  el  14  de  junio,  la  orden  formal  de 
someterse.  Tal  es  la  libertad  de  que  se  goza  dentro  de^  la 
organización  absolutista  de  corte  totalitario,  que  es  hoy  la 
Iglesia  católica. 

León  XIII,  que  tenía  que  luchar  en  Italia  con  una  mo- 
narquía anticlerical,  prefería  en  Francia  una  República  en 
la  que  el  elemento  reaccionario  tuviera  influencia  prepon- 
derante e  hiciera  desempeñar  a  ese  país  el  papel  de  una  gran 
nación  católica.  Así  para  demostrar  su  buena  voluntad 
hacia  Francia,  renunció  a  enviar  un  nuncio  a  Pekín,  para 
conservar  a  aquélla  su  antiguo  privilegio  del  protectorado 
de  los  cristianos  en  el  extremo  Oriente;  y  en  Túnez,  sacó 
el  obispado  de  Cartago  de  la  subordinación  de  las  diócesis 
de  Itaha.  Refiriéndose  a  su  adhesión  a  la  República  fran- 
cesa, le  exponía  cuatro  años  más  tarde  a  Monseñor  Baunard 
lo  siguiente:  "Se  ha  dicho  que  el  Papa  era  demócrata,  lo  que 
no  es  cierto.  La  Santa  Sede  acepta  los  gobiernos  establecidos 
y  trata  con  ellos  en  vista  de  intereses  superiores  a  los  de  las 
formas  políticas . .  .  Francia  quiere  constituirse  en  Repú- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


149 


blica:  bien  está,  con  tal  que  sea  católica;  todo  estriba 
en  esto". 

La  burguesía  francesa  que,  desde  los  luctuosos  sucesos  de 
junio  de  1848,  se  había  mostrado  cada  vez  más  favorable  al 
catolicismo  — siendo  casi  toda  ella  posteriormente  educada 
en  los  colegios  de  Hermanos  y  Hermanas — ,  aprovechó  de 
aquella  maniobra  política  de  León  XIII  para  proclamar  alta- 
mente su  adhesión  a  la  Iglesia.  Sus  elementos  dirigentes,  jun- 
to con  el  militarismo,  formado  también  desde  los  primeros 
años  en  los  bancos  de  las  escuelas  de  las  congregaciones  reli- 
giosas, anudaron  una  estrecha  coalición  con  el  clericalismo, 
la  que  so  color  de  acendrado  amor  a  la  causa  nacional  y  de 
alentar  un  encendido  patriotismo,  tendía  a  falsear  o  des- 
truir las  instituciones  republicanas.  Aquella  "bacanal  nacio- 
nalista", como  se  la  ha  llamado,  a  cuyo  frente  estaban  hom- 
bres de  la  Iglesia,  trajo  consigo  una  ola  de  antisemitismo, 
vestigio  de  épocas  atrasadas,  de  procedencia  netamente  cató- 
lica, y  que  había  cobrado  singular  fuerza  en  los  países  del 
centro  y  del  Este  de  Europa,  movimiento  apoyado  ardoro- 
samente por  las  congregaciones,  y  que  vino  a  hacer  crisis  en 
el  vergonzoso  asunto  Dreyfus. 

Antes  de  hablar  de  este  célebre  asunto,  no  resistimos  a  la 
tentación  de  transcribir  aquí  una  página  llena  de  vida,  del 
escritor  francés  León  Deschamps,  en  la  que  pinta  fielmente 
la  obra,  en  la  alta  sociedad  de  su  patria,  realizada  por  el  cle- 
ricalismo en  las  últimas  décadas  del  siglo  xix.  Decía  así,  en 
una  conferencia  de  1904,  dicho  orador  socialista:  "La  bur- 
guesía casi  entera,  y  sobre  todo  la  más  rica,  adquiría  cos- 
tumbres clericales;  con  su  influencia  y  con  su  dinero  sos- 
tenía las  obras,  lícitas  o  ilícitas,  públicas  o  secretas,  del  clero 
secular  y  regular.  Mirad  a  vuestro  alrededor,  y  ved  a  los 
representantes  de  la  alta  banca,  del  alto  comercio,  de  la  ma- 
gistratura y  del  ejército,  ¿no  son  la  mayor  parte  de  ellos,  no 
digo  creyentes  — lo  que  sería  respetable —  sino  militantes 
del  clericalismo?  ¿No  es  en  ese  mundo  que  encuentran  sus 
abonados  y  sus  comanditarios  los  diarios  de  sacristía?  ¿No 
son  las  esposas  de  esos  notables  las  que  patrocinan  las  obras 
que  se  anuncian  a  la  entrada  de  las  catedrales?  ¿Y  cómo  po- 


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CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


dría  ser  de  distinta  manera?  El  sacerdote,  sempiterno  pedi- 
güeño, apunta  a  las  bolsas  bien  repletas;  para  desatarlas, 
excita  primeramente  la  vanidad;  luego  exalta  el  principio 
de  autoridad  que  la  Iglesia  representa;  después  deplora  los 
desórdenes  que  nacen  del  principio  de  libertad  tanto  del 
punto  de  vista  político,  como  intelectual  y  moral,  y  final- 
mente amenaza  a  los  que  llama  "malos  ricos",  con  repre- 
salias en  este  mundo  o  con  castigos  en  el  otro.  Doscientos 
mil  solicitantes  de  esta  clase  asedian  a  los  burgueses  de  las 
pequeñas  y  de  las  grandes  poblaciones,  en  el  confesionario, 
desde  el  pulpito  y  en  los  salones,  y  así  se  encuentran  unidos 
el  clero  y  la  burguesía  en  toda  Francia.  El  primer  resultado 
de  esta  propaganda  es  llenar  las  escuelas  y  colegios  de  las 
congregaciones.  Se  califica  de  "escuelas  sin  Dios"  a  los  esta- 
blecimientos del  Estado,  y  sobre  todo  se  procura  extensas 
y  fieles  protecciones  en  todas  las  carreras  a  los  discípulos  de 
los  buenos  Padres  y  de  los  queridos  Hermanos.  <No  es  en 
la  calle  des  Postes  que  está  o  estaba  el  vivero  de  los  genera- 
les? C)  ¿El  patrón  que  protege  y  sostiene  la  escuela  de  los 
Hermanos  no  tiene  la  seguridad  de  una  buena  clientela, 
mientras  que  es  despiadadamente  boycoteado  el  comerciante 
que  no  contribuye  a  las  obras  devotas?  ¿Cómo  queréis,  con 
una  presión  tan  sabiamente  ejercida,  que  la  burguesía  — es 
decir,  todos  aquellos  que  ocupan  altas  funciones  o  pueden 
pretender  a  ellas  por  su  fortuna  heredada — ,  no  esté  del  lado 
de  la  Iglesia?  ¿No  se  constituye  ella  en  la  gran  dispensadora 
de  los  favores  en  éste  y  en  el  otro  mundo?  Estos  favores  hasta 
han  llegado  a  tentar  a  los  sabios,  que  deberían  ser  sinceros 
y  modestos  por  hábito  espiritual,  y  así  se  han  visto  algunos 
de  ellos  poner  sus  conocimientos  al  servicio  de  la  Iglesia  y 


(1)  ¡Cuánta  luz  arroja  esta  observación  sobre  la  tendencia  cle- 
rical del  actual  Gobierno  militar  de  Vichy,  y  sobre  el  apoyo  incon- 
dicional que  le  presta  la  Iglesia!  Lo  expuesto  aquí  por  Deschamps, 
lo  confirma  Salomón  Reinach  cuando  en  su  Orfeo  escribe  lo  si- 
guiente: "La  disolución  de  las  congregaciones  no  autorizadas  por 
la  ley  (1880),  fué  una  comedia  cuyos  pormenores  desconocemos  to- 
davía. Pocos  años  más  tarde,  las  escuelas  de  los  jesuítas  eran  más 
numerosas  y  florecientes;  en  ellas,  sobre  todo  en  la  escuela  llamada 
de  la  rué  des  Postes,  se  preparaban  los  futuros  oficiales  del  ejér- 
cito y  de  la  armada"  (p.  461). 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


151 


ponderar  los  méritos  científicos  de  esta  tradicional  enemiga 
de  la  ciencia.  Esta  paradoja,  que  es  de  buena  compañía  y  que 
hacia  furor  en  los  salones  del  Faubourg  Saint-Germain,  es 
el  triunfo  del  clericalismo  burgués".  (UÉgUse  a  travers 
l'Hístoire,  p.  124  a  126.) 

El  asunto  Dreyfus.  —  Pasemos  ahora  a  reseñar  somera- 
mente el  asunto  Dreyfus,  que  conmovió  la  sociedad  fran- 
cesa, y  que  fue  seguido  con  ansiedad  por  los  liberales  de 
todo  el  mundo,  asunto  que  fue  el  fruto  lógico  de  la  conjun- 
ción de  ideales  del  clericalismo,  del  monarquismo  y  de  un 
militarismo  chauvinista- clerical.  "L'affaire  Dreyfus"  o  sim- 
plemente "L'Affaire",  como  se  le  llsmó,  fue  un  drama  ju- 
dicial C)  i  en  cinco  actos,  que  se  desarrolló  en  un  espacio 
de  doce  años,  como  se  ve  a  continuación. 

1""-  ACTO.  —  El  servicio  de  espionaje  francés  descubre  en 
setiembre  de  1894  una  carta  (le  bordereau)  sin  fecha,  ni  fir- 
ma, dirigida  a  un  agregado  militar  alemán,  conteniendo 
datos  secretos  relativos  a  la  defensa  nacional.  Sin  pruebas, 
se  acusó  al  capitán  de  artillería,  Alfredo  Dreyfus,  de  ser 
el  autor  de  esa  carta,  y  como  Dreyfus  era  judío,  los  monár- 
quicos y  los  clericales,  que  juntos  habían  formado  la  cons- 
piración boulangerista,  se  unieron  para  hacer  de  ese  "affaire" 
un  arma  contra  las  instituciones  republicanas.  Conducido 
Dreyfus  ante  un  consejo  de  guerra,  el  Ministro  de  esa  car- 
tera, general  Mercier,  lo  hizo  juzgar  y  condenar  secreta- 
mente, en  diciembre  de  1894,  comunicando  a  los  jueces  pie- 
zas de  espionaje,  que  nada  tenían  que  ver  con  el  inculpado. 
Dreyfus  fue  degradado,  y  a  pesar  de  que  no  cesaba  de  pro- 
testar de  su  inocencia,  se  le  envió  a  cumplir  la  condena  en 
la  isla  del  Diablo,  en  la  Guayana  francesa,  donde  se  le  man- 


(1)  "L'Aifaire  Dreyjus,  escribe  Rappoport,  fué  a  la  vez  una  epo- 
peya moral,  un  drama  nacional,  una  tragedia  política,  sin  cesar  de 
ser,  en  ciertos  aspectos,  un  melodrama  popular . . .  Los  atroces  su- 
frimientos de  un  inocente  y  las  pasiones  ideológicas  y  políticas  le 
conservaron  hasta  el  fin  su  carácter  serio.  Puso  en  movimiento  todo 
im  mundo  de  ideas,  pasiones  e  intereses.  Los  partidos,  las  familias, 
Francia  misma,  se  dividieron  en  dos  bandos:  revisionistas  y  anti- 
rrevisionistas, dreyíusistas  y  antidreyfusistas"  (Jean  Jaurés,  p.  33). 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


tuvo  por  cuatro  años  en  completa  reclusión,  y  hasta  enca- 
denado de  noche  para  que  no  se  escapara. 

2'  ACTO.  — En  1896,  el  mismo  servicio  de  espionaje  descu- 
brió en  la  embajada  alemana,  un  parte  telegráfico  (le  petit 
bleu),  que  se  comprobó  era  del  comandante  de  infantería 
Esterhazy,  de  origen  húngaro,  militar  degenerado  y  sin  recur- 
sos, antiguo  oficial  pontificio,  que  había  pasado  al  servicio  de 
Francia.  Comparando  la  letra  de  Esterhazy  con  la  del  famo- 
so bordereaii,  y  viendo  que  eran  idénticas,  se  convenció 
el  comandante  Picquart,  jefe  del  servicio  de  espionaje,  que 
el  traidor  era  Esterhazy  y  no  Dreyfus,  descubrimiento  que 
comunicó  al  nuevo  Ministro  de  la  Guerra,  Billot,  y  a  los 
generales  Boisdeffre  y  Gonse,  jefe  y  segundo  jefe,  respecti- 
vamente, del  Estado  Mayor.  Boisdeffre  participó  estos  he- 
chos a  su  amigo  el  comandante  Henry,  que  había  sido  uno 
de  los  falsos  acusadores  de  Dreyfus,  y  entonces  Henry,  para 
evitar  las  responsabilidades  que  sobre  él  recaerían,  hizo  un 
parte  falso,  que  aparecía  dirigido  por  un  agregado  militar 
italiano  a  otro  agregado  alemán,  en  que  se  aludía  a  Dreyfus 
como  agente  suyo.  Presentada  esa  pieza  falsa  ante  las  auto- 
ridades superiores,  éstas  se  confirmaron  en  la  culpabilidad 
de  Dreyfus,  y  ordenaron  a  Picquart  que  suspendiera  sus  in- 
vestigaciones, a  lo  que  éste  se  negó,  por  lo  cual  fue  enviado 
a  Túnez,  siendo  Henry  designado  para  ocupar  el  puesto  que 
desempeñaba  Picquart. 

3^"-  ACTO.  —  Dreyfus  y  miembros  de  su  familia  no  habían 
cesado  de  pedir  inútilmente  la  revisión  del  proceso,  hasta 
que  en  1 897  se  interesó  en  ello  el  senador  Scheurer-Kestner, 
quien  pidió  a  su  amigo  el  Ministro  Billot  que  provocara  dicha 
revisión.  Billot  se  negó  a  ello  por  cobardía  moral,  siendo, 
como  se  ha  dicho,  "el  primero  en  dar  el  ejemplo,  tanto  a 
militares  como  a  civiles,  de  obstinarse  en  el  error  antes  que 
reconocerlo".  Entonces  Mateo  Dreyfus,  hermano  del  capi- 
tán acusado,  denunció  por  la  prensa,  en  carta  abierta  diri- 
gida al  Ministro  de  la  Guerra,  que  el  traidor  era  Esterhazy. 
Prodúcese  en  virtud  de  esto,  un  extraordinario  movimiento 
en  el  país,  el  que  se  dividió  en  dos  bandos:  el  de  los  revisio- 
nistas y  el  de  los  antirrevisionistas.  Entre  los  primeros,  se 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


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contaban  hombres  como  Clemenceau,  Anatole  France  y 
Jaurés;  entre  los  segundos,  figuraban  Millerand,  y  los  cató- 
licos Alberto  de  Mun  y  Barrés,  respaldados  por  todo  el 
ejército,  que  sostenía  que  la  revisión  pondría  en  tela  de  jui- 
cio el  honor  militar.  Como  consecuencia  de  los  mencionados 
sucesos,  Esterhazy  comparece  ante  el  cornejo  de  guerra,  que 
se  apresura  a  absolverlo,  aunque  aquél  seis  meses  después, 
se  reconoció  culpable.  Ante  esta  iniquidad,  estalla  la  indig- 
nación de  Emilio  Zola,  quien  publica  su  célebre  "J'accuse", 
carta  abierta  al  Presidente  FéUx  Faure,  en  la  que  formulaba 
una  doble  acusación:  1'  contra  los  jueces  de  1894  por  ha- 
ber condenado  a  Dreyfus,  siendo  inocente;  y  2'  contra  los 
jueces  de  1897,  por  haber,  a  sabiendas  y  por  imposición 
superior,  absuelto  al  culpable  Esterhazy.  Zola,  con  tal  mo- 
tivo, es  condenado  a  multa  y  prisión,  y  tiene  que  huir  a 
Bélgica.  Picquart,  a  su  vez,  es  licenciado  del  ejército  por 
haber  confiado  al  abogado  Leblois  el  error  judicial  cometido. 

4'  ACTO.  — En  1898,  siendo  Ministro  de  la  Guerra,  Cavai- 
gnac,  se  descubrió  que  la  pieza  decisiva  para  todas  esas  con- 
denaciones, o  sea,  el  parte  presentado  por  Henry,  era  fal- 
so O .  Preso  Henry,  se  suicidó,  lo  que  sabido  por  Esterhazy, 
huyó  de  Francia,  y  seguidamente  el  general  Boisdeffre  re- 
nunció a  su  cargo.  En  virtud  de  estos  acontecimientos,  los 
republicanos,  que,  engañados  hasta  entonces,  eran  en  su 
gran  mayoría  contrarios  a  la  revisión  del  proceso  de  1894, 
cambian  radicalmente  de  opinión,  y  el  primer  Ministro,  H. 
Brisson,  da  curso  al  pedido  de  revisión  formulado  por  la 
esposa  de  Dreyfus.  En  1899,  siendo  Presidente  E.  Loubet, 
la  Corte  de  Casación  anula  el  juicio  de  1894  y  ordena  que 


(1)  Jaurés  reveló  esa  falsedad  algunos  días  antes  de  su  descu- 
brimiento oficial.  "Para  él,  dice  Rappoport,  todo  se  concentró  en  el 
asunto  Dreyfus,  que  resumía  la  lucha  contra  la  mentira  clerical, 
contra  la  violencia  monárquica  y  reaccionaria,  contra  la  cobardía  de 
las  multitudes  y  de  las  mayorías  parlamentarias,  contra  el  odio  de 
razas,  contra  el  enceguecimiento  militarista,  contra  los  jesuítas  y  los 
reaccionarios  en  el  alto  mando  del  ejército,  contra  el  servilismo  de 
los  jueces  subalternos,  contra  las  fantasías  ridiculas  de  los  peritos, 
contra  los  calumniadores  profesionales  del  antisemitismo.  El  asuTito 
Dreyfus  llegó  a  ser  por  la  fuerza  de  las  cosas,  el  asunto  de  la  Hu- 
manidad y  de  la  Verdad  por  excelencia"  (Jean  Jaurés,  p.  45,  46). 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Dreyfus  comparezca  ante  otro  consejo  de  guerra.  León  XIII, 
al  tanto  de  todo  e:to,  dijo  en  una  conversación  con  Boyer 
d'Agen,  que  después  se  hizo  pública;  "¿La  verdadera  acu- 
sada no  sería  la  República?"  Ante  el  nuevo  consejo  de 
guerra  de  Rennes  es  traído  Dreyfus,  el  hombre  a  quien  cinco 
Ministros  de  la  Guerra  y  muchos  generales  y  altos  jefes  ha- 
bían declarado  culpable.  El  general  Mercier  alegó  ante  aquel 
consejo  que  existía  una  prueba  imposible  de  presentar  de 
ía  culpabilidad  del  encausado,  a  saber,  un  "bordereau"  ano- 
tado por  el  emperador  alemán,  con  el  nombre  de  Dreyfus. 
Aunque  Mercier,  años  más  tarde  se  retractó  de  esa  calum- 
niosa afirmación,  y  aunque  ella  fué  categóricamente  des- 
mentida por  Bulow,  canciller  de  Alemania,  el  Consejo  de 
Rennes  volvió  a  condenar  a  Dreyfus,  por  cinco  votos  contra 
dos,  bajando  la  pena  a  diez  años  de  detención,  siendo  enton- 
ces indultado  por  el  Presidente  de  la  República.  Como,  con 
razón,  manifiesta  un  escritor:  "Unánimemente  se  reconoció 
que  la  conducta  del  consejo  y  del  Gobierno  significaban  una 
confesión  de  la  inocencia  de  Dreyfus,  y  de  la  falta  de  valor 
en  el  tribunal  militar  para  reconocer  los  yerros,  la  ligereza 
y  la  injusticia,  de  los  anteriores  consejos".  Los  dos  votos 
favorables  a  Dreyfus,  en  el  Consejo  de  Rennes  fueron:  uno, 
el  del  presidente  de  ese  Tribunal,  Jouaust,  y  otro,  el  del 
comandante  de  Breón,  que  era  católico,  dicho  sea  en  honor 
de  él,  como  era  católico  uno  de  los  dos  defensores  del  encau- 
sado, el  abogado  Demange,  quien  a  causa  de  esa  defensa,  no 
fue  reelegido  en  el  Consejo  de  la  Orden. 

5'  ACTO.  —  Conseguida  su  Hbertad,  Dreyfus  no  paró  hasta 
obtener  un  nuevo  juicio  de  revisión  de  su  proceso,  el  que 
se  vió  después  de  seis  años,  ante  la  Corte  de  Casación  o 
Tribunal  Supremo.  Este  Tribunal,  el  12  de  julio  de  1906, 
anuló  la  sentencia  de  Rennes  y  declaró  a  Dreyfus  inocente 
de  todas  las  acusaciones  que  se  le  habían  hecho.  Como  con- 
secuencia de  esta  justiciera  resolución,  ambas  Cámaras  rein- 
tegraron en  el  ejército  a  Dreyfus  y  a  Picquart,  confiriendo 
a  cada  uno  de  ellos  el  grado  superior  inmediato,  de  acuerdo 
con  lo  solicitado  por  el  Consejo  de  Ministros.  Antes  de  fin 
de  año,  Clcmenceau,  que  ocupaba  la  Presidencia  del  Minis- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


155 


terio,  nombró  a  Picquart,  Ministro  de  la  Guerra.  Sin  em- 
bargo, ninguno  de  los  verdaderos  culpables  fue  perseguido, 
aprovechando  en  cambio  de  la  amnistía  que  habían  sancio- 
nado las  Cámaras  en  1900. 

Así  terminó  el  célebre  asunto  Dreyfus,  que  reproducía 
nuevamente,  como  se  ha  dicho,  "la  lucha  entre  los  princi- 
pios del  mundo  moderno  y  los  de  la  contra-revolución, 
ideas  en  pugna  por  encima  de  los  combatientes,  como  la 
lucha  de  los  dioses,  en  la  Ilíada,  por  sobre  los  troyanos  y 
los  griegos".  En  esos  acontecimientos  dramáticos,  el  cleri- 
calirmo  mostró  todo  lo  que  de  él  puede  esperar  la  sociedad 
moderna  poniéndose  resueltamente  del  lado  de  la  iniquidad, 
porque  así  convenía  a  sus  menguados  intereses.  He  aquí  lo 
que  nos  dice  al  respecto,  Salomón  Reinach,  testigo  de  aque- 
llos sucesos:  "Los  apóstoles  de  la  justicia  fueron  acusados 
de  formar  un  sindicato  de  la  traición,  y  toda  la  Iglesia 
— sacerdotes  y  frailes,  excepto  algunas  honrosas  excepcio- 
nes— ,  puso  su  influencia  al  servicio  de  la  injusticia,  llenando 
el  país  de  calumnias  y  de  mentiras.  En  aquel  concierto  se 
distinguieron  los  asuncionistas,  cuyo  periódico.  La  Croix, 
rivalizaba  con  el  órgano  autorizado  de  los  antisemitas,  pre- 
dicando una  nueva  San  Bartolomé.  El  jefe  del  Estado  Mayor 
del  Ejército,  general  Boisdeffre,  estaba  dirigido  por  el  más 
influyente  de  los  jesuítas,  el  P.  du  Lac;  los  jesuítas  tenían 
en  sus  manos  el  reclutamiento  y  el  ascenso  de  los  oficiales; 
a  todo  oficial  republicano  y  hberal  se  le  ponía  mala  nota; 
el  Presidente  de  la  República,  Félix  Faure,  era  un  cautivo 
de  los  clericales;  y  tenían  hechuras  suyas  y  cómplices  en 
todos  los  ramos  de  la  Administración.  Verdadero  terror  pesó 
durante  dos  años  sobre  Francia.  Los  intelectuales  lucharon 
por  la  honra  del  país,  bajo  una  lluvia  de  ultrajes,  con  aplau- 
so de  casi  toda  Europa.  Su  triunfo  final,  bien  modesto  por 
otra  parte,  se  debió  al  concurro  de  los  socialistas  que,  en  un 
principio  indiferentes  a  aquella  disputa  de  burgueses,  des- 
pués comprendieron  que  serían  las  primeras  víctimas  de 
la  reacción"  (p.  462). 

En  resumen,  pues,  la  hábil  política  de  León  XIII  al  acon- 
sejar a  sus  fieles  que  se  adhirieran  a  la  República  francesa. 


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CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


llenó  los  altos  cargos  del  Estado  con  clericales  seudo-repu- 
blicanos  que  hicieron  peligrar  la  estabilidad  del  nuevo  régi- 
men, favoreciendo  la  vuelta  a  la  monarquía,  y  que,  en  el 
mejor  de  los  casos,  habrían  llegado  a  transformar  a  Francia 
en  una  república  clerical,  a  no  ser  por  el  asunto  Dreyfus, 
en  el  cual,  como  dice  S.  Reinach,  "León  XIII  dejó  a  la  Igle- 
sia de  Francia  meterse  en  un  callejón  sin  salida",  peligrosa 
aventura  que  hizo  abrir  los  ojos  a  los  verdaderos  demócratas, 
y  que  trajo  como  consecuencia  la  reacción  liberal  de  los 
ministerios  de  Waldeck-Rouseau  y  de  Combes,  de  que  habla- 
remos al  tratar  del  pontificado  de  Pío  X. 

La  político  de  León  XIII  con  Álemonio.  —  Veamos 

ahora  la  política  seguida  por  León  XIII  con  el  gobierno  ale- 
mán. Ante  todo  recordemos  lo  dicho  en  el  capítulo  anterior 
sobre  la  situación  de  la  iglesia  católica  en  Alemania  al  falle- 
cimiento de  Pío  IX  (pág.  .  .  . ).  Se  encontraba  entonces  en 
su  período  culminante  el  agudo  conflicto  con  el  poder  civil, 
conocido  con  el  nombre  de  Kulturkampf.  Conviene  que 
precisemos  algo  más  las  causas  de  ese  conflicto,  para  que 
comprendamos  bien  la  obra  realizada  por  León  XIII  para 
terminarlo. 

Tanto  la  iglesia  protestante  como  la  católica  estaban  es- 
trechamente unidas  al  gobierno  de  cada  uno  de  los  diversos 
Estados  que  constituían  la  Confederación  alemana.  El  jefe 
de  cada  uno  de  ellos  acordaba  una  protección  especial  y 
tenía  particular  ingerencia  en  la  Iglesia  de  la  que  él  for- 
maba parte,  siendo  tan  íntima  esa  vinculación  que  no  se 
podía  realizar  modificación  alguna  en  el  organismo  eclesiás- 
tico sin  la  conformidad  de  la  corona.  Ésta,  que  subvencio- 
naba a  las  iglesias,  aun  cuando  no  influía  en  cuestiones 
dogmáticas,  intervenía  en  la  construcción  de  los  locales  de 
culto,  en  la  gestión  de  los  bienes  eclesiásticos,  y  hasta  en  la 
preparación  del  clero,  sobre  todo  en  la  designación  de  aque- 
llas personas  que  debían  ocupar  cargos  elevados  en  las  igle- 
sias. En  la  protestante,  el  príncipe  reformado  era  cabeza  de 
la  iglesia  estadual  de  ese  credo,  el  summus  episcopus  de  la 
iglesia  protestante  regional,  lo  que  no  ocasionaba  dificulta- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


157 


des,  dado  que  el  protestantismo  no  considera  su  organización, 
disciplina  y  culto  como  de  origen  divino,  sino  como  dispo- 
siciones humanas  modificables  según  las  circunstancias.  En 
la  iglesia  católica,  aun  cuando  esa  subordinación  no  era  tan 
acentuada  por  el  hecho  de  reconocer  como  jefe  al  pontífice 
romano,  sin  embargo,  no  dejaba  ella  de  ser  bastante  impor- 
tante, pues  a  cambio  de  la  subvención  que  recibía  del  Estado, 
éste  participaba  entre  otras  cosas,  en  el  nombramiento  de  los 
obispos,  ejercía  vigilancia  sobre  la  enseñanza  dada  a  los 
seminaristas,  y  disponía  en  lo  referente  a  las  mutuas  rela- 
ciones de  las  dos  religiones  rivales. 

Esa  unión  de  las  iglesias  con  el  Estado  no  dejaba  de  pro- 
ducir rozamientos,  que  solían  transformarse  en  serios  con- 
flictos, cuando  faltaba  ecuanimidad  por  parte  de  los  diri- 
gentes de  ambas  instituciones,  y  tales  dificultades  tenían 
que  producirse  más  especialmente  con  la  iglesia  católica,  cuyo 
jerarca  era  un  extranjero  que  no  residía  en  territorio  ale- 
mán, y  que  por  propia  idiosincrasia  de  esa  institución,  se 
creía  con  derecho  a  ejercer  preeminencia  sobre  el  poder  civil. 
Esto  explica  el  KulUirkampf  alemán,  que  ha  sido  juzgado 
por  autores  católicos  y  por  aquellos  otros  que,  sin  serlo,  los 
han  seguido  ciegamente,  como  un  período  de  persecución 
contra  la  iglesia  de  Roma.  Tal  concepción  de  ese  aconteci- 
miento histórico  si  no  es  absolutamente  errónea,  es,  en  cam- 
bio, excesivamente  exagerada. 

Antes  del  concilio  del  Vaticano,  como  ya  lo  hemos  dicho, 
se  había  discutido  ampliamente  el  tema  de  la  infalibilidad 
pontificia,  que  a  toda  costa  se  quería  implantar  en  la  iglesia 
católica.  Proclamado  ese  absurdo  dogma,  muchos  profesores 
universitarios  alemanes  firmaron  en  setiembre  de  1870  un 
manifiesto  contra  el  mismo,  y  entonces  el  arzobispo  de 
Colonia  exigió  que  los  profesores  de  la  Facultad  de  Teolo- 
gía católica  de  Bonn  aceptasen  la  nueva  doctrina;  suspendió 
a  los  sacerdotes  anti-infabilistas,  y  prohibió  a  los  estudiantes 
que  siguieran  los  cursos  de  los  profesores  disidentes.  Bismarck 
no  admitió  que  un  arzobispo  católico,  por  sí  y  ante  sí,  des- 
tituyera sacerdotes  y  profesores,  que  eran  funcionarios  nom- 
brados por  el  Estado,  y  que  decretara  la  huelga  en  las  univer- 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


sídades  públicas,  y  se  opuso  a  tales  medidas,  agravándose  el 
conflicto  por  la  tozudez  de  Pío  IX.  Bismarck  nombró,  en 
enero  de  1872,  Ministro  de  Cultos  en  Prusia  a  Falk,  juris- 
consulto acérrimo  partidario  del  Estado  laico,  que,  como  se 
ha  dicho,  "aportó  a  la  lucha  la  aspereza  de  los  antiguos  par- 
lamentarios franceses  contra  las  pretensiones  romanas**,  y 
que  en  los  tres  años  siguientes,  hizo  votar  un  conjunto  de 
disposiciones  anticlericales,  conocidas  con  el  nombre  de  "le- 
yes de  mayo".  En  el  capítulo  anterior  hemos  dado  algunos 
detalles  de  dicho  conflicto,  que  trajo  como  consecuencia  que 
a  la  muerte  de  ese  Papa,  la  mayor  parte  de  las  diócesis  de 
Alemania  careciesen  de  obispos,  y  que  600  parroquias  no 
tuvieran  curas. 

León  XIII,  a  su  advenimiento,  trató  de  solucionar  ese 
arduo  problema,  y  como  diplomático  hábil,  utilizó  para  ello 
los  servicios  del  Centro,  encabezado  por  Ludwig  Windthorst, 
y  poco  a  poco  fue  obteniendo  la  modificación  de  las  medi- 
das que  perjudicaban  a  la  Iglesia,  a  cambio  del  apoyo  que 
en  el  Reichstag  los  diputados  católicos  prestaban  al  Gobier- 
no. Bismarck,  lleno  de  preocupaciones  políticas,  y  alarmado 
por  los  progresos  del  socialismo,  quería  concluir  de  una  vez 
con  aquella  lucha  que  ya  se  iba  prolongando  demasiado, 
máxime  cuando  hasta  los  mismos  ortodoxos  protestantes  se 
sentían  dispuestos,  por  espíritu  de  solidaridad  religiosa,  a 
inclinarse  hacia  los  católicos,  pues  temían  que  la  laicización 
del  Estado  favoreciera  la  indiferencia  y  la  incredulidad.  Las 
"leyes  de  mayo",  aunque  no  se  derogaron,  como  pretendía 
cl  Centro,  quedaron  en  suspenso,  y  paulatinamente  se  fue- 
ron proveyendo  los  curatos  y  obispados  vacantes,  reanudá- 
ronse las  relaciones  oficiales  de  Prusia  con  el  Vaticano,  des- 
aparecieron los  tribunales  de  excepción  destinados  a  juzgar 
los  asuntos  eclesiásticos,  se  autorizaron  los  estudios  en  los 
seminarios  fuera  de  las  Facultades  oficiales,  y  pudieron  re- 
gresar a  Alemania  las  órdenes  religiosas  expulsadas,  con 
excepción  de  la  de  los  jesuítas. 

En  1885,  estalló  un  enojoso  incidente  entre  Alemania  y 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


159 


España  por  la  posesión  de  las  islas  Carolinas  y  habiendo 
aceptado  Bismarck  el  arbitraje  del  Papa,  propuesto  por  el 
Gobierno  español,  como  el  laudo  dictado  dirimió  satisfacto- 
riamente la  cuestión,  esto  contribuyó  a  consolidar  el  presti- 
gio y  la  influencia  de  León  XIII  en  los  asuntos  internos  del 
imperio  alemán. 

El  historiador  Ernesto  Denis  escribía  en  1900,  al  respecto, 
lo  siguiente:  "En  acecho  de  todas  las  ocasiones  en  que  se 
pudiera  obtener  ventaja,  dispuesto  a  todos  los  servicios  con 
tal  que  se  le  pagaran  a  justo  precio,  desde  entonces  llegó 
a  ser  Windthorst  el  arbitro  de  los  destinos  parlamentarios 
de  Alemania;  en  cada  sesión  arrancaba  alguna  piedra  a  la 
fortaleza  elevada  contra  la  Iglesia;  de  las  leyes  provenientes 
del  Kulturkampf  no  subsisten  más  que  los  reglamentos  sobre 
el  matrimonio  y  el  estado  civil,  la  inspección  de  las  escuelas 
por  el  Estado  y  la  expulsión  de  los  jesuítas,  y  aun  mismo  las 
medidas  dictadas  contra  éstos  han  sido  tan  bien  atenuadas, 
que  no  hay  razón  para  mantenerlas".  Dos  cosas  son  de  notar: 

que  el  catolicismo,  ni  aun  en  el  período  más  agudo  del 

(1)  En  agosto  de  1885,  el  cañonero  alemán  litis  desembarcó  fuer- 
zas armadas  en  la  bahía  de  Yap,  de  las  islas  Carolinas,  y  plantó  alli  la 
bandera  germana,  basándose  para  eUo  en  que  ninguna  potencia  ejer- 
cía efectiva  soberanía  en  aquel  aíchipiélago.  Al  conocerse  estos  he- 
chos en  España,  se  produjo  un  gran  revuelo,  al  punto  de  pedirse  por 
muchos  que  se  declarara  la  guerra  a  Alemania.  El  Gobierno  español, 
para  solucionar  el  conflicto,  propuso  el  arbitraje  de  León  XIII,  lo 
que  fué  aceptado  por  Bismarck  y  por  el  Papa.  Éste  encargó  a  una 
comisión  de  Cardenales  el  examen  del  asimto,  y  el  22  de  octubre 
siguiente  se  dictó  el  laudo  firmado  por  el  cardenal  Jacobini,  Secre- 
tario de  Estado  del  Pontífice.  Los  términos  de  ese  arbitraje  fueron 
los  siguientes:  1*?  Se  reconocía  la  soberanía  de  España  sobre  las  Ca- 
rolinas y  las  islas  Palaos.  29  El  Gobierno  español  para  hacer  efecti- 
va esa  soberanía,  se  obligaba  a  establecer  lo  más  pronto  posible  en 
dicho  archipiélago  una  administración  regular,  con  fuerza  suficiente 
para  garantizar  el  orden  y  los  derechos  adquiridos.  39  España  acor- 
daba a  Alemania  plena  libertad  de  comercio,  navegación  y  de  pesca 
en  esas  islas,  como  asimismo  el  derecho  de  establecer  en  ellas  una 
estación  naval  y  un  depósito  de  carbón.  49  Se  aseguraba  también  a 
Alemania  la  libertad  de  hacer  plantaciones  en  esas  islas,  y  de  fundar 
en  ellas  establecimientos  agrícolas  al  igual  que  los  subditos  españo- 
les. Conviene  recordar  que  después  de  su  guerra  con  Estados  Unidos, 
España  vendió  a  Alemania,  en  1899,  las  islas  Carolinas,  Palaos  y 
Marianas  (menos  la  de  Guam,  con  la  que  se  quedó  aquel  país  ven- 
cedor) por  la  suma  de  25  millones  de  pesetas.  Esas  islas  pasaron  a 
poder  del  Japón  por  el  tratado  de  paz,  después  de  la  guerra  mun- 
dial de  1914-1918. 


160 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


Kulturkampf,  nunca  protestó  contra  la  unión  del  Estado  y 
de  la  Iglesia,  sosteniendo  siempre  que  tal  vinculación  está 
de  acuerdo  con  la  doctrina  católica;  y  2'  que  apenas  termi- 
nado ese  agrio  conflicto,  volvió  el  catolicismo  a  sus  sempi- 
ternos proyectos  de  dominio,  tratando  de  que  el  Estado  pu- 
siera su  fuerza  al  servicio  de  la  Iglesia,  como  lo  demostró 
en  la  ley  de  1895  contra  las  maquinaciones  subversivas,  y 
en  la  ley  Heinze,  de  1900. 

Hablando  de  las  consecuencias  del  Kulturkampf  alemán, 
decía  al  finalizar  el  siglo  pasado  el  citado  historiador  E.  De- 
nis,  que  esa  lucha  "disciplinó  a  la  Iglesia  católica,  la  des- 
embarazó de  sus  elementos  impuros  o  tímidos;  pero  la  en- 
tregó a  los  intransigentes  y  a  los  políticos:  nunca  ha  estado 
más  dominada  por  los  afanes  terrestres,  nunca  ha  sido  más 
infiel  a  su  misión  de  concordia  y  de  paz.  Se  arma  con  todos 
los  recursos  de  la  civilización  moderna  para  hacer  retroceder 
la  sociedad  a  la  Edad  Media,  y  sus  historiadores,  aun  los  más 
ilustres,  como  Pastor  y  Janssen,  exigen  de  Alemania  que 
reniegue  los  ídolos  que  adora  desde  hace  siglos;  por  doquiera 
triunfan  sus  doctrinas;  los  jesuítas  dirigen  a  los  obispos,  de 
igual  modo  que  en  la  Iglesia  protestante  domina  la  más 
estrecha  ortodoxia,  de  color  pietista  en  el  Sur  y  confesional 
en  el  Norte.  Al  reclamar  de  sus  fieles  ciega  sumisión,  los 
dirigentes  eclesiásticos  de  las  diversas  agrupaciones  pierden 
su  ascendiente  sobre  la  masa  moderada,  que  cada  vez  se  des- 
prende más  de  las  tradiciones  cristianas  y  se  desliza  al  escep- 
ticismo materialista  . .  .  Así  los  dos  rivales  que  se  disputan 
la  dirección  moral  del  gran  imperio  protestante,  son,  por 
una  parte,  el  jesuitismo  ultramontano,  y  por  la  otra,  la  indi- 
ferencia agnóstica".  Tal  era  el  fiel  cuadro  de  las  iglesias  en 
Alemania,  al  final  del  pontificado  de  León  XIII. 

La  política  de  León  XIII  con  Italia.  —  Menos  feliz 
fue  este  Papa  en  la  política  con  el  gobierno  italiano.  Obli- 
gado por  su  cargo  de  jefe  infalible  de  una  Iglesia  tradicio- 
nalifta,  a  no  romper  bruscamente  con  la  intransigente  polí- 
tica de  su  antecesor,  siguió  las  huellas  de  Pío  IX,  a  pesar 
de  su  temperamento  moderado  y  conciliador,  y  al  día  si- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


161 


guíente  de  su  elección  manifestó  que  estaba  dispuesto  a  per- 
manecer en  el  Vaticano  como  prisionero;  y  dos  meses  más 
tarde,  en  su  primer  encíclica,  protestó  contra  la  "usurpa- 
ción" italiana,  que  había  arrebatado  Roma  y  los  Estados 
Pontificios  a  la  Santa  Sede.  Por  supuesto  que  tales  declara- 
ciones no  eran  propicias  para  un  acercamiento  con  el  reino 
de  Italia,  de  modo  que  no  es  de  extrañar  que  el  Gobierno 
de  este  país  siguiera  una  política  hostil  con  el  Vaticano. 
A  las  pretensiones  reivindicatorías  de  León  XIII,  contesta- 
ban las  autoridades  del  Quirinal  proclamando  "Roma  intan- 
gible", y  tomando  una  serie  de  medidas  que  lesionaban  el 
orgullo  de  la  curia  romana.  Así,  no  obstante  las  airadas 
protestas  papales,  se  permitió  en  Roma  la  construcción  de 
un  templo  y  la  apertura  de  escuelas  protestantes;  la  erección 
en  la  misma  ciudad,  en  mayo  de  1889,  de  un  monumento 
al  mártir  Giordano  Bruno,  monje  quemado  por  la  Iglesia, 
en  1600,  como  hereje;  y  se  presentó  en  1888  a  las  Cámaras 
el  proyecto  de  Código  Penal  redactado  por  Zanardellí  (pro- 
yecto base  de  nuestro  anterior  Código  Penal) ,  por  el  cual 
se  castigaba  con  prisión  y  multa,  los  actos  o  palabras  de 
los  ministros  de  culto  contrarios  a  las  instituciones  del  Estado 
o  a  la  integridad  del  territorio. 

Tocante  a  la  apertura  en  Roma,  en  1879,  de  escuelas  diri- 
gidas por  protestantes  y  por  librepensadores,  he  aquí  un 
párrafo  de  la  protesta  de  León  XIII  formulada  con  tal  mo- 
tivo: "No  podemos  callar  el  que  con  extraña  imprudencia, 
se  haya  llegado  hasta  abrir  escuelas  anticatólicas,  ante  nues- 
tros propios  ojos,  a  las  puertas  del  Vaticano . . .  Estamos, 
pues,  obligados  a  ver  el  error  libre  elevar  su  cátedra  en 
nuestra  ciudad,  sin  que  se  nos  permita  usar  de  los  medios 
eficaces  para  imponerle  silencio".  Estas  líneas  servirán  para 
darnos  una  idea  de  cómo  entiende  el  catolicismo  la  libertad 
de  enseñanza;  y  en  cuanto  a  su  parte  final,  bastará  que 
recordemos  los  suplicios  de  Vanini,  Giordano  Bruno  y  tan- 
tísimas otras  víctimas  del  fanatismo  y  la  intolerancia  cle- 
ricales, para  comprender  cuales  eran  los  medios  eficaces  de 
que  lamentaba  el  Papa  que  no  se  le  permitiera  disponer  a 


162 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


fin  de  silenciar  aquellas  escuelas,  por  él  consideradas  como 
cátedras  del  error. 

Los  esfuerzos  que  realizó  León  XIII  para  reconciliarse  con 
el  nuevo  orden  de  cosas  en  la  Península,  fracasaron,  pues, 
completamente,  e  irritado  por  ello,  reprodujo  el  Non  expedit 
dictado  en  1867  por  Pío  IX,  o  sea,  la  prohibición  a  los  cató- 
licos italianos  de  que  participaran  en  las  elecciones  políticas 
de  Italia,  dándoles  esta  consigna:  "ni  electores,  ni  elegidos". 
No  contento  con  esto,  trató  de  buscar  la  amistad  y  el  apoyo 
de  Francia,  según  ya  lo  hemos  visto,  para  marcar  así  más 
su  oposición  al  Gobierno  de  su  país.  Elocuente  ejemplo  que 
muestra  que  el  Papa  antepone  los  intereses  de  la  Iglesia  a 
los  de  su  propia  patria;  proceder  ese  que  debe  tenerse  muy 
en  cuenta  por  los  amantes  de  la  democracia,  pues  es  el 
mismo  que  siguen  los  católicos  en  todas  partes,  en  situacio- 
nes idénticas. 

La  política  de  León  XIII  con  Incilaterra.  —  Tres  fina- 
lidades buscó  principalmente  León  XIII  con  su  política: 
1'  Entablar  amistosas  relaciones  diplomátics  con  todas  las 
naciones  europeas,  relaciones  que  se  habían  visto  gravemente 
comprometidas  por  la  desacertada  política  de  Pío  IX;  2'  ha- 
cer que  los  partidos  católicos  intervinieran  activamente  en 
la  administración  de  sus  respectivos  países,  a  fin  de  ocupar 
los  primeros  cargos  públicos  en  provecho  de  su  Iglesia,  y 
sobre  todo  tratar  de  conseguir  sino  el  monopolio,  por  lo 
menos  el  predominio  en  la  enseñanza  de  la  niñez  y  de  la 
juventud;  y  3'  traer  al  redil  de  la  Iglesia  romana,  todas  las 
otras  ramas  del  cristianismo,  de  modo  que  existiera  una  sola 
Iglesia  cristiana  universal,  bajo  la  dirección  de  un  solo  Jefe, 
el  Pontífice  de  Roma.  Toda  su  política  con  Inglaterra  y 
Rusia  tendió  especialmente  a  la  realización  de  esta  última 
finalidad. 

En  apariencia,  Inglaterra  era  un  país  particularmente 
preparado  para  que  tuviera  éxito  su  gestión  unificadora, 
pues  la  Iglesia  anglicana,  separada  de  la  de  Roma,  en  el 
siglo  XVI,  conservaba  la  jerarquía,  la  mayor  parte  de  las 
ceremonias  y  las  exterioridades  de  la  Iglesia  católica.  Vea- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


163 


mos,  examinando  la  historia  de  aquella  iglesia  nacional,  las 
probabilidades  de  éxito  que  podía  albergar  León  XIII,  en 
sus  aludidos  propóritos  de  fusionarla  con  la  católica. 

Estudiando  la  historia  de  la  Edad  Media  se  ve  que  a  la 
inversa  de  Francia,  donde  la  débil  monarquía  capeta  buscaba 
el  apoyo  del  clero  y  de  la  Santa  Sede  para  consolidar  su 
poder,  en  Inglaterra  la  monarquía  que  en  el  siglo  XI  cons- 
tituyó Guillermo  el  Conquistador,  se  caracterizaba  por  su 
fuerza  y  su  independencia  con  respecto  a  la  autoridad  papal. 
En  su  lucha  con  los  papas,  triunfan  los  reyes  ingleses,  por- 
que se  apoyan  en  el  Parlamento.  Y  así,  a  despecho  de  las 
bulas  de  Inocencio  III  (1198-1216),  que  ordenaban  a  los 
capítulos  fueran  ellos  los  que  eligieran  los  obispos,  ese  dere- 
cho se  reconoció  en  Inglaterra  que  pertenecía  al  rey;  ciertas 
leyes  (estatutos  de  provisors  [^])  prohibieron  a  los  clérigos, 
so  pena  de  destierro,  aceptar  del  papa  un  beneficio  vacante; 
y  ciertas  otras  (estatutos  de  prcemunire,  "ofensas  contra  la 
autoridad  real")  impusieron  penas  a  los  que  obtuvieran  de 
Roma  bulas  o  sentencias  de  excomunión  o  que  pretendieran 
sustraerre  a  la  autoridad  de  su  ordinario  u  obispo  diocesano. 
El  que  violara  los  estatutos  de  premuniré  (los  que  nunca 
han  sido  derogados)  venía  a  ser  considerado  como  un  trai- 
dor, pues  privado  de  la  protección  de  las  leyes  (  perdía  sus 
derechos  civiles  y  políticos,  pudiendo  el  rey  confifcarle  los 
bienes  y  mantenerlo  en  prisión  perpetua.  A  poco  de  esta- 
blecerse las  órdenes  de  dominicos  y  franciscanos  en  Ingla- 
terra durante  el  siglo  XIII,  seguidas  algo  más  tarde  por  las 
de  los  agustinos  y  los  carmelitas,  se  volvieron  sus  miembros 
odiosos  al  pueblo  y  al  Parlamento,  como  lo  comprueba  la 


(1)  El  rey  Enrique  III  (1216-1272)  "era  devoto  y  guardaba  un 
vivo  reconocimiento  al  Papa,  porque  había  protegido  su  menor  edad, 
se  reconocía  vasallo  del  Santo  Padre,  y  favorecía  las  usurpaciones 
de  Roma  a  expensas  del  clero  inglés.  El  Papa  tenía  la  costumbre  de 
dar  a  los  favoritos  italianos  las  más  ricas  prebendas  de  Inglaterra 
antes  que  estuviesen  vacantes.  Cuando  esos  provisors,  o  abades  pro- 
visorios, eran  titulares,  se  quedaban  tranquilamente  en  Roma,  nom- 
braban un  vicario  y  recibían  las  rentas  de  sus  bienes  ingleses.  Es 
de  imaginarse  la  rabia  del  clero  local  y  un  sentimiento  creciente  de 
hostilidad  hacia  el  Papa  y  el  Rey"  (A.  Maurois,  Hist.  de  Inglaterra, 
p.  152). 


164 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


literatura  de  la  época.  "El  hermano  limosnero,  escribe  An- 
drés Maurois,  muy  gordo,  muy  bien  alimentado,  es  uno  de 
los  blancos  favoritos  de  los  satíricos ...  El  contraste  entre 
lá  regla  de  su  orden  y  la  naturaleza  de  su  vida  iba  a  sumi- 
nistrar elementos  a  la  indignación  de  los  "puros"  .  . .  Ade- 
más, esos  hermanos  que  representaban  la  última  ola  de  los 
aportes  continentales  y  que  pretendían  depender  directa- 
mente del  Papa,  irritaban  a  muchos  fieles.  Entre  la  Iglesia 
romana  y  la  Iglesia  de  Inglaterra,  el  conflicto  iba  a  estallar 
más  tarde;  pero  desde  ese  tiempo  se  sembraron  en  las  con- 
ciencias más  exigentes  las  causas  profundas  de  una  ruptura. 
Pronto  iban  a  germinar".  En  el  siglo  xiv,  Juan  Wiclef  o 
Wycliffe  (1324-1384)  censura  públicamente  a  los  monjes^ 
denuncia  el  orgullo  de  los  prelados,  enreña  que  el  culto  debe 
celebrarse  en  inglés  y  no  en  latín,  recomienda  la  lectura  de 
la  Biblia  y  la  traduce  o  favorece  una  traducción  de  la  misma 
en  lengua  vulgar,  niega  la  transubstanciación  e  instituye  la 
sociedad  de  poor  priesfs  o  "hermanos  predicadores",  sacer- 
dotes no  ordenados  o  monjes  no  profesos,  encargados  de 
difundir  las  doctrinas  del  reformador. 

Aunque  perseguidos  después  los  partidarios  de  Wiclef,  no 
se  perdieron  las  semillas  de  la  enseñanza  de  éste,  y  persistió 
en  el  pueblo  un  profundo  descontento  contra  los  monjes 
y  los  altos  prelados  de  la  Iglesia  que  ostentaban  una  riqueza 
que  contrastaba  con  la  pobreza  popular.  En  resumen,  pues, 
durante  toda  la  Edad  Media  hasta  Lutero,  existía  en  Ingla- 
terra un  estado  latente  de  oposición  al  papado,  ya  por  mu- 
chas de  sus  doctrinas,  ya  por  la  moral  de  sus  ministros,  ya 
contra  la  suprema  autoridad  de  la  Iglesia  que,  como  dice 
un  historiador  "encontrándose  demasiado  alejada,  sacrifi- 
caba los  intereses  ingleses  a  los  de  los  príncipes  continentales 
que,  estando  más  próximos,  tenían  sobre  él  una  acción  más 
directa.  Soberanos  y  estadistas  ingleses  sufrían  al  ver  que 
una  parte  de  su  soberanía  se  encontraba  delegada  en  un 
poder  extranjero  que  no  sabía  casi  nada  de  ellos".  El  papa 
Gregorio  el  Grande  (590-604),  que  encantado  de  la  docili- 
dad de  la  Iglesia  de  Inglaterra,  en  sus  comienzos,  había 
comparado  a  los  anglos  (ingleses)  con  ángeles,  en  su  célebre 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


165 


frase  "«o«  Angli  sed  angelí",  se  había,  por  lo  tanto,  equi- 
vocado lamentablemente,  pues  la  sumisión  inicial,  se  había 
convertido  durante  el  transcurso  de  los  siglos,  en  un  estado 
de  espíritu  contrario  a  las  doctrinas  y  a  la  Corte  de  Roma. 

Todo  esto  nos  hace  comprender  que  cuando  el  rey  Enri- 
que VIII  (1509-1547)  por  razones  pasionales  y  políticas, 
rompió  con  el  papado,  el  reino  estaba  preparado  para  esa 
ruptura  que  separó  definitivamente  de  la  Iglesia  de  Roma 
a  la  Iglesia  anglicana,  pues  como  manifestaba  Taine:  "Cuan- 
do cinco  millones  de  hombres  se  convierten,  es  porque  esos 
cinco  millones  de  hombres  desean  convertirse".  Lo  notable 
de  esa  revolución  religiosa  y  lo  que  ha  asegurado  su  duración, 
distinguiéndola  de  las  demás  manifestaciones  de  la  Reforma, 
es  que  en  Inglaterra  la  realizó  el  monarca  con  el  concurso 
del  Parlamento.  Éste,  haciendo  revivir  los  antiguos  estatutos 
de  "provisors"  y  de  " prcemunire" ,  declara  que  todos  los 
subditos,  so  pena  de  traición,  deben  reconocer  al  Rey  como 
supremo  jefe  de  la  Iglesia  de  Inglaterra;  ordena  la  supresión 
de  los  monasterios,  y  aprueba  las  modificaciones  doctrina- 
rias recomendadas  por  una  comisión  de  obispos  y  doctores 
presidida  por  el  Rey,  quien  tenía  sus  pretensiones  de  teólogo, 
ya  que  había  escrito  en  1521  una  refutación  de  las  célebres 
proposiciones  de  Lutero,  la  que  le  valió  del  papa  Clemen- 
te VII  el  título  de  "Defensor  de  la  fe". 

Enrique  VIII  transformó,  pues,  con  el  apoyo  parlamen- 
tario, la  iglesia  existente  en  su  país  en  una  iglesia  nacional, 
que  no  admite  su  dependencia  del  Pontífice,  al  que  sólo  con- 
sidera, según  lo  fue  en  un  principio,  como  simple  obispo  de 
Roma.  La  iglesia  anglicana,  creación  de  la  ley,  es  una  entidad 
sometida  a  la  misma  regla  que  las  demás  entidades  del  Estado, 
y  deberá  enseñar  la  doctrina  adoptada  por  el  Rey  y  el  Par- 
lamento. Por  eso  en  el  reinado  siguiente  de  Eduardo  VI,  se 
resolvió  que  en  el  sacramento  de  la  Cena  no  había  transubs- 
tanciación,  y  se  prescribió  la  celebración  del  culto  en  lengua 
vulgar,  de  acuerdo  con  el  ritual  del  Prayer-Book,  libro  litúr- 
gico de  oraciones  preparado  por  una  comisión  presidida  por 
Crammer,  arzobispo  de  Canterbury  (decapitado  después  por 
orden  de  María  la  Sanguinaria) ,  liturgia  que  conserva  de  las 


166 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


antiguas  ceremonias  lo  que  no  es  contrario  a  los  principios 
de  la  Reforma.  Finalmente  se  impuso  a  todo  el  clero  una 
confesión  de  fe  calvinista,  formulada  en  42  artículos,  más 
tarde  reducidos  a  39.  Esa  revolución  religiosa  había  echado 
prontamente  tan  hondas  raíces,  que  no  pudo  desarraigarla 
la  reacción  de  la  católica  María  la  Sanguinaria  (1553-1558), 
3  pesar  de  todos  los  crímenes  que  hizo  cometer  para  volver 
a  implantar  el  catolicismo  en  su  país.  Con  el  largo  reinado 
de  Isabel  (1558-1603),  se  consolidó  definitivamente  el  an- 
glicanismo,  iglesia  que  por  el  estatuto  del  Acta  de  Suprema- 
cía, quedaba  subordinada  a  la  Corona,  la  que  nombra  los 
titulares  de  los  obispados  y  los  demás  altos  dignatarios,  de- 
creta los  cánones  de  la  iglesia  y  resuelve  las  cuestiones  de 
dogma,  ritual,  disciplina  y  represión  de  la  herejía,  de  acuerdo 
con  delegados  laicos  o  eclesiásticos. 

Las  posteriores  medidas  represivas  contra  los  católicos  se 
debieron  principalmente  a  razones  de  índole  política.  El 
papa  Pablo  V  excomulgó  a  Isabel,  como  lo  había  hecho  Cle- 
mente VII  con  Enrique  VIII;  y  en  diciembre  de  1580,  bajo 
el  pontificado  de  Gregorio  XIII,  el  Secretario  de  Estado  de 
la  Santa  Sede  daba  esta  respuesta  a  una  consulta  de  jesuítas 
ingleses:  '^Puesto  que  esta  culpable  mujer  es  causa  de  la  pér- 
dida para  la  fe  de  tantos  millones  de  almas,  no  hay  duda  de 
que  quien  la  envíe  fuera  de  este  mundo  con  la  piadosa  inten- 
ción de  servir  a  Dios,  no  solamente  no  pecará,  sino  que  ad- 
quirirá méritos".  No  es  de  extrañar,  pues,  que  en  virtud  de 
esta  incitación  al  regicidio,  fueran  condenados  a  muerte 
muchos  sacerdotes  y  laicos  católicos,  no  por  sus  ideas  reli- 
giosas, sino  por  delito  de  alta  traición.  El  asesinato  de  Gui- 
llermo el  Taciturno,  príncipe  de  Orange,  y  jefe  de  los  pro- 
testantes que  combatían  en  los  Países  Bajos  contra  la  tiranía 
de  Felipe  II,  asesinato  efectuado  por  un  fanático  llamado 
Baltasar  Gerard,  en  julio  10  de  1 584,  y  que  se  atribuyó  a  inci- 
taciones jesuíticas,  trajo  como  consecuencia  que  el  Parla- 
mento inglés  votara  una  ley  de  expulsión  de  los  jesuítas, 
quienes  deberían  salir  de  inmediato  del  reino,  bajo  pena  de 
muerte,  prohibiéndose  además  a  los  jóvenes  ingleses  que  estu- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


167 


diaran  en  los  seminarios  de  esa  Orden  existentes  en  el  conti> 
nente. 

La  célebre  empresa  de  Felipe  II,  campeón  europeo  del 
catolicismo,  para  sojuzgar  a  Inglaterra  y  extirpar  el  angli- 
canismo,  por  medio  de  la  invencible  armada,  empresa  que 
constituyó  uno  de  los  más  serios  peligros  que  hubiera  corrido 
hasta  ese  momento  la  independencia  inglesa,  sirvió  para  que 
el  pueblo  se  apegara  más  a  su  iglesia  nacional,  considerada 
como  símbolo  de  unidad  nacional,  siendo  desde  entonces 
inseparables  para  la  mayoría  de  los  habitantes,  los  vocablos 
Church  and  country,  o  sea,  "Iglesia  y  patria".  Se  comprende, 
pues,  que  el  fracaso  de  esa  expedición,  así  como  las  con^'pi- 
raciones  de  los  jesuítas,  trajeran  consigo  múltiples  disposi- 
ciones vejatorias  contra  los  católicos,  quienes  "fueron  ex- 
cluidos de  todo  empleo  local  o  nacional,  no  podían  alejarse 
de  sus  tierras  sin  un  permiso  firmado  pór  el  Juez  de  Paz, 
eran  penados  con  grandes  multas  (que  en  general  no  se  ha- 
cían efectivas)  si  no  aristían  al  servicio  anglicano,  y  el  sacer- 
dote que  celebraba  misa  y  los  que  asistían  a  ella  podía  ser 
condenados  a  muerte  como  traidores",  amenaza  que,  según 
el  historiador  A.  Maurois,  rara  vez  se  cumplía.  Finalmente 
la  Conspiración  de  la  Pólvora,  complot  terrorista  tramado 
por  caballeros  católicos  en  1605,  para  matar  al  Rey  y  a  todos 
los  Lores  y  miembros  de  los  Comunes  que  se  encontraran 
reunidos  en  el  edificio  del  Parlamento,  y  que  estuvo  a  punto 
de  tener  éxito,  despertó  tal  indignación  pública,  que  volvió 
sospechosos  a  todos  los  católicos,  quienes,  con  tal  motivo, 
fueron  despojados  de  sus  derechos  cívicos,  declarados  inca- 
paces de  ejercer  determinadas  profesiones  y  hasta  de  admi- 
nistrar los  bienes  de  sus  hijos  menores.  Dos  siglos  demoraron 
los  católicos  en  recuperar  totalmente  sus  derechos,  perdidos 
por  las  conspiraciones,  atentados  y  demás  sucesos  delictuo- 
sos contra  la  seguridad  y  la  tranquilidad  del  país,  en  que 
tuvieron  más  o  menos  destacada  actuación,  y  que  hicieron 
popular  en  toda  Inglaterra  la  frase:  ¡No  popery!,  "nada 
con  los  papistas". 


168 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


El  anglicanismo,  como  toda  religión  nacional        es  por 
su  naturaleza  intolerante,  como  lo  demostró  no  sólo  con  los 
católicos,  sino  con  los  puritanos,  cuáqueros,  independientes 
y  demás  agrupaciones  cristianas  protestantes,  que  vinieron 
a  formar  el  importante  grupo  de  los  no  conformistas.  Pero 
en  el  seno  mismo  del  anglicanismo  se  distinguieron,  desde 
fines  del  siglo  xvii,  tres  partidos  que  no  marchaban  de  acuer- 
do, a  saber:  1'  el  de  la  Alia  Iglesia  (High  Church),  que 
seguía  las  huellas  del  arzobispo  Laúd,  uno  de  los  dirigentes 
que  más  daño  causó  a  la  Iglesia  nacional  y  que  murió  deca- 
pitado en  el  reinado  de  Carlos  I  (1645),  grupo  ritualista 
que,  salvo  que  no  admite  la  autoridad  del  Papa,  es  casi  idén- 
tico en  sus  doctrinas  y  ceremonias  a  la  Iglesia  romana,  y  al 
igual  que  ésta,  del  punto  de  vista  político,  sostiene  la  mo- 
narquía absoluta  como  institución  de  origen  divino,  debién- 
dose, por  lo  tanto,  sumisión  completa  a  los  reyes.  Fueron  los 
partidarios  de  este  grupo  los  que  en  1682  provocaron  el 
decreto  de  Oxford,  en  el  que  se  condena  la  doctrina  de  la 
soberanía  popular,  se  le  desconoce  al  Parlamento  el  derecho 
de  cambiar  el  orden  de  sucesión  de  los  monarcas  ingleses,  y 
se  niega  que  fueran  entonces  los  depositarios  del  poder  supre- 
mo en  Inglaterra,  el  rey,  los  lores  y  los  miembros  de  los  co- 
munes. 2'  La  Baja  Iglesia  (Low  Church),  o  partido  evan- 
gélico presbiteriano,  que  acepta  el  Acta  de  Uniformidad, 
estatuto  de  la  época  de  Isabel  (1  5  58),  admite  la  subordina- 
ción de  la  Iglesia  al  Estado  en  los  asuntos  temporales,  y  de 
sus  filas  salió  el  clero  wigh  del  siglo  xviii,  partidario  de  una 
monarquía  constitucional.  Y  3'  La  Iglesia  Latitudinaria  o 
liberal  (Broad  Church),  cuyos  teólogos  — entre  los  cuales 
se  contó  el  filósofo  Locke —  aunque  admiten  la  inspiración 
de  la  Biblia,  rechazan  la  tradición,  la  autoridad  de  los  Padres, 
de  los  concilios  y  de  las  confesiones  de  fe,  y  sostienen  que, 
para  formar  parte  de  la  Iglesia,  basta  que  se  acepten  las  ver- 
dades fundamentales  comunes  a  todas  las  iglesias  cristianas. 
Este  partido,  el  más  tolerante  de  todos,  renovó  la  teología 


(1)  Véase  nuestra  Historia  de  la  Religión  de  Israel,  tomo  I, 
págs.  35-38. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


169 


anglicana  por  la  especulación  científica  y  filosófica.  Locke 
enseñaba  que  siendo  subjetiva  la  verdad  de  orden  espiritual 
y  moral,  no  tenemos  derecho  a  erigirnos  en  jueces  infalibles 
de  la  ortodoxia  y  de  la  herejía.  No  hay  herejía  en  el  cristiano 
de  buena  fe:  lo  que  salva  es  la  sinceridad  y  no  la  creencia 
en  tal  o  cual  dogma.  Los  latitudinarios  fueron  los  antecesores 
de  los  modernos  fideístas. 

En  1672  se  había  votado  la  famosa  Acta  del  Test,  ley 
por  la  cual  no  se  podía  ejercer  ningún  cargo  civil  o  militar 
sin  comulgar  en  la  Iglesia  anglicana,  y  que,  por  lo  mismo, 
vino  a  excluir  de  la  cosa  pública  tanto  a  los  católicos  como 
a  los  disidentes  o  no  conformistas.  A  pesar  de  las  citadas 
leyes  restrictivas  contra  el  catolicismo,  éste  nunca  tuvo  que 
soportar  en  Inglaterra  las  persecuciones  que  sufrió  el  pro- 
testantismo en  Francia.  Las  autoridades  cerraban  tan  bien 
los  ojos,  que  desde  1700,  tenían  los  católicos  ingleses  tres 
obispos;  y  si  varios  lustros  más  tarde  se  les  impuso  el  pago 
de  doble  contribución  inmobiliaria,  fue  porque  en  la  insu- 
rrección jacobita  de  1715  intervinieron  católicos,  sobre  todo 
de  Irlanda,  siendo  considerada  esa  medida  como  indemniza- 
ción de  guerra  contra  súbditos  sublevados.  Dos  leyes,  una 
de  1778  y  otra  de  1791,  derogaron  la  mayor  parte  de  las 
disposiciones  penales  contra  los  católicos  y  les  concedieron 
la  libertad  de  su  culto  y  la  exoneración  de  la  citada  doble 
tasa  del  impuesto  inmobiliario,  quedando  en  adelante  asimi- 
lados a  los  demás  ciudadanos,  con  la  excepción  de  que  con- 
tinuaban no  pudiendo  formar  parte  del  Parlamento,  ni  des- 
empeñar ciertos  oficios  de  la  Corona,  ni  los  altos  cargos  del 
ejército. 

Finalmente  el  ministerio  Wellington-Peel  (1828-1830) 
logró  hacer  derogar  el  Acta  del  Test,  primero  en  favor  de 
los  no  conformistas,  y  después  en  1829,  en  favor  de  los  cató- 
licos, quienes  desde  entonces  tienen  los  mismos  derechos  po- 
líticos que  los  anglicanos,  salvo  que  un  católico  no  puede 
pretender  la  Corona,  y  lo  mismo  que  los  disidentes,  no  puede 
ser  Lord  Canciller  (cargo  equivalente  al  de  Ministro  de  Cul- 
tos) ,  Regente  del  Reino  Unido,  y  carece  del  derecho  de  pre- 
sentar un  candidato  a  los  beneficios  de  la  Iglesia  anglicana. 


170 


CELEDONIO  NIN  Y  SDLVA 


de  los  que,  sin  embargo,  pueden  ser  patrones.  La  Iglesia  an- 
glicana  separada  del  Estado  en  Irlanda,  por  Gladstone,  en 
1869,  perdió  allí  sus  privilegios  y  una  parte  de  sus  bienes. 

En  1833  se  inició  por  el  cura  Keble,  en  la  Alta  Iglesia,  un 
movimiento  contra  la  derogación  del  Act  Test  y  en  pro  de 
las  concepciones  del  antiguo  arzobispo  Laúd  favorables  a  la 
Iglesia  de  Roma.  Keble  pronto  fue  dejado  de  lado,  encabe- 
zando esa  propaganda,  — que  se  hacía  por  "tracts"  o  folle- 
tos, de  donde  ese  movimiento  se  denominó  "tractariano" — 
primero  el  cura  Newman,  que  sostenía  la  ortodoxia  contra 
el  pensamiento  moderno,  y  luego  cuando  éste,  cinco  años 
más  tarde,  se  convirtió  al  catolicismo,  donde  llegó  a  ser  car- 
denal, el  movimiento  de  carácter  sacerdotal  y  eminentemen- 
te ritualista  fue  dirigida  por  Pusey,  de  quien,  en  adelante, 
tomó  el  nombre  de  puseyismo.  Los  tractarianos  o  puseyistas 
eran  católicos  disfrazados,  que  querían  insensiblemente  con- 
ducir la  Iglesia  anglicana  al  seno  de  la  de  Roma;  diríamos 
hoy  que  representaban  la  quinta  columna  dentro  de  las  fila» 
del  anglicanismo. 

Expuesta  así  a  grandes  rasgos,  la  historia  de  la  iglesia  an- 
glicana, nos  hallamos  ahora  habilitados  para  comprender  las 
razones  que  asistían  a  León  XIII  para  forjarse  la  ilusión  de 
que  conseguiría  fusionar  con  su  iglesia,  aquélla  que  hacía 
más  de  tres  siglos  se  había  separado  de  la  de  Roma.  Contando 
con  la  quinta  columna  ultra-ritualista  del  puseyismo,  y  ani- 
mado por  las  embajadas,  presentes  y  manifestaciones  de 
adhesión  que  recibió  de  casi  todas  las  partes  del  mundo  con 
motivo  de  sus  dos  jubileos:  sacerdotal,  en  1888,  y  episcopal, 
en  1893,  hizo  un  llamado  de  unión  a  las  iglesias  de  todos  los 
países,  el  20  de  junio  de  1894,  en  la  encíclica  Preclara,  de 
la  que  nos  ocuparemos  más  adelante;  y  en  abril  de  1895,  se 
dirigió  especialmente  al  pueblo  inglés  invitándolo  a  volver 
a  la  unidad  católica,  interrumpida  desde  el  siglo  xyi.  Coad- 
yuvaba en  tales  propósitos  Lord  Halifax,  quien  había  con- 
quistado a  Gladstone  a  dicha  causa,  y  parecía  que  esa  idea  de 
unión  hubiera  podido  triunfar,  pues  los  representantes  de  las 
diferentes  fracciones  de  la  iglesia  anglicana,  — a  saber,  tanto 
los  de  la  Iglesia  "establecida"  u  oficial  de  Inglaterra,  como 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


171 


los  de  las  iglesias  episcopales  de  Escocia,  Irlanda,  Norteamé- 
rica, los  Dominios  y  las  colonias  inglesas — ,  todos  habian 
manifestado  en  las  conferencias  decenales  que  celebraban  en 
Lambeth,  el  deseo  de  llegar  a  un  entendimiento  con  las  otras 
agrupaciones  cristianas.  Pero  surgió  una  cuestión  dogmática 
previa,  que  hizo  fracasar  los  planes  de  León  XIII. 

En  efecto,  la  High  Church,  de  acuerdo  con  las  ideas  de 
Laúd  y  de  Pusey,  sostiene  que  la  Iglesia  anglicana,  a  dife- 
rencia de  las  demás  comunidades  procedentes  de  la  Reforma, 
es  de  origen  apostólico,  y  que,  por  lo  tanto,  todas  las  orde- 
naciones del  clero  anglicano  son  perfectamente  válidas.  Con- 
tra esta  tesis  se  estrelló  la  intransigencia  católica,  la  que 
negaba  esa  validez,  por  lo  cual  cuando  se  convertía  al  cato- 
licismo algún  miembro  del  clero  anglicano  y  quería  entrar 
al  clero  católico,  se  le  volvía  a  ordenar  nuevamente.  León 
XIII,  siguiendo  los  principios  intolerantes  de  su  iglesia,  por 
su  carta  Apostólicce  curce^  de  setiembre  de  1896,  declaró 
nulas  las  ordenaciones  anglicanas,  quedando  así  definitiva- 
mente malogradas  sus  tentativas  de  unión  de  ambas  iglesias. 

No  contó  tampoco  el  Papa,  con  que  a  pesar  de  las  velei- 
dades romanistas  de  los  ritualistas  y  aristócratas  de  la  H'tgh 
Chtirch,  esa  fusión  era  imposible  de  realizar  por  el  carácter 
del  pueblo  inglés,  conservador  y  práctico  al  mismo  tiempo: 
conservador,  pues  apegado  a  sus  costumbres  tradicionales,  se 
rige  en  materia  constitucional  por  su  derecho  consuetudina- 
rio, y  en  materia  eclesiástica  le  agrada  conservar  la  antigua 
jerarquía  (los  dos  arzobispados  de  Canterbury  y  de  York, 
y  los  obispados  del  siglo  xvi)  y  el  antiguo  ritual.  Y  práctico, 
pues,  para  ese  pueblo  lo  antiguo  cesa  de  ser  venerable,  cuan- 
do se  torna  vetusto  e  incómodo;  y  por  eso,  en  el  vaso  viejo 
del  catolicismo  anterior,  echó  el  vino  nuevo  del  espíritu  de 
la  Reforma,  espíritu  que  anima  desde  hace  cuatro  siglos  a 
su  iglesia  nacional,  aunque  ésta  mantenga  las  exterioridades 
del  culto  católico.  Esto  nos  hace  comprender  la  viva  reac- 
ción que  se  produjo  cuando  el  pueblo  inglés  se  enteró  de  que 
ciertos  dirigentes  querían  privarlo  de  su  iglesia  propia,  para 
someterlo  otra  vez  a  la  dominación  de  la  de  Roma,  que  desde 
mucho  antes  de  Lutero,  censuraban  y  atacaban  sus  satíricos 


172 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


y  literatos.  Después  de  ese  fracaso  de  León  XIII,  sus  sucesores 
se  han  llamado  a  sosiego  con  respecto  a  ese  proyecto  de  fu- 
sionar la  iglesia  anglicana  con  la  católica,  contentándose  con 
las  conversiones  individuales  que  a  menudo  obtienen  de  los 
ritualistas  de  la  High  Church,  dado  que  el  ritualismo  — sea 
católico,  protestante,  judio  o  de  cualquier  otra  denomina- 
ción que  fuere —  es  la  negación  del  verdadero  sentimiento 
religioso,  pues,  en  realidad,  consiste  en  manifestaciones  de 
una  religión  mecanizada,  de  prácticas  exteriores  y  ceremo- 
nias habituales,  de  los  que  está  ausente  el  espíritu  vivificante 
del  sentimiento  sincero  de  la  unión  del  alma  con  la  divinidad. 

La  política  de  León  XIII  con  Rusia.  —  El  propósito 
que  persiguieron  los  zares  desde  Nicolás  I  (1825-1855),  fue 
"rusificar"  el  país,  es  decir,  imponer  la  misma  lengua  y  la 
misma  religión  a  todos  sus  habitantes,  de  cuyas  libertades 
prescindieron  por  completo.  Después  de  los  movimientos 
liberales  de  1848  en  toda  Europa,  Nicolás  I,  celoso  guarda- 
dor de  los  principios  absolutistas  que  habían  inspirado  la 
Santa  Alianza,  se  aplicó  a  impedir  por  toda  clase  de  medios, 
que  se  propagaran  a  Rusia  esas  ideas  de  libertad.  La  reacción 
concentró  especialmente  sus  ataques  contra  los  diarios,  libros, 
estudiantes  y  profesores  universitarios.  El  historiador  ruso 
Granovski  escribía  en  1850:  "Los  nuevos  programas  de  es- 
tudio admirarían  hasta  a  los  jesuítas.  En  la  escuela  de  Cade- 
tes, el  capellán  debe  enseñar  que  la  grandeza  de  Cristo  con- 
siste sobre  todo  en  su  sumisión  a  las  autoridades;  el  profesor 
de  Historia  debe  exaltar  los  méritos,  demasiado  a  menudo 
desconocidos,  del  imperio  romano,  al  que  sólo  le  faltó  el 
principio  hereditario,  etc.".  Ya  hemos  dicho  anteriormente 
que  Pío  IX  logró  firmar  con  ese  zar  un  concordato,  que 
nunca  se  puso  en  práctica. 

A  Nicolás  I  le  sucedió  su  hijo  Alejandro  II  (1855-1881), 
cuyos  primeros  diez  años  de  gobierno  se  caracterizaron  por 
una  triple  reforma:  social  (abolición  de  la  servidumbre  y 
solución  del  problema  agrario),  judicial  y  universitaria.  Las 
tendencias  liberales  gubernativas  no  duraron  mucho,  te- 
niendo en  primer  término  que  sufrir  de  la  reacción  las  uní- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


173 


versidades,  a  las  que  se  acusaba  de  ser  focos  de  materialismo. 
En  1862  estalló  la  revolución  polaca,  que  duró  dos  años,  y 
cuya  sofocación  trajo  sangrientas  represalias,  principalmente 
contra  la  nobleza  y  el  clero  católicos,  que  habían  favorecido 
ese  movimiento  insurreccional.  En  la  Lituania  y  en  la  Ucra- 
nia o  Pequeña  Rusia,  se  estableció  el  ruso  como  idioma  oficial 
en  la  enseñanza,  en  la  administración  y  hasta  en  las  iglesias 
católicas;  los  últimos  uniates  o  cristianos  griegos  unidos  al 
catolicismo,  fueron  obligados  a  plegarse  a  la  iglesia  ortodoxa; 
y  se  pusieron  toda  clase  de  trabas  para  reparar  o  edificar  igle- 
sias del  culto  católico. 

En  Polonia  propiamente  dicha,  se  suprimieron  la  mayor 
parte  de  los  conventos,  se  secularizaron  los  bienes  del  clero, 
se  denunció  el  concordato  y  se  confió  la  administración  de 
la  iglesia  católica  a  un  colegio  eclesiástico  de  San  Petersburgo. 
Según  el  escritor  ultramontano  E.  Chenón,  "gran  número 
de  sacerdotes  y  monjes  católicos  fueron  fusilados,  estrangu- 
lados o  deportados  a  Siberia;  130  conventos  de  monjes  de 
los  155  existentes  y  32  conventos  de  monjas  de  los  42  que 
había,  fueron  suprimidos...;  popes  reemplazaron  a  los 
sacerdotes  católicos  en  las  parroquias,  y  los  polacos  fueron 
obligados  por  la  fuerza  a  asistir  a  sus  oficios  y  a  dejar  bauti- 
zar sus  hijos  por  ellos".  Las  protestas  de  Pío  IX  por  estos 
desmanes  no  dieron  otro  resultado  que  la  ruptura  de  rela- 
ciones diplomáticas  en  1866,  entre  Rusia  y  la  Santa  Sede, 
por  lo  cual  ningún  obispo  ruso  concurrió  al  concilio  del 
Vaticano.  Esa  política  religiosa  de  violencias  la  prosiguió 
Alejandro  II  hasta  que  fue  asesinado  el  1'  de  marzo  de  1881, 
suceso  este  último  que  influyó  para  que  León  XIII  publicara 
cuatro  meses  después  su  encíclica  Diuturnum,  pues  al  co- 
mienzo de  ella  se  leen  estas  palabras:  "No  ha  mucho  aún 
que  la  Europa  entera  se  estremecía  de  horror  ante  la  noticia 
del  horrible  asesinato  de  un  poderoso  emperador;  al  día  si- 
guiente de  tan  grande  iniquidad  cuando  el  estupor  que  ha 
causado  oprime  aún  todas  las  almas,  hay  bandidos  que  no 
temen  lanzar  públicamente  la  intimidación  y  la  amenaza 
a  la  faz  de  los  otros  soberanos  de  Europa". 

Tal  era  la  situación  de  la  iglesia  católica  en  Rusia,  al  adve- 


174 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


nimiento  de  León  XIII  al  trono  pontificio.  Este  papa  tentó 
dos  veces  restablecer  las  relaciones  diplomáticas  con  ese  im- 
perio, propósito  que  no  consiguió  hasta  el  año  1889,  debido 
principalmente  a  la  oposición  de  Pobiedonostzeff,  procu- 
rador general  del  Santo  Sínodo,  personaje  clerical  que  ejercía 
gran  influencia  sobre  el  nuevo  emperador  Alejandro  III.  Ya 
sabemos  que  una  de  las  grandes  ambiciones  de  León  XIII  fue 
la  unificación  de  todas  las  iglesias  cristianas  bajo  la  autori- 
dad del  Pontífice  romano,  para  lo  cual  publicó  su  encíclica 
Príeclara  en  junio  20  de  1894,  pareciéndole  que  esa  empresa 
tendría  éxito  sobre  todo  con  la  iglesia  ortodoxa  rusa  y  con  la 
anglicana,  que  por  el  hecho  de  ser  iglesias  ritualistas  estaban 
a  un  paso  de  la  católica,  de  la  que  no  diferían  mayormente 
en  cuanto  a  las  doctrinas.  Pero  con  ambas  fracasó,  porque 
la  iglesia  católica  carecía  de  suficiente  ductilidad  para  incor- 
porarse sus  rivales,  y  después  porque  éstas  estaban  sostenidas 
por  un  tradicionalismo  y  un  nacionalismo  profundamente 
hostiles  a  toda  fusión.  Debido  a  su  afán  de  congraciarse  con 
el  gobierno  ruso,  para  realizar  su  aludido  propósito,  León 
XIII  se  hizo  el  sordo  a  los  clamores  de  los  católicos  polacos, 
contra  quienes  seguía  Alejandro  III  la  misma  política  veja- 
toria que  sus  antecesores.  Igualmente  dicho  papa,  según  nos 
informa  Mauricio  Pernot,  "sacrificó  resueltamente  los  pola- 
cos de  Prusia  al  designio  más  razonable  de  restablecer  en  el 
Imperio  alemán  la  paz  religiosa". 

Tratando  de  allanar  obstáculos  para  conseguir  el  indicado 
fin  fusionista,  León  XIII  tanto  en  su  citada  encíclica  Príe- 
clara, como  en  la  Constitución  Orientalium  Dignitas  del 
30  de  noviembre  de  1894,  exigía  a  todos  los  católicos  del  rito 
latino,  el  respeto  de  los  ritos,  disciplina  y  organización  inte- 
rior de  las  iglesias  de  Oriente  separadas,  es  decir,  de  las  igle- 
sias griega,  armenia,  siria,  caldea,  copta,  y  de  las  numerosas 
comunidades  de  cristianos  orientales  existentes  en  Rusia, 
Finlandia,  Polonia,  y  otras  regiones  de  Europa  del  Este  y 
Central.  "La  verdadera  unión  entre  los  cristianos,  decía 
León  XIII  a  los  miembros  de  dichas  comunidades,  es  la  que 
ha  instituido  y  ha  querido  Jesucristo,  el  autor  de  la  Iglesia: 
consiste  en  la  unidad  de  la  fe  y  del  gobierno.  Ni  nosotros  ní 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


175 


nuestros  sucesores  nunca  suprimiremos  nada  de  vuestro  de- 
recho, ni  de  los  privilegios  de  vuestros  patriarcas,  ni  de  las 
costumbres  rituales  de  cada  Iglesia.  Siempre  ha  estado  y 
estará  en  el  pensamiento  y  en  la  conducta  de  la  Santa  Sede, 
el  mostrarse  pródiga  de  concesiones  en  cuanto  a  los  orígenes 
y  a  las  costumbres  propias  de  cada  Iglesia". 

Sin  embargo,  León  XIII,  según  hemos  visto,  no  se  mostró 
pródigo  de  concesiones  en  cuanto  a  los  orígenes,  a  las  cos- 
tumbres, ni  al  derecho  de  la  Iglesia  anglicana,  ni  al  de  la 
ortodoxa  rusa,  que,  sustentadas  por  un  nacionalismo  secular, 
rechazaron  las  interesadas  proposiciones  del  jefe  del  catoli- 
cismo, quien  sólo  podía  ser  escuchado  por  aquellas  iglesias 
disidentes  que  difiriendo  de  la  de  Roma  por  detalles  de  orga- 
nización y  culto  locales,  se  mantienen  unidas  a  ésta  por  el 
dogma  y  por  reconocer  la  autoridad  pontificia.  Las  iglesias 
oficiales  de  Inglaterra  y  de  la  Rusia  de  los  zares,  que  tenían 
como  jefes  a  los  monarcas  de  sus  respectivos  países,  no  po- 
dían, además,  descender  de  su  autonomía  nacional,  para 
someterse  a  la  obediencia  de  un  jerarca  extranjero.  Estas 
razones  no  podían  pesar  en  el  ánimo  de  los  fieles  de  las  cita- 
das iglesias  orientales,  quienes  no  tenían  inconveniente  en 
incorporarse  a  la  importante  iglesia  romana,  siempre  que  se 
Ies  respetaran  sus  tradicionales  prácticas  de  culto.  Por  eso 
León  XIII  prohibió  terminantemente  al  clero  occidental  que 
menospreciara  a  los  uniates  rusos,  y  que  tratara  de  imponer 
el  rito  latino  a  los  orientales  de  las  iglesias  separadas.  Los 
orientales  convertidos  son  actualmente  católicos  con  ritos  y 
disciplina  peculiares,  diferentes  de  los  practicados  por  la  igle- 
sia de  Roma,  pues  lo  esencial  para  ésta,  es  que  acaten  al  Jefe 
de  la  misma.  En  cuanto  a  la  iglesia  ortodoxa  rusa,  que  desde 
el  triunfo  del  bolcheviquismo  en  su  país  ha  cesado  de  ser 
iglesia  oficial,  se  encuentra  hoy  en  situación  semejante  a  las 
demás  iglesias  de  Oriente  separadas  de  Roma,  y  si  no  inter- 
vienen razones  de  índole  política,  no  será  extraño  que  en 
lo  futuro  se  reintegre  al  catolicismo,  del  cual  tan  poco  la 
separa. 


176 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


El  Papo  obrerista.  -  Lo  encíciico  Rerum  Novorum. 

—  Hemos  estudiado  la  obra  política  de  Leóo  XIII  en  su  faz 
de  papa  soi-disant  'liberal';  examinémosla  ahora  en  su  faz 
social,  en  la  que  se  le  llama  "papa  obrerista".  Lo  que  contri- 
buyó a  que  se  le  diera  esta  denominación,  fue  la  publicación, 
en  mayo  15  de  1891,  de  su  célebre  encíclica  Kerum  Nova- 
rum,  que  pasamos  a  analizar. 

He  aquí  breve  y  fielmente  resumido  lo  que  expresa  León 
XIII  en  ese  documento,  en  el  que  trata  de  solucionar  el  pro- 
blema de  la  afluencia  de  la  riqueza  en  algunas  manos  en 
contraste  con  la  indigencia  de  la  multitud,  así  como  los  con- 
flictos que  se  producen  entre  los  obreros  y  los  patrones.  Este 
problema,  dice,  es  difícil  de  resolver;  pero  siguiéndose  los 
consejos  de  la  Iglesia,  se  obtendrá  una  equitativa  solución 
del  mismo.  Lamenta  la  destrucción  de  las  antiguas  corpo- 
raciones, que  protegían  a  los  obreros,  los  que  hoy  aislados  se 
ven  a  merced  de  patrones  inhumanos  y  de  la  avaricia  de  una 
concurrencia  desenfrenada.  Combate  el  colectivismo  socia- 
lista y  sostiene  que  la  propiedad  privada  está  de  acuerdo  con 
la  naturaleza  de  las  cosas.  El  primer  fundamento  que  debe 
establecerse  por  todos  aquellos  que  quieren  sinceramente  el 
bien  del  pueblo,  es  la  inviolabilidad  de  la  propiedad  privada. 

Para  buscar  el  remedio  deseado  debe  acudirse  a  la  Iglesia, 
que  por  muchas  instituciones  bienhechoras  tiende  al  mejo- 
ramiento de  la  suerte  de  las  clases  pobres.  El  primer  principio 
que  hay  que  poner  de  relieve,  es  que  el  hombre  debe  aceptar 
pacientemente  su  condición,  pues  es  imposible,  en  la  sociedad 
civil,  que  todo  el  mundo  se  eleve  al  mismo  nivel.  La  natura- 
leza ha  establecido  entre  los  hombres,  diferencias  tan  múl- 
tiples como  profundas:  diferencias  de  inteligencia,  de  talen- 
to, de  habilidad,  de  salud,  de  fuerzas;  diferencias  necesarias 
de  donde  naturalmente  nace  la  desigualdad  de  las  condicio- 
nes. Esta  desigualdad  es  beneficiosa  tanto  para  la  sociedad 
como  para  los  individuos,  porque  la  vida  social  requiere  un 
organismo  muy  variado  y  funciones  muy  diversas;  y  lo  que 
precisamente  obliga  a  los  hombres  a  repartirse  esas  funciones, 
es  la  diferencia  de  sus  condiciones  respectivas.  El  trabajo  es 
indispensable;  pero  después  del  pecado  de  Adán,  la  necesidad 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


177 


de  él  le  ha  añadido  el  sentimiento  del  dolor  y  lo  ha  impuesto 
como  una  expiación.  Lo  mismo  ocurre  con  las  demás  cala- 
midades que  pesan  sobre  el  hombre,  todas,  funestos  frutos 
del  pecado,  por  lo  cual  el  dolor  es  el  patrimonio  ineludible 
de  la  humanidad. 

El  error  capital  en  esta  cuestión  consiste  en  suponer  que 
son  enemigas  natas  entre  sí,  las  dos  clases  de  ricos  y  pobres, 
de  patrones  y  obreros,  cuando  ambas  están  destinadas  por  la 
naturaleza  a  complementarse  y  formar  un  todo  armónico. 
Ambas  clases  tienen  deberes  mutuos,  y  así  el  pobre  o  el  obre- 
ro debe  dar  íntegra  y  fielmente  todo  el  trabajo  a  que  se  ha 
comprometido  en  contrato  libre  y  conforme  a  la  equidad; 
no  debe  dañar  a  su  patrón  ni  en  sus  bienes,  ni  en  su  persona, 
sus  mismas  reivindicaciones  deben  estar  exentas  de  violencias 
y  no  revestir  nunca  la  forma  de  sediciones;  y  debe  alejarse 
de  los  hombres  perversos  que,  en  discursos  artificiosos,  le 
sugieren  esperanzas  exageradas  y  le  hacen  grandes  promesas. 
En  cuanto  a  los  ricos  y  patrones  deben  no  tratar  al  obrero 
como  esclavo;  deben  respetar  en  él  la  dignidad  del  hombre; 
tener  en  cuenta  los  intereses  espirituales  de  éste;  no  impo- 
nerle un  trabajo  que  exceda  de  sus  fuerzas  o  que  esté  en 
desacuerdo  con  su  edad  o  con  su  sexo;  pagarle  el  salario  con- 
veniente, no  explotando  la  pobreza  ni  especulando  con  la 
indigencia;  y  no  realizar  ningún  acto  de  violencia,  de  fraude 
o  maniobra  usuraria  que  pudiera  perjudicar  el  ahorro  del 
pobre. 

Obedeciendo  estos  preceptos,  cesará  todo  antagonismo 
entre  las  dos  clases  citadas  rivales,  debiendo  además  recor- 
darse que  la  Iglesia  enseña  que  toda  la  economía  de  la  reli- 
gión descansa  sobre  este  dogma  cristiano:  cuando  hayamos 
abandonado  esta  vida,  es  cuando  tan  sólo  comenzaremos  a 
vivir.  En  consecuencia,  sufran  con  paciencia  los  pobres,  pues 
si  sufrimos  con  Jesucristo  reinaremos  con  él;  y  en  cuanto 
a  los  ricos,  se  les  advierte  que  las  riquezas  no  sólo  no  los 
ponen  a  cubierto  del  dolor,  sino  que  son  además  un  obstáculo 
para  la  vida  eterna,  y  que  deberán  un  día  dar  cuenta  a  Dios 
del  uso  que  de  ellas  hayan  hecho.  En  lo  tocante  al  uso  de  las 
riquezas,  nadie  está  obligado  para  socorrer  al  prójimo,  a 


178 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


tomar  de  lo  necesario  para  si  o  para  su  familia,  ni  aun  a  pri' 
varse  de  lo  que  las  conveniencias  o  la  decencia  imponen  a  su 
persona,  pues  nadie,  en  efecto,  debe  vivir  en  contra  de  las 
conveniencias.  Vero  desde  que  se  ha  dado  suficientemente  a 
la  necesidad  y  al  decoro,  debe  entregarse  lo  superfluo  a  los 
pobres.  Esta  no  constituye  un  deber  de  estricta  justicia,  salvo 
los  casos  de  extrema  necesidad,  sino  de  caridad  cristiana;  un 
deber,  por  lo  tanto,  cuyo  cumplimiento  no  se  puede  deman- 
dar por  las  vías  de  la  justicia  humana. 

Recuerden  los  desheredados  de  la  fortuna  que  la  pobreza 
no  es  oprobio,  pues  Jesucristo,  siendo  hijo  de  Dios  y  Dios  él 
mismo,  no  trepidó  en  pasar  por  hijo  de  un  artesano,  y  en 
consagrar  gran  parte  de  su  vida  a  un  trabajo  mercenario. 
Además,  la  Iglesia  provee  directamente  a  la  dicha  de  las  cla- 
ses desheredadas,  por  la  fundación  y  el  sostén  de  instituciones 
propias  para  aliviar  su  miseria.  En  cuanto  a  la  beneficencia 
establecida  por  las  leyes  civiles,  no  puede  substituir  a  la 
caridad  cristiana,  que  se  consagra  por  completo  al  bien  del 
prójimo. 

El  Estado  debe  servir  el  interés  común ;  pero  no  debe 
absorber  al  individuo  ni  a  la  familia.  Importa  que  mantenga 
el  orden  y  la  paz,  por  lo  cual  si  ocurriera  que  los  obreros 
abandonando  el  trabajo  o  suspendiéndolo  por  huelgas,  ame- 
nazaran la  tranquilidad  general;  si  se  relajaran  entre  los  tra- 
bajadores los  lazos  naturales  de  la  familia;  si  se  pisoteara  la 
religión  de  los  obreros  al  no  facilitárseles  el  cumplimiento 
de  sus  deberes  para  con  Dios;  si  la  promiscuidad  de  los  sexos 
u  otras  excitaciones  al  vicio  constituyeran  en  las  usinas  un 
peligro  para  la  moralidad;  si  los  patrones  abrumaran  a  los 
trabajadores  con  el  peso  de  inicuos  fardos  o  deshonraran  en 
ellos  la  persona  humana  por  condiciones  indignas  y  degra- 
dantes; si  atentasen  a  su  salud  por  excesivo  trabajo  y  fuera 
de  proporción  con  su  edad  y  su  sexo,  —  en  todos  estos  casos 
habría  absolutamente  que  aplicar  en  ciertos  límites  la  fuerza 
y  la  autoridad  de  las  leyes. 

Finalmente  concluye  el  Papa  recomendando  la  formación 
de  corporaciones  o  sindicatos  para  salvaguardar  los  intereses 
de  los  obreros  en  sus  relaciones  con  los  patrones,  y  como  hay 


HISTORIA  POLITICA  DE  LOS  PAPAS 


179 


asociaciones  obreras  gobernadas  por  jefes  ocultos  y  que  son 
hostiles  al  nombre  cristiano  y  a  la  seguridad  de  las  naciones, 
los  obreros  católicos  deben  organizarse  entre  ellos  y  reunir 
sus  fuerzas  para  sacudir  valientemente  el  yugo  injusto  e  in- 
tolerable de  aquéllas. 

Observaciones  o  la  encíclica  Rerum  Novarum.  — 

Tal  es  a  grandes  rasgos  el  contenido  de  la  extensa  encíclica 
Rerum  Novarum,  a  la  que  formularemos  estas  breves  obser- 
vaciones: 

F  La  iglesia  cristiana  comenzó  por  ser  la  religión  de  los 
pobres,  estableciéndose  en  sus  primeros  lustros,  un  verdadero 
comunismo  en  ella,  pues  como  esperaban  para  fecha  próxima 
«1  fin  del  mundo,  ''todos  los  creyentes  estaban  juntos  y  te- 
nían todas  las  cosas  comunes;  vendían  las  posesiones  y  las 
haciendas,  y  repartían  su  precio  entre  todos,  según  las  nece- 
sidades de  cada  uno"  (Actos,  2,  vs.  44  y  45).  Pero  desde  que 
esa  iglesia,  ya  con  la  denominación  de  católica,  se  convirtió 
en  institución  oficial  como  religión  de  Estado,  y  adquirió 
predominio  político,  fue  transformándose  insensiblemente 
en  la  religión  de  los  ricos,  de  los  poseedores  de  bienes  mate- 
riales que  convenía  hacer  afluir  al  tesoro  eclesiástico.  Por 
supuesto  que  no  se  desinteresó  en  absoluto  de  los  indigentes, 
cuya  hambre  trataba  de  satisfacer  con  la  sopa  boba  de  los 
conventos,  o  más  tarde,  después  del  siglo  xvii,  con  la  ayuda 
prestada  por  sociedades  caritativas  como  la  de  San  Vicente 
<le  Paul;  pero  el  siglo  xix  planteó  el  grave  problema  del  pro- 
letariado industrial,  del  que  no  se  ocupó  para  nada  la  Iglesia. 
Los  Estados  europeos  protestantes  trataron,  en  cambio,  de 
buscar  soluciones  a  esos  problemas  obreristas,  que  tenían 
vasta  repercusión  en  la  vida  política  nacional,  y  dictaron 
con  tal  fin  múltiples  leyes  de  carácter  social.  En  Inglaterra, 
de  1871  a  1878,  y  en  Alemania,  de  1883  a  1889,  se  promul- 
garon leyes  tendientes  a  mejorar  la  situación  de  los  obreros, 
asegurándolos,  por  ejemplo,  contra  las  enfermedades,  los 
accidentes  y  la  desocupación. 

2'  León  XIII,  dándose  cuenta  de  lo  atrasados  que  en  ma- 
teria social  estaban  los  países  católicos,  y  de  que  su  iglesia 


180 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


nada  había  hecho  tampoco  en  ese  sentido,  pues  se  había 
limitado  a  atacar  violentamente  al  incipiente  socialismo,  y 
que  de  seguir  así  corría  el  riesgo  de  perder  su  influencia 
sobre  las  masas  populares,  comprendió,  como  hábil  político, 
que  era  impostergable  el  preocuparse  por  la  suerte  de  los 
desheredados  de  la  fortuna,  que  componían  las  clases  obre- 
ras, y  al  efecto  escribió  su  citada  encíclica  Rerum  Novarum, 
que  ha  venido  a  ser  como  el  Evangelio  del  derecho  social  del 
catolicismo. 

3'  Aunque  atacando  siempre  al  socialismo,  sobre  todo  al 
socialismo  colectivista  de  su  época,  que  hoy  denominamos 
comunismo,  León  XIII  reclama  en  favor  de  los  obreros  mu- 
chas de  las  justas  reformas  preconizadas  por  aquel  partido, 
principalmente  las  relativas  a  disminución  de  horas  de  tra- 
bajo, reposo  semanal,  salario  equitativo  y  contra  la  explo- 
tación de  la  mujer  y  del  niño  en  las  fábricas.  En  toda  su 
encíclica,  León  XIII  sólo  menciona  como  única  forma  de 
retribución  del  trabajo,  el  salario,  "el  que  no  debe  ser  insu- 
ficiente para  que  permita  subsistir  al  obrero  sobrio  y  ho- 
nesto", olvidando  que  existen  otras  formas  equitativas  de 
remuneración  del  mismo,  como  por  ejemplo,  una  partici- 
pación en  la  riqueza  creada  por  el  esfuerzo  de  aquél.  Bien 
que  expresa  que  el  Estado  en  la  protección  de  los  derechos 
privados  debe  preocuparse  especialmente  de  los  débiles  y  de 
los  indigentes,  haciéndose  en  cierta  medida,  la  providencia 
de  los  trabajadores,  le  asigna,  sin  embargo,  como  una  de  sus 
principales  funciones,  el  contener  a  las  masas  en  el  deber,  a 
fin  de  que  no  haya  reacciones  violentas  de  los  oprimidos 
contra  los  opresores.  Lo  que  pide  León  XIII  en  pro  de  los 
obreros,  son  aquellas  medidas  que  la  justicia  y  la  humanidad 
inspiran  y  aconsejan  a  todos  los  hombres  de  corazón, 

4^*  León  XIII  no  quiere  que  los  obreros  recurran  en  sus 
reivindicaciones  a  las  huelgas,  ni  a  la  violencia,  por  lo  que 
les  aconseja  tener  paciencia  si  sufren  y  no  son  escuchados, 
presentándoles  para  calmarlos,  el  miraje  engañador  del  más 
allá,  región  desconocida  donde  impera  la  fantasía  de  todos 
los  visionarios  religiosos.  Ofrecerles  a  los  pobres,  como  ali- 
vio de  su  situación,  la  limosna  de  los  ricos,  es  un  remedio 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


181 


indigno  de  un  sociólogo  y  humillante  para  la  dignidad  hu- 
mana, contra  el  que  Tolstoi  protestaba  indignado.  Lo  que 
debiera  aconsejarse  al  rico  sería  no  que  dé  lo  superfluo,  sino 
que  haga  mover  sus  capitales,  en  forma  que  produzca  tra- 
bajo remunerador,  trabajo  que  dignifique  al  obrero  y  le 
permita,  por  el  ahorro,  elevarse  de  su  modesta  condición  de 
proletario. 

5'  Después,  poco  cambiaría  la  situación  de  los  pobres  si 
estuvieran  esperanzados  en  recibir  como  dádiva  "lo  super- 
fluo de  los  ricos".  ¿Qué  es  lo  superfluo?  Según  el  Diccio- 
nario, es  lo  no  necesario,  lo  excesivo,  lo  que  está  de  más. 
(Quién  puede  establecer  el  límite  de  los  bienes,  pasado  el 
cual,  se  entra  en  el  terreno  de  lo  innecesario  o  superfluo? 
León  XIII  trata  de  fijar  ese  límite  diciendo  que  "nadie  está 
obligado  para  socorrer  al  prójimo,  a  tomar  de  lo  necesario 
para  sí  o  para  su  familia,  ni  aun  a  privarse  de  lo  que  las  con-- 
veniencias  o  la  decencia  imponen  a  su  persona".  La  extremada 
elasticidad  de  estas  disposiciones  nos  recuerda  aquella  página 
de  Pascal,  de  la  Carta  VI  de  sus  "Provinciales"  en  la  que 
expone  cómo  los  jesuítas  concilian  las  contradicciones  que 
aparecen  entre  sus  opiniones  y  lo  dispuesto  por  los  pontí- 
fices, los  concilios  o  la  Biblia,  valiéndose  del  sistema  de  in- 
terpretar a  su  gusto  las  palabras. 

He  aquí  esa  página:  "El  Evangelio  dice:  dad  limosna  de 
lo  que  os  quede  superfluo  (^) ;  pues  bien,  muchos  casuís- 

(1)  Ese  precepto  no  está  en  los  Evangelios,  sino  que  procede  del 
pasaje  de  Lucas  11,  37-41,  en  el  cual  se  encuentra  el  texto  obscura 
del  V.  41,  que  no  guarda  relación  con  los  cuatro  vs.  anteriores.  En 
efecto,  según  Lucas,  Jesús  invitado  por  un  fariseo,  fué  a  comer  con 
él,  sentándose  a  la  mesa  sin  lavarse  previamente  (el  griego  trae: 
sin  bañarse).  El  fariseo  se  sorprendió  de  esto  último,  y  entonces 
Jesús  le  dijo:  "Vosotros,  los  fariseos,  limpiáis  lo  exterior  de  la  copa 
y  del  plato;  pero  vuestro  interior  está  lleno  de  rapiña  y  de  maldad. 
¡Insensatos!  ¿el  que  hizo  lo  de  afuera  no  hizo  también  lo  de  aden- 
tro?" Y  cuando  el  relato  daba  a  suponer  que  Jesús  le  aconsejaría  al 
fariseo:  Purificaos  o  laváos  por  dentro,  que  es  más  importante  que 
la  limpieza  exterior,  el  v.  41  dice  lo  siguiente  que  no  tiene  relación 
con  lo  anterior:  "Sin  embargo,  dad  limosna  de  lo  que  tenéis,  y  todas 
las  cosas  os  serán  limpias".  Algvmos,  como  el  católico  P.  Lagrange 
o  el  protestante  Bonnet,  traducen  este  versículo  así:  "Más  bien  dad 
el  contenido  en  limosna,  y  he  aquí  todas  las  cosas  os  serán  puras". 
¿Pero  el  contenido  de  qué?  ¿De  las  copas  y  de  los  platos?  El  dar  el 
contenido  de  estos  utensilios,  no  influirá  en  que  para  el  dador  todas 


182 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


tas  C)  han  hallado  forma  de  librar,  aun  a  los  más  ricos,  de 
la  obligación  de  dar  limosna.  También  esto  te  puede  parecer 
contradictorio;  pero  con  facilidad  se  muestra  que  no  hay 
desacuerdo  interpretando  la  palabra  superfino,  de  manera 
que  apenas  se  hallará  quien  disfrute  de  algo  superfluo.  Esto 
hizo  el  docto  Vázquez  en  su  "Tratado  de  la  Limosna",  ca- 
pítulo 4,  14,  diciendo:  Todo  aquello  que  las  personas  del 
mundo  guardan  para  conservar  su  estado  y  sostener  su  fami- 
lia, no  se  llama  superfluo;  y  así  apenas  habrá  quien  disfrute 
de  nada  superfluo  ni  aun  entre  los  Reyes".  También  Diana, 
alegando  este  mismo  texto  de  Vázquez,  concluye  muy  bien: 
que  a  la  pregunta  si  están  obligados  los  ricos  a  dar  limosna 
de  lo  que  tienen  superfluo,  aunque  la  afirmativa  sea  verda- 
dera, nunca  o  casi  nunca  sucederá  que  obligue  la  práctica. 
— ^Bien  veo,  padre  mío,  que  esto  se  sigue  de  la  doctrina  de 
Vázquez;  pero  no  se  responde  a  esta  objeción:  ¿Luego,  se- 
gún Vázquez,  tan  seguro  está  de  salvarse  quien  no  da  lo 
superfluo,  y  cegado  por  su  ambición  piensa  que  nada  tiene 
superfluo,  como  el  que  por  no  ser  ambicioso  reconoce  tener 
más  hacienda  de  la  necesaria  y  la  distribuye  a  los  pobres, 
cumpliendo  con  el  precepto  del  Evangelio?  —  Es  indispen- 
sable responder,  me  dijo,  que  ambos  caminos  son  seguros 
según  el  Evangelio,  el  uno  conforme  al  sentido  literal  y  más 
fácil  de  hallar,  y  el  otro  conforme  al  mismo  Evangelio  inter- 
pretado por  V ázquez.  Por  donde  puedes  conocer  la  utilidad 


las  cosas  sean  puras.  ¿Se  referirá  el  texto  al  contenido  del  interior 
de  los  fariseos?  Pero  como  ese  interior  sólo  encierra  rapiña  y  mal- 
dad (v.  39),  maldita  la  gracia  que  le  hará  al  que  reciba  tales  pre- 
sentes en  limosna.  Wellhausen  da  una  explicación  satisfactoria  de 
este  enredo,  y  es  la  siguiente:  Lucas  se  equivocó  al  traducir  del 
arameo  la  palabra  dakkú  "purificad  o  limpiad",  bien  traducida  por 
Mateo  (23,  26),  pues  en  vez  de  ella  leyó  zakkú  "dad  limosna".  De 
esa  confusión  del  escritor  del  Evangelio  de  Lucas,  ha  resultado  que 
Jesús  en  vez  de  decir,  según  el  original:  "Puriiicáos,  y  todas  las 
cosas  os  serán  limpias",  aparece  expresando:  "Dad  limosna  de  lo 
que  tenéis,  y  todas  las  cosas  os  serán  limpias",  lo  que  aun  asimismo 
es  cosa  distinta  del:  "Dad  limosna  de  lo  superfluo  o  de  lo  que  os 
sobre",  según  lo  interpreta  León  XIII. 

(1)  Llámanse  casuistas,  aquellos  teólogos  que  tratan  de  resolver 
casos  de  conciencia,  esto  es,  de  solucionar  las  dificultades  que  se 
presentan  a  quienes  vacilan  entre  su  deber  y  sus  deseos  o  sus  des- 
arregladas inclinaciones. 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


183 


de  las  interpretaciones".  Hasta  aquí  Pascal.  Note  ahora  el 
lector  que  León  XIII  interpreta  el  concepto  de  "lo  no  super- 
fluo",  en  un  sentido  más  amplio  aún  que  Vázquez,  pues 
para  él  comprende  también  lo  relativo  al  mantenimiento  de 
las  conveniencias  y  del  decoro  del  individuo  en  sociedad.  Lo 
superfluo  queda  así  reducido  a  su  mínima  expresión,  con  lo 
que  se  daba  satisfacción  a  los  ricos  católicos  alarmados  por 
las  obligaciones  que  se  les  imponían  a  favor  de  los  deshere- 
dados de  la  fortuna. 

6"  Amenazar  a  los  ricos  egoístas  e  inhumanos  con  iluso- 
rias sanciones  de  ultratumba,  quizás  pudiera  impresionar  a 
algunos  creyentes  sinceros;  pero  es  un  recurso  estéril  para 
con  los  incrédulos  y  aun  para  con  la  gran  mayoría  de  los 
católicos,  cuya  religiosidad  superficial,  que  se  contenta  con 
llenar  las  ceremonias  corrientes  de  la  Iglesia,  no  llega  hasta 
el  desprendimiento  de  bienes  o  ventajas  materiales,  y  que 
cuentan  siempre  con  el  arrepentimiento  antes  de  la  muerte, 
que  les  ganará  la  absolución  de  sus  culpas  y  la  bienaventu- 
ranza eterna.  Además,  como  le  replicó  Henry  George  al 
Papa,  en  carta  abierta  que  le  dirigió  el  mismo  año  de  la  apa- 
rición de  Rerum  Novarum,  la  caridad  sola  no  resuelve  el 
problema  que  se  busca  solucionar,  pues  se  estrella  contra  el 
egoísmo  de  las  gentes  y  contra  la  complejidad  de  los  fenó"- 
menos  económicos.  Corroborando  esto  el  ex-Ministro  de  la 
República  española,  don  Indalecio  Prieto,  en  reciente  dis- 
curso, se  expresaba  así:  "Si  León  XIII  hubiese  llegado  a  to- 
car el  corazón  de  algunos  capitalistas  católicos  — ^y  no  tocó 
el  de  ninguno —  los  habría  arruinado,  sin  resolver  práctica- 
mente nada,  porque  los  problemas  sociales  no  se  rigen  por 
corrientes  sentimentales.  Pensad  en  que  grandes  burgueses 
ceñidos  a  los  consejos  pontificios,  hubieran  mejorado  volun- 
taria y  espontáneamente  la  condición  de  los  trabajadores  de 
sus  industrias.  Pues  la  competencia  de  sus  rivales  les  habría 
expulsado  del  mercado  y  la  explotación  de  la  clase  obrera 
habría  seguido  igual,  sin  que  en  el  mar  proceloso  e  infinito 
de  la  contienda  social  hubiese  sido  fructífero  el  sacrificio  de 
patrones  atentos  a  la  voz  del  Padre  de  la  Iglesia". 

Y  7'  Comprendiendo  León  XIII  el  poder  político  que 


184 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


tienen  las  masas  con  el  sufragio,  combate  el  sindicalismo  so- 
cialista  y  aconseja  en  cambio  la  organización  de  los  obreros 
en  sindicatos  o  corporaciones  bajo  la  autoridad  de  los  obispos, 
de  donde  han  surgido  los  Círculos  Católicos  de  Obreros, 
Estas  agrupaciones  vendrán,  pues,  a  constituir  un  verdadero 
partido  político  que  sostendrá  todas  las  pretensiones  de  la 
Iglesia,  aprovechándose  así  de  la  cuestión  social  para  reforzar 
el  partido  clerical  que  se  esfuerza  en  dominar  todos  los  resor- 
tes del  Estado.  Por  distintos  caminos  llega  siempre  el  Papa 
al  mismo  punto  hacia  el  cual  converge  toda  su  diplomacia 
y  todo  su  empeño:  formar  o  consolidar  un  partido  clerical 
en  cada  Estado,  que  imponga  en  él  la  política  del  Vaticano. 

Document-os  pontificales  posteriores  o  la  encíclica 
Rerum  Novarum.  —  León  XIII  fue  un  escritor  incansable. 
Limitándonos  a  sus  escritos  relacionados  con  nuestro  tema, 
recordaremos,  después  de  la  encíclica  Rerum  Novarum,  tan 
sólo  tres  de  ellos:  su  carta  apostólica  del  20  de  junio  de  1894, 
Vrceclara  graíulationis,  que  ya  hemos  mencionado,  y  cuya 
finalidad  es  exhortar  a  los  cismáticos  que  vuelvan  al  seno  de 
la  iglesia  católica;  su  encíclica  Graves  de  communi,  del  18 
de  enero  de  1901;  y  su  carta  apostólica  del  19  de  marzo 
de  1902,  Llegado  al  vigésimo  quinto  año,  que  viene  a  ser  su 
testamento  político.  Examinemos  rápidamente  estas  lucu- 
braciones pontificias,  destacando  de  ellas  lo  que  pueda  inte- 
resarnos del  punto  de  vista  de  la  política  democrática,  y 
acompañándolas  de  algunas  acotaciones  pertinentes. 

En  iPríBclara  gratulationis  recuerda  León  XIII  que  en  el 
•  interior  de  las  naciones  se  agita  la  cuestión  social  y  la  cues- 
tión política,  las  que  pueden  resolverse  por  la  fe  cristiana, 
que  despierta  en  el  alma  el  sentimiento  del  deber,  y  le  da 
valor  para  realizarlo;  y  que  para  conciliar  la  libertad  y  el 
poder,  esa  misma  fe  enseña  que  cualquiera  que  sea  la  forma 
de  gobierno,  la  autoridad  emana  siempre  de  Dios.  Esta  obe- 
diencia no  daña  la  dignidad  humana  porque,  propiamente 
hablando,  se  obedece  a  Dios  más  bien  que  a  los  hombres,  y 
Dios  reserva  sus  más  rigurosos  juicios  para  los  que  mandan- 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


185 


«i  no  representan  su  autoridad  conforme  al  derecho  y  a  la 
justicia. 

Aceptar  siempre  a  cualquier  gobernante,  porque  manda, 
porque  la  autoridad  emana  siempre  de  Dios,  o  porque,  "todo 
poder  viene  de  Dios",  como  se  dice  en  la  encíclica  Itnmortale 
Dei,  no  es  otra  cosa  que  la  justificación  de  todas  las  tiranías. 
Por  eso  el  catolicismo  se  adapta  bien  a  todos  los  gobiernos 
totalitarios,  con  los  que  hace  buenas  migas.  Las  dictaduras 
y  demás  gobiernos  de  fuerza  pueden  contar  con  el  apoyo  de 
la  iglesia  católica,  siempre  que  le  acuerden  a  ésta  algunos 
favores,  y  de  ello,  sin  ir  muy  lejos,  nos  sería  fácil  encontrar 
comprobaciones  cerca  de  nosotros.  Ahora  en  cuanto  a  las 
amenazas  que  la  Iglesia  formula  contra  los  malos  gober- 
nantes, recordándoles  que  "Dios  reserva  sus  más  rigurosos 
juicios  para  los  que  mandan,  si  no  representan  su  autoridad 
conforme  al  derecho  y  a  la  justicia",  constituyen  amenazas 
innocuas,  sanciones  irrisorias  que  a  nadie  han  detenido  nunca 
en  el  mal  camino  de  la  violencia  y  de  la  arbitrariedad. 

La  democracia  católica.  —  "León  XIII,  escribe  Hay- 
ward,  vió  desarrollarse  en  Italia,  Francia  y  Estados  Unidos, 
una  nueva  tendencia  proveniente  del  antiguo  liberalismo, 
y  que  tomó  como  programa  la  realización  de  la  democracia 
cristiana.  Los  dirigentes  de  esa  escuela  fueron  el  abate  Ró- 
mulo  Murri  en  Italia  y  Marc  Sangnier,  fundador  del  Sillón 
en  Francia".  Con  este  motivo  trató  León  XIII  de  explicar 
en  su  encíclica  Graves  de  communi,  lo  que  entiende  por 
democracia  cristiana,  y  cómo  ésta  no  debe  confundirse  con 
la  democracia  social,  porque  durante  el  asunto  Dreyfus, 
"muchas  gentes  honestas  le  encontraron  un  sentido  equí- 
voco y  peligroso"  a  aquella  expresión.  "La  democracia  social, 
sistema  defendido  por  los  socialistas,  alcanza  en  gran  número 
de  sus  adeptos  a  tal  grado  de  perversidad,  que  no  ve  nada 
superior  a  las  cosas  de  la  tierra  . . .  por  lo  que  quisieran  que 
en  el  Estado,  el  poder  perteneciera  al  pueblo.  Desaparecien- 
do las  clases  sociales,  y  los  ciudadanos  reducidos  todos  al 
mismo  nivel,  se  llegaría  a  la  igualdad  de  bienes;  se  aboliría 
el  derecho  de  propiedad,  y  serían  bienes  comunes  todas  las 


186 


CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


fortunas  de  los  particulares  y  los  mismos  instrumentos  de 
producción.  Por  el  contrario,  la  democracia  cristiana  debe 
apoyarse  en  los  principios  de  la  fe  divina,  y  en  consecuencia, 
proveer  a  los  intereses  de  los  humildes,  sin  cesar  de  condu- 
cir a  la  perfección  las  almas  creadas  para  los  bienes  eternos. 
Debe  ella  considerar  que  nada  hay  más  sagrado  que  la  jus- 
ticia; conservar  al  abrigo  de  todo  ataque  el  derecho  de  pro- 
piedad y  de  posesión;  mantener  la  distinción  de  clases  pecu- 
liar de  un  Estado  bien  constituido;  y  dar  a  la  comunidad 
humana  una  forma  y  un  carácter  en  armonía  con  los  que 
ha  establecido  el  Creador".  Recordemos  que  ni  la  nivelación 
de  fortunas,  ni  la  abolición  del  derecho  de  propiedad,  figu- 
ran en  el  programa  del  socialismo  o  de  la  democracia  social, 
sino  sólo  en  el  del  comunismo. 

Después  de  establecer  la  diferencia  existente  entre  la  de- 
mocracia social  y  la  cristiana,  León  XIII  se  esfuerza  en  tran- 
quilizar a  sus  fieles  monárquicos  quitándole  todo  contenido 
político  a  esta  última,  y  dejándola  reducida  a  una  asocia- 
ción de  beneficencia,  o  según  sus  propias  palabras,  "no  debe 
dársele  otro  significado  a  la  democracia  cristiana,  que  el  de 
una  benéfica  acción  cristiana  entre  el  pueblo".  Da  como 
razón  de  ello  que  los  preceptos  del  Evangelio  no  deben  de- 
pender de  ninguna  forma  de  gobierno  civil,  pudiendo  aco- 
modarse a  cualesquiera  de  esas  formas  con  tal  que  no  sean 
contrarias  a  la  honradez  y  a  la  justicia.  Agrega  que  "las 
intenciones  y  la  acción  de  los  católicos  que  trabajan  en  pro 
de  los  proletarios  nunca  pueden  tender  a  preferir  un  régimen 
civil  a  otro",  y  que  además  la  democracia  cristiana  no  debe 
descuidar  los  intereses  de  las  clases  superiores,  cuya  utilidad 
no  es  menor  que  la  de  las  clases  inferiores  para  la  conserva- 
ción y  el  mejoramiento  del  Estado.  Estos  consejos  del  Papa 
tendientes  a  quedar  bien  con  todos  los  gobiernos,  con  las 
clases  adineradas,  y  con  sus  fieles  franceses  contrarios  a  la 
política  republicana  nacional,  no  han  impedido  que  la  demo- 
cracia cristiana  o  "acción  catóUca",  en  muchos  países,  se 
convirtiera  en  un  verdadero  partido  clerical  al  servicio  del 
Vaticano. 

En  Italia,  donde  lleva  el  nombre  de  "Acción  Católica 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


187 


Italiana",  ha  tenido,  por  su  intervención  en  la  política  de  ese 
reino,  frecuentes  rozamientos  con  los  fascistas,  por  lo  cual, 
y  a  fin  de  marchar  de  acuerdo  con  Mussolini,  a  mediadOsS 
de  1939,  la  Comisión  Cardenalicia  que  está  al  frente  de  ese 
partido,  introdujo  en  los  estatutos  del  mismo  importantes 
modificaciones,  siendo  la  principal  de  ellas  hacer  que  recaiga 
en  la  persona  de  los  obispos  la  dirección  de  dicha  institución 
en  sus  respectivas  diócesis. 

La  limosna  y  la  obediencia  a  los  obispos.  —  Para 
aliviar  la  suerte  de  los  proletarios,  insiste  nuevamente 
León  XIII  en  la  distribución  de  pequeñas  sumas  consagra- 
das a  la  limosna,  la  que,  según  él,  "no  es  injuriosa  a  la  dig- 
nidad humana,  puesto  que  hecha  según  los  preceptos  del 
Evangelio,  nada  tiene  que  pueda  fomentar  el  orgullo  de  los 
que  dan  o  hacer  avergonzar  a  los  que  la  reciben.  Lejos  de 
ser  deshonrosa  para  el  hombre,  favorece  las  relaciones  socia- 
les, estrechando  los  lazos  que  crea  el  cambio  de  servicios.  No 
hay  hombre  tan  rico  que  no  tenga  necesidad  de  otro,  y  no 
hay  hombre  tan  pobre  que  en  algo  no  pueda  ser  útil  a  otro"» 
Pero  aquí  el  Papa,  en  defensa  de  su  tesis,  altera  los  concep- 
tos. Una  cosa  es  la  limosna,  o  sea,  la  dádiva  de  pequeñas 
sumas  a  personas  carentes  de  recursos,  y  otra  es  la  prestación 
mutua  y  gratuita  de  servicios.  Ayudar  en  algo  a  nuestros 
semejantes,  poder  serles  útiles  sea  cual  fuere  su  posición  eco- 
nómica, no  sólo  es  fuente  de  sano  placer,  de  íntima  satis- 
facción, sino  que  es  dar  prueba  de  verdadera  solidaridad 
humana.  Pero  esto  nada  tiene  que  ver  con  la  limosna.  AI 
obrero  necesitado  démosle  trabajo,  esto  es,  el  medio  de  ga- 
narse honestamente  la  vida,  y  al  entregarle  su  salario  lo  reci- 
birá con  la  frente  erguida;  en  cambio,  si  le  damos  una 
limosna,  agachará  la  cabeza,  se  sentirá  humillado,  dismi- 
nuida su  personalidad. 

Finalmente  recomienda  León  XIII  a  todas  las  asociaciones 
caritativas  que  obren  bajo  una  sola  y  única  dirección,  esto 
es,  bajo  la  autoridad  de  los  obispos,  a  quienes  deben  pro- 
funda sumisión.  "El  celo  que  impele  a  apartarse  de  la  obe- 
diencia debida  a  los  pastores,  no  es  puro,  ni  de  eficacia 


188 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


seriamente  útil,  ni  agradable  a  Dios.  Ama  Dios  el  buen  espí- 
ritu de  los  que,  sacrificando  sus  ideas  personales,  escuchan 
las  órdenes  de  los  jefes  de  la  Iglesia  como  las  órdenes  de  Dios 
mismo".  Por  eso  alaba  el  Instituto  de  las  asambleas  y  con- 
gresos católicos,  en  Italia,  cuya  acción  se  desarrolla  bajo  los 
auspicios  y  la  dirección  de  los  obispos.  Como  se  ve,  el  Papa 
consideraba  a  los  católicos  como  seres  en  minoría  de  edad, 
sometidos  a  la  rígida  y  omnipotente  tutela  de  la  Iglesia,  ins- 
titución jerarquizada  bajo  el  régimen  absoluto  de  un  Jefe 
infalible.  Tal  es  la  libertad  de  acción  que  esa  iglesia  acuerda 
a  sus  secuaces. 

El  testamento  político  de  León  XIII.  — Con  motivo 
de  su  jubileo  papal,  León  XIII  publicó  una  encíclica  o 
carta  apostólica  en  la  que  resume  todas  las  doctrinas  que 
había  proclamado  en  el  curso  de  su  largo  pontificado. 
Examina  primeramente  la  implacable  guerra  que  se  le  hace 
a  la  Iglesia,  la  que,  según  él,  "ha  creado  la  civilización 
cristiana,  y  a  la  que  los  pueblos  le  deben  la  equidad  de 
las  leyes,  la  dulzura  de  las  costumbres,  la  protección  de  los 
débiles,  el  respeto  de  los  derechos  y  la  dignidad  de  todos 
los  hombres".  Ese  cuadro  de  la  obra  grandiosa  de  la  Iglesia 
está  desmentido  por  las  realidades  de  la  historia,  pues,  en 
realidad,  la  equidad  de  las  leyes  se  la  debemos  al  antiguo 
imperio  romano,  el  pueblo  legislador  por  excelencia  y  maes- 
tro del  derecho;  los  débiles,  los  trabajadores,  por  lo  menos 
hasta  la  Revolución  Francesa,  no  fueron  protegidos  por  la 
Iglesia,  que  ni  siquiera  combatió  la  esclavitud,  como  lo  po- 
nemos en  evidencia  en  nuestro  libro  "La  libertad  a  través 
de  la  historia";  y  por  último,  expresar  que  debamos  a  la 
Iglesia  católica  el  respeto  de  los  derechos  humanos,  es  una 
cruel  ironía,  que  sólo  puede  mencionarse  ante  quienes  igno- 
ren los  horrores  cometidos  por  esa  organización  religiosa  a 
causa  de  su  inhumana  intolerancia  y  de  su  desconocimiento 
de  los  más  elementales  y  sagrados  derechos  del  hombre. 

El  tomismo,  filosofía  oficiol  de  la  Iglesia.  —  León 
XIII  ataca  luego  la  Reforma  del  siglo  xvi,  que  "rompió  el 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  PAPAS 


189 


lazo  tan  precioso  de  la  antigua  imidad  de  fe  y  de  autoridad" 
al  rehusar  reconocer  la  supremacía  de  la  Sede  romana  y  al 
proclamar  el  principio  del  libre  examen.  De  aquella  fuente 
provienen  "el  racionalismo  y  el  panteísmo,  el  naturalismo 
y  el  materialismo,  sistemas  funestos  y  deletéreos  que  restau- 
raron, bajo  nuevas  apariencias,  antiguos  errores  ya  victorio- 
samente refutados  por  los  Padres  y  los  doctores  de  la  Iglesia". 
Esta  última  es  otra  de  las  infundadas  afirmaciones  de 
León  XIII.  Los  Padres  y  los  doctores  de  la  Iglesia,  cuando 
abordaron  el  terreno  de  la  filosofía,  sostuvieron  los  más 
erróneos  sistemas,  y  mal  podían  mellar  al  racionalismo,  si 
consideramos  que  esta  doctrina  sostiene  sólo  verdades  demos- 
trables partiendo  de  un  corto  número  de  primeros  princi- 
pios, evidentes  por  sí  mismos,  que  el  ser  humano  conoce 
por  sus  propias  luces  naturales. 

"La  incredulidad  contemporánea,  continúa  León  XIII, 
no  se  limita  a  dudar  o  negar  tal  o  cual  verdad  de  la  fe,  sino 
que  combate  el  conjunto  mismo  de  los  principios  que  con- 
sagra la  revelación  y  que  sostiene  la  verdadera  filosofía,  prin- 
cipios fundamentales  y  sagrados  que  enseñan  al  hombre  el 
fin  supremo  de  su  pasaje  por  la  vida".  Pero  la  ciencia  ha 
demostrado  incuestionablemente  que  no  ha  existido  la  pre- 
tendida revelación  en  que  se  basa  la  Iglesia,  lo  mismo  que  la 
razón  demuestra  la  falsedad  del  tomismo,  que  para  el  Papa 
es  la  verdadera  filosofía  cristiana.  En  efecto,  la  base  meta- 
física del  sistema  de  Tomás  de  Aquino  — sistema  que  no  es 
más  que  un  aristotelismo  cristianizado  completado  con  la 
filosofía  árabe  medioeval — ,  estriba  en  sostener  que  en 
Dios  coexisten  la  esencia  y  la  existencia,  conceptos  que  no 
se  implican  en  la  criatura.  Para  aclarar  estos  términos,  re- 
cuérdese que  tenemos  idea,  por  ejemplo,  de  lo  que  es  una 
sirena  o  un  centauro,  sabemos  lo  que  estos  vocables  sig- 
nifican; pero  esa  idea  no  supone  la  existencia  real  de  esos 
seres  fabulosos.  Una  cosa  es  preguntarse  lo  qué  es  im  ser: 
¿Quid  sit?,  y  otra  es  si  existe:  ¿An  sit?  La  respuesta  a  la  pri- 
mera pregunta  es  lo  que  en  la  filosofía  aristotéUca  se  llama 
definir  la  esencia  del  ser;  la  respuesta  a  la  segunda  resuelve 
el  problema  de  la  existencia  del  ser.  De  aquí  se  desprende 


190 


CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


que  definir  algo  no  implica  que  exista  lo  definido.  De  modo 
que,  por  ejemplo,  si  definimos  a  Dios  como  ser  omnisciente, 
todopoderoso,  etc.,  con  los  demás  atributos  que  se  le  atri- 
buyen, expresamos  su  esencia;  pero  de  ahi  no  se  deduce  su 
existencia.  Afirmar  que  en  Dios  coexisten  la  esencia  y  la 
existencia  es  sentar  una  proposición  dogmática,  que  no  puede 
ser  demostrada. 

Concluir  de  la  idea  que  tengamos  de  una  cosa  a  que  ella 
exista,  es  cometer  un  grave  error  de  lógica;  ahora  bien,  en 
este  error  descansa  la  metafísica  de  Anselmo  y  de  Tomás 
de  Aquino.  Decía  Anselmo:  "Concebimos  a  Dios  como  Ser 
perfecto;  una  perfección  sin  existencia  sería  imperfecta;  lue- 
go Dios  existe".  Tomás  de  Aquino  pretendía  probar  la  exis- 
tencia de  Dios  por  estos  cinco  medios:  1"  Todo  lo  que  se 
mueve  es  movido  por  otro;  pero  como  esto  no  puede  con- 
tinuar hasta  el  infinito,  hay  forzosamente  que  llegar  a  un 
primer  motor  inmóvil.  Dios.  T  En  las  cosas  sensibles  existe 
un  encadenamiento  de  causas  eficientes;  pero  como  no  es 
posible  que  esa  cadena  se  extienda  hasta  el  infinito,  debe  exis- 
tir un  primer  término  de  ellas,  que  sea  la  primera  causa 
eficiente,  a  la  que  llamamos  T>ios.  V  De  la  distinción  de  lo 
posible  y  de  lo  necesario,  se  desprende  otro  argumento,  que 
puede  resumirse  así:  Como  toda  criatura  debe  su  existencia 
a  otra,  remontando  en  la  escala,  hay  que  detenerse  en  un 
Ser,  Titos,  que  exista  por  sí  mismo.  4'  En  los  seres  se  com- 
prueban diversidad  de  grados,  unos  son  más  o  menos  buenos, 
nobles,  verdaderos,  que  otros.  Ahora  bien,  lo  más  o  lo  menos 
conviene  a  seres  diferentes  según  que  se  acerquen  más  o 
menos  al  grado  soberano;  así  el  ser  más  caUente  es  aquel  que 
está  más  cerca  del  ser  absolutamente  caliente.  Por  lo  tanto, 
hay  un  ser  absolutamente  verdadero,  absolutamente  bueno, 
absolutamente  noble,  y  en  consecuencia,  hay  un  ser  absoluto. 
Lo  absoluto  en  un  género  es  la  causa  de  todos  los  seres  de 
ese  género;  así  el  fuego,  que  es  el  calor  absoluto,  es  la  causa 
de  todo  lo  que  es  caliente,  como  dice  Aristóteles  en  su  lÁeta- 
física.  Existe,  por  lo  tanto,  un  Ser  que  es  para  todos  los  seres 
la  causa  de  su  existencia,  de  su  bondad  y  de  todas  sus  per- 
fecciones, este  ser  es  Dios.  Y  5'  Los  seres  desprovistos  de 


HISTORIA  POLÍTICA  DE  LOS  P^PAS 


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conocimiento  no  pueden  alcanzar  un  fin  si  no  son  dirigidos 
por  un  ser  inteligente  que  conozca  ese  fin,  como  la  flecha 
es  dirigida  por  el  arquero.  Luego  existe  un  ser  inteligente 
por  quien  todos  los  seres  materiales  son  conducidos  a  su  fin: 
ese  ser  es  Dios. 

Como  se  ve,  de  la  idea  que  se  forjaba  Tomás  de  Aquino 
de  un  Ser  supremo  — que  fuera  motor  inmóvil  origen  de 
todo  movimiento,  la  primera  causa  eficiente,  el  punto  fijo, 
término  y  origen  de  la  existencia  de  todos  los  seres,  la  abso- 
luta bondad  y  perfección,  el  conductor  de  todo  a  determi- 
nados fines — ,  llegaba  a  convencerse  de  la  realidad  de  la 
existencia  de  ese  Ser,  lo  que  es  incurrir  en  el  mismo  error 
lógico  que  él  también  reprochaba  a  Anselmo.  Además  es 
más  fácil  que  nos  forjemos  la  idea  de  un  centauro  que  la 
de  un  motor  inmóvil  origen  del  movimiento  real,  pues  igno- 
ramos cómo  algo  que  sea  inmóvil,  pueda  producir  el  movi- 
miento. Aristóteles  sostenía  que  ese  motor  inmóvil  se  trans- 
formaba en  fuerza  motriz  obrando  como  objeto  de  deseo, 
y  así  sus  comentaristas  árabes  Avicena  y  Algasali,  explica- 
ban el  movimiento  de  cada  astro  por  dos  ángeles:  uno  que  lo 
hacía  dar  vueltas,  mientras  que  el  otro,  contemplado  y 
amado  por  el  primero,  lo  determinaba  a  realizar  ese  acto. 
Tomás  de  Aquino  tomó  de  estos  filósofos  árabes  tal  expli- 
cación, identificando  el  motor,  objeto  de  deseo,  con  Dios, 
y  así  en  la  Suma  contra  los  Gentiles  dice:  "En  el  movimiento 
que  se  efectúa  por  deseo  y  conocimiento,  el  sujeto  que  desea 
y  conoce  es  un  motor  movido,  mientras  que  el  objeto  deseado 
y  conocido  es  un  motor  no  movido.  Luego,  siendo  Dios,  el 
primero  de  todos  los  motores,  motor  inmóvil,  necesariamente 
es,  con  relación  al  motor  del  que  se  mueve  una  parte,  lo 
que  lo  deseable  es  relativamente  al  que  desea". 

Fuera  de  esto,  la  ciencia  moderna  ha  adelantado  bastante 
a  la  del  siglo  xin,  y  hoy  ya  nadie  cree  como  Tomás  de  Aqui- 
no, que  las  esferas  celestes  rueden  en  el  espacio  impulsadas 
por  ángeles  (lo  que  todavía  aceptaba  José  de  Maistre),  ni 
que  el  fuego  sea  la  causa  de  todo  calor;  y  la  radioactividad 
y  las  nuevas  teorías  sobre  el  átomo,  fuente  de  energía  hasta 
hace  poco  desconocida,  han  cambiado  por  completo  los  tér- 


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CELEDONIO  NIN  Y  SELVA 


minos  del  problema  del  movimiento  tal  como  lo  concebían 
Aristóteles  y  sus  comentadores  medioevales.  Conviene  recor- 
dar que  tres  años  después  de  la  muerte  del  que  se  llamó 
Doctor  angélico,  el  obispo  Esteban  Tempier,  y  algo  más 
tarde,  Roberto  Kilwardeby,  arzobispo  de  Cantorbery,  con- 
denaron como  heréticas  varias  de  las  proposiciones  tomistas, 
condenación  que  se  anuló  cuando  la  Iglesia  canonizó  a  Tomás 
de  Aquino  en  el  siglo  xiv.  Ahora  bien,  esta  arcaica  filosofía 
de  tan  frágiles  fundamentos  y  propia  sola  para  los  sutiles 
espíritus  de  la  Edad  Media  que  en  aquella  época  de  igno- 
rancia científica  se  deleitaban  con  la  logomaquia  escolástica, 
es  la  filosofía  verdadera,  que  recomienda  León  XIII  y  que 
ha  impuesto  a  sus  fieles,  en  su  encíclica  Aeterni  Patris,  de 
agosto  4  de  1879,  prescrita  después  por  Pío  X  en  la  encí- 
clica Pascendi  (1908),  siendo  así  hoy  el  tomismo  la  filoso- 
fía oficial  de  la  Iglesia,  por  lo  que  se  la  ve  resurgir  en  todos 
los  medios  en  que  los  católicos  puedan  hacer  sentir  su 
acción  (^). 

El  matrimonio  civil  y  el  divorcio.  —  Continuando 
con  el  estudio  de  la  encíclica  de  León  XIII  motivada  por 
su  jubileo  papal,  nos  encontramos  con  ataques  al  Estado 
laico,  porque  éste  ha  legislado  "sobre  el  lazo  conyugal  para 
profanarlo,  al  despojarlo  de  su  carácter  religioso",  y  porque 
en  muchos  sitios  ha  destruido  la  estabilidad  del  matrimonio, 
dando  sanción  legal  a  la  licenciosa  institución  del  divorció". 


(1)  Véase  en  nuestra  Historia  de  la  Religión  de  Israel,  1. 1,  p.  417, 
lo  que  expresa  el  gran  exégeta  bíblico  Alfredo  Loisy,  de  su  expe- 
riencia al  estudiar  la  Suma  teológica  y  la  Suma  contra  los  gentiles 
de  Tomás  de  Aquino,  estudio  que  se  le  había  recomendado  para 
disipar  sus  dudas  sobre  la  base  filosófica  de  la  doctrina  cristiana. 

En  nuestro  país,  el  catolicismo  se  esfuerza  en  difundir  la  filoso- 
fía fósil  de  Tomás  de  Aquino.  Así  se  ha  hecho  público  por  la  prensa, 
que  un  profesor  de  2^  enseñanza  ha  impuesto  en  sus  cursos,  en  esta- 
blecimientos oficiales,  el  texto  de  filosofía  de  un  jesuíta,  cuya  fina- 
lidad confesada  es  la  de  "cristianizar  la  filosofía".  Además,  en  el 
N9  44  de  la  Revista  Nacional  (agosto  de  1941)  costeada  por  el  Mi- 
nisterio de  Instrucción  Pública,  se  encuentra  un  artículo  de  un  dipu- 
tado católico,  todo  saturado  de  tomismo,  inspirado  en  obras  fran- 
cesas contemporáneas  escritas  con  el  propósito  de  propagar  tan 
arcaico  sistema  y  hacernos  retroceder  en  materia  filosófica  a  los 
buenos  tiempos  de  la  escolástica  medioeval. 


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Al  escribir  esto  León  XIII  no  tuyo  en  cuenta  u  olvidó  qué: 
1'  —  Los  libros  sagrados  del  Antiguo  Testamento  mues- 
tran claramente  la  evolución  del  matrimonio  en  el  pueblo 
de  Israel.  Partida  del  politeísmo  esa  forma  conyugal  (Gen. 
35,  23-24;  36,  2,  3 j,  se  mantiene  así  como  un  privilegio  de 
los  gobernantes,  tales  como  Gedeón  (Jue.  8,  30),  David 
(II  Sam.  3, 2-5;  5, 13)  y  Salomón  (I  Rey.  11,  3;  Cant.  6,  8), 
la  que  se  limita  a  la  bigamia  para  el  común  de  los  hebreos 
(Deut.  21,  25-17;  I  Sam.  1,  2).  Bajo  la  influencia  del  pro- 
fetismo,  triunfa  el  matrimonio  monógamo,  que  es  la  regla 
corriente  después  del  destierro  (Prov.  12,  4;  Mat.  18,  25). 
Pero  en  toda  la  Biblia  aparece  el  matrimonio  como  un  acto 
puramente  laico,  que  no  era  acompañado  por  ninguna  cere- 
monia religiosa,  acto  que  se  efectuaba  ante  testigos  que  ben- 
decían a  los  cónyuges,  y  cuyas  fórmulas  de  bendición  se 
nos  han  conservado  en  Gen.  24,  60  y  en  Rut  4,  11.  Como 
en  el  antiguo  Israel  el  matrimonio  era  ima  especie  de  venta, 
y  ésta  se  documentaba  con  un  contrato  escrito,  es  muy  pro- 
bable que  así  ocurriera  con  el  matrimonio,  práctica  ésta  ya 
ordenada  por  el  Código  de  Hanunurabí  (de  donde  proce- 
den muchas  de  las  prescripciones  que  se  dan  como  mosaicas) , 
y  que  existía  ciertamente  después  del  destierro  (Tobías,  7, 
13).  El  Nuevo  Testamento  nada  expresa  sobre  cómo  debe 
celebrarse  el  matrimonio  cristiano,  y  sólo  alude  a  los  usos 
judíos  al  respecto,  los  que  confirma  con  la  palabra  y  el 
ejemplo  de  Jesús  (Mat.  22,  2-10;  25,  1-10;  Luc.  14,  8-10; 
Juan  2,  1-10). 

2'  —  Jesús  basa  su  concepto  de  la  monogamia  en  lo  que 
se  dice  en  Gén.  2,  22-24  — aunque,  como  escribe  Loisy,  esas 
palabras  del  Génesis  "no  consagran  la  monogamia,  ni  la  in- 
disolubilidad del  matrimonio,  sino  solamente  el  matrimonio, 
la  unión  del  hombre  y  de  la  mujer,  sin  excluir  la  poligamia 
ni  el  divorcio" — ,  y  se  declara  partidario  de  la  indisolubi- 
Hdad  matrimonial,  salvo  en  caso  de  infidelidad  de  la  mujer. 
(Es  digno  de  recordarse  que  en  el  Antiguo  Testamento  se 
exige  la  fideHdad  femenina;  pero  no  la  del  hombre.)  Jesús 
expUca  la  legislación  mosaica  sobre  el  divorcio,  manifestan- 
do que  ésta  fue  una  derogación  de  la  ley  primitiva  que  ins- 


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tituyó  el  matrimonio  (Gén.  1,  27;  2,  24),  derogación  per- 
mitida por  Moisés  para  prevenir  males  mayores,  pues  por 
la  dureza  de  sus  corazones  (Marc.  10,  5),  vale  decir,  por  las 
rudas  costumbres  de  entonces,  los  maridos  podrían  cometer 
más  considerables  excesos  contra  sus  mujeres,  con  las  que 
ya  no  querían  convivir.  Esa  razón  que  atribuye  Jesús  a  Moi- 
sés para  consentir  el  divorcio,  es  la  que  ha  llevado  a  los  legis- 
ladores modernos  a  establecerlo.  El  ideal  indudablemente  es 
el  matrimonio  indisoluble  por  toda  la  vida;  el  divorcio  es 
un  mal  menor,  indispensable,  que  hay  que  permitir,  para 
evitar  daños  de  más  consideración. 

3'  —  Al  hablar  de  "la  institución  licenciosa  del  divorcio", 
León  XIII  condena,  pues,  a  Moisés,  o  al  autor  sagrado  que  se 
cubre  con  su  nombre,  y  que  autorizaba  al  marido  a  repudiar 
a  su  mujer  (Deut.  24,  1,2)  dándole  una  carta  en  que  se 
decía:  "Ella  no  es  mi  mu)er,  ni  yo  soy  su  marido*'  (Os.  2,2) ; 
Y  condena  igualmente  a  Jesús,  que,  a  lo  menos,  en  caso  de 
adulterio  de  la  esposa,  autorizaba  el  divorcio,  y  al  apóstol 
Pablo,  que  también  lo  autorizaba  cuando  el  marido  o  la 
mujer  no  eran  creyentes  (I  Cor.  7,  12,  15). 

El  catolicismo  y  la  paz  ínt-ernacional. —  Más  ade- 
lante dice  León  XIII  que  "esta  paz  armada  comparable, 
bajo  muchos  conceptos,  a  los  más  desastrosos  efectos  de 
la  guerra",  se  debe  a  que  "han  sido  repudiados  los  prin- 
cipios cristianos,  estos  principios  tan  poderosamente  efica- 
ces para  sellar  la  fraternidad  de  los  pueblos  y  para  reunir  a 
toda  la  humanidad  en  una  especie  de  gran  familia,  por  lo 
que  poco  a  poco  ha  prevalecido  en  el  orden  internacional 
un  sistema  de  egoísmo  celoso,  por  el  cual  se  miran  mutua- 
mente las  naciones,  sino  siempre  con  odio,  por  lo  menos 
ciertamente  con  la  desconfianza  que  anima  a  los  rivales". 

El  considerar  los  principios  cristianos  como  factores  de 
fraternidad  internacional,  bien  que  así  se  repite  a  menudo 
por  escritores  y  estadistas,  llegando  a  ser  un  lugar  común 
en  los  discursos  protocolares,  es  un  hecho  completamente 
falso,  desmentido  en  absoluto  por  la  historia.  Los  cristianos 
de  los  tres  primeros  siglos,  que  a  causa  de  su  fanático  anti- 


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militarismo  fueron  objeto  de  crueles  persecuciones  por  los 
emperadores  romanos,  sostenían  que  desaparecerían  las  gue- 
rras el  día  que  triunfaran  sus  ideas.  Vino  por  fin  ese  triunfo 
completo  en  el  siglo  iv,  cuando  Constantino  declaró  al  cato- 
licismo religión  oficial  del  imperio,  y  las  cosas  siguieron  peor 
que  antes,  pues  a  las  luchas  políticas  se  agregaron  después 
las  controversias  teológicas,  que  más  de  una  vez  originaron 
sangrientas  querellas.  Se  produce  la  invasión  de  los  bárbaros, 
y  éstos  fueron  convertidos  a  la  nueva  religión,  siendo  todos 
católicos  a  partir  del  siglo  vi,  hasta  el  punto  que  a  fines  de 
ese  siglo,  Pepino  el  Breve  dona  al  Papa,  el  exarcado  de  Rá- 
vena,  origen  de  los  Estados  Pontificios. 

Las  nuevas  doctrinas  no  sólo  no  impidieron  los  conflictos 
armados  entre  los  pueblos  del  mismo  credo,  sino  que  ni  aún 
lograron  suavizar  las  costumbres  de  aquellas  naciones  incul- 
tas, entre  cuyos  dirigentes  eran  usuales  los  homicidios  y  crí- 
menes de  toda  especie.  Además  la  intransigencia  y  la  sober- 
bia papales  desencadenaron  la  encarnizada  lucha,  que  duró 
unos  dos  siglos,  y  que  es  conocida  con  el  nombre  de  "guerra 
del  Sacerdocio  y  del  Imperio".  De  fines  del  siglo  xi  a  fines 
del  xm,  el  fanatismo  católico  impulsa  a  los  pueblos  europeos 
a  conquistar  la  Palestina,  en  poder  de  los  turcos:  ese  movi- 
miento religioso,  que  llamamos  las  cruzadas,  sembró  la  ruina 
y  la  destrucción  sin  conseguir,  sino  por  breve  tiempo,  el  fin 
perseguido.  Si  algunos  resultados  favorables  se  obtuvieron 
de  él  fue  a  despecho  de  sus  organizadores  y  sin  que  entrara 
€n  el  cálculo  de  éstos,  como  de  todos  los  males  suele  siempre 
surgir  algún  impensado  bien,  que  nos  los  compensa  en  ma- 
nera algima.  ¿No  hay  quien  aplaude  la  guerra  actual,  porque 
aumenta  los  conocimientos  geográficos,  y  porque  influye 
€n  el  progreso  de  la  cirugía  y  de  la  aviación?  Después,  du- 
rante el  resto  de  la  Edad  Media  y  en  toda  la  Edad  Moderna, 
la  historia  de  los  países  católicos  europeos  es  la  historia  de 
sus  mutuas  guerras,  algunas  de  las  cuales  alcanzaron  a  durar 
cien  años. 

¿Y  qué  decir  cuando  surgió  la  Reforma?  El  Papado  no 
vaciló  en  azuzar  a  los  países  católicos  contra  los  que  habían 
abrazado  el  protestantismo,  para  extirpar  la  herejía  no  por 


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la  persuasión,  sino  a  sangre  y  a  fuego.  Y  cuando  se  descu- 
brió la  América,  las  conquistas  de  aquellos  guerreros  cató- 
licos, implacables  y  sin  entrañas,  contra  pueblos  pacíficos 
que  ningún  mal  les  habían  causado,  se  justificaba  diciendo 
que  era  con  el  objeto  de  cristianizarlos.  Mahoma  no  proce- 
día de  otro  modo  cuando  recomendaba  a  sus  fieles  extender 
su  fe  por  medio  de  la  cimitarra. 

Estas  son  las  enseñanzas  de  la  historia,  que  el  espíritu  sec- 
tario no  puede  negar,  aunque,  en  pro  de  su  causa,  trate  de 
tapar  el  cielo  con  un  harnero.  La  fraternidad  internacional 
es  vm  ideal  que  persiguen  los  hombres  de  buena  voluntad, 
desde  la  lejana  época  de  los  profetas,  cuando  éstos  dejando 
hablar  a  su  corazón,  soñaban  con  la  época  en  que  "los  pue- 
blos convertirán  sus  espadas  en  rejas  de  arados,  y  sus  lanzas 
en  hoces:  entonces  no  alzará  espada  nación  contra  nación, 
ni  se  ejercitarán  más  para  hacer  la  guerra**  (Isaías,  2,  4) . 
Visión  grandiosa,  ideal  sublime  hacia  el  cual  tendemos;  pero 
distamos  mucho  aún  de  tan  radiosa  meta,  pudiendo,  sí, 
afirmar  que  el  cristianismo,  en  sus  distintas  ramas,  ha  fra- 
casado por  completo  como  factor  para  alcanzar  tan  anhe- 
lada finalidad. 

Lo  libertod,  la  religión  católico  y  lo  ciencio.  — 

Sigue  luego  León  XIII  despotricando  contra  la  libertad  y 
sus  beneficios,  alegando  que  "los  hechos  han  demostrado 
luminosamente  que  no  poseía  la  eficacia  que  se  le  suponía. 
Conflictos  económicos,  luchas  de  clase  se  encienden  y  hacen 
erupción  por  doquiera,  y  ni  aun  se  ve  brillar  la  aurora  de 
ima  vida  pública  en  la  que  reinara  la  calma.  Por  lo  demás, 
y  cualquiera  puede  comprobarlo,  tal  como  se  la  entiende^ 
hoy,  es  decir,  acordada  indistintamente  a  la  verdad  y  al  error, 
al  bien  y  al  mal,  la  libertad  sólo  tiende  a  rebajar  todo  lo  que 
hay  de  noble,  santo  y  generoso,  y  a  abrir  más  ampliamente 
la  via  al  crimen,  al  suicidio  y  ala  abyecta  turba  de  las  pa- 
siones'*. Medite  el  lector  imparcial  en  estas  palabras  del  más 
eminente  de  los  papas  contemporáneos,  y  véase  qué  se  puede 
esperar  de  una  iglesia  que  tiene  tan  pobre  y  equivocado  con- 
cepto de  la  libertad.  El  ideal  de  esa  institución  es  un  sistema 


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de  gobierno  donde  se  acuerde  plena  libertad  únicamente  a 
ella,  poseedora  de  la  verdad  absoluta  (sic),  y  en  el  que  se 
reprima  toda  oposición  a  la  misma,  pues  oponerse  al  cato- 
licismo es  sustentar  el  error  y  propagar  el  mal,  pues  tal 
oposición  conduce  sólo  al  crimen  y  al  desenfreno  de  las 
pasiones.  Esa  es  la  tesis  del  gran  papa  León  XIII  y,  por  lo 
tanto,  de  los  defensores  de  su  iglesia;  por  eso  es  un  absurdo 
pretender  que  un  católico  sincero  y  consecuente  sea  parti- 
dario de  la  democracia,  tal  como  la  entendemos  los  que  pen- 
samos libremente,  sin  prejuicios  dogmáticos.  Cualquier  ré- 
gimen totalitario  que  no  combata  la  religión,  llámese  fas- 
cismo, falangismo,  gobierno  de  Vichy,  etc.,  cuenta,  pues, 
de  antemano  con  las  simpatías  y  el  apoyo  del  catolicismo, 
dándose  el  caso  curioso  de  que  en  su  enemistad  contra  la 
verdadera  democracia,  extiende  su  adhesión  a  un  régimen 
tan  execrable  como  el  hitlerismo,  nueva  forma  de  misticismo 
político  pagano. 

Después  de  atacar  la  instrucción  que  no  vaya  acompa- 
ñada de  una  sólida  enseñanza  moral  — en  lo  que  estamos  de 
completo  acuerdo,  pero  sin  necesidad  de  sostener  que  esa 
enseñanza  moral  ha  de  ser  forzosamente  religiosa — ,  pasa 
León  XIII  a  chuparse  de  los  progresos  de  la  ciencia,  y  con 
más  buen  sentido  y  mejor  criterio  que  sus  predecesores,  reco- 
noce que  ésta  "ha  abierto  nuevos  horizontes  a  nuestro  espí- 
ritu, ha  aumentado  el  imperio  del  hombre  sobre  las  fuerzas 
de  la  naateria,  y  ha  suavizado  la  vida  en  este  mundo".  Le 
reprocha,  sin  embargo,  que  no  haya  estado  a  la  altura  de 
las  esperanzas  que  había  despertado,  por  lo  que  se  encuentran 
multitudes  en  la  miseria  y  que  "una  indefinible  tristeza  pesa 
sobre  las  almas  y  un  inmenso  vacío  existe  en  los  corazones". 
Estos  reproches  que  suelen  formular  los  creyentes  contra  la 
ciencia,  son  completamente  injustos  y  desprovistos  de  todo 
fundamento.  La  misión  de  la  ciencia  consiste  en  investigar 
la  verdad;  y  no  se  la  puede  culpar  si  no  ha  develado  todos 
los  misterios  de  la  naturaleza,  y  si  el  hombre  ha  hecho  un 
mal  uso  de  sus  descubrimientos.  Es  un  absurdo  pedir  a  la 
ciencia  lo  que  ella  no  puede  dar.  Lo  que  hay  en  el  fondo  de 
todos  esos  ataques  contra  la  ciencia,  es  el  despecho  o  el  resen- 


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timiento,  porque  ésta  ha  echado  por  tierra  muchas  de  las 
falsedades  enseñadas,  hasta  hace  poco,  como  verdades  ins- 
púradas  por  la  divinidad. 

Exhortación  final  aconsejando  el  retorno  al  cato- 
licismo. —  Concluye  su  encíclica  León  XIII  recomendando 
que  la  sociedad  vuelva  al  seno  del  cristianismo;  pero  no  a 
cualquiera  de  las  ramas  de  éste,  sino  tan  sólo  a  "la  Iglesia,  una, 
santa,  católica  y  apostólica,  en  la  que  se  encarna  el  cristia- 
nismo, y  qtie  es  la  eterna  fuente  de  la  justicia  y  de  la  caridad 
y  la  propagandista  a  la  vez  que  la  guardiana  de  la  libertad 
verdadera  y  de  la  única  igualdad  que  sea  posible  aquí  abajo". 
Afirma  que  la  Iglesia  nunca  ha  sido  enemiga  de  la  ciencia, 
de  la  instrucción,  ni  de  la  libertad;  que  ha  libertado  a  la 
humanidad  del  yugo  de  la  esclavitud;  que  se  ha  encargado 
de  la  defensa  de  los  débiles  y  de  los  oprimidos  contra  la  arro- 
gante dominación  de  los  fuertes;  que  ha  reivindicado  la  liber- 
tad de  la  conciencia  cristiana  derramado  a  torrentes  la  san- 
gre de  sus  mártires;  y  que  ampliamente  ha  concurrido  a 
introducir  y  mantener  la  libertad  civil  y  política  en  el  seno 
de  las  naciones.  Exhorta  finalmente  a  los  católicos  a  cum- 
plir con  sus  deberes  y  a  defender  la  Iglesia,  en  una  sumi- 
sión perfecta  a  las  direcciones  de  la  Santa  Sede. 

Ya  hemos  rebatido  todas  estas  pretensiones  falaces  de  la 
iglesia  católica  — la  que  en  realidad  no  es  sino  una  rama 
desviada  del  tronco  primitivo  del  cristianismo  de  los  Evan- 
gelios— ,  por  lo  que,  para  no  repetirnos  inútilmente,  remi- 
timos al  lector  a  lo  que  sobre  este  punto  hemos  dicho  con 
anterioridad.  ¡Pobre  ciencia,  pobre  instrucción,  pobre  liber- 
tad, si  llegara  a  imperar  nuevamente,  como  otrora,  la  opro- 
biosa dominación  de  la  iglesia,  una,  santa,  católica  y  apos- 
tólica romana!  A  los  secuaces,  pues,  del  clericalismo,  que 
con  León  XIII  nos  hablan  con  el  transcrito  lenguaje,  les 
decimos:  Ya  os  conocemos;  la  historia  nos  muestra  sin  lugar 
a  dudas  cuál  es  vuestra  obra  secular,  y  por  lo  tanto,  lo  que 
nos  podríais  aportar  en  lo  futuro;  ya  no  nos  dejamos  sedu- 
cir por  vuestras  voces  de  sirena,  por  lo  cual,  ante  esas  exhor- 
taciones que,  de  aceptadas,  harían  retroceder  a  la  huma- 


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nidad  a  los  siglos  ominosos  de  la  Edad  Media,  sólo  nos  resta 
responderos  con  las  palabras  que  Jesús  dirigió  al  apóstol 
Pedro:  Yade  retro.  Satanás  (Marc.  8,  33j. 

Resumen.  —  Hemos  llegado  al  final  de  nuestro  estudio 
de  la  obra  de  León  XIII,  el  más  político  de  los  Papas  que  en 
estos  150  últimos  años  haya  ocupado  el  trono  del  Vaticano. 
Gran  escritor  y  hábil  diplomático  reanudó  las  interrumpidas 
relaciones  de  la  Santa  Sede  con  las  naciones  con  las  cuales 
había  roto  Pío  IX.  Mostrándose  amigo  de  la  ciencia  y  de 
los  obreros,  devolvió  a  su  Iglesia  el  brillo  y  la  influencia 
que  había  perdido  por  los  desaciertos  de  sus  antecesores. 
Ante  el  avance  del  republicanismo,  supo  separar  a  la  Iglesia 
de  la  causa  de  la  monarquía,  proclamando  que  los  católicos 
pueden  aceptar  cualquier  forma  de  gobierno  que  no  sea 
contraria  a  la  justicia.  Buscó  sin  resultado  la  unión  al  cato- 
licismo de  las  otras  grandes  iglesias  cristianas;  y  aunque 
insistió  en  que  la  suya  era  la  defensora  de  los  débiles  y  de 
los  oprimidos,  no  tuvo  una  palabra  de  condenación  para 
los  antisemitas,  ni  para  aplacar  la  propaganda  feroz  que  el 
clero  francés  dirigía  contra  el  inocente  Dreyfus.  Fomentó 
los  partidos  católicos,  y  predicó  la  más  completa  sumisión  a 
su  iglesia.  Exaltó  la  libertad  en  pro  de  sus  fieles;  pero  la  negó 
para  los  demás,  porque  éstos,  por  no  ser  católicos,  están  en 
el  error,  y  la  libertad  sólo  debe  acordarse  a  la  verdad.  Tal 
fue  la  obra  de  este  distinguido  pontífice,  llamado  liberal, 
aunque  combatió  la  libertad,  y  obrerista,  porque  reclamó 
ventajas  para  los  obreros,  a  los  que  quería  ver  asociados  bajo 
la  dirección  de  los  obispos. 

Bien  que  León  XIII  había  realzado  el  prestigio  de  la  Santa 
Sede,  ante  los  ojos  del  público,  descuidó  los  detalles  de  la 
administración  de  la  Iglesia  "cerrando  a  menudo  los  ojos, 
como  nos  informa  Mauricio  Pernot,  sobre  irregularidades  y 
debilidades  muy  graves.  A  su  muerte,  las  finanzas  de  la  Santa 
Sede  estaban  en  el  más  completo  desorden;  los  asuntos  inte- 
riores sufrían  de  gran  abandono;  y  el  organismo  tan  com- 
plicado de  la  iglesia  romana  no  funcionaba  ya  regularmente 
en  todas  sus  partes".  Ante  esta  situación,  se  produjo  una 


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CELEDONIO  NIN  Y  SILVA 


reacción  entre  los  dirigentes  de  la  iglesia,  quienes  cansados 
de  tener  un  papa  político  y  diplomático,  querían  uno  más 
religioso;  por  eso  al  fallecimiento  de  León  XIII,  ocurrido 
el  20  de  julio  de  1903,  el  cónclave  puso  sus  ojos  en  im  pre- 
lado de  alma  e  intelecto  de  cura  de  aldea,  y  eligió  como 
nuevo  papa  al  patriarca  de  Venecia,  que  tomó  el  nombre 
de  Pío  X. 


FIN  DE  LA  1*  PARTE 


INDICE 


Dos  palabras  al  lector  . . . 

Introducción  

Capítulo  primero.  Pío  VI 


7 
9 
18 


Elección  de  Pío  VI,  13.  —  Política  de  Pío  VI  en  Rusia  y 
Austria,  13.  —  Política  de  Pío  VI  con  Francia  después  de  la 
Revolución,  14.  —  Pío  VI  y  la  Declaración  de  los  Derechos 
del  Hombre,  17.  —  Pío  VI  ante  los  grandes  sucesos  histó- 
ricos del  último  decenio  de  su  vida,  20. 

Capítulo  segundo.  Pío  VII    23 

Elección  de  Pío  VII,  23.  —  Pío  VII  y  el  concordato  cotí 
Napoleón,  23.  —  Relaciones  de  Pío  VII  con  Napoleón  des- 
pués del  concordato,  24.  —  Política  reaccionaria  de  Pío  Vil 
de  acuerdo  con  el  congreso  de  Viena,  27.  —  Pío  VII  condena 
las  sociedades  secretas  que  trabajaban  por  la  libertad  po- 
lítica, 28. 

Capítulo  tercero.  León  XII   31 

León  XII  y  el  partido  ultrarrealista  de  Francia,  31.  —  León 
XII  y  las  sociedades  secretas,  32.  —  La  política  de  León  XII 
con  Rusia  y  Nápoles,  33.  —  La  política  de  León  XII  con  España 
y  las  incipientes  repúblicas  hispanoamericanas,  34.  —  La 
administración  papal  en  los  Estados  Pontificios,  36. 

Capítulo  cuarto.  Gregorio  XVI    39 

La  mentalidad  del  papa  Gregorio  XVI  y  su  encíclica  Mirari 
vos,  39.  —  Gregorio  XVI  y  la  libertad  italiana,  40.  —  La 
política  reaccionaria  de  Gregorio  XVI,  42. 

Capítulo  quinto.  Pío  IX    45 

Primer  período  del  pontificado  de  Pío  IX,  45.  —  Política 
absolutista  de  Pío  IX,  48.  —  Napoleón  III  y  Pío  IX,  55.  — 
Influencia  de  Pío  IX  en  la  implantación  del  imperio  de  Maxi- 
miliano en  Méjico,  62.  —  El  Syllabns  y  su  influencia  polí- 
tica, 75.  —  El  catolicismo  en  Suiza  durante  el  siglo  XIX 
hasta  el  fin  del  pontificado  de  Pío  IX,  80.  —  Política  de 
Pío  IX  después  del  concilio  del  Vaticano,  83.  —  Repercusión 
de  la  política  retrógrada  de  Pío  IX  en  Ecuador  y  el  Uru- 
guay, 85.  —  La  autocracia  de  Pío  IX  y  el  fracaso  de  su 
política,  90. 

Capitulo  sexto.  Causas  del  desarrollo  del  catolicismo  en  Europa 

durante  el  siglo  XIX    93 

El  patronato  real  y  el  josefismo,  93.  —  Factores  del  resiir- 
gimiento  del  catolicismo  en  el  siglo  XIX,  95.  —  Los  partidos 
católicos,  101.  —  Francia,  101,  —  Bélgica,  103.  —  Holanda, 
105.  —  Alemania,  106.  —  Resumen,  108. 


Capítnlo  séptimo.  León  XIII   

División  del  pontificado  de  León  XIII,  111.  —  Examen  de 
las  principales  encíclicas  de  León  XIII  hasta  1891.  La  Qaod 
Apostólici,  112.  —  La  encíclica  Diuturnum,  114.  —  Las  en- 
cíclicas Nobilíssima  Gallorum  gens  y  Humanum  genus,  115. 

—  La  encíclica  Inmortale  Del,  117.  —  La  encíclica  Libertas 
prsestantíssimum,  120.  —  Observaciones  a  las  expuestas  en- 
ríclicas  de  León  XIII:  1*  La  soberanía  popular  y  la  soberanía 
de  Dios,  123.  —  2*  La  iglesia  católica,  125.  —  3*  Las  liber- 
tades en  el  Estado  moderno,  127.  —  4^  La  Masonería,  131.  — 
Diplomacia  y  política  de  León  XIII,  142.  —  La  política  de 
León  XIII  con  Francia,  144.  —  El  asunto  Dreyfus,  151  - 
La  política  de  León  XIII  con  Alemania,  156.  —  La  política 
de  León  XIII  con  Italia,  160.  —  La  política  de  León  XIIl  con 
Inglaterra,  162.  —  La  política  de  León  XIII  con  Rusia,  172. 

—  El  papa  obrerista.  La  encíclica  Remm  Novarum,  176.  — 
Observaciones  a  la  encíclica  Rerom  Novarum,  179.  —  Docu- 
mentos pontificales  posteriores  a  la  encíclica  Rerum  Nova- 
rom,  184.  —  La  denjocracia  católica,  185.  —  La  limosna  y  la 
obediencia  a  los  obispos,  187.  —  El  testamento  político  de 
León  XIII.  El  tomismo,  filosofía  oficial  de  la  Iglesia,  188.  — 
El  matrimonio  civil  y  el  divorcio,  192.  —  El  catolicismo  y  la 
paz  internacional,  194.  —  La  libertad,  la  religión  católica  y 
la  ciencia,  196.  —  Exhortación  final  aconsejando  el  retomo 
mi  catolicismo,  198.  —  Resumen,  199. 


ESTE  LIBRO  SE  TERMINO  DE  IMPRIMIR 
EL  31  DE  AGOSTO  DE  1943.  EN  LOS 
TALLERES  GRAFICOS  "LA  MUNDIAL" 
SARMIENTO    3149    —    BUENOS  AIRES 


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